ESPECIALES

Relatos suicidas:

Nos puede pasar a todos

Al filo del puente

Por Mabel Sarmiento

Cuando Alberto explota, sus pensamientos se nublan y siente una opresión en el pecho. Luego de sufrir un ataque de ira durante una discusión familiar, intentó saltar del puente La Gaviota, en Caracas. La voz de un policía y la imagen de la pistola apuntándole le hicieron retroceder

—Lo que me viene a la mente es la voz del policía diciéndome que me iba a disparar. Luego lo vi apuntándome.

Él todavía tiene lagunas de ese día, pero su familia no olvida la fecha:  domingo 26 de abril de 2020, a pocas semanas de iniciarse la pandemia en Venezuela. 

Alberto -21 años, delgado, moreno- vive con sus padres, su hermano menor, sus abuelos y una tía. Su familia dice que si algo lo caracteriza es su franqueza porque nunca ha ocultado sus estados de ánimo y cambios de humor: si quiere hablar lo hace, si quiere cantar lo hace, si quiere gritar lo hace. Porque a veces grita. 

Y cuando no quiere que lo molesten lo dice. Con respuestas directas, algunas secas, algunas sin matices. A ratos feliz, sereno, soñador, extrovertido; a ratos inconforme, introvertido, explosivo.

En casa todos saben bien cómo es Alberto. 

El que tuvo muchos amigos y era líder en bachillerato, el que nunca tuvo problemas en el colegio, del que hablaban con orgullo sus maestros y profesores. Ninguna señal o comportamiento que llamara mucho la atención, en tantas temporadas en familia, navidades, cumpleaños, vacaciones. Quizás por eso sus padres nunca vieron en él señales de padecer algún conflicto en sus adentros. 

Alberto ahora tiene pocos amigos, los cuenta con una sola mano. Con ellos comparte la música que le gusta, va a fiestas, pero no si lo invitan a la playa, a un centro comercial, bailar salsa o merengue o a hacer ejercicios. Porque eso no le provoca.

Estudia para ser Técnico Superior Universitario en Electrónica, carrera que dice que le gusta mucho y a la que le dedica horas, al igual que a los videojuegos.

Las novias, dice pensativo, van y vienen. Nada formal.

—Si no me puedo cuidar yo solo, menos a otra persona.

Suele caminar rápido. No tiene paciencia para esperar, para hacer cola para una diligencia cotidiana. Esa intranquilidad siempre ha sido aceptada por su familiares. Se amoldaron a sus rutinas, en las que poco a poco fueron apareciendo episodios de agresividad. Porque empezó a salirse de compostura, cuentan sus padres. Empezó a gritar cada vez más fuerte, a lanzar cosas, y a encerrarse. 

Pero eso le pasaba cuando veía o escuchaba discusiones en casa, hasta las más triviales, o cuando le insistían haciéndole preguntas que no quería o sabía responder. Eso lo hacía explotar de repente.

Cuando Alberto recuerda esos episodios, en algunos aparece su abuela como un elemento perturbador. La describe como controladora, negativa y manipuladora. Por ella,  asegura, a veces hace las cosas que hace.

—Se mete en todo, le hace preguntas incómodas a mis amigos, dice cosas que no son. Pero yo no me quedo callado. Aunque me asfixia, no me da miedo. Estoy cansado, ya no quisiera vivir en esa casa. Estoy herido.

La tolerancia hacia la abuela se ha ido estrechando con el tiempo. Le contesta mal y cuando ella trata de “meterse en su vida”, vuelve a explotar. 

En ocasiones sólo responde de mala gana. Puede alzar la voz. Se pone ansioso. Toma agua a cada rato. Dice groserías a quien se le atraviese, amenaza y ofrece golpes.

Otras veces lanza objetos sin importar lo que sea, un vaso, un palo, un televisor, un cuchillo.  

Esos son episodios borrosos para él. 

El aumento de la energía y la fuerza le hacen ver todo difuso y, luego, a los pocos minutos, se tranquiliza y se refugia en su cuarto.

Luego de los arrebatos, puede dormir por largas horas y cuando sale de su habitación se muestra avergonzado. Se mantiene en silencio. 

Después vienen días de sosiego, una sensación que puede prolongarse por semanas o meses.

Cuando cuenta todo esto, Alberto mantiene la calma. En su reflexión sobre su conducta no culpa a los padres pues los ve como víctimas y como un apoyo que le da contención.

—Yo no me siento solo.

***

A mediados de marzo de 2020 anunciaron los dos primeros casos de COVID-19 en Venezuela, con lo cual comenzó la cuarentena decretada por el Gobierno, primero en siete estados y luego en todo el país. 

Todos se encerraron en sus casas. La desolación ocupó las calles, y el miedo y la desinformación se apoderaron de muchas familias, como la de Alberto. Trataron de mantenerse informados, se resguardaron e hicieron actividades en la casa para estar activos. 

