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Rusos y ucranianos de Catia compartían a cielo abierto las proyecciones de películas en un cine inaugurado por una pareja de rusos en la calle Guayaquil de Altavista, cerca de la Iglesia Ortodoxa de la Asunción de la Virgen María. Este espacio se convirtió, a mediados de los años 50, en la opción de entretenimiento preferida de muchos inmigrantes y un punto de encuentro de la colonia eslava con sus vecinos venezolanos. 

Esta es la segunda entrega de Rusia y Ucrania conviven en Catia, una cobertura especial de Historias que laten que documenta la memoria urbana de Altavista, el reducto ruso-ucraniano de Caracas. 

Texto: Jonathan Gutiérrez

Fotos: Ana Cristina Febres-Cordero

—¡Se me va a quemar el cordero! ¡Ya vengo! dice Moisés Freites, quien sale en carrera desde la acera, entra por la puerta lateral de un portón y desaparece.

Moisés, inmigrante portugués de Madeira, vive en la casa del fondo del taller mecánico del que es propietario en la calle Guayaquil de Altavista, al oeste de Caracas. Está casado con Teresa Stefanelli, italiana oriunda de Palermo, Sicilia, y sus hijos son italo-portugueses venezolanos: José, Enrique Manuel y María.

Transcurridos unos minutos, Moisés regresa con una sonrisa en el rostro.

El cordero está quedando para chuparse los dedos, ya le bajé la temperatura –dice.

Moisés Freites

El portugués abre el portón del taller, deja ver el espacio central del local que también hace de estacionamiento, y señala un muro.

—Esa pared era la pantalla del cine —señala Moisés.

El taller Cherry cumplió 35 años de actividades de mecánica, latonería y pintura. Anterior a este negocio funcionó una carpintería de un español llamado Juan, la Ebanistería Yiuria. Pero antes de la carpintería, en ese mismo lugar de la calle Guayaquil de Altavista, en Catia, se proyectaban películas.

Una francesa llamada María, que vivió toda su vida al frente de la iglesia ortodoxa, me contaba que aquí unos rusos pasaban películas —dice Moisés.

Vera de Molea y su esposo, a quien todos llamaban el señor Molea, a mediados de los años 50, abrieron un cine en la calle Guayaquil, a unas casas de la iglesia ortodoxa rusa de la Asunción de la Virgen María.

Vera era una rusa nacida en Járkov, la segunda ciudad más importante de Ucrania después de Kyiv (en ucraniano). Su marido era nacido en Rusia y de origen finlandés. Ambos tuvieron dos hijos, Wladimir y Yuri Molea, aún residenciados en Altavista.

Los Molea alquilaban un terreno de la calle Guayaquil.

El señor Molea era quien se encargaba de las proyecciones. Vera, su esposa, promocionaba las exhibiciones entre la comunidad, daba la bienvenida en cada función y supervisaba que todo estuviese óptimo.

—Vera era intendente de la iglesia de lo Hartmann, el otro templo ortodoxo ruso de Altavista, y cantaba en el coro de esa iglesia, sabía tocar guitarra, era muy alegre, una señora muy sociable y simpática —cuenta Elizabeth Sokoloff, rusa-venezolana, vecina de Altavista y quien fue amiga de Vera.  

En su peregrinaje en posguerra desde Rusia hasta Venezuela, el señor Molea había traído consigo varias películas rusas en su equipaje de inmigrante y un proyector cinematográfico. Lo que comenzó como una idea temporal, mostrar las cintas a los paisanos, fue el germen de un cine de barrio en Altavista fundado por rusos.

Más que un cine, era un terreno a cielo abierto donde proyectaban filmes —dice Elizabeth Sokoloff.

Elizabeth Sokoloff

Las funciones solían hacerse los fines de semana, viernes, sábados o domingo en la noche después de la misa de la tarde. Como no había techo, los Molea necesitaban de la oscuridad nocturna para que los espectadores de Catia pudieran distinguir las imágenes proyectadas sobre el muro.

—Yo fui a ese cine, pero era muy pequeña, no recuerdo las películas que vi —dice Elizabeth Sokoloff—. Pero sí recuerdo que proyectaban sobre una pared blanca, y un tiempo después pusieron una cortina o telón. La vivencia de ir al cine bajo las estrellas era mágica.

