ESPECIALES

Relatos suicidas:

Nos puede pasar a todos

Dos intentos en el páramo

Por María Fernanda Rodríguez

En el páramo de Venezuela, el suicidio es una de las principales causas de muerte. Desde 1995, el estado Mérida ocupa el primer lugar en las tasas de suicidios del país, con mayor cantidad de casos para 2020 en el municipio Cardenal Quintero. Allí vive Alpino, un agricultor que lidia con una depresión diagnosticada hace diez años y con dos intentos de suicidio. Ha sufrido de alucinaciones episódicas previas a sus intentos y de amnesia temporal luego. Sus síntomas son comunes en agricultores expuestos al uso de pesticidas

El segundo intento suicida de Alpino* ocurrió en Semana Santa de 2021, diez años después del primero. Su depresión había regresado por un sentimiento de culpa asociado a la muerte de su padre, a quien veía en alucinaciones. Pero la causa clínica era otra: tenía años sin tomar olanzapina, el psicofármaco que debía consumir diariamente desde 2011 y que suspendió porque se sentía recuperado y “porque cada vez era más difícil conseguir esas pastillas”.

Alpino tiene 42 años y una década luchando contra una depresión que le diagnosticaron luego de su primer intento de suicidio. No logra recordar qué fue lo que hizo para tratar de quitarse la vida en aquel entonces. Una amnesia temporal borró ese episodio de su mente, pero no las voces e imágenes ficticias que escucha y ve en sus momentos de crisis.

Alpino nació en el páramo de Mérida, en los Andes venezolanos, y ha sido agricultor toda su vida. Desde antes de nacer, su madre embarazada recorría los cultivos del abuelo. Recuerda estar metido en el campo incluso antes de saber contar cuántas plantas crecían en sus tierras empinadas, ubicadas a más de 2.100 metros sobre el nivel del mar, en las montañas más altas del país.

Tras ese último intento para suicidarse, Alpino fue a verse con un psiquiatra en la ciudad de Mérida. 

Le recetaron nuevamente olanzapina y debía volver para hacerse exámenes médicos y continuar psicoterapias, pero no ha podido hacerlo porque vive a más de 80 kilómetros del consultorio y en su pueblo, Santo Domingo, la venta de gasolina para vehículos es esporádica y con restricciones. Cuando logra poner combustible a su carro, lo extrae para utilizarlo en su moto y en las máquinas de fumigaciones para sus cultivos. 

A pesar de los altos índices de suicidios registrados en el páramo venezolano, no hay psiquiatras ni neurólogos en esa comunidad. Según datos del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), la tasa de suicidio en el municipio Cardenal Quintero, donde vive Alpino, es la más alta de Mérida y del país: 17,7 por cada 100.000 habitantes.

Primer intento 

—Yo estaba en bachillerato, pero recuerdo que fue una situación fuerte para la familia. Él estuvo unos días en un hospital psiquiátrico, pero después de eso había estado tranquilo —cuenta Felicia*, una prima cercana. 

Alpino dice que en esa crisis escuchó por primera vez voces imaginarias y sintió miedo, mucho miedo. 

—Sentía que me estaban vigilando, ¿sabe? Como en las películas. Que había un satélite, que sabían todo lo que yo hacía en mi cuarto, en la casa. Que escuchaban todo lo que yo decía. 

Pero no recuerda cómo fue que llegó a cortarse superficialmente las venas para tratar de quitarse la vida porque sufre de amnesias temporales que borran los momentos en que ha intentado suicidarse. 

Después del primer intento, fue trasladado por sus familiares a la emergencia del Hospital Universitario de Los Andes, principal centro de salud pública de Mérida. Allí determinaron que las heridas físicas que se autoinfligió en sus brazos no eran graves, aunque su salud mental sí requería atención inmediata. 

Fue referido a médicos psiquiatras y neurólogos. Le hicieron una tomografía cerebral y otros exámenes médicos que no logra precisar. Estuvo varios días, no sabe cuántos, en la Unidad de Psiquiatría Aguda (UPA) ubicada en el Hospital Sor Juana Inés de la Cruz. Salió de allí con un diagnóstico de depresión. 

—Me hicieron estudios para ver si era esquizofrenia, pero gracias a Dios no —dice aliviado.

Varios estudios científicos realizados en agricultores andinos muestran que la exposición permanente a pesticidas, sin la protección adecuada, pueden causar neurotoxicidad, siendo la depresión y los cuadros psicóticos algunas de las enfermedades que pueden desarrollar. Tal vez esto explique los episodios de Alpino. 

