Seleccionar página

Compraron láminas de zinc, vigas, tablas de madera y comenzaron a construir su propio rancho. Tardaron tres meses en terminarlo. “Abrimos los huecos, colocamos las vigas, las tablas y el techo de zinc. Lo hicimos todo entre El Enano y yo. Por eso nos tardamos tanto”. Cuando se mudaron, el piso todavía era de tierra. C., ella y sus dos hijas vivieron allí durante un año.

VI

Chaca-chaca, chaca-chaca. La lavadora retumba. Jaqueline está parada junto a ella rallando jabón azul. Lo frota contra el rallador de cocina como si fuera una zanahoria. Los pedacitos de jabón caen el agua y se unen al compás de la máquina.

Cuando termina, pone el rallador y el jabón sobre la mesa de la cocina. Se limpia el sudor de la frente con el antebrazo y mete ambas manos dentro de la lavadora. Al parecer, no está funcionando muy bien. Por eso hace tanto ruido.

Restriega la ropa y empieza a hablar de El Enano. Dice que trabaja en un restaurante de la avenida Casanova, en Caracas, desde hace dos años. Que gana doscientos bolívares fuertes semanales, más trescientos bolívares fuertes mensuales en cestatickets.

También dice que ella ya no trabaja en locales nocturnos porque C. se lo prohibió. Pero confiesa que de vez en cuando se va para El Moderno los viernes o los sábados por la noche.

“Este hombre no quiere que uno salga, tiene una mente enferma, machista. Yo peleo con él, lo he corrido y todo por eso. Porque él dice que yo siempre estoy pendiente de la pura putería. Que sólo pienso en cerveza, en puro beber. Y entonces yo me le arrecho y me escapo para los locales”.

Un viernes de junio de 2008 se escapó.

—¿Y esos reales? ¿Qué hiciste? Seguro que estabas tirando —le dijo C. el sábado en la mañana.

“Eso es todo lo que él piensa. Que uno va para allá a tirar. Esa noche hice trescientos bolívares fuertes y no me acosté con nadie. Gané más que eso, pero me lo gasté bebiendo con las muchachas”.

Cuando Jaqueline logra reunir un pequeño capital viaja a Punto Fijo y trae mercancía para vender en Caracas: reproductores de sonido, secadores de pelo, televisores, tostiarepas, cámaras digitales, edredones. También vende productos de Avon por catálogo.

El dinero que le sobra luego de hacer mercado lo ahorra en un “san”. El “san” es una suerte de banco casero: todas las semanas ella le da cien bolívares fuertes a una señora del barrio. La señora le guarda todo ese dinero durante dos meses y luego le da todo lo que ahorró.

Por hacer las veces de banco, la señora gana cien bolívares. En total, Jaqueline ahorra setecientos bolívares fuertes en dos meses. “Ahora estoy metida en dos sanes. Con ese dinero me voy a Punto Fijo para traer mercancía”.

VII

Jaqueline sigue de pie junto a la lavadora. Ya terminó de restregar toda la ropa. Ahora la exprime y la coloca en una ponchera. Está preocupada porque a una de sus hijas, que cursa primer año de bachillerato, le quedaron cinco materias para reparación.

—Mamá, mañana es la prueba de Castellano y no tengo el cuaderno. Se me perdió.

—Bueno, agarra el libro. Ahí tiene que salir todo.

—Mamá, no tengo libro. Este año papá no me compró ni un solo libro.

Piensa que su hija va a reparar porque este año fue al colegio sin un libro. “Me hubiera dicho que D. no le compró los libros y yo brincando y saltando veía cómo se los conseguía. Pero no me dijo nada”.

Además de ésta, Jaqueline tiene cuatro hijos más. Casi todos son hijos de diferentes hombres.

La que tiene diecinueve años es hija de S. La de diecisiete y el de catorce años son hijos de D. La de cinco años es hija de J.G. El que tiene diez meses es hijo de C.

