Seleccionar página

Fotos Cheo Rodríguez

Aunque solo lleva poco más de dos años en Chile, es probablemente el venezolano más famoso de todo el largo y delgado país sureño. Nunca para: a veces trabaja más de 12 horas diarias y está estrenando un canal de Youtube para enseñar cocina venezolana. Reconoce que aunque añora los atardeceres de Margarita, ahora goza con la transformación de los árboles de Santiago en cada estación.  No se imagina tomando un avión hacia Venezuela el día después de que Maduro salga del poder, pero tampoco el asunto lo desvela: en este momento solo quiere aprender a vivir en su nuevo entorno. Un entorno hoy difícil

 

No. No te llevaste tus cuchillos de chef cuando migraste. No. Tampoco incluiste un libro de recetas, menos aún un budare, el refugio de venezolanidad que muchos meten de primerito en la maleta.  Ni siquiera unas semillas de ají dulce ocultaste en el bolsillo. Es que ni una foto trajiste contigo a Chile, Sumito Estévez, ni una. 

Fuiste tú, con dos maletas llenas únicamente de ropa. 

Tú y Sylvia. 

Porque sin Sylvia Sacchettoni de Estévez no te hallas. 

Y no fue que vendiste todo y te mudaste, sin mirar atrás, pues en Venezuela siguen tu apartamento, como el de tantos, con la cama hecha, la computadora enchufada, la nevera encendida, como si la vida siguiera en él sin ti. 

Ahora escribes varias veces al día en Facebook tu “Diario de un caribeño en Chile” donde hablas sobre el árbol que te encuentras en el camino, el rincón que descubres o el platillo que pruebas, un diario que más que cuaderno personal parece un altavoz, como si desde allí gritaras a tus compatriotas que todavía estás, que todavía eres quien eres. Pero también usas esa red social para impulsar tu más reciente emprendimiento gastronómico Valle de Dumel y también promueves los proyectos de otros venezolanos y chilenos.    

Pero hay un Sumito Estévez que no está en las redes sociales, un Sumito Estévez tras las bambalinas de la fama  y es desde este Sumito que hablas una tarde de otoño, primero desde tu oficina, después desde el auto y finalmente desde esta nueva casa que arrendaste en la precordillera de la que poco a poco te apropias: un chinchorro, una siembra de hortalizas, esas cosas que van haciendo hogar, aunque tú digas que no lo estás haciendo. 

Yo estaba bien en Venezuela dentro de lo que cabe, comienzas diciendo mientras muestras las instalaciones arrechísimas (afirmas) donde ahora trabajas, con unos equipos técnicos imposibles actualmente en tu destrozado país de origen.  Bien sabes que tu historia no es, ni de lejos, la más trágica de la diáspora y te da, quizás, un poco de vergüenza eso, sin embargo no paras de contar, de contarte. Allá tenía el negocio, el restaurante, la escuela de cocina, pero estaba frustrado, afirmas y ante la pregunta ¿por qué te fuiste? por supuesto te explayas. 

Tres de tres

Tuviste tres avisos, cuentas.  Los enumeras. Tan organizado eres. 

El primero de ellos, dices, fue más o menos en 2015 cuando empezaron a reducirse las invitaciones a congresos y eventos internacionales. Los pasajes a cualquier país del continente desde Venezuela eran más altos que dar la vuelta al mundo y por ello muchos organismos evitaban invitar a académicos y expertos venezolanos. Para paliar tal exclusión, tratabas de asumir con tu dinero alguno que otro viaje, así que fue un aviso que no te angustió en ese momento. Sin embargo dices que ese año por primera vez le asomaste sutilmente a Sylvia la posibilidad de migrar. Lo hiciste ante el imponente paisaje de tu balcón, frente lo que describes como una puesta de sol de folleto turístico. Recuerdas, fiel, sus palabras. Ella me dijo: “Sumito, ¿qué te pasa, después de que lograste tu sueño ahora te quieres ir?”.

Y es que la historia tiene un preámbulo: el apartamento. Ese específicamente era el lugar donde ambos imaginaron envejecer, juntos y jugando scrabble los domingos. 

