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Forrada de color naranja de pies a cabeza con su uniforme de Protección Civil, está alerta de quienes llegan a territorio colombiano para atenderlos con una sonrisa y contarles que quiere conocer Venezuela

Los activistas necesitan lavar y desinfectar sus pies antes de pensar en pancartas de libertad y canciones con consignas. Los toldos naranjas y los uniformes del mismo color, a metros de la tarima del concierto Venezuela Aid Live en Cúcuta, indican hacia dónde deben caminar para ser atendidos.

—Por favor, ¿nos podrían dar agua o antibacterial para lavar nuestros pies? —pregunta un joven del grupo a uno de los voluntarios colombianos de Protección Civil.

—¿Qué necesitan? —pregunta desde más atrás una uniformada.

—Es que pasamos por un río contaminado —exclama otro miembro del grupo.

El uniformado dice que esperen, se da media vuelta y llama a su equipo.

—¡Para acá todos, vamos! Necesitamos agua y jabón antibacterial.

Ella no espera las órdenes y camina directamente hacia el grupo que pide ayuda. Los demás también se movilizan rápido.

Las instrucciones son claras: pónganse los guantes, hagan una fila, unos ponen jabón y otros echan agua, háganlo con orden. Pendientes si hay heridas. Los voluntarios colombianos abren sus morrales con insignias de Protección Civil. Unos sacan bolsitas de agua y otra persona ya tiene el jabón en las manos.

Los caminantes ponen los bolsos y peroles en la grama, se sientan y empiezan a desamarrar sus zapatos, a quitarse las medias húmedas y marrones por la tierra.

La uniformada que salió de primera al escuchar que solicitaban ayuda se inclina presionando la bolsa de agua sobre el pie de un desconocido. Alguien del grupo de los activistas pide más jabón y los uniformados corren a buscarlo. Tiene otros compañeros que al igual que ella están atentos al grupo de venezolanos a su alrededor, pero aún así no deja de atender a quien lo pide, moverse de un lado a otro y conversando.

—Es que no es posible tanta maldad —comenta la voluntaria de Protección Civil—. Ese señor debe recapacitar y permitir que se le ayude a nuestros hermanos venezolanos.

Es delgada, con la piel achocolatada y el cabello ondulado recogido en un moño diminuto que esconde debajo del casco. Sus facciones son menudas como las de un ratón, pero su boca es amplia y al hablar lo hace sonriendo. Continúa con voz cantarina, pero muy firme.

—Es que no puede ser tan malo, si él es colombiano. ¡Juepucha, ese man (Nicolás Maduro) es colombiano! —sentencia y sigue en su labor.

Va brincando de pies en pies con agua para quitar el jabón y con jabón para quitar la mugre, pero sin parar de hablar.

—Yo quería una banderita (de Venezuela), pero no me traje platica para poder comprarla. Qué pesar me da, tan bonita que es —ríe y se tapa la cara con las mejillas rojas tal vez por el calor, el sol o la pena al confesar sus deseos—. Pero cuando Venezuela vuelva a ser libre quiero ir por primera vez para allá, porque es que sin conocerlo yo amo ese país.

Ya con sus pies limpios luego de ser atendidos, los venezolanos se ponen sus zapatos y una de las chicas que estaba sentada en la grama saca de entre sus pertenencias un ticket de Metro, de los de un viaje. Camina hacia la mujer que minutos antes le colocaba alcohol a sus heridas de los pies para que no se le infectaran y se lo entrega.

—Para que cuando vayas, ya tengas el boleto de tu primer viaje en el Metro de Caracas— dice con una gran sonrisa y le da un abrazo.

La socorrista la mira sonreída y luego mira el cartoncito amarillo con franja marrón que tiene entre sus manos. Se ríe con los ojos aguarapados y se tapa la cara. Le agradece en medio de un abrazo.

Los activistas siguen su paso con pies limpios, curitas en las heridas y sonrisas en la cara. Ella se queda. Se despide con la mano y corre hacia donde está uno de sus compañeros de jornada. Casi dando pequeños brincos, casi sin separar los pies del piso, le muestra el ticket, mientras sus boca ancha deja que sus dientes se asomen.

Abre el bolsillo de su camisa que está del lado izquierdo y lo guarda. Luego mira al grupo que se aleja y vuelve despedirse agitando el brazo, mientras su mano presiona el lugar donde tiene el regalo, sobre el corazón.

Fotos por: Carlos Bello

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