Sólo dos hijos viven con Jaqueline en Caracas. Otra vive en Punto Fijo con su abuela materna desde que tenía un año. Otro vive en Churuguara, estado Falcón, con unas tías, y la de cinco años, quien también está en Falcón, vive con su papá.

Jaqueline dice que sus hijos le dan alegría. A veces piensa que ha tenido demasiados, pero nunca le han estorbado. “Hasta el pequeño, que a veces me vuelve loca porque quiere estar todo el tiempo pegado a la teta, me hace feliz. Sí. Mi niño me pone contenta”.

H., hermano de Jaqueline, dice que ella es una guerrera, una mujer que siempre ha luchado por sus cosas. “Se hizo independiente muy jovencita. Se fue de la casa cuando tenía quince años. Ha guerreado mucho”.

VIII

Jaqueline vive en Séptimo Plan, el sector más alto del barrio La Pedrera de Antímano, en el oeste de Caracas. Durante todo el mes de junio de 2008 los jeep no pudieron subir hasta su casa. El camino de tierra que comunica Cuarto Plan con Quinto Plan —sectores ubicados más abajo que el de Jaqueline— se convirtió en una piscina de lodo. El terreno es arenoso y cuando llueve se vuelve escurridizo como una papilla.

En diciembre de 2007, el Segundo, Tercer y Cuarto Plan se vinieron abajo. No hubo muertos ni heridos porque el terreno fue cediendo poco a poco y los habitantes tuvieron tiempo suficiente para desalojar. Donde antes estaban las casas, ahora hay un enorme hueco rodeado de basura y ruinas. Parece como si la montaña se hubiera tragado un pedazo de tierra en un bostezo.

El paso hasta Quinto Plan lo restableció la comunidad. Los trabajadores de la Asociación de Conductores Línea La Pedrera y los líderes comunitarios de la zona recolectaron dinero en los siete planes y construyeron, ellos mismos, un camino de cemento. Tardaron dos semanas en hacerlo. El primero de julio de 2008 estrenaron el pavimento.

José Andrade, trabajador de la asociación, dice que la construcción del camino costó ochenta mil bolívares fuertes. “La Alcaldía Metropolitana nos ayudó con veinte mil bolívares fuertes. Los otros sesenta mil bolívares fuertes los pusieron los vecinos de la comunidad”.

Casi no hay casas de bloque: la mayoría de las viviendas son ranchos de zinc o de tablas. Los niños corren de un lado a otro comiendo mazorcas y volando papagayos. El monte crece desordenadamente por todos lados y sopla una brisa fresca. Más que un barrio, Séptimo Plan parece un caserío rural.

La vivienda de Jaqueline está encaramada en una loma que se escala en cuatro pasos largos y firmes. Desde su cima, se ve la Universidad Católica Andrés Bello y la urbanización Juan Pablo II.

Es un rancho construido con tablas de madera. Tiene piso de cemento y techo de zinc. Una hilera de ropa secándose al sol atraviesa la fachada principal. Sobre la puerta se lee ATC. “Significa atención al cliente. Lo pusieron los del censo”. Junto a las siglas brilla uno de los bombillos ahorradores de energía que distribuyó el Gobierno con la Misión Revolución Energética. Debajo del bombillo hay dos pipotes llenos de agua tapados con bolsas negras.

Adentro, el espacio es reducido. A la derecha, la sala; a la izquierda, la cocina; y al fondo, el cuarto. Un único cuarto.

En la sala hay dos sillas de madera, un escaparate, un teléfono, una montaña de trastos, un retrato de una de sus hijas y otro bombillo ahorrador de energía.

En el lado izquierdo de la cocina hay tres pipotes, tres poncheras, treinta tobos y trece pimpinas. La casa no tiene tubería de aguas blancas ni cloacas. El agua no llega a Séptimo Plan.

¡Tus historias favoritas por correo!

¡Tus historias favoritas por correo!

Suscríbete al Boletín HQL para recibir relatos que conectan y novedades de tu interés.

¡Gracias por suscribirte al Boletín HQL!