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Fotos Carlos Bello y Anaís Marichal

Gilberto Martins es uno de los fabricantes de tablas de surf más conocidos de Venezuela. Luego de treinta años en el oficio ha logrado que en casi todos los estados costeros del país, e incluso en lugares fuera de las fronteras, sea común ver plasmada la “M” de su apellido, pintada sobre la fibra de vidrio que cubre el principal implemento del surfista.

Su taller funciona en las profundidades de la montaña, en un sector llamado El rincón situado en el Cerro de Los Blancos de Anare. En el camino se pueden ver construcciones en ruinas, que solían ser grandes casonas décadas atrás, pequeñas casas de ladrillo y una seguidilla de escaleras de piedra que luego se convierten en promontorios de tierra.

Entre árboles de plátano y palmas se ven cuatro paredes sin frisar, cubiertas por un techo de zinc. Allí trabaja Martins. Aunque parece un espacio muy pequeño, su interior abre paso a grandes y coloridas láminas de foam que pronto se convertirán en tablas hechas a la medida de los surfistas de Anare.
El olor a thinner del interior impregna las fauces y advierte el paso a tres habitaciones, una para cada fase de la producción: el shape, donde se le da forma a la materia prima; el laminado y la pintura.

Iluminado por luces de colores tenues, Gilberto Martins refresca su vínculo con el surf:

—Soy caraqueño, durante casi toda mi vida viví en El Cafetal, al este de la ciudad. Pero hace doce años me prestaron una casita en el Cerro de Los Negros, justo frente al río y muy cerca de la playa. Podía bañarme allí cuando quisiera, así que decidí comprarla y quedarme a vivir en Anare. La posibilidad de estar en este lugar tan tranquilo y en medio de la naturaleza, me sedujo.

Cuenta que desde los 15 años visitaba Anare para surfear y empezó a conectar con toda esta movida.

—Conocí a Pedro y David Díaz, surfistas legendarios del pueblo, desde que estaban en la categoría junior. Pero además de hacer surf, me llamó la atención la construcción de tablas. Así que me fui detrás de un grupo que tenía una academia en Playa Los Cocos, para aprender de ellos.

Para Martins, las olas de las costas venezolanas son muy parecidas: con mucho movimiento, pero no demasiado altas. Para ellas ideó un estilo de tabla plana, con poca curvatura. Su meta es que el surfista pueda lograr movimientos más precisos y estilizados, que es lo que valoran más los jueces de las competencias.

Fabricar y vender tablas de surf en Venezuela es un oficio difícil en la actualidad. Los costos de producción son muy elevados, pues casi el 100% de la materia prima es importada.

—Hacer una sola tabla me cuesta aproximadamente 380 dólares. De esos, nada más 150 dólares son para el foam, el material más costoso. El resto corresponde a la tela, la resina y los cajetines. Lamentablemente, lo único que puedo comprar en Venezuela en este momento es la lija y la pintura —explica Martins.

Décadas atrás, dice, era posible conseguir en el país todos los implementos necesarios para fabricar las tablas.

—Yo vendo aproximadamente cuatro tablas al mes, cada una en 500 dólares. La mayoría del tiempo, son encargos de organizaciones que patrocinan a los talentos del pueblo y financian el costo. Si yo trabajara fuera del país, en Estados Unidos, por ejemplo, ganaría mucho más dinero, porque el costo de producción es más bajo y ninguna tabla cuesta menos de $700. Pero para mí no hay nada más gratificante que ver a los chamitos de Anare con una tabla hecha por mí, logrando cumplir sus sueños.

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