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En siete años he recorrido muchas veces la vía Caracas – Barinas. Tantas veces que ya perdí la cuenta. Porque un trayecto por carretera que no debería pasar de ocho horas, cuando se viaja en transporte público, se hace eterno. Esta travesía que recorre 508 kilómetros acumula canciones de salsa erótica y reguetón, dolores de espalda y requisas, atardeceres y amaneceres. Abusos. Tensión social. Eso es parte de lo que narro en esta crónica: las entrañas de un país destartalado, como los buses de la ruta, y con graves problemas de movilidad. Un viaje al interior de todo

Un hombre con camisa roja grita en el terminal de pasajeros La Bandera:

—Barinas en las escaleras, no hay carro. Barinas directo. Barinas saliendo. Te vas adelante, en el motor del autobús, parado o sentado en las escalerillas de la unidad, pasaje en 250 mil bolívares.

Una niña está sentada sobre un bolso. Carga una libreta en la mano izquierda, con la derecha escribe y saca cuentas con sus dedos. Está haciendo sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Detrás de ella un señor se corta las uñas de las manos, de pie. Del otro lado de la fila tres mujeres sacan del bolso dos arepas que comparten entre ellas, comen sin servilletas, no hay nada que evite que el queso caiga sobre el suelo. Un niño carga un morral hacia adelante, apoyado sobre su barriga. El bolso tiene un hueco por debajo, se ve una cola. Abre el bolso, sale la cabeza de un perro, le da un pedazo de pan y vuelve a cerrar el bolso.

El morral está temblando.
Un señor de gorra negra y lentes de sol morados ofrece otro puesto:
—Parado o sentado en las escaleras. ¿Se quiere ir para Barinas? Carro no hay.

Apenas150 mil bolívares, si me cobran 200 pues no llego a ningún lado –le comenta la señora que tengo al frente al hombre que está antes que ella en la cola de quienes esperan por un pasaje.

—Aquí lo que hay que tener es paciencia –le responde el señor.

Un muchacho que está detrás de mí, graba con su celular un video del terminal atestado, lo envía por WhatsApp: “por lo menos avanza rápido, jajaja”. Se lo muestra a la joven que lo acompaña, ambos se ríen.
El terminal está lleno de cavas y bolsos que se convirtieron en sillas.

—Yo pensé que hoy casi no iba a viajar nadie porque va a ser 24 de diciembre y de paso es domingo, por eso vine.

—Pues sí, parece que todos pensamos lo mismo.

***

Cuarta fila del lado derecho, junto a la ventana. Ese es mi puesto favorito en el autobús, en cualquier autobús. Mi segundo puesto favorito es al final, en el asiento que está en todo el medio, frente al pasillo. Parece un trono pero es uno de los más despreciados porque no se puede reclinar, no tiene posamanos ni la facilidad para cerrar o abrir ventanas. Alguien me dijo una vez que ese, junto a los otros cuatro puestos que están de últimos, se llaman “cocina”: es la parte más caliente, está justo arriba del tubo de escape, y es la zona más alta. Antes de sentarse hay que subir un escalón, un peligro para los que se quedan dormidos y se van hacia adelante. Son como las sillas de los salvavidas que tienen una vista completa de la piscina o de la playa, pero aquí cambias la visual del agua y la arena por la de pantallas de teléfonos, maletas tiradas en el suelo, la danza somnolienta del resto de los pasajeros, la entrada triunfal de los vendedores de chucherías y la carretera.

Elegí esos dos lugares después de haber recorrido casi todas las filas del autobús a lo largo de distintos viajes.  De copiloto, en los primeros puestos, del lado del pasillo, pegada a la ventana, en el medio, al final y en el peor de todos, arriba del caucho de repuesto y el motor. En la pequeña montaña de acero que se encuentra entre los asientos del chofer y del copiloto me aprendí la ruta entre las ciudades de Caracas y Barinas, porque ahí es prácticamente imposible dormir –cómodamente–.

