ESPECIALES

Relatos suicidas:

Nos puede pasar a todos

Patricia se quería morir

Por Sheyla Urdaneta

Patricia, una joven del Zulia que recién culminó sus estudios de psicología, no toleró los cambios de rutina del confinamiento. El cansancio debido al exceso de las pantallas digitales y actividades en línea, la poca socialización y la frustración de no avanzar en sus metas hicieron que la invadiera un sentimiento de desánimo y letargo que se transformó en depresión. Una que no la dejaba levantarse de la cama y la llevaron a pensar en acabar con su vida

El día de la defensa de su tesis de grado se levantó temprano, terminó de alistar los últimos detalles de su presentación y se fue a la universidad con su mamá. En casa la esperaban su tía, su novio y un amigo de la familia. El trabajo de grado obtuvo mención publicación. Recuerda que fue un día muy bonito y no quiso pensar en los meses anteriores. En los meses que quiso morirse. 

Patricia está por graduarse de psicóloga, habla inglés, tiene un diplomado en Derecho Internacional para los refugiados y solo tiene 20 años. El 2019 lo recuerda como un año muy bueno en el que tuvo la oportunidad de viajar, conocer nuevos lugares, compartir con otros jóvenes como ella y viajar con su novio. 

—En 2019 tenía mucho contacto social con esas personas que eran importantes para mí. Mi promedio en la universidad también estaba bastante bien y, bueno, pensé que el 2020 significaba ya mi graduación, empezar esta nueva etapa de la vida de ser profesional e inesperadamente se atraviesa todo lo que es la pandemia. 

Poder compartir con su familia fue algo que consideró positivo cuando anunciaron la cuarentena y la orden de no salir si no era necesario para evitar el contagio de COVID-19. Patricia, quien vive en Maracaibo, Zulia, lo tomó como la oportunidad para hacer una pausa porque entre las clases de la universidad, el curso de inglés y sus otras actividades no tenía tiempo para estar en casa. 

—Pero a medida que la pandemia fue avanzando, algo en mí como que se quebró por el hecho de tener clases on line. Sentía que no me gustaba, que no era lo mío. Me estresaban todas las situaciones del internet, la descoordinación de los profesores y fue algo que, para mí, muy difícil de sobrellevar.

Con el quiebre del que habla Patricia llegaron las emociones, que dice, ya no podía manejar. 

—Me sentía muy perdida, muy agotada. Sentía que estaba fracasando en las cosas que me había propuesto, que nada estaba saliendo como yo lo tenía planeado y eso me generaba muchísimo estrés. No tenía la misma energía que antes. No me quería levantar de mi cama, no quería hablar con las personas. Aquellas actividades que me gustaban mucho como ver películas de mi infancia o cocinar, o estudiar, eran actividades que hacía solamente por obligación o simplemente las dejé de hacer por completo.

Y llegaron los cuestionamientos, los que ella misma se hacía. 

—Durante esos días me cuestioné muchas veces el por qué seguía haciendo las cosas, por qué me tenía que levantar si no quería y muchas veces llegué a pensar: Dios, me quiero morir.

Fue cuando su mente comenzó a darle vueltas al tema de la muerte.

—Al inicio era como chistes que podíamos hacer entre amigas, como: ojalá nos muriéramos o me quiero matar. Pero yo sentí que llegó un momento en el que esos chistes se estaban convirtiendo en una realidad y que poco a poco ya yo lo decía en cualquier contexto, en cualquier momento y que no era un comentario sarcástico, sino que ya era como: “Dios mío, de verdad no quiero seguir aquí, no quiero seguir haciendo las cosas que estoy haciendo”. 

Pensó en morir, en acabar con su vida. Pensó en el suicidio. 

La tormenta

Patricia es hija única. Sus padres también son médicos. Ambos ejercen, pero su papá está fuera de Venezuela. Ella vive con su mamá, su tía y un amigo de la familia. Tiene novio y muchos amigos. 

—Con mi papá hablo muy poco, no vive conmigo, vive en otro país y nunca habíamos hablado hasta que llegó la universidad y yo le dije que me ayudara con los pagos. Nuestra relación es bastante distante. Solo conversamos en lo referente a los pagos y nos felicitamos en los cumpleaños. 

Con su mamá tiene una relación más cercana, pero con altos y bajos, dice Patricia. 

—Me decepcionó que siendo ella profesional de la salud, no aceptara que las personas también se pueden enfermar referente a trastornos mentales. Pero en general, nuestra relación es bastante buena, compartimos tiempo juntas, a veces peleamos, otras veces no, pero siempre hemos estado una para la otra.

Formaba parte de una organización que se dedica a fomentar los intercambios culturales entre jóvenes, ya sea para hacer un voluntariado o para trabajar. Esa era otra actividad a la que se dedicaba y que le permitía tener más contacto con amigos. 

—Usualmente salíamos juntos, solía quedarme en casas de mis amigas o ellas en mi casa y nos reuníamos a ver películas.

