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Foto Audiovisuales Niko

A veces parece que este pueblo del estado Sucre es el punto más caluroso del mundo. Güiria es un lugar aislado del resto de Venezuela, con pocos recursos y poco por hacer, donde el calor es violento y las calles también. Aquí nació y creció Héctor. Pero lejos de sentirse en casa, busca huir de este lugar y de lo que le hace sentir.

—Me siento atrapado. No lo negaré. Ese es exactamente el sentimiento. Evalúo una y otra vez mis opciones y siempre termino en la misma sensación de encierro –la voz se le quiebra al final de la frase–. A veces no sé qué sentir y estoy normal, porque ya han pasado tantas vainas que uno decide quedarse en un modo de stand by. Pero pensar que yo no llegaré a ninguna parte o que moriré sin cumplir mis metas me da un poco de miedo. Creo que es mi miedo más grande. Y acá no tengo oportunidades.

A unos 300 metros de su casa es que Héctor encuentra respiro. El hogar de unas vecinas se ha convertido en su refugio. Ahí se siente más feliz y encuentra motivos para sonreír. Él ríe con frecuencia. A veces son carcajadas, otras veces risas ahogadas. Se va a casa de “las amazonas”, como él llama a sus vecinas, que tras un par de malas palabras e insultos a modo de broma logran que deje salir sonrisas sinceras.

En Güiria, un pueblo ubicado al noreste de Venezuela, hay muchas risas fingidas, alegrías forzadas y personas en búsqueda de un lugar seguro. El pueblo carece de espacios de recreación, ofertas de empleo, acceso a servicios de salud y está rodeado por los grupos delictivos que cada vez toman más terreno. Algunos habitantes, como Héctor, encuentran ahí dentro su lugar feliz, un espacio que funciona como su burbuja de oxígeno ante los efectos del estado de insilio -esa sensación de ser extranjero en tu propio país- y de la crisis. Otros deambulan por las calles desoladas y las atraviesan sin rumbo bordeando las casas para esquivar los feroces rayos de sol.

—Antes de empezar a venir para acá sentía rabia con frustración, ligaíto con desesperación. Había ira. Había una pequeña chispa de nostalgia. No tenía trabajo. Es muy difícil conseguir trabajo acá en Güiria. Mi primo con el que trabajaba se fue a Colombia. Por eso mi mamá me dice que soy un parásito. Siento furia conmigo mismo. Nostalgia porque quiero estar en otro lugar y no puedo. Ira porque ella tiene razón en cierta parte de lo que dice, no estoy aportando nada.
Andaba por las calles del pueblo cabizbajo y sin rumbo. Hasta que desde hace unos meses empezó a visitar a su amiga con más frecuencia y descubrió lo acogedora que era para él la casa de las amazonas.
Las duras palabras de su madre se atornillan en su mente y lo derriban.

—Mi mamá es la que me hace sentir inútil.

Él se cree por momentos que es un parásito. Aunque quiere no puede estudiar ni trabajar, así como el 50% de los jóvenes de su edad en el municipio Valdez, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI).

Héctor tiene 21 años, piel oscura y cabello rizado. Es menudo pero de aspecto fuerte. Su propósito de vida es salir de Güiria y volver a estudiar. Él vivía en Caracas y estudiaba diseño gráfico. Por falta de dinero tuvo que hacer una pausa. Todavía añora esos días en la universidad.

En Güiria se siente perdido, rodeado de personas que se han acostumbrado a vivir con poco y que, tal vez sin saberlo, están inmersos en una sensación de desarraigo que crece y los consume. Ya hace mucho que Héctor dejó de sentir a Güiria como su casa. En su lugar, sólo queda nostalgia por no pertenecer y la constante idea de querer huir. El psicólogo Jhonny Moreno explica el origen de esas sensaciones:
—Van ocurriendo situaciones alrededor de la persona que hacen que se empiece a sentir insatisfecho.

Entonces, empieza a manejar dentro de sí pensamientos relacionados con salir de ese lugar. Su imaginación va alimentando un deseo de salir y al seguir alimentando ese deseo, la persona pierde ese arraigo, esas ganas, esa motivación de estar en ese lugar que antes consideraba muy familiar.