Me senté allí casi por engaño. Era la Semana Santa de hace tres años, tal vez cuatro, el terminal La Bandera, en Caracas, estaba colapsado de gente y escaso de unidades de transporte. Hice una cola que se mantuvo de pie por seis horas hasta que un hombre comenzó a gritar “quedan cuatro puestos y por debajo del precio, autobuses no hay”. Me sentí atraída por el canto y no entendía por qué todos pretendían ignorarlo. ¿Si quedan puestos baratos por qué nadie se sube?, pensé. Le extendí mi mano al señor y lo seguí junto a las tres muchachas que cayeron en la trampa igual que yo.

—No hay más espacio en el maletero, las maletas deben cargarlas encima. Suban, suban.

—Pero el autobús está lleno.

—No todo, ahí se pueden acomodar bien las cuatro y no lo piensen mucho que si no les toca paradas o volver a la cola y esperar otras dos horas.

Terminé sentada en ese no lugar al lado del chófer, quien me regaló una chupeta y un caramelo a mitad de camino. Leí durante ocho horas: Caracas, Túnel “Los Ocumitos”, Bienvenidos a Aragua, La Victoria, San Mateo, La Encrucijada, Turmero, Cagua, Maracay, Tapa Tapa, Túnel “La Cabrera”, Guacara, Bienvenidos a Carabobo, Valencia, Bienvenidos a Cojedes, Taguanes, Tinaquillo, Tinaco, San Carlos, Portuguesa, Acarigua, Autopista General José Antonio Páez, Ospino, Guanare, Guanarito, Boconoito, Barrancas, Bienvenidos a Barinas. Me dio dolor de espalda y de cuello, y me prometí no volver a creer en los colectores y choferes de autobuses.

Fue la primera vez que no dormí durante un viaje. Yo, la hija menor que no tenía la responsabilidad de ser copiloto, que se acostaba en las piernas de su mamá o apoyaba su cabeza sobre los hombros de su papá y de su hermana, y apenas el motor de un carro comenzaba a sonar cerraba sus ojos y los abría cuando ya estaba en su destino. Fue la primera vez y no ha aparecido la última porque ahora no puedo evitar estar alerta. Viajar solo y en transporte público –al interior– es así. Es darle un abrazo muy largo a tu morral, revisar varias veces que tienes suficiente dinero y tratar de caerle bien a la persona que tienes al lado para que note tu ausencia en caso que el chofer arranque cuando tú todavía estás en el baño. Una tensión constante.

***

Un muchacho se sienta de manera abrupta en uno de los últimos puestos del autobús, al lado de su mamá. Suspira con fuerza, cierra los ojos y habla:

—La próxima vez hay que comprar pasaje, yo no me aguanto más esto.

—Jaime, ¿viste la cola para comprar pasajes? Esa gente durmió aquí para poder amanecer de primeros en la fila. Los terminales privados quedan más lejos y salen menos autobuses. Yo creo que algunos ya ni existen.

—En avión…

—Hijo, ¿tú en qué mundo vives? ¿De dónde vamos a sacar dinero para pagar dos pasajes de avión?

—Contratamos un carro, algo. No sé, de otra forma. Esto es horrible.

Realmente horrible. Estamos en un Encava sin aire y sin maletero, de esos transportes que cubren las rutas internas de la ciudad –en Caracas los llaman “camionetas”, en otros estados son “buses” o “busetas”–. Todas las maletas, bolsos y morrales están apilados contra la puerta trasera de la unidad, amontonados cerca de los pies de los últimos pasajeros y a lo largo del pasillo. Para poder ir de un extremo a otro hay dos opciones: ser arriesgado, pero respetuoso y sujetarse de los tubos del techo, subir las piernas, balancearse un poco, hasta caer en uno de los asientos de adelante y luego saltar al destino final. O ser un desconsiderado, montarse encima de los equipajes de los desconocidos y dejar estampada la huella del zapato antes de salir. El chofer recomendó la segunda porque hay que cuidar los tubos y los asientos de la unidad.

Por eso viajo solo con un morral. Por eso y porque hasta el año pasado se escuchaba muy seguido “ya nos paró la guardia” con tono de rabia y fastidio. La Guardia Nacional Bolivariana (GNB) tiene alcabalas a lo largo de los 508 kilómetros aproximados que hay desde Caracas hasta Barinas. Suelen detener a los autobuses, o carros particulares, en los puntos de control para hacer una revisión de los documentos de identidad de los pasajeros. En algunos casos incluso llegan a abrir el equipaje por medidas de seguridad, supone uno.