Un día nos paramos en Margarita y dijimos: “Lo logramos, a partir de ahora es consolidar esto y hacernos viejitos”. ¿Cómo ibas a pretender irte de allí?

Pero después llegó el segundo aviso, que bautizas como el “hasta qué”. Venezuela es muy cruel: la vida es hermosísima hasta que te enfermas, hasta que tienes que lidiar con la policía, hasta que se te daña el carro…  Es vivir en una situación de vulnerabilidad enorme, donde te sientes permanentemente sometido a la lotería. Puede ser un poco frívolo, pero si mañana se me quema la nevera en Chile para mí es un golpe muy grande, pero no imposible. Si en Venezuela a alguien se le quema la nevera, se queda sin nevera.

El tercer aviso llegó pronto. Es que, aunque veías que todo a tu alrededor se desarmaba, tú aseguras que, terco, aún intentabas verle el lado bonito a la vida. Fue entonces cuando tuviste que someterte a una cirugía menor, ambulatoria, un procedimiento que, según dices, no ameritaba grandes complicaciones. Sin embargo, el médico te mandó a tomar antibióticos antes y después de la intervención y ahí vino la odisea: no solo te tocó hacer largas filas y constatar la escasez de un medicamento de uso común, sino que finalmente te mandaron a ir a la trastienda de una farmacia un jueves a las 5:00 de la madrugada a esperar que llegara un lote de medicinas y que, con una contraseña, te vendieran la que requerías. Era una cosa absolutamente indigna, pararme casi como un comprador de drogas. 

Pero ninguno de estos tres avisos fue suficiente para convencerte de marcharte del país. Seguía tu trabajo, tu Sylvia y tus atardeceres atándote a Venezuela. Hasta que llegó lo que llamas el golpe final: Pablo. 

Papá de lejos

Bueno, primero hay que contarle al lector que Pablo es el hijo de tu primer matrimonio, que Pablo se fue hace muchos años con su mamá a Argentina y que siempre has creído que la distancia no es  impedimento para cumplir con tus labores de padre. 

Tu hermana Puni, que vive en Chile desde hace muchos años, te ofreció en diciembre de 2016 regalarle el pasaje a tu hijo para que se reencontrara contigo en Santiago a mediados del año siguiente, durante las vacaciones de invierno. Pero tuviste que decirle a ella que era imposible para ti pagarte tu pasaje desde Venezuela para ir al encuentro.  El dolor mío no era no tener la plata, sino que por primera vez tenía que verbalizar, escribir, asumir que no podía ver a Pablo. 

Ante tu preocupación, Puni ofreció comprarte también a ti el pasaje y que se lo pagaras cuando pudieras.  Ahora sé lo recortada que está ella, como todo el mundo en este país, pero yo pensaba que era una hermana que tenía mucha plata en Chile, porque en Venezuela uno se sentía increíblemente pobre. 

Como no querías deber dinero a tu hermana, hiciste algo que nunca habías hecho en tu vida, según confiesas: le escribiste a sus amigos chefs en Chile pidiéndoles ayuda para poder generar algunos recursos durante tus vacaciones en el país. La verdad es que yo fui muy famoso, muuuuy famoso, entonces hay algo de pudor y de orgullo en tener que pedir ayuda a otro.

Y aquí viene un paréntesis, porque cualquier lector se puede preguntar que cómo ese Sumito tan famoso, que por década y media tuvo uno de los programas más vistos en el canal por cable El Gourmet no tenía nada de plata. Pues bien, confiesas que todo tu dinero lo habías invertido en el restaurante, el terreno, el apartamento, la escuela de cocina y los demás proyectos que tenías en Margarita. Y habías invertido tu propio dinero porque los créditos de turismo que te dio el banco se diluyeron en la devaluación de la moneda.

Entonces esos amigos cercanos, los chefs  Matías Palomo, Daniel Greve y Tomás Olivera recibieron tu email. Era una carta muy honesta en la que les contaba que llegaba a Chile solo con 20 dólares.  Les pedías que te ayudaran a dictar cursos de cocina. Ellos se movieron y lo lograron, te organizaron clases con la Universidad Tecnológica de Chile (Inacap) en Chillán e Iquique.  En agradecimiento ofreciste gratuitamente a esa institución una charla: “Doce pasos para cocinar la imagen de un país”. Ese obsequio, reconoces, fue clave para lo que pasó después. 

