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Esta es la historia de cómo un grupo de jóvenes ayudó a construir una casa para una familia en una comunidad deprimida de Cúcuta, en Colombia. Viajaron desde varios países con una misma motivación: levantar un techo y la dignidad de quienes necesitan apoyo. Yoma y sus hijos ahora pueden asomarse a la ventana y respirar aire fresco. 

La casa de Yoma es oscura. No se divide en habitaciones, cocina y baños. Todo convive en un solo espacio. Pareciera que cuando amobló su casa, hace 10 años, jugó un rompecabezas a gran escala para que la nevera, el televisor y dos camas encajaran. 

En una de las paredes, hechas de zinc, cuelga la foto de graduación de preescolar de Marlon, el más pequeño de sus hijos. Al fondo, un tope de cocina compite por el espacio con una mesa de madera sin sillas. En toda la casa solo hay un bombillo que cuelga sobre el televisor.

Su hogar, ubicado en un barrio de Cúcuta, Colombia, nos recibió por tres días en febrero. Abrió la puerta a un grupo de 11 voluntarios desconocidos que viajamos desde Venezuela (entre ellos, yo), Portugal e Irlanda y otras ciudades colombianas, para construirle una nueva casa. Una más resistente, con más luz, más espacio.

Foto: Shay Valderrama 

La familia de Yoma fue una de las 12 beneficiadas con la construcción de una vivienda de emergencia, tras un proceso de entrevistas y estudios económicos en su sector realizado por la organización no gubernamental TECHO.

El barrio María Teresa es un asentamiento que se ha construido a punta de tablas, techos de zinc y pisos de tierra en la que habitan colombianos y venezolanos de pocos recursos.  En los últimos años, Colombia se ha convertido en el hogar de casi dos millones de venezolanos, según cifras de Migración Colombia.

Sus casas encajadas en una colina muestran piedras y barro a su paso, mientras pocos árboles dan sombra a las jornadas de fútbol que se juegan en los campos improvisados de los más jóvenes.

En casa de Yoma no hay suministro regular de agua. Si corren con suerte, un camión cisterna llega a su comunidad para abastecer, cargando tobos, el pequeño tanque de cemento en un terreno detrás de su casa. En la labor la ayudan sus tres hijos que viven con ella.

En el terreno que rodea su casa, los 11 voluntarios iniciamos una labor de tres días para levantar y armar una vivienda prefabricada de madera -traída desde la sede principal de la organización en Chile- que le diera a esta familia una entrada de luz. En su casa anterior no tenían ventanas

Foto: Shay Valderrama 

La articulación de varias organizaciones y colaboraciones entre los voluntarios, que llevamos nuestras herramientas desde casa o pedimos prestado a compañeros, hicieron posible reunir todos los materiales para erguir la estructura.

TECHO, una institución con presencia en 19 países de Latinoamérica,  busca trabajar asentamientos informales para formar a sus pobladores y brindarles la construcción de casas prefabricadas como una manera de superar la pobreza.

Dos de los hijos de Yoma nos ayudan con las largas jornadas de 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde. Omar, de 16 años, nos pone música durante la construcción. De fondo suena rap, con Canserbero al mando, que se mezcla con los golpes de martillos, piedras y el abrir y cerrar de la nevera en busca de agua que apacigüe el efecto del sol intenso del mediodía.

Entre los voluntarios, la mayoría jóvenes, nos dividimos los trabajos: unos se encargan de la logística y la repartición de materiales y otros de guiar en la construcción de las casas.

Aunque no todos tenemos experiencia en este oficio, los líderes de grupos nos enseñan los pasos del proceso. Los que son arquitectos o ingenieros me explican cómo usar mejor el martillo: sin premura, pero con golpes certeros. 

El primer día de construcción es el más simbólico. Se cava la tierra para enterrar ocho “pilones”, unos cilindros gruesos de madera que serán la base del piso y lo que sostendrá el resto de la casa.

Foto: Shay Valderrama 

Los pilones no son la única base de la casa. Unas cartas, con los deseos de todos nosotros, serán enterrados, junto con los de Yoma y sus hijos, para que no solo la madera selle un nuevo inicio, sino también las palabras de agradecimiento.

—Gracias por todas sus peticiones. Espero que las próximas bendiciones sean poder tener mi casa en material, que mis hijos le cojan amor y valoren todo esfuerzo y que todo sea su voluntad. Espero que las cosas mejoren entre mis hijos y poder permanecer unidos como una familia —cierra sus palabras con lágrimas, antes de depositar el papel en la tierra, en el último pilón.

Cavar los ocho pilones nos lleva todo el viernes. La excavación de tierra conlleva un esfuerzo que nos agota en medio de un sol que al mediodía quema, donde apenas un árbol, al frente de la casa de Yoma, es el único proveedor de sombra y brisa. 