Barinas es una ciudad de escala. En el terminal de Barinas se toman los autobuses que viajan hasta los otros pueblos llaneros o los estados andinos como Táchira y Mérida. Muchos de los que van al llano tienen como objetivo hacer una parada antes de seguir rodando a otro destino. Así es el caso de las personas que primero llegan a Barinas, compran pasaje hasta San Cristóbal, para luego acercarse un poco más a la frontera o pagar un taxi directo que los lleve hasta Cúcuta, Colombia. 

Entre los años 2015 y 2016 se agudizó la escasez de alimentos en los anaqueles de comercios y aumentó el número de personas que viajábamos con comida en las maletas. Estaban los que la tenían como mercancía para luego revenderla en otros estados y los que llevábamos las provisiones de amor de mamá y papá porque “no está bien pasar hambre”. La GNB nos requisaba a ambos.

Por eso viajo solo con un morral. Por eso y porque hasta el año pasado se escuchaba muy seguido “ya nos paró la guardia” con tono de rabia y fastidio

Había una rapidez de respuesta que envidiaba –y me molestaba– de los que negociaban con los guardias.

—Toda esa harina de maíz y el café son para mí, pero si quiere le puedo dar un paquete.

El guardia aceptaba tres kilos de comida como pago “para el refresco”. En algunos casos no se quedaban con nada, no revisaban o solo miraban fijamente al dueño de la maleta. Tanteaba si se ponía nervioso o se sentía un criminal aun cuando no estaba haciendo nada ilegal, ese era mi caso.

—¿Por qué esta maleta está tan pesada?

—Por los libros —acostumbro tener una primera capa de libros encima de la ropa, luego viene lo más frágil.

—Mmmm… ¿Y ese litro de aceite?

—Mío.

Una respuesta que podía molestar a un guardia pero igual los obligaba a seguir adelante con sus requisas. Las revisiones podían durar media hora y un autobús podía ser parado hasta tres veces a lo largo de un viaje. Una hora y media extra en carretera. Y unos kilos menos de alimentos en algunos casos.

—Mamá, no vuelvo a viajar con comida —dije un día.

No quería darles más explicaciones a los guardias, ni regalarles pasta. Tampoco quería tener cerca una mirada acusadora que me hiciera sentir que en vez de alimentos, mi bolso cargaba armas o drogas. Y, según yo, un bolso menos para revisar serían menos minutos parados en la carretera. Es que viajar solo –al interior– es así, una tensión constante.

***

Diciembre de 2019. Llego al Terminal de Pasajeros La Bandera, ubicado en la avenida Nueva Granada, al oeste de Caracas. 

Son las siete de la mañana. Aunque temprano, a esta hora ya es tarde para la central de autobuses más importante de Venezuela, esta que moviliza diez mil personas por día, según el portal web de la Alcaldía de Caracas. El terminal fue inaugurado en 1998 por Antonio Ledezma –alcalde del Municipio Libertador en aquel entonces– con el objetivo de cubrir las rutas de las líneas de buses con destino a las zonas occidental y andina del país. 

Siete de la mañana y ya hay varias filas de más de doscientas personas. La zona de embarque está llena de serpientes que se muerden la cola. Los inicios de cada fila están cerca de las puertas negras que tienen los destinos marcados con letras blancas. Los finales se confunden fácilmente en el poco espacio que tiene La Bandera para las personas en espera de autobuses.

–¿Barinas?

–Sí –contesta una señora que carga un niño en brazos.

–¿Y cuál es el final?

–No estoy muy segura. Esta es la de Barinas, pero esa va para otro lado. Mira, creo que va así: caminas por ahí, esa es la curva de esta cola y allá está la otra vuelta, deberías terminar de este lado porque está bien larga –dice la mujer mientras dibuja con el dedo a una de las serpientes que se está mordiendo.