Tuviste una agenda intensa en Chile pero mucha suerte porque con ello pudiste ganar 3.000 dólares, dinero suficiente para pagarle a tu hermana, darle dinero a tu hijo y algo más para ahorrar.

La decisión

Bueno, sí, y llegó el día de retornar a tu país, a tu isla. Cuando ibas en auto hacia el aeropuerto de Santiago para tomar el avión hacia Venezuela fue el peor momento, entro en conciencia de que me vengo al país. Fue un instante de lucidez y de decisión. 

Cómo empezar desde cero a los cincuenta y tantos años después de que lo tuve todo, era el pensamiento que te rondaba. Y aunque dices que solo eres llorón en las películas, en la ópera o leyendo un libro y no lo eres ante hechos de la vida real, en el avión, en ese vuelo de regreso, lloraste las ocho horas de vuelo. Lloraste porque te enfrentaste a una decisión muy concreta. En ese avión me dije a mí mismo: “Yo me voy de Venezuela”, y si cuando le diga a Sylvia ella me responde que no se va porque prefiere una puesta de sol, yo dejo a Sylvia en Venezuela. Así de decidido estaba. 

Querías decirle a tu mujer que ya no dabas más emocionalmente, que querías seguir sintiéndote cocinero, ¿y sabes qué es arrecho?: ser cocinero cuando no tienes alimentos para cocinar, o donde la gente no puede ir a tu restaurante porque no tiene cómo pagarte.

Sin embargo, cuando viste a Sylvia, su respuesta fue inesperada. Ella estaba triste, porque sus dos hijas estaban viviendo en Europa, y —exactamente como te pasaba a ti con Pablo— no sabía cuándo tendría dinero para verlas de nuevo. Sylvia, la de los atardeceres, estaba esperándote para decirte que por favor se fueran del país. Estuvo facilita, sonríes. 

Es así como en julio de 2017 le escribes un email pidiéndole trabajo a Mariela Frindt, la directora de Inacap, la universidad donde hiciste las charlas gratis. Ella te había dicho que si algún día volvías a Chile la llamaras porque “gente como tú hace falta”. Pues respondió afirmativamente: se inventó un proyecto de tres meses en el que tú podías ser parte. 

Allí te toco una nueva tarea: hablar con tu equipo del restaurant y la escuela de cocina. Les dije que estaba a punto de volverme loco, en el colapso emocional absoluto, les afirmé: o cierro el restaurante y la escuela de cocina, o denme tres meses para volver con fuerza. 

Ah, porque tú en ese momento aún pensabas que tu mudanza sería solo por tres meses, como para desintoxicarme, como para coger fuerzas, como para poder retornar y seguir. 

Pero pronto supiste que no era así. 

La mudanza

Te montaste de nuevo en un avión de regreso a Chile, con la certeza de que tenías asegurados tres meses de trabajo pero rogándole a Dios que fueran más. Sin embargo, no cerraste ninguna puerta en Venezuela, allá dejaste tu plan B, por si acaso no había mayor opción en el país sureño.   

Llegaste el 19 de septiembre de 2017 a casa de tu hermana y el 1 de octubre comenzaste a trabajar. Mi hermana Puni, espléndida, preparó un cuarto para que llegáramos Sylvia y yo, ambos vinimos muy enfermos, con fiebre. Así, de un apartamento de 130 metros cuadrados, con vista al mar y con una cocina a tu medida, pasaste a un cuarto en una casa y una cocina que no eran las tuyas, donde pedía permiso para  abrir la nevera. 

Viviste un mes con Puni y después te mudaste a un departamento mínimo en Barrio Italia, una zona llena de pequeños restaurantes y tiendas de artesanía. 

A las pocas semanas le revelaste a Sylvia que definitivamente no regresarías a Venezuela. Hablaste con el chef que estaba en tu restaurant de Margarita, le comentaste que te quedarías un año: Le dije que si se querían quedar con el restaurante que llegábamos a un acuerdo, cero ganancias para Sumito y las ganancias se las repartirían entre todos los trabajadores.  

