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Dicen los sabios devotos que las velas bendecidas el 2 de febrero, Día de la Candelaria, son prendidas en honor a quienes les cuesta morir para ayudarles a pasar a la otra vida. Se les reza para aplacar la agonía que tienen en sus últimas horas. Aquí, en Petare, en el corazón del barrio caraqueño, varios fieles se han empeñado en mantener esta tradición, como tanto lo hizo la abuela Margarita

Fotos Joleidys Ramos y Keyla Guevara

Las velas ya están encendidas y los fieles esperan a que el párroco de la Iglesia Dulce Nombre de Jesús de Petare, pase rociando con agua para bendecirlas. Las misas son iluminadas por estos cirios, manteniendo así una tradición muy antigua. Hasta la Capilla María Magdalena se llena de esa luz mañanera que deja esparcir el frescor que se siente este Día de la Candelaria. Su campana solitaria suena temprano, aguda y firme entre la quietud que aún guardan algunos lugares de la cercanía. Es el llamado a la única eucarística que se hace allí en la semana y que pronto dará inicio. Entre esos sectores aún quietos a esta primera hora del día está Las Brisas de Petare, desde donde se divisa la iglesia Mayor del centro histórico, con su color rosado, sus delineados blancos que llegan hasta la cúpula de su campanario y ese largo techo de tejas anaranjadas que la hace ver tan colonial. Muchas veces esta imagen la vio Margarita Key cuando iba los domingos a misa. Su esposo fue un hombre sencillo que la conoció en la juventud y juntos criaron a cinco hijos. Tenía la tez morena, cuerpo robusto y mediana estatura, y los ojos y cabellos negros, como el café que colaba cada mañana y en las tardes para la merienda. Como era rezandera, era muy buscada por sus vecinos para que hiciera los novenarios de los difuntos. Siete personas están presentes en la pequeña capilla que todavía huele a casa antigua. Entre paredes claras que sostienen un techo rojo con vigas azules, rezan en voz alta la Coronilla de la Divina Misericordia. Así esperan al diácono Genaro Linares que realizará la celebración de la palabra. El altar mayor está decorado con telas azules y doradas, pero sus candelabros no serán encendidos hoy porque no tienen velas para dar luz, aquí solo se coloca lo necesario para la sencilla liturgia dominical. La imagen de la Virgen de la Candelaria y su decorado se hallan en la Iglesia Mayor que está a unas cuadras.

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Margarita, en sus últimos años de vida, colaboraba en esa gran iglesia antigua con un rosario o con la lectura. No se sabe el momento exacto en el que comenzó su propia tradición. Pero Noris, su hija menor, conserva el recuerdo intacto:

—Iba el Día de la Candelaria a bendecir su vela. Luego la traía a la casa, la guardaba y la sacaba para el bien morir de algún conocido. Al año siguiente iba de nuevo para prender en la iglesia lo que le quedaba a la vela y buscaba ese mismo día, una nueva bendecida.

Su familia no sabe si la abuela Margarita —como la llaman— la usaba para otro motivo, pero sí atesoran ese ritual que cumplió hasta hace quince años, cuando se fue de este mundo.

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Comienza la misa y tres motivos se celebran: la Purificación de la Virgen María, la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Virgen de la Candelaria. Al terminar su homilía el diácono pregunta a los asistentes:

—¿Trajeron las velas para ser bendecidas? La gente comienza a sacarlas para ser encendidas una a una por él mismo, con su propio yesquero. Las bendice con una plegaria y pide a los que no las trajeron que se lleven esta oración a su casa antes de prenderla. Una hora después en la Iglesia rosada, se realiza la bendición de manera distinta. El padre Miguel Vargas y el diácono Luis rocían agua bendita sobre los asistentes y sus cirios encendidos, mientras se cantan alabanzas a Dios. Una señora aprovecha este rito y deja que ese rocío caiga en el pequeño Niño Jesús, que ataviado con un traje blanco tejido, reposa en su mano derecha, mientras con la izquierda sostiene la luz proveniente de una de las tantas velas blancas. Ya esa tradición de regalar a los fieles las velas amarillas y rojas en los templos se terminó, ahora cada quién lleva la suya del color que permite su economía.

Nuestra Señora de la Candelaria es como la llaman los cristianos católicos y la de Petare llegó hace mucho tiempo con los españoles. Esta escultura aparece en el inventario de 1837. Su nicho está en una de las naves laterales, donde la pared gruesa se abre en forma de arco para darle cabida al altar de madera que la resguarda el resto del año. Es una imagen de santo de vestir, de ojos negros, que mira introspectivamente a la nada. Su largo cabello azabache rizado cubre su frente y se pierde en el largo manto que baja de su cabeza. La piel clara toma forma en las facciones europeas con que fue creada. Su expresión serena deja escapar una pizca de tristeza custodiada por las mejillas rosa y su pronunciado mentón.

El niño sonriente, que debería estar descansando en su brazo derecho, está en el aire como si estuviera sujetado por su corazón de madre. Ensimismado y feliz parece levitar confiadamente.