Con este grupo viajó en 2019 a Mérida, se quedaron en una montaña de un pueblo que se llama Tabay y pudieron disfrutar de la ciudad. Tenía 18 años y es de las experiencias que más recuerda con especial agrado. 

Antes de la pandemia, Patricia era una joven que tenía todo bajo control y que estaba convencida de que su futuro estaba planificado. 

—Y se atraviesa la pandemia. Yo no pude inscribir un trimestre en la universidad porque a mi papá le dio COVID y no tenía las posibilidades para pagármela y entonces eso atrasó, obviamente, mi fecha de graduación que era el plan que yo tenía: graduarme en 2020 y no se pudo. 

En medio de sus deseos de no hacer nada, de no levantarse de la cama, no pensó en no graduarse ni en dejar sus estudios, pero sí sentía que ya no lo estaba haciendo con la pasión que tenía, al principio, por su carrera, y dejó de lado que eso era lo que siempre había querido. 

—Una parte de mí, simplemente, lo hacía porque ya había demasiado esfuerzo, tiempo y dinero invertido como para que yo simplemente dijera ahorita no lo puedo hacer. 

Mientras, las ganas de no hacer nada seguían. Patricia, la muchacha que lograba todo lo que se proponía, sentía que ya no podía más. Los pensamientos que la dominaban y que la movían a sentir que quería morirse no le daban miedo, pero sí hacían que su mente no dejara de hacerse preguntas. 

—Era un conflicto interno. Era como muy irónica la situación: “me voy a graduar de psicóloga y tengo este tipo de pensamientos”. Era como que una cosa no encajaba con la otra para mí.  Me repetía: “Dios, estoy haciendo las cosas mal, no voy a ser una buena psicóloga o voy a fracasar en las cosas que me había propuesto”.

En medio de todo buscaba en sus herramientas como estudiante de psicología para intentar alejar los pensamientos que la hundían. Dice que trataba de hablar con alguien como una manera de distraerse y de no pensar. Se apoyaba en sus amigos. 

Pero llegó un momento en el que sintió que ya no podía más. Fue cuando decidió, en “el momento oportuno” buscar ayuda profesional. 

—Sabía que algo dentro de mí estaba sucediendo y que yo ya no lo podía manejar.

Ir con su terapeuta la ayudó y la sigue ayudando. Recuerda que antes, como ya no toleraba la angustia, ya le había contado lo que sentía a dos personas más: a una amiga y a su mamá. 

—Al inicio no fue tan fácil para mí decirlo porque sentía miedo de ser juzgada o algo por el estilo. Se lo conté a una amiga bastante cercana y ella me escuchó. Me dijo que buscara ayuda, que buscara apoyo profesional.

A su mamá le dijo lo que le pasaba y que no se sentía bien.

—Ella me decía: “ay no, eso no te está pasando a ti. Tienes que sacarte esas ideas de la cabeza, tú no puedes estar pensando en eso, eso no te puede pasar a ti”. Contárselo a mi mamá fue muy difícil y hasta el día de hoy, ella nunca lo asumió ni lo aceptó como tal. Siento que simplemente lo pasó por alto y ya, porque nunca me volvió a preguntar al respecto. 

Terapias que sanan

Con regularidad Patricia asiste a sus terapias, trabaja en lo que le recomienda su psicóloga y pone en práctica lo que aprendió en sus años de carrera universitaria. 

Recuerda que le angustiaba no conseguir dónde hacer pasantías por el confinamiento, pero finalmente logró hacerlas, porque en medio de “todo lo oscuro que venía a su mente”, no perdía el foco: graduarse. 

Ya terminó la escolaridad y espera su acto de grado o más bien que le entreguen su título por secretaría. 

—No vamos a tener acto de graduación, por la situación de la pandemia y todavía no se sabe si la fecha es a mediados o a finales del mes de agosto. No hay nada concreto. 

Ahora Patricia cuida sus emociones, quiere cuidarlas. Necesita retomar lo que tenía planteado como meta que era ejercer su profesión y ayudar a otros con su salud mental. Cuenta su experiencia y da recomendaciones. 

—Lo que a mi más que costaba era reconocer y aceptar que a cualquiera le puede pasar, no importa lo que haya estudiado, no importa sus niveles de ingresos económicos, su sexo, su género, su edad. Es algo que a todos alguna vez en la vida nos puede ocurrir. No es lo ideal, pero si pasa no significa que eres débil o que tus sueños no se van a lograr.

Hay que hablarlo con alguien, insiste Patricia. 

—Hablarlo a pesar de que pensemos que nos pueden juzgar y que nos pueden rechazar y, sobre todo, buscar ayuda profesional. Es indispensable buscarla a tiempo, no dejar que estos problemas se vayan agravando y pasen los años porque va a hacer más difícil. Incluso los psicólogos tenemos que ir a terapia. Incluso a mí me pasó, como profesional de la salud, y busqué ayuda con otros profesionales de la salud porque la necesito. Es importante reconocer cuando no podemos más y necesitamos ayuda. 

Patricia está saliendo del letargo que la agobia.

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