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Prefacio (extracto de «Notas Preliminares»)

 A veces el silencio resguarda el honor, y en su empeño por velar las sombras donde suele habitar la verdad, levanta los muros infranqueables de la indiferencia. Esta es una historia de silencios, de omisiones, de olvidos y sobre todo de una aguda impunidad que, esta vez, como en cualquiera de los ámbitos venezolanos, se encargó de arrebatarle a un país algo de enorme valor y le dejó en la boca el gusto amargo de la injusticia.

Ocurrió en el museo de mayor prestigio de Venezuela, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Le sucedió a una de las joyas de su colección, pero las verdaderas víctimas fueron todos los venezolanos a quienes le pertenece un patrimonio, un recuerdo colectivo, un orgullo nacional que se sintió mancillado cuando la Odalisca con pantalón rojo de Henri Matisse sencillamente desapareció.

El escándalo develó la pérdida de un patrimonio cultural valorado en casi cuatro millones de dólares. El histrionismo de los actores distrajo por algunas semanas a los encargados de esclarecer el hecho: los detectives y fiscales en su trinchera jurídica y los periodistas y funcionarios en el terreno de las interpretaciones de la verdad. Pero al poco tiempo aquella sofisticada historia propia de un thriller policial cayó en el más denso de los olvidos, en el más oscuro de los silencios, en la más cínica indiferencia, los cuales han sumado al expediente que reposa en la Fiscalía General de la República una capa de polvo de siete años de antigüedad.

RETRATO DESDE MIAMI

Vuelo directo a Collins Avenue

Un nombre y unos rasgos del rostro son las únicas huellas que existen de un individuo “muy venezolano, de unos cuarenta y pico de años, cachetón, de ojos marrones, grandes, siempre bien vestido y conocedor de arte” (1) que contactó a la dealer Sylvia de Azevedo para que hiciera las gestiones de venta de la Odalisca con pantalón rojo en el mercado internacional de arte.

Efrén (llamado otras veces Efraín) Castillo era el nombre del coronel de la Guardia Nacional que llamó desde Caracas a la venezolana residenciada en Miami porque le habían recomendado su nombre para una operación encomendada por el propio Consejo Directivo del MACC (2). Ella parecía ser la persona ideal para vender esta pieza clave de la colección y para asesorarlos en la comercialización de otras obras de las que el gobierno venezolano deseaba desprenderse para adquirir otras de artistas nacionales, como la colección de Jesús Soto del museo de Ciudad Bolívar.

Efrén Castillo y Sylvia de Azevedo siempre conversaron a través de sus teléfonos celulares, y cuando la intermediaria le dijo que era absolutamente necesario que se reunieran para precisar los términos de la negociación, el coronel señaló que podía estar en Miami a los dos días para llevarle la obra y concretar las condiciones de esta relación comercial.

Como había prometido, Castillo llegó a la residencia de Azevedo, ubicada en el 3030 de Collins Avenue, en Miami Beach, con un lienzo de 1925 enrollado y la historia de que el MACC (para ese entonces todavía llamado “Sofía Imber”) le había encargado esta misión porque el presidente Hugo Chávez era muy nacionalista y, aseguraba el coronel, pensaba que los museos, en vez de acumular pinturas extranjeras, debían aprovecharse para exhibir los valores venezolanos (3).

Cuando se reunieron en un café, situado al frente del edificio donde vivía Sylvia de Azevedo, Efrén Castillo le entregó la obra y le habló por primera vez de la Odalisca con pantalón rojo, recordándole constantemente que trabajaba para el Consejo Directivo del museo, integrado por algunos miembros de siempre y otros colocados por las instituciones tutelares, todos “miembros la Revolución”. Estos miembros eran los mismos que siempre aprobaban las resoluciones que llevaba Sofía Imber con la venia que otorga el exceso de confianza en quien por años timoneaba sin tropiezos el museo. A Sylvia de Azevedo le asombró que trajera la pieza desde Caracas enrollada torpemente y sin ningún cuidado especial.

Efrén Castillo habría sacado la tela de Venezuela en un vuelo de Aeropostal y gracias a los buenos oficios de un piloto llamado Pedro Hernández (presuntamente emparentado con una funcionaria del museo) quien vivía en el hotel aledaño, llamado Anauco Hilton, y poseía en comodato uno de los quioscos de venta de postales y souvenirs del museo en las mismas instalaciones del complejo urbanístico Parque Central.

—Ésta no es forma de tratar un cuadro… ¿Dónde está el bastidor?… Así yo no te puedo recibir una obra —le dijo la dealer a Efrén Castillo-

Mientras Sylvia de Azevedo pensaba que aquello tenía toda la apariencia de ser “un paquete chileno”, Castillo resolvió el asunto muy austeramente: engrapó el lienzo realizado por Henri Matisse en un marco de madera de pino, lo envolvió en papel y al día siguiente regresó al 3030 de Collins Avenue, pero no encontró a Azevedo. El conserje, Benny, le dijo que si no estaba la camioneta de Sylvia era que ella no estaba en su apartamento. Lo dejó subir hasta su piso y Castillo le dejó, recostada de la puerta a la mismísima Odalisca con pantalón rojo que, según la conversación del día anterior, tenía un valor de 3,5 millones de dólares y por cuyatransacción Azevedo se ganaría el diez por ciento de la comisión que logró luego de que el coronel intentara tumbarle tres puntos de ganancia.

“Me comunico contigo esta noche”, decía la tarjeta adherida al paquete (4).

—Vi el marco, de pino, horrible… Y la colgué en el baño de mi apartamento. Allí estuvo dos días. Le pregunté a Efrén Castillo que por qué recurrían a mí, por qué no la vendían en una subasta. Me respondió que “ellos no querían escándalos”, que “no querían notoriedad”. Le firmé un papel como recibo de la obra en consignación “de una Odalisca de Henri Matisse” para su negociación. Para mí, era una copia.

Una marchante muy especial

Por momentos cuesta creer que Sylvia de Azevedo, cuyo nombre real es Silvia Ferreira de Mannelo, perteneciera al sofisticado mundo del arte, aunque ella se afane en rodear su nombre con el de conocidos e inmaculados galeristas del ambiente artístico venezolano como Alejandro Freites y Juan Pablo Muci (“Ellos me conocen, saben quién soy yo”).

De origen brasileño, lo que sí es seguro es que Azevedo fue durante algún tiempo una especialista en la obra del pintor Emilio Boggio y que su área de influencia era el arte venezolano. Esta especialidad la hizo estar en contacto con nombres como el de Francisco Da Antonio, antiguo y respetado director del Museo Arturo Michelena y de la Galería de Arte Nacional, y un dedicado cazador de obras falsas atribuidas a Arturo Michelena y Bárbaro Rivas. No falta quien asegure (5) que el nombre de Sylvia de Azevedo estuvo ligado a uno de esos casos en los cuales pretendieron certificar como cuadros originales de Arturo Michelena algunos lienzos del siglo diecinueve.

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