Paternidad y duelo

Alpino llama mamá y papá a sus abuelos maternos, porque fueron quienes lo criaron. Su madre biológica siempre ha estado cerca de él, pero a su padre nunca lo conoció. Nunca lo nombra. Para Alpino su papá fue el abuelo, quien murió hace dos años, en octubre de 2019, tras pasar seis años enfermo por cáncer de próstata y las secuelas de un accidente cerebrovascular (ACV).

—Se enfermó de la próstata, no era grave, pero como era un señor de campo, cuando vio que no pudo trabajar más, se deprimió. Le dio un ACV, pero muy leve. Le costaba mucho caminar, perdió el habla un poquito, se le olvidaban las cosas. Entonces de ver todo eso, pienso yo que exploté en Semana Santa. 

Alpino es católico y está convencido de que su creencia en Dios y en la Virgen del Carmen, patrona de su pueblo, lo han ayudado a salvarse. Habla frecuentemente con el sacerdote de su iglesia desde Semana Santa. No puede ir a misa por las restricciones de la pandemia, pero la escucha todos los domingos por la radio. Su fe, sus amigos y su familia, especialmente su hijo de cuatro años, asegura que son su fortaleza. 

Cuenta que cuando supo que iba a ser papá le costó creerlo, porque nunca evitó engendrar y, a sus casi 38 años de edad, juraba que era infértil. La baja fertilidad de Alpino también puede ser una consecuencia de su permanente exposición a pesticidas, según lo que indican investigaciones médicas, así como el cáncer de próstata que sufrió su abuelo. 

En la familia de Alpino no hay, que él recuerde, ningún caso de trastorno mental. Se describe como una persona retraída, a quien le cuesta socializar. Prefiere estar solo, pero sabe que eso no lo ayuda. Por eso se esfuerza por hablar con los demás.

Su decisión de querer contar su historia es parte de la terapia que él mismo se puso: hablar de lo que vivió con otros y ayudar con su testimonio a quienes pudieran estar sintiendo lo mismo que él sintió.

—Eso es algo que le puede pasar a cualquiera. Está uno tranquilo y hay días en que no le provoca ni comer siquiera. Y la gente piensa que uno está loco y no es así. Simplemente hay días en que la cabeza empieza a dar vueltas y si uno no habla, pues peor —confiesa Alpino. 

La introversión es característica de quienes habitan en el páramo. Bien lo muestra el documental El silencio de las moscas (2013), dirigido por Eliezer Arias, que narra la historia de varios suicidios ocurridos en Pueblo Llano. Este municipio, cuya población es de apenas 11.000 habitantes, tiene la segunda tasa de suicidios por municipio más alta del país, según estadísticas publicadas por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) en 2020. En el municipio vecino, Cardenal Quintero, es donde reside Alpino. 

Ambas jurisdicciones están ubicadas en el páramo de Mérida, una al lado de la otra. Son poblaciones sumergidas en las montañas más altas de Venezuela, donde cada centímetro de tierra se trabaja o se protege. Aunque el silencio predomina, todo el mundo se conoce. Todos saben que son muchos los que han pensando en suicidarse en algún momento, como lo han hecho cientos, porque el suicidio es allí un riesgo latente.

Alpino describe lo que ha sentido en sus momentos de depresión mayor como algo más que una tristeza; es falta absoluta de interés, de motivación. Un vacío.

—Estuve como un mes tomando mucho (licor). Yo pensaba que podía salir de los problemas era así. Y llegó un momento que entonces atenté contra mi vida y… 

En este punto calla. Prefiere no ahondar sobre eso porque no quiere que lo juzguen. 

—Cuando uno está deprimido, la gente piensa que uno está loco, y no. Por lo menos a mí me daban ganas de llorar y no sabía por qué. Tenía que trabajar, tenía que ver a mi hijo y no me provocaba nada.

Alpino reconoce que la crisis que vive Venezuela, como a todos, le afecta. Principalmente la falta de gasolina para poder trasladarse a las consultas médicas que requiere e ir con la frecuencia necesaria a psicoterapia.  Padece también para conseguir los productos necesarios para el cuidado de sus cultivos, aunque reconoce que no le va mal económicamente. Semanas antes del último intento de suicidio acababa de arrancar una cosecha y cuenta que la había vendido con muy buen margen de ganancia.

—Tengo todo para ser feliz, pero cuando uno está así… Es como si no tuviese nada.