En diciembre, tu jefa te confirmó que desde enero de 2018 tendrías contrato fijo y un cargo: subdirector de Educación Continua del Centro de Innovación Gastronómica. Además ya tenías tu visa temporal –con duración de un año— que te daba más estabilidad en el país. 

Fue allí que vino el otro paso: se cerró tu restaurant en Venezuela, de lo que prefieres no hablar mucho… el resto ha sido aprender a ser emigrante, con todo lo bueno y malo, tampoco es un jardín de rosas. 

Pero aunque no pensabas regresar por la inseguridad que te generaba el país, volviste por algunos días a Venezuela en octubre de 2018.

Por unos días

Tenías que volver por una razón fundamental: te fuiste de Venezuela sin despedirte de tus padres, tenía la necesidad de darles un abrazo para quedarme con la tranquilidad. Era un abrazo no sé si de despedida.

Para ti hay una escena inolvidable y es cuando le dijiste adiós a tu mamá, para ti fue inevitable pensar que probablemente sea el último recuerdo visual que tenga de ella: una espalda entrando a un edificio. Y lo dices porque sabes que tardarás mucho en volver a Venezuela, porque te queda apenas un año de vigencia del pasaporte y, como todos, no sabes si podrás tener otro pronto, porque tampoco quieres arriesgarte a que en migración un funcionario te pida 200 dólares para discrecionalmente decidir si te deja o no salir de Maiquetía. No es persecución política ni nada de eso, sino que el azar en Venezuela atenta contra todos los ciudadanos.

Y en ese viaje también vino el reencuentro con tu apartamento, ese, el de los atardeceres que ama Sylvia: era un apartamento que estaba visitando un año y un mes después y estaba tan “ya vengo” que había una mostaza en la nevera; estaba mi computadora puesta sin forro como diciendo ya me vas a prender… Fue horroroso estar en mi apartamento porque ese era el que habíamos querido toda la vida.

Regresaste a Chile y esta vez tampoco trajiste nada especial en las maletas, solo unas chaquetas de invierno. Me daría mucho dolor traer güevonadas mías de esa vida, no aguantaría ver un objeto de esos en mi casa actual.

Todo se pierde

Confiesas que durante el primer año en Chile entraste en lo que llamas un “síndrome muy balurdo”: el apartamento arrendado en Barrio Italia venía con todo, hasta el sacacorchos, entonces entramos en un ciclo en el que no comprábamos nada, porque para qué si uno lo pierde todo, y eso nos duró un tiempo importante. Nos ha costado mucho comprar objetos personales, nuestra vida ahora es muy austera, muy luterana.

También te pasaba –y te pasa— que abrías una botella de espumante y querías ponerle el corcho especial de champaña que luego Sylvia te recordaba que estaba en Venezuela. Era estar en dos partes y en ninguna a la vez.

Era no ser de aquí.

Tampoco de allá.

Este año las cosas han cambiado mucho. Eres otro en tu reinvención. Te mudaste a una casa en la precordillera de Santiago, una casa cálida (aunque helada en invierno), una casa con una vista de la que hablas todo el tiempo en tu Facebook, una casa para sembrar maticas y –también— para ver atardeceres y hasta un eclipse de sol. Ahora para esta casa sí te ha tocado comprar objetos, pero confiesas que todos ellos utilitarios: cama, cobijas, esas cosas de las que no cuesta desprenderse.

Dos años después de tu llegada, destacas que ya has logrado casi rearmar tu estatus de vida de Venezuela. Además ahora te nutre un proyecto: Valle de Dumel, tu casa es ahora un lugar abierto para experiencias tanto educativas como de degustación en torno a la gastronomía. Además, este noviembre te tiene entusiasmado otra apuesta más: tu canal de Youtube, para enseñar platos venezolanos a tus compatriotas repartidos en todo el mundo. Explicarás desde cómo hacer una empanada de cazón sin cazón, hasta cómo hacer un sofrito sin ají dulce. Algo así como volver a los sabores del país aunque los ingredientes no existan en las nuevas tierrras.

