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Viajar a la península de Araya, en el oriente salino de Venezuela, es una travesía contra la corriente. Como una competencia  de aguas abiertas.  Si no se encara con temple, se vuelve un suplicio. Esta crónica en primera persona, de la serie #HistoriasDeLaPeninsula, muestra cómo los pobladores en la costa nororiental se sobreponen cada día, bajo el inclemente sol, a una eterna espera

En Manicuare los pilotos de “los tapaitos” usan sus pies para controlar el mango de velocidades y decidir la dirección del bote. Van parados en la popa, se sostienen del techo que cubre a los pasajeros. Así nos iremos hacia Cumaná, aunque parezca una odisea. Sabemos que aún falta mucho para salir a nuestro destino.

Son las 8:30 de la mañana y llevamos dos horas de espera para salir de Araya, uno de los pueblos costeros del municipio Cruz Salmerón Acosta en la península salina del estado Sucre, al oriente de Venezuela. Vinimos a una competencia de aguas abiertas, que suelen ser llamadas travesías. En eso se convirtió el viaje, en una carrera contra la corriente para surcar estas mareas de salitre de regreso a la capital.

El contraste entre los paisajes de lujo y la deficiencia de servicio es una deuda sin resolver. La cantidad de personas que esperan el transporte supera la capacidad de la única forma de traslado marítimo para entrar y salir de Araya, la Palita, el barco que hace la ruta dos veces al día. Pasajeros y carros se apilan. Son sesenta metros cuadrados de una plataforma para vehículos, un espacio techado de dos pisos para pasajeros y cada centímetro es aprovechado. No hay manera de calcular con precisión cuántos caben parados, sentados, coleados. 

El viernes 5 de julio la Palita tuvo problemas mecánicos. Del percance nos enteramos porque ese día intentábamos el recorrido en sentido contrario: de Cumaná a Araya. Mejorar la conectividad de la península con la capital aún es una promesa. Disfrutar del mar arayero tiene un costo elevado, más allá del precio. Uno de los trabajadores informales del puerto comenta que la Palita carga alrededor de 150 personas, pero en cada ruta parece sobrepasar ese número.

Transcurren los minutos y, como el calor, la desesperación sube de temperatura. La travesía parece una locura o un ejercicio de resistencia. Mientras seguimos a la espera y en procurar cómo salir de Araya, hay intentos desesperados por ordenar a la gente que se aglomera en el minúsculo espacio con sombra para evitar que los más vivos se “coleen”. 

Vimos llegar a una mujer descompensada que bajaron de un carro viejo, de pintura roja desteñida por el sol y roída por el salitre. Entre varios la cargaron. La montaron en un bote de pescadores con una vía intravenosa en su brazo, cubierta con toallas de baño y con un color amarillento en su piel. Sus ojos veían a ningún lugar. Suspiramos. Pensé que nadie más que ella necesitaba con urgencia salir de Araya navegando. En ese municipio tampoco hay ambulancias marítimas que socorran emergencias de salud. 

Ha pasado más de una hora. Todavía no tenemos una pista de cómo o cuándo nos iremos de Araya. Empezamos a tantear alternativas. Una posibilidad se vislumbra. En el muelle abrieron la ventana de pasaje, pero sólo iniciarán la venta cuando la Palita zarpe de Cumaná.

Encontramos otra opción. Pagar una “perrera” que nos lleve a los doce pasajeros del grupo a Manicuare, el pueblo vecino, porque no hay transporte público desde la crisis de repuestos y autopartes que se agudizó con las protestas de 2017. El problema de movilidad es tan grave que la maestra del pueblo, Kenya Bermúdez, tuvo que dejar su escuela y pedir traslado laboral a su zona de residencia, ante la imposibilidad de desplazarse diariamente entre los pueblos del mismo municipio. La dificultad de conseguir transporte persiste y empeora cada día. 

