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A modo de prefacio

Jaqueline ─cuyo nombre no es real─ contó su historia en 2008. Los hechos y datos que aquí se relatan son parte de las semblanzas de cinco mujeres que en ese año vivían en pobreza en el área metropolitana de Caracas y que presenté como trabajo de grado. Son cinco relatos que muestran qué significa ser pobre.

Subir a Séptimo Plan, al barrio donde visitaba a Jaqueline hace dos años, no es fácil hoy en 2010. Los jeepceros de Antímano (conductores de los vehículos rústicos que funcionan como transporte público y que suben a las intrincadas y empinadas zonas depauperadas de Caracas)  dicen que si uno no es de esa zona es peligroso llegar, porque en los barrios suele haber rivalidades y peleas armadas entre algunos de sus habitantes. Un desconocido puede ser consideraro un agresor. Para estar seguros, hay que ir acompañado de alguien que viva allí.  También dicen que, todavía, cuando llueve, el terreno cede, los caminos se caen y no se puede pasar.

Antes de publicar este texto, dos años después de mis encuentros con Jaqueline, hice una cita con uno de los jeepceros para regresar a Séptimo Plan y averiguar si ella sigue en aquella casa y cómo es su situación actual. El chofer, aunque no vive en esa parte del barrio y dijo que “no solía ir para esos lados porque es feo eso por allí”, aceptó hacer el recorrido. Pero el día de la visita no apareció.

No sabemos nada reciente de Jaqueline. Si su casa permanece en las mismas condiciones que aquí se describen. El texto que presentamos es un perfil que retrata cómo era su vida hace dos años. Una vida de pobreza en lo más alto de Antímano.

I

A Jaqueline le gusta salir perfumada a la calle. Le encanta cuando se cruza con un hombre y él inhala hondo porque ella huele sabroso. Lo primero que hace cuando abre los ojos todas las mañanas es bañarse y echarse su crema Chicco, la misma que usan para los bebés. Y si va a salir, se rocía el cuerpo con alguno de sus ocho perfumes. Su favorito es el Red Jeans de Versace.

Su cuerpo está envuelto en una toalla blanca y el cabello húmedo gotea sobre su espalda. El rostro está maquillado con la misma precisión que el de una geisha: base impecable, cejas dibujadas, pestañas gruesas, cachetes colorados, labios brillantes.

Al salir de su cuarto, está lista para abrir sus grandes ojos marrones como las misses, para disimular esos kilitos de más metiendo la barriga, para creerse unos centímetros más alta, para lucir sus voluptuosos senos.

Tiene treinta y siete años y su apodo es Jaqueline. Así se dio a conocer cuando, doce años atrás, empezó a trabajar como anfitriona y prostituta en varios locales nocturnos en Caracas. Porque estaba sola con tres hijos y no tenía dinero para nada, dice. Ni para comprar comida, ni para inscribir a los muchachos en el colegio, ni para comprarles los útiles o el uniforme.

Una amiga le propuso que la acompañara una noche a su trabajo y se quedó en ese negocio durante siete años. Trabajó en La Cuevita, en la avenida San Martín; en La Guajira, en Capitolio; en El Ayacucho, en Nuevo Circo; en El Topeca, en La India; y en El Moderno, en Quinta Crespo.

“Nunca me imaginé que iba a trabajar en una vaina de esas. Me sentí mal el primer mes, sobre todo cuando me tocaban tipos que querían que hiciera cosas en contra de la voluntad de uno. Después le agarré el hilo. Uno se adapta, como en un trabajo normal. Uno se acostumbra. Lo agarras de juego, de burla”.

Jaqueline saca una bolsa amarilla de su escaparate. Dentro de la bolsa hay más de cuarenta fotos en las que aparece retratada en cada uno de los locales en los que trabajó. Vestía minifaldas, vestidos, shorts, lycras y conjuntos de ropa interior en diferentes modelos y colores. Su prenda favorita eran las botas de cuero sintético que le llegaban hasta la rodilla. Las tenía en blanco, negro y rojo.

