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En medio de la llanura de Portuguesa, en el centro occidente de Venezuela, Jesús Buldo logró juntar voluntades para paliar la crisis sanitaria a través de una fundación. Su iniciativa surgió a partir del padecimiento de un nuevo miembro que llegaba a su familia y tuvo que enfrentarse a la escasez de medicamentos en plena crisis económica. Lleva casi una década enfocado en contribuir, desde su vocación médica, a la recuperación de pacientes necesitados de su región

Esta crónica es producto de la VI cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia HQL

Fotos Juan Simón Bolívar

Con la espalda arqueada hacia el frente y la incomodidad del sudor escurriéndose por los pliegues del tapaboca, Jesús Céspedes Buldo pedalea con fuerza por la avenida Circunvalación Sur en Acarigua, estado Portuguesa. Aún no son las ocho de la mañana y siente que su día comenzó con mal pie. Un carro hace una maniobra imprevista y lo obliga a girar hacia su derecha.

Aunque intenta enderezar el volante pierde el control en un tramo del pavimento roto y cae al suelo en el hueco que otro quiso evitar. Jesús se levanta, sacude sus manos, verifica que todo esté bien con la bicicleta —su único medio de transporte y uno de los donativos más emblemáticos que ha recibido—, y comienza a pedalear nuevamente con la fuerza que le da la noticia de una persona debatiéndose en la sala de emergencias.

Una llamada o un mensaje de Whatsapp son las bocinas que le anuncian a este portugueseño de 26 años el inicio de una nueva carrera por la vida. Así ha sido su rutina desde 2013, cuando decidió crear junto a su familia la Fundación Amigos con Manos de Esperanza (FUNDACME). Durante estos nueve años, la asociación pasó de ayudar exclusivamente a niños con deficiencias auditivas a coordinar jornadas médicas y quirúrgicas, servir de banco de medicamentos y crear alianzas para beneficiar a pacientes de escasos recursos económicos sin importar sus edades o afecciones. La crisis de salud pública en el país y las necesidades ajenas, pululando como moscas ante sus ojos, llevaron a Jesús a ampliar el objetivo de la fundación y entrar de lleno a los hospitales.

Funcionan en la misma casa de la familia Buldo, ubicada en Pedro Camejo, un urbanismo en la zona sur de la ciudad al que se llega a través de una carretera amurallada por matorrales y que se ha convertido en ruta peregrina para los portugueseños. La casa pasó de la intimidad del hogar a un recinto de puertas abiertas en el que se recibe a todo aquel que acude buscando algo de ayuda. Pero esto no es un problema para Jesús ni para Maribel Buldo, educadora y madre soltera que secundó desde un principio las ideas de su hijo.

Ni la privacidad ni el descanso son una preocupación para Jesús, quien prefiere utilizar su apellido materno. Pero sí le angustian los niños que llegan a la emergencia del Hospital Dr. Jesús María Casal Ramos y al Seguro Social Materno Infantil José Gregorio Hernández, los principales centros de salud pública de las ciudades gemelas: Acarigua-Araure. En los rostros de esos pequeños y el tambaleo de sus padres, Jesús reconoce la angustia y el dolor que él mismo vivió junto a su familia durante el nacimiento de su primo Ángel Gabriel.

Bajo el sol del 12 de enero de 2010 los Buldo cruzaban lágrimas y palabras de aliento, mientras el niño de solo veintiocho semanas llegaba al mundo en una ciudad ajena. Tras no ser aceptada en el Materno Infantil de Acarigua, la madre de Ángel fue intervenida en el Central Universitario Antonio María Pineda del estado Lara.

En ese momento, el sistema de salud pública en el país ya se enfrentaba a los primeros síntomas del cataclismo que se agudizaría años más tarde. Con la caída del precio del petróleo desde 2008, las regulaciones en materia cambiaria tomadas por el gobierno y la reducción de presupuesto público anual destinado al sector salud (con una caída de 9.1% para el 2010, respecto al presupuesto anterior), las divisas asignadas para la importación de medicinas, equipos médicos y material quirúrgico fueron limitadas. Como consecuencia los carritos de suministro en los hospitales venezolanos se convirtieron en humildes botiquines caseros, y no todas las emergencias que llegaban a las salas podían ser atendidas.
A esa realidad se enfrentó Jesús, su madre y otros parientes más que pasaron semanas apostados a las afueras del centro de salud pública.

—La familia, quienes estábamos ahí, estaba integrada más o menos por doce o quince personas, quienes dormían en la parte de afuera del Hospital Antonio María Pineda en cartones. Varios días buscando ropa, buscando medicinas, buscando insumos, viendo la desidia de las personas, viendo cómo sufrían por sus familiares —cuenta el fundador de la iniciativa.

Ángel nació con hipoacusia neurosensorial profunda y retinopatía del prematuro, un trastorno ocular que lo llevó a ser operado con solo horas de vida. La intervención fue exitosa, pero el niño crecería sin escuchar el mundo a su alrededor. Ante esa situación, el carácter alzado de Jesús y el apoyo de su familia sirvieron para romper el silencio y recaudar los fondos necesarios para la compra de un implante coclear. Con rifas, verbenas y especialmente los donativos de empresarios regionales lograron costear la implantación del dispositivo, una operación que en la actualidad supera los 30.000 dólares.