Allá, en Manicuare, la tierra que vio nacer al poeta Cruz Salmerón Acosta, hay otro muelle, más pequeño, con botes de pescadores, pero con una frecuencia mayor. En “los tapaitos” caben treinta personas o un poco más. Activos hay tres o cuatro que van y vienen de Cumaná.

Manicuare es la salida

Cargamos los peroles en la “perrera”. Nos sentamos en los bancos laterales improvisados de una pick up, bajo un techo sostenido por unos tubos. Rodamos por la carretera hasta el nuevo destino.

—Lo que hicimos fue cambiar el sitio de espera —bromea una del grupo.

—Al menos este lugar es más bonito y la gente más tranquila —suelta otro.

Son casi las diez de la mañana y todavía no hay pista de los tapaitos. Ya sumamos más de tres horas tratando de irnos a la ciudad primogénita del país, ahora desde Manicuare, otro de los pueblos costeros del municipio Cruz Salmerón Acosta.

—No sabemos qué ha pasado con los dos botes que salieron. Es raro que no haya vuelto al menos uno —dice quien recibe el pago en efectivo del traslado en el muelle.

Seguimos atentos y a la espera. 

—¡Allá vienen! —grita un lugareño que también hace la cola para ir a Cumaná.

El bote llega al muelle y comienzan a bajar los que vienen. Un paralelepípedo de tablas y lonas tapa la fila de bancos del peñero donde se sientan los viajeros. Solo queda descubierta la proa y el lugar donde van los motores. Empiezan a montarse los pasajeros que van y así inician los gritos también. “Se están coleando”. “Ella no estaba en la cola”. “El chamo de camisa azul no lo dejen montar”. 

Nosotros buscamos lugar donde tomar asiento. Nos ubicamos en los tres últimos tablones de madera que aguantan entre seis o siete personas. Algunos en la embarcación van expuestos al sol. No sé qué es mejor, si recibir la ardiente saña del sol peninsular o compartir gases y monóxido entres lonas y maderas. Una abuela viaja con su cabeza dentro de su franela para no oler la gasolina. Unas mujeres con bebés dormidos luchan para mantener el equilibrio en cada golpe de las olas. Los hombres con niños más grandes en brazos hacen fuerza y no se tambalean, pero enderezan cada tanto sus espaldas. Todos apretados. Treinta minutos exactos de travesía. Son las 10:55 de la mañana y nuestros pies pisan, finalmente, el muelle de Puerto Sucre en Cumaná.

—Apenas está llegando la Palita en Araya. ¿Quién sabe a qué hora saldrán de allá? Menos mal que nos vinimos —es el consuelo que nos lanza una del grupo después del agitado recorrido por mar.

Foto Wilfredo Rivero

Viajar con obstáculos 

A mediados de junio la disponibilidad de gasolina en las estaciones de servicio del estado Sucre, como en la mayoría de Venezuela, era cada vez menor. Surtir los vehículos de combustible suponía una tarea que pasó de minutos a horas de paciencia. El viaje estaba previsto para julio, pero ese escenario hackeó la logística. Comenzó la lista de probabilidades: nos vamos en un solo carro, nos llevamos bidones de gasolina, no vamos.

Desde inicios de 2019, las informaciones de la crisis de combustible ocuparon espacios en los medios. Entre cifras distintas, la Asamblea Nacional anunciaba un déficit de más de 100.000 barriles diarios de gasolina y los datos de la Federación Unitaria de Trabajadores y Trabajadoras de Petróleos de Venezuela indicaban que, ya desde mayo, solo la refinería de Amuay estaba operativa. La versión oficial era el silencio. La realidad en las calles del país evidenciaban que Caracas, por ser la capital era la ciudad privilegiada con el abastecimiento del combustible y las colas en las estaciones de servicio eran largas pero tolerables. Mientras tanto en el interior del país las esperas para llenar los tanques de los vehículos iban de horas a días, dependiendo de la región. En el oriente, el mínimo de tardanza era una hora.