Camino entre un laberinto de bolsos y personas hasta llegar al punto que parece ser un final. Me acerco a una señora que carga un morral en la espalda y los lentes guindando en el cuello, se voltea y, con el chiste tradicional de las colas venezolanas, me confirma que estoy en la fila correcta para comenzar mi espera:

–¿Quién es el último?

–Ahora eres tú, jajajaja. 

Le sonrío y les escribo a mis papás para avisarles que me tardaré en llegar. Nada nuevo. Me disculpo por haberlos acostumbrado a esperar por mí durante tantas horas. Ellos una vez comentaron que les parecía increíble que mis viajes siempre fueran tan caóticos, pero no es mi culpa, son ellos los que no viajan casi. “Este fue el peor viaje de todos, hasta ahora. Porque siempre puede ser peor”, les digo. Y es cierto.

Un día tiene 24 horas y un viaje de siete –en carro particular– se puede convertir en uno de 18 horas fácilmente. 18 horas o más. Todo inicia desde el momento en el que tienes que comenzar a reunir el efectivo. 

Desde el terminal La Bandera puedes comprar pasaje en las líneas de transporte, pero en efectivo porque no hay puntos de venta electrónica. No puedes pagar con tu tarjeta de débito. En 2018 habilitaron puntos del Banco de Venezuela en todos los puestos, pero duraron muy poco. Es difícil conseguir efectivo porque los bancos nacionales permiten retirar diariamente un monto muy bajo, lo que implica varios días de trámites bancarios para poder irse de viaje. Está la posibilidad de pagar por transferencia o con pago móvil pero no todos se arriesgan a sacar su teléfono entre tanta gente y lidiar con la señal intermitente. El efectivo le conviene a los vendedores. 

La mayoría de los autobuses salen a partir de las seis de la tarde, los pasajes se compran el mismo día, en la mañana. La gente comienza a hacer la cola la noche anterior, duerme en el terminal. Amanece en la fila y espera que abran las taquillas a partir de las seis de la mañana. Aparta su puesto, busca sus maletas en casa o se queda ahí de una vez en caso de que el autobús salga antes de la hora. La otra opción es ir directo a la zona de embarque, hacer cola y esperar una unidad para pagarle al colector. El precio es más bajo pero la espera puede ser más larga.

En julio de 2017 un pasaje costaba 16 mil bolívares fuertes. En agosto de 2017 costaba 18 mil bolívares fuertes. En enero de 2018 costaba 150 mil bolívares fuertes en efectivo, el banco sólo daba 10 mil bolívares diarios. La producción de billetes en el país es difícil. La inflación aumenta sin control cada día y los montos que hay que pagar por cualquier producto son mayores a la cantidad de efectivo que circula por las calles. En julio de 2018 un pasaje costaba 1 millón de bolívares fuertes. Un pasaje de avión se ubicaba en los 5 millones 800 mil por Avior y 4 millones por Conviasa, las dos únicas aerolíneas que llegan al aeropuerto de Barinas y que sólo tienen un vuelo semanal cada una. El tiempo promedio de Caracas a Barinas en avión es de 45 minutos.

El efectivo debería ser suficiente para cubrir todas las transacciones requeridas, pero ya van dos reconversiones monetarias en el país. La primera se decretó en 2007 y comenzó a circular en enero de 2008. Los montos dejaron de expresarse solo en “bolívares”, se eliminaron tres ceros y nuestro nuevo cono se bautizó como “bolívar fuerte”. En marzo de 2019 un pasaje en autobús costaba 9 mil bolívares soberanos en efectivo, otra reconversión de por medio: en agosto de 2018 entró en vigencia otro nuevo cono monetario, se eliminaron los cinco ceros que acompañaban a los bolívares fuertes y pasaron a llamarse bolívares soberanos. Van ocho ceros menos en once años con una hiperinflación como compañera fiel. En agosto de 2019 un pasaje comprado por taquilla salía en 36 mil bolívares soberanos, si le pagabas directo al colector salía en 25 mil bolívares soberanos. En septiembre de 2019 costaba 60 mil bolívares soberanos, el banco sólo daba 10 mil bolívares soberanos diarios. Diferentes conos, restricciones iguales. En noviembre de 2019 un pasaje de avión costaba 700 mil bolívares soberanos por Conviasa y 900 mil bolívares soberanos por Avior.