Ese árbol también es nuestro punto de encuentro para los almuerzos y meriendas, así como para las conversaciones de descanso, en las que resaltan la curiosidad de conocer y explicar las culturas de las nacionalidades unidas.

Allí supimos que cuando mandan a buscar una “puntilla”, significa que es un clavo, que “hammer” es martillo es inglés y “tula” es “bolso”, donde se guardan las herramientas. Y que cuando pido un “metro” para medir que el pilón tenga la profundidad correcta, significa “reflex” para los colombianos.

Foto: Shay Valderrama 

Yomaira Casadiego es su nombre completo. Tiene 37 años y representa un enigma para todo el equipo. Habla poco, pero su comida y sazón expresa el agradecimiento que siente. 

Sus porciones nos dejan satisfechos, con raciones de frijoles, arroz, pollo, papas y tajadas. Todo en un plato que clama por más espacio para tanta comida. 

Se sienta a comer después de asegurarse, preguntar y confirmar que todos tengan sus platos. Sus cejas remarcadas, cabello largo vinotinto y ojos delineados dejan entrever alguien de carácter, capaz de hacer que sus hijos corran cuando los llama y exigir un “mande, jeñora” como respuesta. 

El segundo día se levantan y se arman las paredes de la casa. El venezolano y colombiano adoptan términos del otro, las clases de inglés y español se mezclan para dar paso al espánglish.

Foto: Shay Valderrama 

Marlon, el más pequeño de los hijos de Yoma, con 7 años, hace los mandados de los últimos ingredientes del lenguaje principal de su madre: el almuerzo. Recorre las calles de tierra sobre un monopatín que apenas rueda, pero que le saca risas cuando lo monta y arrastra con sus cholas. 

Juega fútbol con una franela del Arsenal inglés y reclama a sus amigos que una de sus vecinas, que intenta meterse en el partido, también puede patear el balón como ellos. 

Marlon no necesita excusas para mostrar sus dientes en una sonrisa. Sus ojos se achinan en cada una, y llegan a su clímax cuando pintar las paredes es la excusa perfecta para salpicarnos de pintura la cara. Nosotros le seguimos el juego y aprovecha de montarse en nuestras espaldas para cargarlo y pasearlo.

Foto: Shay Valderrama 

El último día de la construcción, se levanta y se arma el techo, con un protector metálico para amortiguar los rayos solares. Será ese día cuando Omar, el hijo mayor de la casa, con 16 años y el nombre de su madre tatuado en el pecho, habla más con los voluntarios. 

Sus ojos claros se llenan de pena cuando siente una cámara vigilando, pero al final asoma una sonrisa para capturar, al tiempo que ayuda con los toques finales de pintura. 

Se le atropellan las palabras cuando habla, pero su sorpresa es clara cuando se entera de que una de las voluntarias es la hija del alcalde de Cúcuta. Intenta recordar, en voz alta, si fue descortés con ella en los días anteriores: 

—Ahora la tengo que tratar con respeto, porque si no su papá me mete en la cana (cárcel) —dice como chiste. 

La casa está terminada y falta su inauguración, pautada para el domingo 9 de febrero: que Yoma corte el listón, con los colores de la bandera colombiana, en la entrada de su nuevo hogar.

Foto: Shay Valderrama 

Antes, el líder de los voluntarios agradece la hospitalidad de los Santadiego, nosotros agradecemos su comida. Con gritos y aplausos celebramos el corte de la cinta, mientras Omar aparece con un cartel de “gracias a todos” escrito a mano, por “la oportunidad de mejorar mi vivienda”. 

Las gracias de Yoma quedan por la mitad. Nos acercamos para abrazarla, mientras llora. Nos repite “Dios los bendiga” cuando entra con sus hijos a ver la nueva casa, donde picamos una torta como celebración.

Las lágrimas se extienden al resto del equipo. Los hijos de Yoma comen torta y sonríen, todos aprovechamos de posar ante las cámaras para capturar la emoción, la construcción y el trabajo de tres días. Los “Dios los bendiga” de Yoma continúan en cada acción.

Foto: Shay Valderrama 

Pasan las semanas y ya todos estamos de nuevo en nuestros países. Las gracias de Yoma se siguen expandiendo, y llegan a sus estados de WhatsApp acompañadas con las fotos de cómo ha amoblado su nueva casa.

La foto de graducación de Marlon, que antes estaba en la casa de zinc, ahora cuelga de las paredes de su nuevo hogar: uno con más espacio y claridad, donde entra la luz.

Foto: cortesía de TECHO

Este trabajo fue producto de la tercera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de noviembre  de 2019 a febrero de 2020.

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