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Una suave música de fondo acompaña a los comensales que cenan en el local de Buona Pizza de la avenida 7, en pleno centro de la ciudad de Mérida. El tintineo de los cubiertos se detiene cuando dos relampagueos anteceden a la penumbra. Un “nooo” sostenido recorre las mesas y las manos empiezan a tantear celulares para iluminarse provisionalmente. Otra vez se fue la luz.

Pero al minuto, un bramido de motor ruge en el ambiente. Las luces parpadean de nuevo, la caja registradora abre y cierra con su eco metálico y los mesoneros vuelven a repartir discos humeantes de queso y pepperoni. La planta eléctrica ha dado vida por dos horas más.

Su rumido corroe los oídos, que forzados obligan a la voz a que se eleve. Las conversaciones se reanudan en medio de una bruma de sonidos que hace entrecerrar los ojos para leer los labios que ya no se escuchan. Pero se pueden ver unos a otros y eso celebran con aplausos (con más ruido). La comida despierta sus paladares y nadie recuerda la música que se perdió en el fondo.

El sonido industrial que se instaló en la ciudad ya cuenta seis meses. Los merideños tuvieron que completar sus rutinas con la energía que generan las plantas eléctricas, después de vivir entre apagones impredecibles que ocurrían dos y tres veces diarias, sin distinguir el día o la noche, sin saber de zonas ni horarios. A seiscientos ochenta kilómetros de los problemas de la capital, el estado andino recibió la declaración de emergencia eléctrica nacional con cuatro meses de retraso.

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Ese martes decembrino, desde la ventana de su apartamento, Pedro González podía ver la columna de humo negro que salía del centro comercial en la avenida Las Américas, donde funcionaba la sede de Cadela, filial andina del sistema eléctrico nacional, que fue incendiada la tarde del ocho de diciembre por manifestantes que reclamaban haber estado más de seis horas consecutivas sin luz.

Con las actividades escolares suspendidas por las manifestaciones, Pedro, profesor de bachillerato, recuerda que el primer pensamiento que lo atacó al ver el fuego fue la cantidad de reservas de gasolina para encender las plantas eléctricas que había en los apartamentos de la urbanización Independencia, sólo separada de las llamas por una pared que cerca a los edificios.

Las autoridades habían anunciado, en septiembre de 2009, que los apagones serían hasta finales de ese mes, pero la situación se hizo tan crítica y continua que hasta la cordialidad que distingue a los andinos se esfumó igual que la luz. Después del incendio, una semana de detenciones y allanamientos en busca de responsables puso el ánimo de los merideños aún más encendido.

A pesar de los reclamos, las necesidades se fueron resolviendo con el resonante motor portátil, generador de la electricidad inyectada con la fuerza del líquido vital patrio: la gasolina.

“Compré la planta eléctrica al mes que comenzaron los apagones porque ya se veía que no iba a ser temporal. La luz se iba a cada rato, sin aviso y casi siempre dos horas en la noche. Tenía que corregir exámenes, trabajar en la computadora así que gasté novecientos cincuenta bolívares en mi planta de novecientos cincuenta vatios para lo diario”, dice el profesor. Un bolívar de los fuertes por vatio.

Los dos primeros meses, una torre de hojas a la espera de calificaciones se acumulaban en el mesón de trabajo de Pedro. Cada noche para recuperar el tiempo, se ponía la meta de corregir por lo menos veinte exámenes de los cincuenta pendientes, con la perturbación sonora instalada en el baño que tiene en su cuarto. Nada de aromas florales ni jabones olorosos. Una garrafa de ocho litros respiraba a sus anchas todas las tardes para evitar que la gasolina explotara por las leyes químicas que la hacen reina de la combustión.

La cuchilla de ese baño siempre en off para evitar cortos si llega la luz repentinamente. Y bien lejos los fósforos, encendedores y potes de aerosol. Manténgase en lugar seco y fresco, advierten los envases, somos inflamables.

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