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Si bien había un pequeño orificio en la cortina mientras Gustavo Cerati estuvo recluido en el Centro Médico Docente La Trinidad, una vez que fue trasladado a Buenos Aires, primero al Instituto Fleni y luego a la clínica Alcla –con una breve hospitalización en el Sanatorio Los Arcos–, esa mirilla se cerró por completo y lo que se sabe del músico desde entonces es prácticamente nada.

Los partes médicos, publicados en su página oficial, parecen mensajes encriptados, depositados en Internet con la intención de calmar la ansiedad de los medios y del público, que ha atiborrado la plataforma Twitter escribiendo frases del cantautor acompañadas por la etiqueta #fuerzacerati. Es apenas una muestra de afecto que se queda corta ante la relevancia del personaje: la impronta del bonaerense en el universo del pop rock en castellano se extiende como una hidra por cada bar, garaje, teatro y fluye imperceptiblemente en el inconsciente de bandas juveniles para las que Soda Stereo sigue siendo una suerte de fábula.

Tiembla el pulso ante la duda de si escribir sobre el músico en pasado o en presente. Así de incierta es la condición de un paciente que sufrió un  “infarto extenso en el hemisferio cerebral izquierdo”. Habían pasado unos treinta minutos tras el último acorde en la parada final del tramo latinoamericano de la gira Fuerza Natural, cuando una isquemia lo dejó sin habla y sin sensibilidad en varias partes del cuerpo. Pero era sólo un anuncio de que se avecinaba un golpe más fuerte.

Esa noche cumplió con todo lo previsto, incluso con posar para la foto que el equipo de la gira se tomaba en camerinos cada vez que bajaba de un escenario. Una vez que capturaron la primera imagen, todos se apartaron y sus sonrisas se desdibujaron bruscamente cuando lo vieron con la mirada perdida. Ese día había expresado que se sentía cansado y que, en lugar de salir a explorar nuevamente la fauna nocturna caraqueña, prefería pedir servicio a la habitación y reposar. Era una respuesta que varios de sus compañeros encontraron desconcertante, entre ellos su sonidista predilecto Santiago Taverna, que trabajó con él desde su primer concierto con Soda Stereo hasta el último en solitario.

No hay un testimonio que no coincida en que Gustavo Adrián Cerati Clark era un individuo inquieto en todos los sentidos. Él lo dijo, una semana antes: “Vos no me vas a ver encerrado. En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además, cuando conozco más me siento más en casa, entonces soy el primer arengador que levanta la polvareda para ir a algún lado”. Pero esa manera de ser iba más allá de las fiestas y los excesos. Esas inquietudes le dieron al panorama de la música latinoamericana un nuevo rumbo.

Aunque algunos no hayan digerido Fuerza Natural, especialmente por sus ingredientes dance, en los últimos años Cerati había sido el único artista relevante en resistirse a la mediocridad conceptual que contagió a la movida del rock argentino, que históricamente había marcado pauta, desde Los Gatos, pasando por cada proyecto de Charly García –en especial Serú Girán– y también Miguel Mateos, Fito Páez, Andrés Calamaro y, por qué no, el ska de Los Fabulosos Cadillacs. Pero esa lectura puede trascender las fronteras de la tierra de Cortázar y Maradona, e ir más allá, a cualquier lugar con mayoría hispanoparlante.

Un trazo fluorescente sobre una pared gris. Soda Stereo había dejado un legado inigualable. Aunque bandas como Café Tacvba desde México, Aterciopelados desde Colombia y Los Tres desde Chile, han disfrutado de buena reputación internacional, su alcance no se aproxima al furor que provocaron los intérpretes de “De música ligera”. El revuelo que generó su regreso momentáneo a los escenarios, esa “burbuja en el tiempo” de la que habló el ídolo, no sólo es una prueba de que su música quedó tatuada en la piel de los seguidores de proyectos alternativos, de cortes rock y letras estilizadas en el continente. También refleja una sequía de ideas generalizada.