“Tenía un ropero con mis buenos pantalones y mis buenas botas. Y nunca me faltaban mis perfumes de Ebel y Avon. Era más delgadita, más bonita, más simpática. No tenía estrías ni celulitis. Ahora tengo barriga y no tengo nada que ponerme. Me da pena. Voy a salir y no tengo nada. Las mismas veintiúnicas camisas y los mismos veintiúnicos zapatos”.

Dice que los locales nocturnos en los que trabajó son como cualquier bar. Los clientes llegan y se sientan en una mesa. A veces vienen solos, a veces con su pareja. Le indican al mesonero con cuál de las treinta mujeres que están en la barra quieren compartir unos tragos y, tal vez, pasar la noche. La elegida se sienta en la mesa con el cliente. Con altas dosis de seducción, ella lo incita a consumir la mayor cantidad posible de alcohol.

Jaqueline se sabe de memoria los precios de El Moderno: los de hace cinco años y los de ahora. Ése fue el último local en el que trabajó y a veces va para allá a visitar a sus ex compañeras de trabajo.

Cada botella costaba setenta y dos bolívares fuertes y equivalía a doce fichas. Cada ficha valía tres bolívares fuertes. Por cada botella que el cliente consumía, ella ganaba treinta y seis bolívares fuertes. Actualmente, el servicio cuesta doscientos diez y cada ficha vale siete bolívares fuertes. Si todavía trabajara allí, ganaría ochenta y cuatro bolívares fuertes por cada servicio.

Si el cliente además de tomarse unos tragos desea acostarse con la mujer, pide un “reservado”. Este servicio incluye una botella, una habitación minúscula y sexo. El “reservado” costaba noventa y nueve bolívares fuertes. Hoy cuesta doscientos ochenta bolívares fuertes. Por cada botella extra que se consume en el “reservado”, la mujer gana catorce fichas.

El sexo, aunque está incluido en el paquete, se paga aparte. Cada mujer decide cuánto dinero cobrar por su cuerpo y se queda con toda la ganancia. Jaqueline cobraba cien bolívares fuertes.

Nada diferente a lo que ya se sabe de este negocio.

II

—Deja, papi, tú si eres necio —le dice Jaqueline a Yeiberson, su bebé de diez meses, mientras intenta darle una cucharada de compota de guayaba.

—Qué va, no quiere esta vaina, quiere teta—se resigna.

Cierra la compota, la coloca en el piso y se levanta la camisa para amamantar a Yeiberson.

“Nací en Punto Fijo, estado Falcón, el dieciocho de abril de 1971. Por allá el viento sopla fuerte, se lo lleva a uno. Viví por esos lados hasta los quince años. Cuando me faltaban tres días para cumplir dieciséis, me vine a Caracas a trabajar. Me vine solita, sin pareja ni familia”.

Jaqueline estudió hasta segundo año de bachillerato. “No seguí estudiando por floja. No quería seguir”. Dice que era muy buena estudiante, pero cuando pasó a octavo grado se juntó con un grupo de muchachas que eran “bonchincheras, brinconas y fiesteras”. En vez de asistir a clases se iban para los matinés, unas fiestas con miniteca que empiezan a las once de la mañana y se extienden hasta la tarde. Durante ese curso escolar tuvo sesenta y seis inasistencias y la botaron de la escuela. Su mamá trató de convencerla para que volviera al colegio y repitiera el grado, pero ella no quiso y se marchó para Caracas.

Empezó a trabajar en casa de una pareja de maestros que vivían en Punto Fijo y que se habían mudado para la capital. “Dormía y vivía allí. Ni salía, no tenía adónde ir”. Estuvo ocho meses trabajando con ellos y luego se mudó para San Felipe, estado Yaracuy.

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