El 13 de noviembre de 2019 el Instituto Nacional de Transporte Terrestre (INTT) se reunió con los directores y coordinadores de los principales terminales terrestres del país. Por órdenes del Ministro del Poder Popular para el Transporte, Hipólito Abreu, y del Vicepresidente Sectorial de Obras Públicas y Servicios, Néstor Luis Reverol, 850 funcionarios del INTT se encontraban distribuidos en 71 terminales públicos y privados, entre esos el terminal La Bandera.

Según la Gran Misión Transporte, la tarea de los funcionarios era “supervisar el servicio que prestan las unidades en materia de Seguridad, Higiene y Confort” y garantizar el cobro de las tarifas autorizadas en la Gaceta Oficial. El 20 de diciembre de 2019 Luis Alberto Salazar, presidente del comité de usuarios de transporte, denunciaba el cobro del pasaje por encima de lo establecido en Gaceta Oficial. Se denunció, pero igual terminamos el año 2019 con un aumento del pasaje, rutas sin lista oficial de precios y pocas unidades de transporte para cubrir la demanda de todas las líneas.

“Este fue el peor viaje de todos, hasta ahora. Porque siempre puede ser peor”, les digo. Y es cierto

Se denunció, pero igual el terminal está lleno de hombres con camisas rojas que se acercan a las colas y comienzan a gritar:

–¿Quiénes son los que van para Barinas? Se van en las escaleras, este es el último.

–¿Cómo va a ser este el último bus?, eso lo está diciendo para que uno acepte irse incómodo –responde alguien en voz alta.

–Eso es mentira que no hay carro porque acabo de ir pa’ llá y está una unidad parada. Le pregunté al chofer que para dónde iba. Y dijo que para Guanare–Barinas, pero está esperando que salga esta y esta no sale hasta que monten a todos en la escalera, y en el motor del autobús –comenta una mujer que carga una franelilla rosada que combina con su licra y sus sandalias.

–Ellos cargan a 20 personas aquí en el terminal y cuando salen montan al resto, por eso no avanza, no llenan completo con las personas de la cola.

–Cobran 120 mil el pasaje normal. 150 mil por irse en las escaleras. 220 mil y 250 mil bolívares los carros por puesto. Una locura. Lo que hay que hacer es esperar, nada de irse de buenas a primeras –dice un señor.

–Si yo fuese hasta Maracay o Valencia sí te digo que me voy en las escaleras, pero después de ahí no. Tres horas se aguantan, seis horas más es demasiado.

Diez y diez de la mañana. Llega un autobús habilitado. La fila avanza. Paso la puerta negra que dice Guanare–Barinas, estoy cerca de la puerta del autobús y un grupo de gente comienza a pelear:

–¡Chofer, se están coleando! La gente se presta para eso, para el irrespeto.

–Se calman todos –dice el chofer, después de dejar pasar a diez personas que debían estar más atrás en la cola.

Llenamos todos los puestos del autobús. Un vendedor de galletas también se monta:

–La mega samba gigante, dos por un dólar, no compres una pequeña por 50 si puedes comprar en un dólar –un muchacho le muestra un billete de cinco dólares–. Te doy el vuelto con dos dólares y 80 mil bolívares que son dos dólares. ¿Y tú, mi vecina, qué vas a querer?

El chofer comienza a subir maletas en el autobús para acomodarlas en los peldaños de la puerta trasera y el pasillo.

–Coye, negro, vas a tener que comprar un autobús de dos pisos, ¿dónde más vas a meter gente?

–Lo que voy a comprar es una gandola para meter todas las maletas, ustedes sí viajan con cosas.

Dos muchachos se suben al autobús, acomodan sus maletas en el montón de bolsos que hay en el pasillo y se quedan de pie.

–Después se pregunta porqué se le espicha un caucho –le comenta una mujer a un muchacho que hace un gesto de preocupado–. Es verdad, la gente afuera le dijo que le pasaban cien mil por la maleta y el chofer dijo que no porque se le explota el caucho y mira, sigue subiendo gente.