La gira Me verás volver, concebida como una reunión de viejos amigos que decidieron revivir glorias pasadas por un rato, fueron veintidós conciertos en diecisiete ciudades, que convocaron a más de un millón de personas. En su país le arrebataron a los Rolling Stones el récord de más presentaciones consecutivas en el Estadio Monumental de River. En Caracas, el 29 de noviembre de 2007, tocaron ante cincuenta y cinco mil asistentes en La Rinconada, lo que supone una marca nacional.

El reencuentro le permitió al bajista Zeta Bosio, al baterista Charly Alberti y al vocalista, guitarrista y líder hacerse con el premio de Personalidad del Año que entrega la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas. Antes de reunirse a ensayar, sólo se les había visto juntos en 2002, cuando los premios MTV Latinoamérica se inventaron uno llamado Leyenda para ellos. 

Si en septiembre de 1997, el rock iberoamericano se consideraba herido de muerte, el cierre del tour que los puso en tarima con una impactante escenografía y un juego de luces ajustado al tamaño de su historia, era recordar que esa herida seguía sangrando copiosamente. Pero, por fortuna, su gran artífice comenzó a probar ideas por su cuenta desde inicios de los años 90.

No le bastaron las ingeniosas metáforas y los delicados riffs de guitarra de una propuesta que logró darle color local y personalidad latinoamericana a un género que venía directamente asociado con influencias anglosajonas. Desde Soda Stereo (1984) hasta Sueño Stereo (1995), pasando por una experiencia desconectada e irrepetible llamada Comfort y Música para Volar (1996), la banda realizó un recorrido impecable de quince años. Y Cerati tenía más que ofrecer.

Primero trabajó con Daniel Melero en Colores Santos (1992). Al año siguiente grabó un puñado de temas y los llamó Amor amarillo, pero fue Bocanada (1999), editado cuando los fans de Soda todavía secaban sus lágrimas, el que llamó la atención masivamente y comenzó a aglutinar una fanaticada nueva que se sumaba a esa que coreó frenéticamente la letra de “Persiana Americana” en su momento.

“Él hace algo interesante que nos llena el corazón. Sus discos son esperados porque marcan un nuevo nivel de hasta dónde se puede llegar en la música pop rock”, expresó alguna vez Flavio Etcheto, antiguo miembro de su banda. Sus fuentes de inspiración, siempre casadas con sus métodos de trabajo, evolucionaron con el tiempo. Pasó de su guitarra acústica de los gérmenes de Soda Stereo al portaestudio, y a partir de Dynamo (1992), comenzó la fascinación por las secuencias y los artificios electrónicos. Esa inquietud, que le servía como punto de partida para sus canciones, fue creciendo hasta el punto de convertirse en DJ. Su alter ego llevó adelante proyectos paralelos electrónicos: Plan V, Roken y la banda sonora de una película experimental de Eduardo Capilla, titulada + Bien.

Inconformidad con la forma y con el fondo. El rock ya no le bastaba, aunque la esencia de The Clash, Led Zepellin, David Bowie y otros pioneros británicos seguía en su ADN. Encontraba motivos en capas de sonidos que se superponían y se convertían, en su mente, en disparadores. Bocanada y Siempre es hoy, productos del juego con los loops, son ejemplos de cómo usar racionalmente los artefactos. En Fuerza Natural usó fragmentos de discos de otras bandas, enrareciendo las mezclas y variando los tonos para buscar sus propias atmósferas. Era un proceso complejo, pero le funcionó para redimensionar su manera de componer.

“Siempre estoy más entusiasmado con lo que hago como novedad para mí, como desafío”, le expresó el músico a La Nación de Buenos Aires en los días de Siempre es hoy: “No es que esté obsesionado con la modernidad. Sí me parece que es importante estar atento a lo nuevo porque ahí está la renovación de las cosas y hay más posibilidades de encontrar algo diferente. Ser moderno o clásico, en este caso, tiene que ver con micropersonajes que viven dentro de uno”.  