Segundo intento

Felicia recuerda muy bien aquella mañana que fue a visitarlo por petición de una hermana de Alpino. Él llevaba varios días sin bañarse, sin poder dormir, encerrado en su habitación. Pocos días antes había intentado suicidarse cortándose el cuello con una hojilla. La prima dice que fueron cortes superficiales, como en el primer intento hace diez años, pero igual que aquella vez, todos en casa se preocuparon mucho.

—Estuvimos buscando por todas partes las pastillas que él debe tomar, porque no se conseguían. Cuando fui a verlo me decía que él era un hombre malo, que no había hecho nada por salvar a su papá. Conversamos mucho, le dije muchas cosas, que él tenía que seguir viviendo para ver crecer a su hijo. Que viera todas las cosas buenas que tenía a su alrededor —recuerda Felicia.

En esta crisis reciente, Alpino escuchaba voces que le decían que él era una mala persona, que no servía para nada, que había matado a su papá. Incluso esas voces sugerían que su hijo no era de él. 

—Yo escuchaba las voces que me decían que ese no era hijo mío, y él es la foto mía.

Alpino también vio a su padre varias veces durante esos eventos psicóticos, síntomas de una depresión psicótica.  

—Yo lo veía a él, ¿sabe? Lo veía como él era. No me hablaba, pero lo veía —asegura. 

Aunque recuerda sus alucinaciones como si hubiesen sido reales, Alpino no puede recordar el momento en que atentó contra su vida, pero sí lo que sintió los días previos. 

—Tenía como 10 días sin dormir. Pasaba hasta seis noches sin comer. Solo me ponía a caminar, como un loquito caminando en el patio de mi casa.

Pero cuando caminaba sin parar Alpino no estaba pensando en dejar de existir, ni mucho menos planificando cómo podría quitarse la vida. Él no es un hombre con ideas suicidas. En sus dos intentos de suicidio no recuerda luego lo que hizo ni cómo lo hizo. Sus intentos han sido impulsivos. 

—Eso no se planifica. Eso es un solo momento. Yo me corté y ni me acuerdo cuando me corté. Lo único que recuerdo es que la almohada estaba llena de sangre.

Aunque no vive con su hijo, lo ve a diario y una vez a la semana se lo lleva a dormir con él. 

—Le gusta mucho dibujar y pintar. Yo le dibujo y él pinta. Y le gusta también que lo pasee en la moto, le gusta ir pa’ la quebrada, para zumbarle piedras a la quebrada. Lo llevo cuando el día está bonito. Vamos y buscamos moras. Y le gusta también ir para donde yo siembro. Le gusta que le siembre. Le gusta andar conmigo.

A pesar de que decidió dejar de tomar su psicofármaco, olanzapina, Alpino no ha vuelto a tener intentos suicidas, aunque sí una nueva crisis emocional en el mes de junio, cuenta Felicia. 

—Se fue en la moto a un río que está cerca del pueblo. Nosotros nos fuimos detrás para observarlo. Él solo empezó a caminar. Cruzaba el puente de allá para acá. Iba y venía, muchas veces. Él sabía que estábamos ahí, viéndolo. Al rato se montó en la moto y volvió a la casa.

Alpino siempre se ha mostrado dispuesto a hablar de lo que le pasó y de cómo se siente ahora. Quiere que su historia ayude a quienes tengan depresión:

—Me di cuenta de que sí tengo amigos, de que no estoy tan solo como yo pensaba. Yo les digo a las personas que hablen. Yo sé que no se puede hablar con todo el mundo, pero siempre hay alguien que lo quiere oír a uno. Que busquen un amigo si no confían en la familia. Es difícil cuando uno está así porque uno no confía en nadie. Pero que busquen a alguien, a un psicólogo, a un Padre, la iglesia. Hay que creer mucho en Dios.

***

En el teléfono celular de Alpino hay decenas de fotografías de amaneceres y atardeceres. De sus montañas y sembradíos. Del páramo y de su pueblo. De nubes y de arcoíris. Las toma porque repara en esos detalles que para muchos pasan desapercibidos. Siente que ahí, en la belleza que captura, está Dios diciéndole que vale la pena vivir.

Esa plenitud de la naturaleza, esa sensación que le evocan los paisajes merideños, le hace pensar en qué le diría a su hijo si algún día lo ve triste:

—Que la vida es bella. Que hay momentos difíciles, pero la vida es hermosa.

Porque a fin de cuentas, Alpino no busca ocultar a su hijo las catástrofes de una guerra mundial sino las batallas de su mundo interior.

*El nombre real de Alpino fue cambiado para proteger su identidad.

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