Diez y cuarenta y cinco de la mañana, comienzan a cobrar el pasaje. 

–¿En cuánto está?

–En 150 mil bolívares.

–Nos dijeron que 120.

 

–No, 120 para los que viajan parado, el resto 150 y no arrancamos todavía porque voy a dejar esto claro. Yo llevo a la gente a Barinas en 150 mil porque mi ruta es Caracas–Valencia, pero se acabaron las unidades, así que estoy haciéndoles el coro pa’ llevarlos y al que no le guste pues se queda.

–Dale pues, cobra ya y arranca.

Once de la mañana, el autobús inicia el recorrido.

***

Los choferes de autobuses aman la salsa, la salsa erótica y la salsa baúl.

     Qué locura enamorarme yo de ti, qué locura fue fijarme justo en ti. 

Disfrutan poner bachata, solo Aventura, Romeo Santos y Prince Royce. 

      Una aventura es más divertida si huele a peligro. 

Les gusta mucho Ricardo Arjona y Maná. 

     Era mi taxi un Volkswagen del año 68, era un día de esos malos donde no hubo pasaje. 

Les atrae Luis Fonsi, Álex Ubago y Enrique Iglesias. 

      No me canso, no me rindo, no me doy por vencido

Tienen unas mezclas interesantes de Gilberto Santa Rosa, Vicente Fernández, Thalia, Rocío Durcal, Juan Gabriel, Marco Antonio Solís, José José, Marc Anthony, La Oreja de Van Gogh, Caramelos de Cianuro y La Factoría. 

     Estos celos me hacen daño, me enloquecen, jamás aprenderé a vivir sin ti

Escuchan reguetón, pero no tanto. 

     Pobre diabla, se dice que se te ha visto por las calles vagando. 

Prefieren a Franco de Vita y a Ricardo Montaner. 

     Claro que sé perder, no será la primera vez, hoy te vas tú mañana me iré yo. 

Cada conductor puede escoger a un solo cantante durante todo el trayecto o aprovechar las ocho horas para ser DJ, subir el volumen y retumbar en el pensamiento de los pasajeros. 

     Aquel viejo motel, de pobres luces de todos el peor. 

Uno puede dormir o cantar, porque viajar –al interior– es así, un día te sientas en un autobús y descubres que ya te sabes todas las canciones del repertorio. 

     Lluvia, tus besos fríos como la lluvia.

Desde las ventanas del bus, si tienen vidrios más que ahumados, se ve todo morado. Si no los tienen te pega todo el sol en la cara, pero disfrutas más de la carretera. 

Caracas es azul, la vía es verde. 

En dos horas comienza una humedad que se adhiere a la piel, un sudor que sofoca. Un calor que a veces pica, incómodo, que se intensifica a medida que te aproximas a los llanos venezolanos. El estado Cojedes tiene curvas ligeras pero igual pueden preocuparnos a los que nos mareamos. El resto del trayecto es una línea recta que tiene a los lados menos vacas de las que imaginan los que no transitan por estos lados. Es una planicie verde llena de palmeras y un cielo que parece tostado. Desde hace unos años he visto más humo que nubes y eso le ha quitado encanto. Los amaneceres y atardeceres en la carretera son lo mejor. Uno está en un autobús que huele a sudor y comida, con el asiento reclinado y la cabeza apoyada contra el vidrio. 

Los amarillos, rojos, naranjas y morados se intensifican, hacen que hasta los brazos del chofer brillen como si todos fuésemos unos seres dorados contenidos en una pequeña lata de vapor. Ruedas mientras gira el sol y tarareas junto a Willie Colón.

     Las palabras son de aire y van al aire, mis lágrimas son agua y van al mar. 

Viajar de noche es difícil porque somos presas fáciles para las adversidades. En algunas vías ponen “miguelitos” –clavos– para espichar los cauchos y obligar al chofer a que se detenga. Así secuestran unidades y asaltan pasajeros. De noche hay menos carros, el viaje puede ser más rápido, pero si el bus se accidenta el problema se puede solventar en unas tres horas por lo menos. Ese fue el tiempo que duró una vez un chofer que intentó arreglarles los amortiguadores al autobús Expreso solo con ayuda de una linterna. 

