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Un edificio en Caracas al que por fin llega el agua. Un freelance que tiene Internet para poder trabajar. Una oficina con más de cuatro horas con energía eléctrica. ¿Qué clase de Suiza es ésta?, se preguntan algunos, extrañados al abrir el grifo, al poder conectarse al wifi y al encender el bombillo.

Ilustración de Betania Díaz

María Victoria sólo quería lavarse la cara. Abrir la llave, dejar el agua correr. Mojarse las manos y enjuagarlas un poquito con jabón. Aprovechar la acción para limpiarse debajo de las uñas. Usar el exfoliante, el limpiador, el agua micelar.

Solo hacía falta la ocasión.

Todos los utensilios estaban dispuestos en fila, sobre el lavamanos, esperando. Lo mismo pasaba con los platos, sucios desde hace tres días. Y también con el tobo de agua negruzca, dentro del que flotaba un coleto amarillento y del que emanaba un aroma ácido.

Faltan cuatro minutos para las ocho. Si todo sale bien, tendrá al menos quince minutos para cumplir su fantasía. Desde el piso doce del edificio Altos de Manzanares -al sureste de Caracas- se puede ver casi todo Alto Prado y parte de Prados del Este. Una vista idílica pero ni una gota de agua sale del grifo.

Desde ese terrorífico 7 de marzo, en el que toda Venezuela se quedó a oscuras por más de setenta y dos horas, bañarse ha sido más difícil que lamerse los codos. La media hora de agua que antes recibía dos veces al día ahora parece un sueño lejano. Cuando éramos felices y no lo sabíamos.

Un mes y seis días después, Lola sigue oliendo a perro. María Victoria quisiera poder bañarla. Vamos, que un yorkshire Mini cabe hasta en una ensaladera. Pero se niega a gastar la poca agua que recoge en la mascota, si su propio cabello sigue poniéndose tieso al cuarto día por no poderlo lavar. Entonces, Lolita, casi por venganza, vuelve a hacerse pipí en medio de la sala.

—¡Lola! Qué no hay agua —grita María Victoria.

La muchacha busca el coleto, pero al ver que huele tan mal, vuelve a dejarlo donde está. Además, falta un minuto. Un minuto. María Victoria no puede dejar pasar el chance. Quiere, aunque sea una vez, tener veinticinco años, preocuparse sólo por sí misma y lavarse la cara.

El crujido de las tuberías y los mensajes del grupo del Condominio en Whatsapp le avisan que su momento ha llegado. Corre al baño y abre la llave. Sale agua. Agua de verdad. Al principio el grifo hace como si la escupiera, llena de tierra y suciedad. Pero después de unos instantes, el agua comienza a salir clara.

María Victoria se demora en limpiarse la cara. Lo hace con calma y paciencia que es casi exagerada. Cuando termina, el reloj marca las ocho y cuarto de la noche. Perfect Timing. Se mira en el espejo, masajea sus pómulos. Se siente feliz.

Entonces, le llega el olor rancio del baño. Hay pocetas con desechos de hace tres días, ollas sucias de grasa y ni siquiera tiene agua ni para tomar.

Va a la cocina, y sólo por costumbre, abre la llave del lavaplatos. Al igual que el lavamanos, escupe agua sucia. Y luego, clara. Clarita. María Victoria sigue viendo el chorro, esperando que se apague. Pero no pasa. Corre hasta el teléfono, y llama al primer número de la lista de contactos favoritos. Alberto Chalbaud Movistar Nuevo.

—Tata, tengo agua —dice, asustada.

—¿Por qué?

Del otro lado de Caracas, en la avenida principal de El Paraíso, David Lyon se hace una pregunta parecida. Tiene treinta años, y es programador freelance desde los veinte. Se pregunta por qué tiene Internet.

—Y el 4G de Digitel está andando rapidito, ¿viste? —le dice a su novia, con quien habla por teléfono—. ¿Qué clase de Suiza es ésta?

De la misma manera, unas horas antes, en el sector Bella Vista de la Isla de Margarita, en el estado Nueva Esparta, Iraima Pacheco se preguntaba por qué, si ya eran más de las cuatro de la tarde, seguía teniendo luz. Hacía más de un mes que no podían trabajar más de media jornada completa.

—¿Será que cerramos de una vez, por si acaso? —le preguntó Ivón, su compañera de trabajo desde hace más de quince años.

—Vámonos de una vez, mejor —le respondió, recogiendo sus cosas y apagando su estación— Quién sabe qué andarán haciendo por ahí, que hoy dejaron la luz tanto rato. Ya tú vas a ver, Ivón. Te vas a acordar de mí.

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