A pesar de que la inestabilidad de abastecimiento de gasolina continuaba, siempre gana la terquedad. El 5 de julio a las 5:15 de la madrugada rodábamos por la autopista Gran Mariscal de Ayacucho en dirección hacia la costa oriental del país. El recorrido de más de 400 kilómetros entre Caracas y Cumaná es una sucesión de alcabalas y huecos. 

Para distraernos, después de más de cinco horas para ir desde Araya a Cumaná, nuestro juego casi infantil en la vía de regreso, el 7 de julio, fue contar los puntos de control y los policías acostados —como se le dice en Venezuela a los reductores de velocidad—. Corrimos con suerte, en el camino ninguna autoridad nos detuvo, pero sabemos que solo fue algo fortuito. Fuimos testigos de cómo en cada puesto los miembros de la policía o efectivos de la Guardia Nacional abrían maletas de vehículos, bajaban a pasajeros de unidades de transporte y revisaban equipajes sin distinción.

El paisaje de la crisis 

Salimos del estado Sucre pasado el mediodía con la inclemencia de un sol perpendicular. Cerca de las dos de la tarde bordeamos Clarines, en el estado Anzoátegui. En la carretera nos asombra la irresponsabilidad y osadía de unos motorizados, con otros acompañantes a bordo, que trasladan entre tres y cuatro bombonas de gas por moto. Es insólito. Es peligroso. Es cotidiano. Luego, al borde la carretera, más de una decena de personas con una torre de bombonas de gas que triplica la cantidad de gente, y a pleno sol, son la estampa que se distingue en el paisaje. La escena de montones de personas y bombonas se repite cada tantos metros de lado y lado. Una casualidad: pasamos justo a la hora del gas. Un poco más adelante nos cruzamos con el camión que reparte el gas doméstico a los habitantes de Clarines. Entendemos de quién es la responsabilidad. 

El 26 de mayo en el canal público Venezolana de Televisión, se anunciaba que el vocero de Petróleos de Venezuela Gas confirmaba la operatividad de la Planta de Fraccionamiento y Despacho “Jose”, en Barcelona, Anzoátegui. Por las mismas fechas, los medios independientes informaban de planes de contingencia frente a la venta limitada de gas en las poblaciones del sur del estado oriental. Más de un mes después en las orillas de la carretera que conecta a Anzoátegui con Sucre, la gente, sin declarar a la prensa, yacía bajo el sol, casi derritiéndose, a la espera del camión de gas con hileras de bombonas vacías. Un suplicio.

Días después del viaje, en un portal digital leo la noticia que durante las últimas semanas de junio y las primeras de julio murieron cinco personas porque no hay ambulancia marítima entre los pueblos del municipio Cruz Salmerón Acosta y Cumaná. Recordé a la señora que sacaban del carro viejo envuelta en toallas en Araya y pedí, no sé a quién, que ella no sea parte de esa cifra.

Recuerdo que mientras esperábamos por horas la Palita, la famosa Palita, una muchacha oriunda me confesó que Araya es un pueblo de viejos. Ella solo va a llevar comida a sus padres y cada vez le quedan menos ganas de volver. Vive y trabaja en Caracas, nunca tuvo intenciones de quedarse en el sitio donde nació porque no vio posibilidades de progreso, ese paraíso de azules increíbles donde una mina de oro blanco —la sal— nunca benefició a sus pobladores. A pesar de sus tesoros naturales, de sus envidiables paisajes. 

Me pregunto si todos los pueblos del oriente y de nuestro país caribeño tienen ese destino. Me respondo que sí vale la pena insistir. Hubiese querido terminar este texto con un final feliz, donde la gente arayera vence a pulso el abandono al que está sometida. Me prometo que algún día la tozudez y la templanza vencerán al caos y la desidia.

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