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Asdrúbal a veces siente nostalgia. Empezó a notar hace unos cinco o seis años cómo Güiria se sumó más y más en la precariedad: el asfalto y las aceras se rompen, las casas se decoloran y derrumban, los pequeños edificios están viejos, sucios, descuidados, y la gente irradia tristeza, desdicha y hambre.

Él sigue pensando que éste es su hogar, pero con algunos cambios importantes. Ahora desconoce muchas cosas, pero se sabe en su pueblo. En su casa permanece con sus hijas y nietos, y ese espacio lo construyó con sus manos para vivir con su esposa, que falleció hace un año.

Asdrúbal, uno de los personajes más conocidos de Güiria, tiene 84 años y sabe exactamente cuándo el pueblo dejó de ser ese lugar del que se enamoró de pequeño. Dice que todo empezó hace unos 20 años, pero hoy se ha acentuado.

—Güiria para el año 40, cuando yo lo conocí, era un pueblo de mucho ascenso, de mucha cosa. Cuando yo llegué estaba instalada la Standard Oil –una de las compañías petroleras más importantes del mundo en las primeras décadas del siglo XX–, la Creole Petrolium, y de aquí se exportaba el petróleo que venía en barcazas.

Él habla con entusiasmo sobre lo que había en el pueblo cuando llegó, lo que vio aparecer y lo que ayudó a crear. Asdrúbal Morales fue precursor de los carnavales de Güiria –en los años sesenta–, de festivales y encuentros deportivos. Participó en la construcción del Puerto Pesquero Internacional y del estadio del pueblo. Fue vicepresidente del Concejo Municipal y junto a los miembros de la iglesia creó organizaciones e iniciativas para apoyar a las personas.

Está sentado en un mecedor en el porche de su casa. Ahí permanece casi todo el tiempo: sentado o moviendo piezas de su carro, porque también es mecánico. Sonríe antes de responder cómo eran los güireños cuando llegó.

—El dolor nos cubría a todos, pero la alegría también nos entusiasmaba a todos. Y la gente era de una generosidad extraordinaria. El vecino con la comida se compartía: “llévale un poquito a fulano”, decían. Si mataban un cochino no era para vender la carne. El dueño se quedaba con una parte y como no había nevera ni nada de eso el resto lo regalaba. La gente era amable.

Las personas se acercan a saludarlo. Él hace chistes y habla mucho. Sonríe y mantiene un matiz alegre en su voz aunque dentro de su casa se está realizando un velorio. Uno de sus hijos tuvo un ACV y falleció hace unos días.

—Yo soy una persona alegre, pero esto me tiene roto por dentro aunque no lo parezca –dice y por un momento el tono en su voz cambia.

Para conocer exactamente cómo se siente Asdrúbal hay que tener paciencia. Es difícil que deje ver un gesto de tristeza. Lo que no puede disimular es la nostalgia por ver derrumbada cada esperanza que tenía de que Güiria volviera a ser como él la recordaba.

—Después que llegó este régimen se obvió la pesca industrial y se hizo la pesca artesanal. Entonces, toda esa gran cantidad de barcos que estaban en el puerto fueron quedándose ahí, dañándose.

Por eso es que hoy el puerto pesquero luce como un cementerio de barcos. Dentro del estrecho que cubre el rompeolas, el lecho marino está repleto de piezas hundidas. Con una sede de la empresa Petróleos de Venezuela que funciona en el muelle 10, se sumaron más barcos deteriorados al paisaje.

Este pueblo costero ubicado al noreste de Venezuela, en el Golfo de Paria del estado Sucre, se sustentaba de la pesca, la agricultura y el petróleo, actividades que hoy son limitadas. Una realidad que a Asdrúbal le genera cierta impotencia. Él se quedó aquí porque veía el potencial de Güiria. Pero lo que percibe ahora lo descompensa: personas delgadas, descuidadas y tristes, calles desoladas y oscuras, disparos en las noches, jóvenes sin futuro. Es la prueba de que el 99,1% de la población sufre inseguridad alimentaria, de que hay un déficit en los servicios públicos de 66,6% y de que el pueblo se quedó sin ese aire de prosperidad.

***

Frente a la fachada de la casa de Asdrúbal hay un poste que se enciende y se apaga por momentos sin que nadie lo toque. Esta zona es uno de los seis lugares en todo el pueblo al que los técnicos de la Corporación Eléctrica Nacional se vieron obligados a reducir la carga energética a 110 voltios, tras la explosión de uno de los transformadores. Hasta la fecha han solicitado 14 y sólo les han enviado cuatro, según uno de los encargados de la empresa en la zona. La luz que se apaga y luego ilumina ya es una característica en esta calle del municipio Valdez donde el 20% de los hogares sufren de problemas eléctricos.

—Después que comenzó el ascenso de Güiria y toda la cosa, llegar ahora es como que pasó una tempestad, se llevó todo y me dejó sin nada –Asdrúbal hace una pausa­–. Y no está claro el panorama. Todavía la tempestad está dentro haciendo sus estragos.

A veces este señor de tez clara se sienta sobre la acera, debajo de esa luz, y permanece ahí. Pasa de las tinieblas a lo iluminado, así como sus emociones.