Las situaciones de las que habla Moreno acá se traducen en: acceso limitado a trabajos, la imposibilidad que tienen algunos para pagar el boleto de salida del pueblo, carencia en los servicios de telefonía e internet que reducen las posibilidades de conseguir un trabajo a distancia. Por eso, Héctor no quiere estar aquí. Y siente miedo de acostumbrarse a esas carencias, como a su juicio ha hecho la mayoría.

—En la calle veo tristeza, baja autoestima, pobreza mental, decepción, nostalgia, personas que aborrecen lo que debería ser más lógico, que es la educación. Y dentro de todo eso yo me siento temeroso. Me da miedo convertirme en esas personas. Decepcionarme, acostumbrarme, deteriorarme. A veces siento que estoy un poco cerca de eso. Luego caigo en cuenta que no. Pero en ocasiones casi se me van las ganas de seguir –dice con pesar.

Son esas emociones las que definen el término insilio -miedo, ansiedad, nostalgia- y que la socióloga experta en temas migratorios, Claudia Vargas, señala como un estado de incertidumbre en sí mismo.
—Es como que no estás conforme con lo que estás viendo porque es diferente para ti. Entonces, es como estar en un lugar e irte pero sin moverte físicamente. Esa realidad que conocías no existe, ya no está ahí, y eso es lo que genera gran incertidumbre y probablemente sea lo que está pasando con las personas de Güiria.

***

En las mañanas sale a buscar trabajo en los comercios del pueblo y no encuentra ninguno. Prepara proyectos para tener su propio emprendimiento pero nadie quiere financiarlo. Va al mercado a comprar algo de comida y el dinero que tiene no le alcanza. Los espacios que busca para sentirse mejor están plagados del deterioro que golpea al pueblo y desgarra sus esperanzas. Así se repiten sus días. Héctor siente que no puede escapar e incluso en tierra firme dice que se ahoga por momentos.

Entonces recorre los 300 metros hasta llegar al hogar de su amiga, hija de una de las amazonas, y tomar ahí su salvavidas. Se queda y conversa de cualquier cosa menos de cómo se siente ni de su futuro.

Son las cinco de la tarde y el sol ya no alcanza a tocar la fachada de la casa de su amiga. Héctor se sienta en el frente junto a ella y las tres amazonas en una silla de plástico con el respaldo roto –en medio de la acera y en forma de media luna–. Es el único sitio fresco a esta hora. El lugar queda en un callejón con caminos de tierra que tienen maleza de más de dos meses sin cortar. Las casas son pequeñas estructuras que en algún momento fueron coloridas pero que hoy no alcanzan a brillar sin importar cuánto les dé el sol.
No dice nada acerca de cómo está hoy. Por ahora, sólo hablan del precio de la comida en el mercado municipal, el centro económico de Güiria.

—¡Todo está carísimo en esa verga! –suelta una de ellas–. Ni un pollo se puede comprar uno aquí en Güiria ahora, vale.

—Pero es que aquí hasta la sal es cara –responde Héctor y se ríe.

En Güiria todo cuesta un poco más. Tal vez por lo peligroso del viaje y lo alejada que está de las grandes ciudades. El pueblo queda a casi cinco horas de Cumaná, la capital del estado Sucre. Hay momentos específicos para hacer ese viaje debido a los constantes robos en la vía. Intentar ir a Güiria después de las tres de la tarde es arriesgado. “Ni por un millón de dólares que me paguen yo voy a Güiria”, dijo uno de los choferes que cubre la ruta hasta Carúpano, la ciudad más cercana. La única manera de llegar al pueblo es por esa carretera, la Troncal 9, y algunos choferes temen cubrir esa ruta. Solo unos pocos se arriesgan.

—No, pero la gente aquí se pasa. Te venden caro hasta el pescado –insiste una de las amazonas.

Muchos de los que aquí viven carecen de recursos (98% de la población es pobre, según Encovi), por eso andan casi sin espíritu por el concreto, arrastrando los pies como cansados de buscar la manera de mantenerse. Así anda Héctor. Para distraerse, los güireños solo pueden ir a la plaza, un par de bares o la playa. No hay nada más. Y algunos temen hacerlo. Esos son territorios de las bandas.

Pero Héctor no necesita salir para estar bien. Sólo requiere de acceso a internet y de un computador que pueda usar para diseñar, también de la energía eléctrica. Lo primero no lo tiene. Sólo el 9% de los hogares de este municipio cuenta con computadoras. Y la electricidad falla a diario. En parte porque los almacenes de la Corporación Eléctrica Nacional dentro del pueblo no existen y las oficinas no cuentan con ningún tipo de material desde hace años, a pesar de que han solicitado dotación, como asegura uno de los encargados de la empresa en la zona.