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Las cuentas del rosario de la abuela Margarita pasaban una a una en sus manos cuando les rezaba a los muertos. Eran pocas las personas que sabían hacerlo como ella. Se sabe que en dos ocasiones ayudó a bien morir a los agonizantes.

Más allá de las costas indígenas de aquel siglo XIII, al otro lado del océano, la Virgen Morena se apareció en Tenerife, Islas Canarias, a dos pastores guanches. Mientras que su ganado no se atrevía a pasar a las cuevas para ser encerrados, ellos se acercaron a ver lo que sucedía. Contemplaron la imagen que parecía animada y le hicieron señas de que se fuera para poder pasar, al hacerlo a uno se le quedó el brazo inmóvil y al otro que fue a herirla con un cuchillo, se le devolvió su acción contra sí. Huyendo, fueron donde el rey y éste se acercó al lugar. Le hablaron a la estampa, pero ella no respondía, por lo que se decidió que los dos hombres que la encontraron la cargaran para llevarla al palacio. Cuando la tocaron quedaron sanados. Fue Antón, el bautizado cristianamente, quién reconoció a la Virgen María. Le hicieron su Santuario y la nombraron Patrona de las Islas Canarias, según narra Andrés Zaca en su libro María Advocaciones y Oraciones.

Esa devoción llegó a América muchos años después y uno de sus destinos fue Petare. Así comenzó la tradición de las luces en la que fuera la tierra de los Mariches a los pies de El Ávila. Hasta una Cofradía tuvo en 1867 que según Amelia Rodríguez —custodia de la historia de Petare en la actualidad— era llevada por la familia Avellaneda.

El señor Dimas fue una de esas dos personas que fueron ayudadas a bien morir por Margarita. Este hombre canoso y flaco, vivía en una de esas casas viejas espaciosas y en sus últimos días yacía enfermo en su cama sin poder hablar, en esa agonía le colocaron el cirio de la Candelaria prendido entre sus manos y le rezaron por largo rato. Al día siguiente murió. El nombre de la segunda persona ya está olvidado y esta rezandera del barrio se quedó orando solo los novenarios a los difuntos hasta que decidió que ya no lo haría porque se cansaba.

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Hace quince años, el 13 de junio de 2004, murió la mujer que colocaba la vela de la Candelaria en las manos a los moribundos y les oraba. Se desconectó del mundo y se fue deteriorando poco a poco. La que preparaba a otros para la muerte le tenía miedo a morir, y a pesar de esto, se entregaba poco a poco a ella. Ya no hablaba ni comía, solo respiraba. Pasó sus últimos días en una cama postrada. En ocasiones se movía como si quisiera salir de ese extraño estado en el que se sumergió. Pero ya no podía.

Noris, le prendió el cirio para que la Candelaria la sacara de esa agonía y la ayudara a bien morir. Le pidió a su madre algo importante:

¡No te vayas a morir en el cumpleaños de Miriam!

Miriam, la mayor de los cinco hijos que Margarita crió cuando aún tenía mucha vida y que en ese momento tuvo que pasar esta fecha con su madre convaleciente.

Un día después del cumpleaños, como si se cumpliera una promesa, falleció Margarita.

A inicio del siglo XX del cielo le cayó una luz en forma de centella a la Virgen cuando la sacaban en procesión y la quemó. No se supo por qué ocurrió, ya que la iglesia protegía al pueblo con su pararrayos en forma de bandera y cruz que aún está encima de la cúpula blanca del campanario:

—Cuando eran atrapados los rayos, bajaban a un pozo debajo del bautisterio que los apagaba —relata Amelia.

Restauraron toda la imagen y le dejaron la mano izquierda quemada para recordar lo que pasó. Con esa mano sostiene actualmente su vela blanca de base dorada, la que nunca se prende en su día.
Algunos petareños, como la señora Dilia Cuevas, conocen esta tradición del bien morir. Con sus noventa y un años la vivió:

—Se pedía por la salud o la muerte del enfermo ya que su luz le ayudaba a alumbrar el camino de los que estaban graves. Se les prendía a un costado y les rezaban un Padrenuestro y un Ave María y si se morían, se las dejaba prendidas hasta consumirse.

 Ella fue quien le rezó la novena de difuntos a su amiga, la abuela Margarita.

Un viejo manual de la doctrina cristiana y un misal romano de 1948 aconsejan guardar estas velas bendecidas en los hogares y que se usen cuando se administre el viático y la extremaunción, pues sirven para acompañar a Cristo luz cuando estén encendidas. Tienen que ser guardadas en casa y colocar en la mano del agonizante.

Noris, la hija de la rezandera Margarita, cuenta que también ha seguido esta tradición de su madre y que las personas fallecen dos días después. En su honor, conserva la última vela que usó su mamá para el bien morir y guarda en sus recuerdos dos frases que decía cuando hacía el ritual. Porque cuando era pequeña, su mamá la llevaba con ella a cada visita a un moribundo y como todo muchacho entrépito, se sentaba a ver todo lo que sucedía:

—Busca la luz…

—Busca una cara conocida.

Y Noris, con actitud de certeza, agrega a su relato:

—¡A mi mamá la vino a buscar mi abuela!

Este trabajo fue producto de la tercera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre de 2019 a febrero de 2020.

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