No te ha ido mal con tantos proyectos y no paras nunca. Pero hay dos temores que te persiguen: no tengo siquiera posibilidades de retirarme a los 70 años y no tengo propiedades. Después de que tenía casa propia, es arrecho no tenerla.

El temor se alimenta además de esas preguntas que tu propia mente te hace: ¿Y si me quedara sin trabajo y no puedo pagar el alquiler?, es algo que hace dos años, en Venezuela no pensaba.

La culpa

Además, migrar te trajo otro sentimiento, Sumito, y es la culpa. Sentí que había traicionado a Venezuela. Pasé por un carrusel emocional bastante importante que me llevó a autoflagelarme, pasé por varias etapas: me sentí profundamente cobarde, me sentí profundamente egoísta porque me salvé yo y se quedó todo el mundo en el mierdero allá. Pero además me veía en el ejemplo de los que se quedaron echando bolas, me sentí inútil ante ellos.

Sostienes que ese período, que duró los primeros meses, fue muy maluco, porque te hacía daño pensar en eso, pero además se sumaba algo más: dices también que nunca has estado tan cansado como ahora, porque hay semanas en las que trabajas de 8:00 de la mañana a 12:00 de la noche y solo duermes 6 horas, porque debes hacer más actividades para generar recursos, además de tu trabajo estable, porque si no las haces no te alcanza la plata. Y hasta te pones drástico. No soy mentiroso hay días que amanezco y me pregunto: ¿y si me diera un infarto y se acabara este peo?, tampoco es muy vida esto.

Pero tienes recursos emocionales que parecen ayudarte y mucho: Me salva que salgo en mi moto y veo un árbol rojo y digo: “¡Guao, el otoño, qué vaina tan arrecha!”.

Pero otra cosa te ayudó, y es algo de lo que has hablado poco públicamente: la religión católica. La mayoría de la gente no sabe que eres una persona de profundas creencias religiosas y, ahora en Chile, has estado muy cercano a una fraternidad que ha sido para ti muy importante. Son todos chilenos, gente afín que se parece a mí en muchas cosas, me reúno una vez por semana con ellos, también he hecho retiros en monasterios, me permite hablarle a Dios.

Confiesas: Para mí la Iglesia con todo y sus rollos –que en Chile son muchos— resultó un punto de contención importante, sino me hubiese deprimido heavy. La razón por la que no llegué a un llegadero peligroso está ahí.

Y fue un día, en misa, que supiste por qué estabas en Chile: fue un instante en el que me di cuenta de que si no viviera fuera de Venezuela sería imposible que mi mamá, mi hermano y mi papá pudieran alimentarse.

Reconoces que para ti es una tranquilidad llegar al primero de cada mes y hacerle un giro de dinero a todos tus seres queridos y repites, porque necesitas repetírtelo a ti mismo: Si me hubiera quedado en Venezuela por emperrado, por orgulloso, por pendejo, porque el que se queda es porque tomó la decisión de que quería ser bravo, estaría ahorita en Margarita, con la vida con altibajos, sin ninguna posibilidad de ayudar a mi papá y a mi mamá y de vez en cuando llamando a mi hermanita en Chile y mi hermano en Holanda preguntándoles si me podían ayudar a comprar una batería.

El Sumito del sur

Por supuesto que en Chile muchos te conocen, la gente del mundo gastronómico, los que veían el programa El Gourmet, has salido en varios periódicos, probablemente seas el venezolano más famoso del país sureño, pero no es que te estén parando en la calle. Si alguien lo hace seguro es venezolano.

También te pasa que te piden ayuda, te sucede no menos de 20 veces al día que algún venezolano te escribe para pedirte trabajo o para ver si le puedes ayudar a pagar un pasaje para salir del país. Creen que por famoso eres rico. Aunque sabes que no está en tus manos apoyarlos, sientes que los petitorios no son sino una demostración de que la gente te siente cercano.

Y eso te alegra. El otro día escribías en Facebook, en alusión a Nicolás Maduro, que no entendías cómo alguien que tuvo la posibilidad de buscar el bien común prefirió hacer sufrir. ¿Qué sucede para que opte por causar dolor desde el terror cuando no hay nada más gratificante que te quieran y admiren?

