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En esta carta Luisana asegura que luego de contar esos episodios en los que fue víctima de violencia sexual, sintió que soltó un peso que la carcomía. Ahora tiene más seguridad en sí misma y dice que su cuerpo le pertenece de nuevo. Y después de hablarlo, llegó a esta conclusión: «somos mejores que los nos pasó, nos marcó, nos rompió, nos lastimó».

Texto Arantxa López Ilustración Betania Díaz

A todo el que me crea

De Luisana

yo

La primera vez que abusaron de mí fue cuando tenía 22 años. En el otoño de 2018 estaba en Colombia. Alguien tomó de mi mano y me llevó a otra parte. Me sentía como un trapo, no sabía qué estaba pasando y me imagino que a la otra persona no le importó tampoco.

No le conté a nadie. Algo me decía que estaba mal pero me negué a pensar que me habían violado, lo omití.

La segunda vez que me pasó, que fui abusada o violada –a mí me cuesta todavía usar la palabra violación, no me gusta, me hace sentir incómoda– fue en 2019. Estaba en Florida, salí con mi amiga y un chamo con el que ella estaba saliendo.

Él me dijo que fuese a su apartamento, yo confiaba en él pero intentó abusar de mí. En mi borrachera lo excusaba a él por lo que estaba haciendo. Le metí una patada, salí corriendo, me escondí en su baño y cerré las puertas. Le escribí a su compañero de cuarto, él llegó y lo abracé. Empecé a llorar porque eso no era lo que quería. Me disculpé.

Al otro día hice como si nada hubiese pasado. Suena loco que la persona que abusó de mí fuese quien me llevara a mi casa pero te enseñan que si uno está borracho entonces es tu culpa. Sentí que el error había sido mío.

Lo asimilé un año después, en 2020, cuando hice un escrito en Instagram. Vi que algo estaba mal en mí, algo se había roto. Me puse a llorar, me sentía sucia, me sentía mal, me sentía sola, todo estaba colapsando.

Todo lo que había comprimido de repente se había desbordado y se estaba partiendo en miles de pedazos. Yo era muy sociable y después de eso no pude volver a beber, me daba miedo, me culpaba a mí. Decía que yo me lo busqué.

Retomé mi vida poco a poco, volví a tener intimidad con alguien, salir con amigos. Ya no me siento mal conmigo misma.

La experiencia me hace saber que no puedo confiar en alguien. No permito que nadie me dé la cola, no voy a la casa de hombres, no monto desconocidos en mi carro, no camino sola de noche, si escucho algo raro en la calle me da miedo y salgo corriendo. Hay cosas que no he superado, supongo que hay ciertas experiencias que nunca se pueden olvidar.

La cantidad de historias de mujeres a las que les pasó lo mismo me dio mucha tristeza y a la vez las admiré porque decidieron abrirse al mundo y ya no les dio miedo que las juzgaran porque no hay nada que juzgar.

No es nuestra culpa, nunca fue nuestra culpa, jamás debimos cargar con un peso de algo que no es nuestro.

Lloré mucho pero me llené de valor para contar mi historia. No tener miedo de lo que la gente podía decirme porque la víctima jamás tiene la culpa de lo que el victimario haga. Está fuera de nuestro alcance y no podemos controlarlo nosotros. Es educación. Educar para que no haya victimarios.

Contarlo significó liberarme de la vergüenza y la culpa. Para mí se sintió excelente soltar un peso que me carcomía y no me pertenecía.

Trato de refugiarme en las historias y las vivencias de las demás víctimas, de las que no están y de las que lamentablemente no pudieron alzar su voz.

Me refugio en ellas para poder sanarme a mí misma.

Vamos a estar bien, somos lo suficientemente fuertes para contarlo y decir los nombres de las personas que nos dañaron. Saber que no estoy sola me hace bien.
Me siento mejor que antes, más segura de mi misma, ya siento que mi cuerpo volvió a ser mío, que me pertenece. Me siento mejor con el mundo que me rodea, creo que cuando uno guarda algo te va destruyendo poco a poco y no te deja avanzar.

Al ser inmigrante en Estados Unidos nunca me sentí en la posición de denunciar pero si pudiera volver el tiempo lo haría aunque, a pesar de todo, no quisiera poner a mis abusadores en la cárcel. No sé si es empatía o qué, pero a veces siento que sus acciones no fueron del todo malignas sino llevadas por estupefacientes y malas decisiones. Es estúpido, lo sé, pero digamos que trato de ver las dos caras de la moneda incluso con quienes me han dañado.

No nos veamos como víctimas, vamos a vernos como sobrevivientes. No importa lo que pasó o cómo pasó ni quién te lo hizo, tú eres mejor que eso.

Somos mejores que lo que nos pasó, nos marcó, nos rompió, nos lastimó.

Somos mujeres, hombres, niños, adolescentes. No importa el género, somos mejores y todos te vamos a creer. No importa si la minoría te dice que eres una zorra, una puta, no es tu culpa, nunca lo fue.

No cargues con una culpa de un delito que tú no cometiste.

Somos increíbles, somos personas hermosas, tenemos mucho para ofrecerle al mundo más allá del trauma y el dolor. Somos importantes y debemos creer primero en nosotras para que no nos importe si los demás no nos creen. Pero recuerda que siempre va a haber alguien que te crea a ti.

A mí me creyeron.

Yo les creo a todas.

Esta crónica es parte del especial Cartas para sanar el abuso, producido por Historias que laten, con relatos de cuatro víctimas de violencia sexual  que decidieron liberarse de ese peso a partir de abril de 2021 cuando se fueron sumando al movimiento #YoTeCreo Venezuela. También contamos la iniciativa de dos mujeres que decidieron enseñar cómo prevenir el acoso y abuso sexual en un pueblo fronterizo del país .

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