Según la Organización Mundial de la Salud, en el mundo “1.500 millones de personas viven con algún grado de pérdida de audición”. Aunque la enfermedad se categorice como común, la hipoacusia de Ángel era profunda y el desarrollo de su lenguaje también estaba comprometido.

Experimentar sin previo anuncio esa ruleta de emociones que se activa al saber expuesto el futuro de un ser indefenso llevó al joven a apostar por los sueños y las ilusiones de aquellos que se debaten en las camas de la emergencia del Seguro Social. Así como también lo hace por niños que en brazos de algún familiar inician una carrera presurosa por las escaleras del Casal Ramos, el hospital cuya emergencia pediátrica fue mudada al tercer piso después de que la sala originaria quedará inundada por el colapso de las aguas servidas.

A través de su iniciativa, Jesús abraza su inclinación por el servicio y la medicina. Cuando cursaba su bachillerato en las aulas del colegio Los Ilustres, el joven trazó junto a sus compañeros su proyecto de vida: a los 25 años esperaba colgarse una bata blanca y enorgullecer a su madre con un título que lo certificara en alguna especialidad médica. En ese momento no estaba seguro de cuál sería, pero el área de la salud era su interés y hoy su presencia en hospitales y ambulatorios de Portuguesa no resulta extraña para nadie.

Agitado después de pedalear más de doce kilómetros desde su casa, Buldo se dirige al área de emergencia del Casal Ramos con un bolso gris en sus hombros en el que lleva las ampollas de ceftriaxona y medicamentos para cuatro pacientes con problemas respiratorios. Ahora su labor favorece no solo a los niños. La medicina que transporta es parte de los donativos recibidos de una fundación en el exterior, y uno de los últimos envíos que FUNDACME pudo costear.

Desde Estados Unidos, España y República Dominicana, organizaciones como: Rayito de Luz USA, Gran Futuro Foundation, Gente por la Gente, Círculo Solidario y Amigas por Venezuela recaudan diferentes cajas con medicamentos, fórmulas pediátricas e insumos médicos que tienen como destino nuestro país.

En el pasado era la iniciativa de Jesús la que servía de enlace entre esas manos generosas y las personas con necesidad en el suelo llanero.

Sus años de servicio y la visibilidad de su labor en redes sociales hizo que esta fundación cumpliera todos los requerimientos para ser receptora de donativos. Sin embargo, el proceso se ha convertido en una bestia difícil de dominar. En Venezuela hay decenas de organizaciones sin fines de lucro que optan por la misma ayuda brindada por estos aliados. El destino final de esos kilos de solidaridad lo define el dinero que las ONG tengan disponible para cubrir el costo de los envíos. Desde 24 de abril de 2021, la organización no ha logrado traer más donaciones al estado Portuguesa.

—Fueron veinticinco cajas que se perdieron en España y se asignaron a otra fundación. Y siete que venían de Texas llenas de multivitamínicos, prebióticos, medicamentos en comprimidos y suspensión para niños, para adultos, calcio, zinc. Medicamentos que se necesitan para jornadas y cada caja ayuda a trescientos cincuenta pacientes —especifica.

En la sala de emergencias del hospital, Jesús mira el teléfono y espera intranquilo. Ante la falta de personal en el área, es autorizado por el galeno de guardia a revisar las historias médicas y hacer él mismo la entrega de las ampollas. Al joven de paso rápido y decisiones certeras no le tiembla el pulso en el momento de cuantificar las dosis, dar a cada familia la cantidad justa de tratamiento y exigir la firma en su planilla de recibidos. Para él ya no aplica el sigilo que aprendió durante sus años como misionero católico y, por eso, antes de verse asediado nuevamente por los organismos de seguridad del Estado, prefiere que lo que hace su mano derecha lo sepa también la izquierda y todos los dedos de sus pies.

En 2018, Jesús se enfrentó a una auditoría a la fundación y una acusación en su contra por sustracción de insumos médicos del Hospital Materno Infantil. Sin embargo, el procedimiento no siguió adelante debido a las etiquetas de fabricación de los medicamentos utilizados por Buldo, todos provenientes del exterior del país. Desde esa experiencia dejó de cargar consigo los kits de medicinas extras que le solían acompañar en sus visitas al hospital y solo llevaba los fármacos requeridos por cada paciente.

Con su mirada altiva y carácter imponente Jesús ha aprendido a responder ante las amenazas, sabe que su presencia en los centros de salud incomoda al que no lo necesita y solo une fuerzas con los ochenta y ocho médicos de diferentes especialidades que hacen parte de la plantilla de voluntarios de FUNDACME. El trato directo con el paciente y el doctor son para él su mejor prueba de que los donativos lleguen a las manos indicadas. Por ese motivo, cuando alguno de sus casos termina con un acta de defunción la casa poblada de algarabía queda completamente en silencio. Es en esos momentos en los que Maribel asume su mayor papel de protectora, canalizando las entregas de medicina que normalmente su hijo realizaría y procurando “respetar su duelo”.

