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Entran al vagón entre codazos, empujones y puntapiés. En seguida quedan apretujadas en medio de la gente, entre puerta y puerta, casi estampadas contra el tubo grasoso del que se agarran para no caerse con el bamboleo del tren. Una de ellas pone los ojos en blanco, la otra suspira, pero las dos se ríen al final.

—No, chica, a mí me hacía falta esto: mi Metro, que me empujen, que me golpeen desde bien tempranito —dice una, irónica, mientras alza una ceja dibujada con creyón negro.

—Cállate, gafa —responde su amiga con una sonrisa amarillenta a la que le faltan dos dientes en el maxilar inferior.

—Ah, pues, en serio —sigue, divertida, con la espalda contra la de un desconocido y con el pecho contra el tubo al que se aferra con fuerza—. Estaba deseosa de que llegara el lunes para que me dieran lo mío.

—Ah, bueno, es que tú eres como esas mujeres que les gusta que el marido les pegue. Por allá por la casa hay una… El tipo llega y le pega por la cara, le voltea la cabeza pa’ un lado, pal otro. A mí a veces me molesta y me meto: “¿Acaso tú eres papá de ella pa’ que le estés pegando?”, le digo a él. “¡Métele una puñalada por el hígado!”, le digo a ella. Chama, que no se deje… “¡Métele una puñalada por el hígado!” —repite medio seria, medio juguetona—. ¿Pero sabes qué es lo que más me molesta? ¡Por la noche le pega y al día siguiente la veo a ella con el poco e’ chupones en el cuello! Nojose, ‘ta bien. Que la malogre, ese no es mi rollo —la muchacha que va a su lado abre los ojos como platos.

—Coye —dice la amiga—, vamos a estar claros que cuando uno está peleado es más sabroso por la reconciliación… —un par de desconocidos asienten con una sonrisa cómplice, en silencio—. Pero no vamos a llegar a esos extremos, ¿me entiendes?

—¡Exacto, estás clara! —suelta una carcajada ronca que hace reír con disimulo al mismo par de desconocidos—. Pero una sola vez al estúpido de José se le ocurrió ponerme una mano encima. Un día nos pusimos a pelear, que no, que tal, se puso belicoso, ¡y TAS! —estrella la palma de la mano contra el tubo y un muchacho que iba medio dormido se espabila—. Chama… caí sentada en la mata de tamarindo del golpe que me dio —tuerce la mandíbula y entrecierra los ojos—. ¿Y tú crees que yo me iba a dejar? Me paré y le metí por el ojo, chama, así: con el puño cerrado, ¡tuqui! —se carcajea otra vez. A su lado un hombre con una corbata contiene la risa en una mueca colorada como un tomate.

—No, chama, tú eres loca —alza el par de marcas de creyón negro que le adornan las cejas.

—¿Yo? ¡Yo no! Yo le dejé el ojo morao’ y después de esa noche nos dejamos… —se pasa una mano por el pelo, muestra una sonrisa victoriosa—. ¡Loca tú, que te gusta subirte en el Metro pa’ que te entren a golpes!

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