Sofía Suárez, de 39 años, es de Altavista, pero vive en España. Emigró a Europa hace cuatro años y regresó a Caracas de vacaciones para reencontrarse con su familia. A ella no la identifica un apellido eslavo, pero por sus venas fluye sangre rusa, es nieta de Anna Kuznetsov casada con un venezolano. 

—Mis abuelos, ya fallecidos, se conocieron en la calle Guayaquil e iban a ver películas que pasaban allí. La familia rusa de mi abuela se fue a Canadá en los 60, pero ella fue la única que se quedó. Se quedó por amor —cuenta Sofía.

El patio de la casa del cine improvisado era un terreno descubierto con piso de tierra. A la hora de la función el público, en su mayoría rusos y ucranianos, también polacos, llegaban desde las calles Hungría, Eslavia o El Refugio, entre otras vías de Altavista, con sus sillas o bancos en la mano.

—Mi abuela Anna contaba que mi abuelo le cedió la silla. Ese gesto fue el gancho que la flechó dice Sofía.

Las funciones se anunciaban en ruso y español en un cartel que pegaban en la pared contigua a la entrada del terreno, y que imprimían en una litografía de Altavista.

—Yo fui varias veces a ese cine, era muy popular entre la colonia rusa. Aunque no me acuerdo de los títulos de la cartelera, sé que pasaban cine ruso y muchas películas mexicanas —asegura Elizabeth Sokoloff.

Las actividades del “cine ruso de Altavista”, como aún le dicen algunos, duraron unos cinco o seis años.

—El señor Molea falleció, y Vera, la viuda del señor Molea, en segundo matrimonio se casó con otro ruso, Boris Tarjam Murava, quien era un aristócrata eslavo que vivía en Altavista. Era un príncipe —cuenta.

El príncipe Tarjam Murava era topógrafo y trabajaba en la Cartografía Nacional en su sede de Caño Amarillo.

Boris Tarjam Murava también había enviudado, su primera esposa se llamaba Vera Zaicev, era hermana de la mamá de América Alonso, la reconocida actriz de teatro, cine y televisión desde los años 50.

América Alonso era una inmigrante rusa, usaba un seudónimo artístico. Su verdadero nombre era María Golajovski Zaicev, hija de Natasha Zaicev de Golajovski, quien se hizo muy popular como actriz de televisión e imagen de campañas publicitarias.

—Una rusa era la modelo del comercial de Harina P.A.N. —dice Elizabeth Sokoloff al referirse a una cuña de la marca de harina de maíz de 1960.

La responsabilidad del cine quedó en manos de Vera de Molea, quien pasó a ser la señora de Tarjam Murava, pero quien comenzó a trabajar en la Compañía Nacional de Teléfonos de Venezuela (Cantv).

—Ella hacía planos en la Cantv. Cuando a un ruso se le echaba a perder el teléfono todos acudían a ella, y resolvía rápido el problema —recuerda Elizabeth Sokoloff.

Luego del fallecimiento del señor Molea, las funciones del cine mermaron. Vera con nuevo esposo y responsabilidades no podía encargarse de las proyecciones. Hasta que el cine cerró sus puertas.

—Hace mucho tiempo de eso, yo ni siquiera había llegado a Venezuela, pero todo el mundo por aquí, los más viejos, recuerdan el cine de los rusos —dice Moisés Freites. 

En ese cine, así como en las calles de Altavista, convivían en armonía entonces, y ahora, diversas culturas y lenguas. 

 —Altavista era una Torre de Babel, rusos y ucranianos, polacos, húngaros, checoslovacos, lituanos, italianos, portugueses y españoles, acá se hablaba más idiomas que en las Naciones Unidas —recuerda Moisés mientras avisa que el cordero está listo. 

—Hay que dejarlo reposar. Mientras tanto vamos a hacerle el honor, porque el cordero de Dios quita el pecado del mundo —agrega el portugués con un trago de ron en una mano. Con la otra, convida un vaso de ron a su amigo Rafael Chaurón, del pueblo de San Pablo, Anzoátegui, de oficio relojero, con 54 años en Altavista.

Ambos al unísono dicen: ¡Salud!

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