—Comíamos los fines de semana. Veíamos una película, escuchábamos música con unas cervezas o una botella de ron. No en extremo porque el dinero no alcanzaba para tanto, pero así nos relajábamos, siempre con él. Por eso no lo veíamos en riesgo —cuenta Henry, el padre de Humberto, un hombre sereno y amistoso que habla con orgullo de su hijo.

Para Alberto, el confinamiento trajo algunos beneficios. 

—Ya no me tenía que montar en el Metro, ni perder dos horas intentando llegar a un lugar. Ahora la gente sabe que puedes dedicarle una hora a una reunión virtual en vez de cuatro, porque puedes pasar tres horas movilizándote en transporte público.

Sentía cierta conformidad con el encierro, pero llegó el 26 de abril. Y no sabe si fue la cuarentena o el hastío de estar todos en la casa. Pero fue de repente, algo que no vieron venir.

Alberto siempre escuchaba su música en el cuarto. Esa noche, como a las ocho, sacó el equipo de sonido y lo puso en la sala. Era un rock estridente. 

Varias veces le pidieron que bajara el volumen y no hizo caso. Su abuelo materno salió del cuarto y le dijo que no lograba dormir. No logró persuadirlo  y a los pocos minutos todo estaba fuera de control.

Los gritos se mezclaban con los solos de una canción de Metallica. Luego aparecieron  los empujones y los reclamos airados. Alberto explotó y forcejeó con su abuelo, algo que nunca antes había hecho, y esa reacción sorprendió a los padres. 

Henry asegura que su hijo siempre ha respetado al abuelo, que solían tener largas y tendidas conversaciones, y que nunca le había faltado el respeto.

Pero esa noche estaba descontrolado. Alberto lanzaba cosas, tiró un palo y por poco le parte la cara a su madre. Ángela se metió para separarlos y el objeto la impactó. Enseguida la sangre le corrió por la mejilla izquierda y su padre lo culpó por eso. 

Alberto estaba fuera de sí, les pedía que lo dejaran ir. Quería huir, pero entre todos lo tenían agarrado, lo protegían, ninguno lo quería soltar.

La familia pareció derrotada ante la insistencia y para que el joven se calmara, dejaron de sostenerlo.

De inmediato, Alberto buscó una chaqueta marrón -ya tenía puesta una franela y un jean- y mientras los demás socorrían a su madre, él se asomó a la puerta de la habitación y les dijo: “Gracias por todo”. 

Salió de la casa rápidamente. La madre no le respondió nada, solo lloraba, y le pidió a su esposo que fuera tras él. 

Henry le hizo caso y salió, pero el joven caminaba muy rápido y no pudo alcanzarlo. Entonces vio que pasó una patrulla de la policía y se regresó a la casa. 

***

Luego de la explosión de Alberto, en medio de aquella confusión, la familia comenzó a angustiarse y desesperarse. 

Los llantos y las súplicas de la madre, la impotencia del padre, la desorientación del abuelo, la incomprensión del hermano, todos pasaron por una transición que no sabían explicar y que dejó expuesto un nuevo descubrimiento: ¡Alberto está enfermo!

No habían pasado 20 minutos desde que el muchacho había salido, cuando sonó el teléfono celular de su madre, y una voz de hombre al otro lado del auricular dijo su nombre. 

Ella creyó que se trataba de alguno de los amigos de Alberto cuando le dijeron: 

—Mire, aquí tenemos a su hijo detenido porque intentó lanzarse del puente.

Quedó impactada. 

—Es un PNB (Policía Nacional Bolivariana). Me está informando que Alberto intentó lanzarse de un puente —comentó Ángela.

El hermano menor escuchó esa conversación y luego vio a los padres salir a la carrera. El abuelo se fue atrás. 

Henry y Ángela caminaron agarrados de las manos y sin usar tapabocas. La mujer ya tenía el pómulo hinchado, pero no importaba nada de eso. 

Se fueron en cholas hasta el puente La Gaviota ubicado en el kilómetro 0 de la carretera Panamericana, a pocos metros de la alcabala 3 de Fuerte Tiuna, a unas cinco o seis cuadras de la casa. Sentían que todo estaba muy oscuro en sus mentes, como la noche alrededor. La soledad en las calles por el confinamiento hizo que aumentara la angustia.

En el puente había una patrulla de la PNB con cuatro funcionarios. Tres policías rodeaban a Alberto. Otro esperaba a sus padres. 

Henry cruzó la Panamericana con tanta velocidad que no ayudó a su esposa a brincar el muro que divide los canales de circulación. El policía se le acercó y le preguntó si eran los familiares. No sabe qué más le preguntó, pues él solo veía a su hijo allí parado, vulnerable, silencioso, débil. Apuró el paso y se metió entre los policías, lo abrazó, y lloró con él. 

—Me dijo muy cerca del oído: “no pude hacerlo” —recuerda el padre.