El mismo año de aquel episodio de asedio, el trabajo de la fundación inundó las redes sociales y, aun sin su bicicleta rin veintiséis, Jesús se abocó a establecer alianzas y buscar donantes para dar respuesta a cada paciente. La viralización de ese trabajo lo conectó con una reconocida empresa de alimentos en el país y de ese contacto nació la campaña Únete al Lechetón. En pleno auge de escasez alimentaria en Venezuela, más de diez mil ochocientas cajas de fórmulas pediátricas fueron repartidas a lo largo del territorio llanero.
Con los ojos anclados a esos días, Jesús recuerda las filas de personas que se formaban fuera de la sede y la chispa de los casi quince adolescentes de su comunidad que dejaron los ratos de ocio en la cancha para colgarse el gafete de voluntarios y cumplir jornadas de más de catorce horas cargando cajas de leche, pesando y abriendo expediente a cada niño beneficiado. Cuatro años después Buldo celebra que en los anaqueles de los supermercados puedan encontrarse diferentes fórmulas infantiles, aunque los casos de kwashiorkor y marasmo nutricional sigan tocando las puertas de la fundación.

Según el último informe de desnutrición de Cáritas Venezuela en octubre de 2020 (el último publicado), la pandemia por covid-19 representó un “impacto considerable” en el incremento de la desnutrición infantil en el país. Como resultado, la proporción de niños con desnutrición aguda fue cinco veces mayor que el aumento en la emaciación infantil, pronosticada en 14,8% para todo el mundo. El confinamiento condujo al cese de las actividades mediante las cuales Cáritas brindaba apoyo alimenticio a los habitantes de diferentes parroquias del territorio nacional, y entre ellas Acarigua figuró como una de las quince con más casos de menores con desnutrición aguda en Venezuela.

Después de una segunda caída y una pausa para arreglar su bicicleta, Buldo pedalea hasta el laboratorio en el que entrega los tubos con la sangre de uno de sus beneficiarios. Ya encontró al benefactor y agradece que esa factura no sea una hoja más en la carpeta de saldos pendientes guardada en el archivador de la fundación.

Mientras las variantes del covid-19 aumentan en el mundo, las donaciones merman como lo hace el agua derramada sobre el suelo llanero. De los veinticinco a cincuenta donativos diarios que realizaban en sus años prolijos, ahora Jesús y su madre deben ser selectivos. Ante la falta de fondos para traer al país nuevas cajas de medicinas, sus visitas a los centros de salud pública cubren solamente las áreas de emergencia; sin la posibilidad de ayudar a los internos en piso. Asimismo, el número de pacientes psiquiátricos que en algún momento fueron beneficiarios es ahora bastante reducido. La sede minada de cajas de fármacos, fórmulas pediátricas y suministros médicos se va quedando vacía ante la falta de recursos.

El 10 de noviembre de 2021 la organización anunció en sus redes sociales el cese de sus operaciones, justo horas después de que Jesús nos concediera la entrevista para esta crónica.

—Aquí no tenemos dónde hacer un examen a las cuatro de la mañana, aquí no tenemos dónde trasladar a un niño cuando se va la luz en el Instituto Venezolano del Seguro Social para poderlo aspirar o conectar a una incubadora. No quisiera ser presidente de una fundación en esta Venezuela que tenemos —dice Jesús con la voz alzada, mientras agita sus manos desde una mecedora de mimbre.

Después de horas de conversación, toma su morral y bromea sobre esos años en los que kilos de medicamentos ralentizaban su caminar y le torturaban la espalda durante la ruta. Ahora, en cambio, un Atlas General de Anatomía Humana ocupa el lugar de las medicinas ausentes en el bolso y ese otro peso lo impulsa a seguir pedaleándole a la vida con la mirada puesta en un nuevo desafío.

En el 2021 Jesús retomó los estudios con la convicción de colgarse oficialmente la bata blanca de médico. Con el apoyo de su madre, Buldo se lanza a otro objetivo que espera alcanzar y también desde allí ayudar a los más vulnerables. Mientras, en el cuarto que atesora el inventario las estanterías se siguen vaciando, pero el joven continúa gestionando la entrega de esas limitadas gotas de solidaridad y uniendo fuerzas por los pacientes más necesitados.

El cierre técnico anunciado meses atrás parece diluirse ante el brío del portugueseño y decide continuar pese a todos los tropiezos. Tras la cancelación por la falta de recursos de una jornada médica pautada para el 5 febrero, el 24 de marzo la fundación benefició a diez niños en condiciones vulnerables durante la primera jornada quirúrgica de 2022.

Jesús logró unir las voluntades de 250 médicos de diferentes especialidades para atender a 3.000 personas de forma gratuita en la Jornada Salud del estado Portuguesa, prevista para el 25 de junio. Sin embargo, la falta de recursos y patrocinantes mantiene en vilo el evento. Mientras tanto se esfuerza por pedalear y sosegar los padecimientos de muchos en el llano.

Este trabajo fue producto de la 6ta. cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer.

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