Cuando llegó el momento de hacer un especial orquestal, Cerati se deslastró de la idea que ya habían llevado adelante bandas como Metallica, Scorpions y Deep Purple, e hizo 11 Episodios sinfónicos a su modo. Solo con la sinfónica, sin herramientas roqueras, repasó una serie de temas de su catálogo, extraídos con pinza bajo criterios que nada tienen que ver con la popularidad. Lo mismo ocurrió cuando llegó la hora del recopilatorio Canciones elegidas (2004). No fue un “grandes éxitos” cualquiera. Fue una serie de piezas ya editadas escogidas por él, que a pesar de la distancia que las separaba, gozaron de una continuidad, de una extraña coherencia.

Fuerza Natural, que llegó después de su máximo hallazgo como solista (Ahí vamos) también tuvo su faceta vanguardista: mientras esta época está signada por los sencillos, el Mp3 y las descargas digitales, él decidió grabar un disco aún más conceptual que los anteriores, una obra redonda, con uniformidad entre las canciones y el arte: “La verdad es que apunté a eso sin proponérmelo de antemano. Me encontré con que las canciones tenían un sentido integral. Es un poco anacrónica la idea, en el sentido de hacia dónde van las agujas del reloj, pero uno siempre puede hacer una cosa diferente. Sacándolo en vinilo atraje curiosamente a público más joven, pero sí hay cierto espíritu romántico setentista que flota sobre el disco. Eso lo busqué en el sonido, la idea, el arte. No tengo presiones en ese aspecto, no me preocupa mucho. Seguramente ya está rodando por allí en algún shuffle, pero hago fuerzas para que trate de entenderse el mensaje general”.   

Cuando cerró la cajita de música de Soda Stereo, se tomó un descanso y grabó el que es –hasta ahora– su último trabajo, con la ayuda del productor venezolano Héctor Castillo. A una semana del show, donde lo presentó a los venezolanos, habló de sus momentos de agotamiento creativo: “Me he sentido en blanco, como preguntándome ¿y ahora qué? Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada, ni una sola canción, esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes. Al margen de todo eso siento que Fuerza Natural es un paso adelante, es un disco diferente y eso me complace”.

Es posible desdoblar a Gustavo Cerati en varias partes, como a un beisbolista que es un buen defensa, bateador consistente y veloz corredor. El argentino, que en  su estado de coma cumplió cincuenta y un años de edad el 11 de agosto, es (o era) un extraordinario vocalista, con amplio registro, cuidada afinación y capacidad expresiva; un compositor prolífico que produjo material para siete álbumes con su agrupación y cinco en solitario, de los que pueden descartarse muy pocas pistas; un guitarrista completo, que tenía la posibilidad de ejecutar frases en el instrumento en pleno canto y regalar solos endemoniados al instante siguiente; un letrista genuino e inconforme, que coqueteó con lo abstracto y creó un imaginario fantástico a partir de frases simples; y un showman en todo el sentido de la palabra, que dominaba a plenitud el escenario, el instrumento y la euforia del público.   

El 15 de mayo del año pasado, sobre una tarima rodeada de montañas y humedad, el ídolo que pisó Venezuela por primera en 1986 para mostrar el álbum Nada personal a aquellos afortunados que se acercaron a Mata de Coco, no necesitó volver a aquellos hits. Salvo “Trátame suavemente”, que tocó con una guitarra de doble mango que se compró en Los Ángeles, el músico ofreció un espectáculo que se concentró en la historia posterior a 1997. Y se dio el lujo de saltarse canciones como “Raíz”, “Puente” y “Cosas imposibles”, de la nueva era. No le hicieron falta para completar un show memorable. Fue capaz de reinventarse por completo. De cerrar un libro gigante y abrir otro nuevo, que permanece entreabierto, congelado en una misma página desde hace un año.

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