Alberto aún hace esfuerzos para rememorar la noche de ese 26 de abril y dice que solo sabe que llegó al puente y que quería lanzarse. Estaba decidido a hacerlo, hasta que el policía lo apuntó.

Pero no sólo él tiene lagunas de ese instante sobre el puente. Su familia tampoco retuvo detalles de lo que sucedía alrededor, si pasó algún carro, una moto, un perro. Lo que sí se les quedó grabado a sus padres fueron las palabras del policía:

—Denle gracias a Dios que pasamos nosotros, porque de lo contrario lo hubiese ido a reconocer en la morgue.

Sus padres sintieron impotencia por la frase que el funcionario soltaba sin reparo, el mismo policía que Henry había visto pasar en su patrulla minutos antes. Sintieron rabia y alivio al ver a su hijo Alberto allí parado, inmóvil, pero vivo. 

Los cuatro funcionarios “en el cumplimiento del deber”, les pidieron juntarse para tomarles una fotografía que justificara el procedimiento policial: impidieron un suicidio.

Se alinearon para la foto. No hubo sonrisas, aunque sí se abrazaban como si alguien intentara separarlos.

Luego del retrato los funcionarios les dijeron “buenas noches”. El joven y sus padres se voltearon y apurados emprendieron el camino de regreso a la casa.

Durante el trayecto Alberto no quiso hablar. Iba agarrado con fuerza de la mano de su madre, mientras el abuelo caminaba atrás cabizbajo.

Aquella noche entraron a la casa y no dijeron nada más. 

La abuela estaba afuera esperando y cuando preguntó qué sucedía, le dijeron que la policía lo detuvo porque no tenía cédula de identidad y que él había llamado para que lo buscaran.

Los padres entraron al cuarto, se abrazaron y se pusieron a llorar. 

Alberto se quedó sentado en la sala con el abuelo. También se abrazaron y lloraron.

Al día siguiente nadie habló del asunto. 

Trataron de mantener la rutina en familia. Siguieron con las comidas los fines de semana, veían documentales y evitaban cualquier tipo de problemas en la convivencia.

Desde entonces, Ángela le decía a Henry: “cumpliríamos un mes sin nuestro hijo”. Al siguiente mes lo mismo y así, hasta que se cumplió un año el pasado 26 de abril.

Ya no se lo dice, pero Henry sabe que no se le olvida. 

Como familia no hablaron más del tema, ni buscaron ayuda. Tampoco lo asumieron como un acto de descuido, pues se sintieron asustados y eso los frenó, los inhibió, los bloqueó. 

Alberto siguió su vida y los estudios. 

Un año después de aquel episodio, decidió hablar sobre su intento de suicidio. Calmado, pausado, como una manera para que otros se vean reflejados. Porque pueden estar sintiendo algo parecido. 

De hecho, dice que tiene amigos que también lo han intentado. Es un tema que está presente en su círculo. Una de sus amigas se tomó unas pastillas. 

—Por problemas con su familia, siempre hacía esas cosas, una vez fuimos a ayudarla para que no lo hiciera. Eso es un asunto que está ahí. Siempre hay alguien. Y bueno, cada quien busca cómo salir.

Alberto no hizo terapia después del intento de suicidio, nunca la ha hecho. Al hablar de psicólogos y psiquiatras, él mismo dice: 

—Sigo a varios especialistas, los consulto en línea. Me meto en foros y eso me ha ayudado a comprender un poco más las cosas, a mejorar mi actitud y mi comportamiento.

Por sus búsquedas en Internet, logró identificar que sufre de ira, ataques que ya ha tenido incluso fuera del hogar. Pero prefiere no hablar de eso. Lo que sí dice con firmeza es que no ha vuelto a pensar en intentar de nuevo quitarse la vida.

Sus padres, en cambio, tienen temor, todo el tiempo, de que suceda otra vez.  

Su madre se siente culpable, y aunque sabe que los trastornos mentales no son un juego, no ha podido enfrentar el problema. Está consciente de que necesitan apoyo, pero no ha sabido cómo conseguirlo. Sabe que cualquier discusión puede ser el detonante para un ataque de ira, o trastorno explosivo intermitente, el término técnico que al parecer describe la condición de Alberto. Sabe que está latente el riesgo de que eso lo impulse a una acción extrema. 

Alberto reconoce que por distintas razones no ha podido tratarse. No lo admite abiertamente, pero su familia, como la mayoría de las familias en Venezuela, vive una situación económica difícil que hace cuesta arriba costear una terapia como la que necesita para contener y sanar. También es escéptico respecto a que una terapia lo ayude. 

Desde aquel intento, siente que explota con más frecuencia, que se ha vuelto más intolerante. Pero al menos dice que ya hay un avance, el haber reconocido que son ataques de ira, que funcionan como él mismo describe, las fallas tectónicas que le permiten liberar energía. 

—Siento que luego de esos episodios me descargo, me libero.

*El nombre real de Alberto fue cambiado para proteger su identidad.

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