Son ocho horas de viaje y una sola parada. Parada fija de media hora en algún lugar de Tinaquillo, Cojedes –mucho antes de poder ver la escultura del mango de la ciudad de San Carlos–. En todos los baños públicos cobran. Una mujer se sienta en la puerta, extiende su mano y recibe el dinero: mil bolívares soberanos sin papel, mil 500 bolívares soberanos con papel higiénico. Los baños no tienen agua, siempre hay una muchacha que se encarga de llenar tobos y esperar que uno salga para poder tirar todo el contenido en la poceta. Esa es una de las razones por las que siempre tienen ese “olor a baño público de carretera”. Mientras uno está en la cola para entrar al sanitario, al chofer y al colector les da tiempo de comer bien y hablar con la cocinera. Terminan, uno entra y nuevamente emprendes el viaje, al interior. 

Como los unicornios van desapareciendo, amar y ser amado es darse por completo. Un amor como el nuestro no debe morir jamás.

Parece que el país se divide en dos: los de la capital y los del interior. La capital, Caracas, tiene uno de los terminales más caóticos que he visto, pero con tanto potencial para ser el mejor, aunque tampoco he visto muchos. Solo conozco el de Barinas porque soy de allá. El de Barquisimeto, por mi papá. El de Mérida, por mi mamá. Los de Valencia y Maracay, por las veces que no he podido salir directo desde La Bandera hasta Barinas. Y los de Guanare, San Cristóbal, Maracaibo y Choroní, por cosas de la vida. Más allá de Caracas, donde dicen que solo hay “monte y culebras” están lo que no quieren ser llamados solamente como “los del interior”. ¿El interior de qué? ¿El interior de dónde? El interior de todo, todo. 

***

Voy detrás de una pareja que ha pasado la mitad del viaje peleando. Comenzaron a discutir cuando salimos de Valencia, Carabobo. El hombre estaba haciendo un pago móvil –confieso que vi la pantalla de su celular–. La mujer le pidió el teléfono, él le dijo que se esperara y ella creyó que él estaba escribiéndole a alguien más. Y sí, él estaba escribiéndole a alguien más: al amigo que le pidió dinero prestado. Ella volvió a pedir el teléfono y él le dijo que estaba pasada. Ella se lo quitó después de tres intentos. 

–No vas a encontrar nada, revisa.

–¿A quién le estabas escribiendo? ¿Qué veías?

–Estás pasada, en serio.

–Me voy a quedar con el teléfono.

Ella apagó el teléfono y lo guardó en su bolso.

     Ay ven, devórame otra vez. Ven devórame otra vez.

Una hora después, el hombre sacó un teléfono más pequeño y mandó varios mensajes. Ella volvió a pedirle el teléfono, él le dijo que por lo menos mandara los mensajes por él.

–Pues no, no voy a mandar nada y me quedo con los dos teléfonos, descarado.

Según ella, es sospechoso encontrar mensajes de un número que no está guardado. Mensajes viejos, mensajes que dicen “escribe al otro”. O cualquier mensaje que no sea para ella.

Hasta el sol de hoy no la he vuelto a ver.

Vamos por Guanare, a una hora de Barinas. Ella le reclama otra cosa, él le dice que está loca. Ella responde:
–¿Loca? Ah, que estoy loca… –le paga en el brazo–. Loca el coñoetumadre. Te voy a voltear la cara para que no sigas mandándole mensajes a otra. Respétame la cara. En la casa hablamos.
Él se ríe, ella lo vuelve a golpear y le dice que le provoca darle con un bate “para que vea quién está loca”.

Siete y media de la noche, llegamos al terminal de pasajeros de Barinas. La mujer vuelve a amenazar con golpe de bate y él se vuelve a reír antes de verla feo y enseriar su rostro porque ahora ellos deben agarrar un autobús hasta Pedraza. Viajar en transporte público es así, convertir algunos problemas en algo pasajero.

Me bajo del autobús y con la mirada busco a mi papá. Él me ve primero, camina hacia mí con los brazos extendidos, una sonrisa y una pregunta.

—¿Qué tal el viaje? Dentro de todo llegaste rápido.

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