Héctor visita a las amazonas a diario. Esta tarde llegó a las cuatro. A veces llega antes, come y se queda el resto del día. En muchas ocasiones no tiene forma de comprar comida o cocinarla. En su zona hace meses que no venden gas doméstico. No le gusta estar en su casa. Pasa todo el tiempo que puede con ellas.

***

La noche está fresca. La brisa de noviembre espanta el calor. Héctor está con su amiga y una de las amazonas. Está sentado frente a una computadora de mesa mientras los demás comen. Él ya lo hizo. Se siente más animado hoy, por eso vino a intentar diseñar algo.

Hay días en que sí habla de su vida y de cómo se siente. Hoy es uno de ellos. Se levanta de la silla y va a la cocina por agua. Entra como si fuera su casa. No pide permiso y nadie lo mira mal por eso. Este espacio es su hogar en medio del pueblo donde nació pero que desconoce. Donde ve perderse sus esperanzas en el asfalto porque no puede hacer nada para sostenerse. Un lugar donde la tranquilidad parece ser una utopía para la mayoría. Güiria es el territorio más peligroso del país, según el Observatorio Venezolano de Violencia.

Para mantenerse vende hielo y hace poco comenzó a trabajar en la radio comunitaria del pueblo.

—No es mucho lo que gano pero es más que lo que hacía antes: nada.

Conseguir empleo en Güiria es cuesta arriba.

—Yo incluso iba a los chinos a pedir trabajo de lo que sea y me decían que no. Todos los chamos están trabajando es ahí, cargando cosas. No hay más nada para uno -hace mofa de todo lo que le sucede.
Él se acomoda en la silla del respaldo roto. Mira a las amazonas. Sus músculos se tensan.

—Le tengo miedo al fracaso, a morirme y no lograr nada. Yo siento que aquí en Güiria voy a fracasar porque veo a tanta gente que ha fracasado. Y es por el lugar, es por Güiria, por su subdesarrollo tanto de las personas como de la actividad económica –agrega.

Simplemente, Héctor siete que ya no encaja. Lo que ve a su alrededor le parece lejano. No siente empatía por quienes viven aquí. Los desconoce a ellos y al pueblo.

—La gente de acá se burla de los sueños que tengo de estudiar, de tener mi negocio, –dice con evidente decepción.

Todavía diseña un poco cuando puede. Eso es lo que está haciendo aquí hoy. Le prestan una computadora y cuando hay señal telefónica –que es toda una hazaña– le dan un celular para que trabaje. Sólo así se siente útil. La mirada se le ilumina cada vez que puede hacer lo que le gusta. Nadie lo ha contratado. Solo diseña porque quiere y le apasiona. Lleva consigo, a veces, un cuatro con el que toca mientras suelta unas letras que él mismo inventa. También trae su cuaderno con bocetos de sus diseños.

A menudo se siente decepcionado del lugar donde nació. No le gusta lo que ve. Se lamenta por la cantidad de jóvenes que deben limitarse al comercio informal o al tráfico. A la cantidad de amigos que debieron unirse a las bandas delictivas para sobrevivir y que lo invitan a hacer lo mismo. A los que ya no están en el pueblo y que él extraña. A la Güiria donde no quería permanecer pero a donde siempre quería regresar.

Héctor tiene la firme convicción de que al salir podrá tener una mejor vida.

—Acá los comerciantes no le paran a lo del diseño gráfico. Eso aquí no tiene vida y es lo que me gusta. No he querido quedarme porque siempre he visto las carencias. Pero ahora es peor. Y lo triste es que la gente se ha acostumbrado a que cortamos la mata para la leña porque no hay gas. Así, con resignación. Yo no quiero eso en mi vida.

Sus amigas las amazonas le dan ánimos. Lo miran y se entristecen con él. Dicen que su vida no es fácil. Ellas le ayudan y él lo agradece. Una lo apoya con la venta de hielo. La otra le da consejos y otra le brinda algo de comer. Mientras tanto Héctor se prepara para salir al día siguiente a buscar la manera de subsistir sin el aliento de su madre y con poca presencia de su papá.

Es común ver a Héctor en el centro del pueblo, siempre buscando algo por hacer, sonriendo pero encerrado en su anhelo de querer salir de este lugar.

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