—Güiria sigue siendo mi casa. Yo lo sigo sintiendo como mi casa. Aquí está mi hogar y mis pilares que son mis hijos. Pero da tristeza ver el pueblo así. Ver como se ha perdido hasta la educación –reflexiona quien fue maestro y forjó una de las principales tradiciones del pueblo: los carnavales, hoy casi inexistentes.

Mientras las personas que asistieron al velorio de su hijo continúan en la sala, él desde el porche sigue hablando con evidente emoción.

—Acá venían barcos de todas partes del mundo y teníamos un puerto pesquero internacional. Aquí venían los que pescaban en el Pacífico a buscar combustible, agua, la comida. Güiria estaba abastecido. Teníamos mucho comercio. Y la cantidad de cavas con pescado que salía de aquí para comercializar en todo el país era inmenso. Venía muchísima gente porque había trabajo para todo el mundo, nada más que del puerto –sonríe orgulloso.

Ese era el aire de crecimiento que tocaba cada lugar del pueblo en los sesenta. Pero hoy el puerto es terreno inhóspito, la pesca a gran escala se acabó y la artesanal anda de a poco. Nadie quiere venir a Güiria. Muchos están huyendo.

—Yo nunca pensé a Güiria de esta manera. Porque es que Güiria iba en ascenso. Teníamos aeropuerto que otros no tenían, un puerto que otros no tenían y teníamos una zona de cultivo de toda la cordillera: el coco, el cacao, el café. Todos los rubros con los que nos abastecíamos y salíamos fuera.

Sus ojos se iluminan en medio de la opaca luz cada vez que cuenta sobre ese pueblo que lo hizo quedarse, a pesar de que tenía buenas opciones para irse. Hoy es un hombre mayor de piel clara pero quemada por el sol y ojos azules, que camina despacio pero con firmeza y que lamenta que sus hijas y nietos no puedan tener esa vida mejor que él encontró en estas calles. Que ya no vean la alegría que conoció en su gente.

—No. Yo no quisiera irme de acá porque es que inclusive esta casa tiene muchos recuerdos. Yo la hice. No fue que la compramos. La hicimos. Desconozco lo que veo en el pueblo pero me siento tranquilo en mi casa. No tengo otro lugar para donde ir.

Él quiere quedarse.

La razón la explica el psicólogo Jhonny Moreno:

—El insilio es un proceso interno que va creando la persona cuando considera que en lo externo, aunque haya oportunidades, él no las ve o no las tiene. Existen en Venezuela muchos pueblos que carecen de las oportunidades de las ciudades pero aun así esto no hace que la gente quiera salir del pueblo ni hace que sienta todas esas sensaciones de insilio.

Tal vez sea eso lo que hace que Asdrúbal se sienta “insiliado” -triste, con incertidumbre y nostalgia- solo a veces o cuando le preguntan. Tal vez sea porque piensa que, a su edad, no tiene oportunidad de hacer algo para estar en un lugar mejor.

En medio de las tinieblas y con las plagas al acecho, él sigue hablando sobre lo que ve a diario.

—El pueblo está triste, porque ya no hay nada de lo que había antes. Pero yo tengo la particularidad de que siempre ando contento –suelta una carcajada.

En su casa Asdrúbal tiene su lugar feliz, con sus hijas que son todas maestras pero también costureras y pintoras –habilidades que aprendieron de su madre– y que cada día se reinventan para obtener ingresos y sobrevivir.

—¡Uy, si! Se siente bien verlas a ellas hacer esas cosas.

***

Ya no tiene mucho que hacer. Está descansando de sus años como organizador de los carnavales, participante en los proyectos más grandes del pueblo, político y como uno de los Reyes Magos que salía en una comparsa –organizada por su familia– todos los 6 de enero.

Dice que no tiene obligaciones en el día.

—Yo vengo, me pongo a regar las matas en la mañana, en la tarde le meto mano al carro y después me siento aquí. No hay más nada que hacer.

Cuando habla de su casa, la nostalgia se nota en cada palabra. Asdrúbal extraña a su esposa. Su hogar lo construyó él; una estructura grande, con porche y garajes, con muchos cuartos y baños para sus nueve hijos, con jardines y una cocina grande. Está toda enrejada. Y cada una de esas piezas la hicieron sus hijos. Hay cuadros de dibujos por todo el lugar, hechos por su esposa y sus hijas.

Desde su espacio ha intentado aportar para lograr la mejora del pueblo sin resultados. El déficit es quien lidera la lista de cosas que identifican a Güiria. Para Asdrúbal eso es un gran retroceso.

—Cuando hicimos el puerto el ingeniero me dijo para ir a construir el aeropuerto Santiago Mariño de Margarita. Él contaba conmigo. Y yo le dije: “no me voy de Güiria”. Porque los planes que había para Güiria eran de tanto desarrollo que yo decía que para qué me iba a ir si luego iba a querer volver. Mejor me quedaba de una vez.

Desde donde está sentado mira hacia arriba y abajo de la calle. El sol imponente de las cinco de la tarde va en descenso y los rayos le dan brillo al color naranja de la casa. Con un pañuelo se seca el sudor, hace un chiste y se queda perplejo.

—Güiria era otra cosa. De verdad que da tristeza verla así.

Entonces entra a la sala de su casa para empezar el rezo de este día.

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