Tú lo sabes porque estás del lado contrario: te sientes querido. De hecho, no solo te llegan mensajes con peticiones, también muchos te dan. Numerosos venezolanos, y también chilenos, se han acercado a ti para invitarte a conocer sus emprendimientos, te han obsequiado chocolates, aceites, quesos, artesanías, vírgenes. Muchos te quieren, Sumito, y tú divulgas las muestras de cariño porque te enorgullecen. Aunque también, y lo sabes, hay quienes te siguen criticando porque te fuiste, porque abandonaste el barco, porque dejaste el pelero. También hay quienes te odian.

¿Volver?

Sin embargo, aseguras que no volverías inmediatamente a Venezuela. No sabes tampoco cuándo lo harías. O si lo harías. Para mí volver a Venezuela sería empezar de nuevo, es volver a migrar, por lo tanto es volver a pasar este pequeño infierno que es empezar de nuevo.

Añades que la decisión de regresar es tan compleja como la de salir. La decisión no tiene que ver con cobardía, con esperar a que se arregle el país , que también es una excusa válida. En mi caso es porque no volvería si mañana cayera la dictadura.

Tienes dos certezas: que no vivirás allá mientras siga Nicolás Maduro en el poder, pero tampoco volverías al día siguiente. ¿Y un tiempo después? Pues no tienes la menor idea, respondes. Preferiría que la respuesta fuera sí, sueño volver a Margarita y tener mi restaurante, pero no me está esperando un pasado criogenizado para que lo tome donde lo dejé.

Y nuevamente sale a colación la Iglesia, en específico una conversación que tuviste con un cura italiano, que vivió en Chile y ahora estaba haciendo su labor en Colombia. Ante tu curiosidad sobre su experiencia migrante te respondió: Todas las veces que he migrado, he migrado para siempre.

La frase te impactó y ahora dices: Yo desde ese momento estoy en Chile para siempre, sin tener idea de qué va a pasar en un mes. Después de darme cuenta de eso toda mi relación con Chile cambió absolutamente. No estoy cerrando ninguna puerta y al mismo tiempo donde estoy, me doy con todo sin pensar en el futuro.

Ese pensamiento fue muy importante porque tu vida, dices, es 100% chilena, porque no tienes un solo compañero de trabajo o alumno extranjero, a veces pasan siete días y la única persona que oigo hablar con acento venezolano es a Sylvia, si no asumo que es mi espacio, donde probablemente me tenga que hacer viejo, no voy a disfrutar nada de esto. Entonces piensas que no quieres descubrir la belleza del territorio y la gente dentro de cinco años, que quieres hacerlo desde ahora, entonces, cada día te aprendes una calle, un plato, un dicho.

A la vez sientes que en Venezuela queda tu pasado como en stand by, porque tu carro sigue estacionado, sigues pagando mensualmente el servicio de televisión por cable e Internet, además el aire acondicionado continúa prendido. Venezuela es tan rara, me la imagino como un país lleno de apartamentos vacíos, con aires acondicionados prendidos y Directv pagada.

Mientras, en Chile, en tu casa en la montaña, te bañas cortico para no pagar agua en exceso y estás todo el día apagando las luces para no aumentar el costo del recibo de luz.

Ahora, además, que el país sureño está revuelto, que el estallido social y las respuestas gubernamentales confunden, que Chile es un completo signo de interrogación, confiesas que tu angustia es tremenda, no tanto por miedo al futuro o incertidumbre, sino porque son recuerdos dolorosos y es inevitable que se remuevan fantasmas que uno ha tratado de tener apaciguados. También reconoces tus fortalezas: tengo la suerte de tener mecanismo sólidos de defensa emocional, así que a ratos logro desconectarme por supervivencia. 

Dejarse encantar

Y por supuesto, falta que hable Sumito el chef. Dices que has descubierto gastronómicamente cosas muy hermosas en Chile, es mentira que la comida es mala como erróneamente algunos dicen. Explicas que, como estaban tan aislados, los chilenos construyeron una relación gastronómica a través de mitos. Cuando le preguntas por un plato, el venezolano te describe cómo se hace, su respuesta es técnica; mientras que si le preguntas a un chileno sobre un plato siempre te va a contar el rito asociado a él.

Pero, aunque reconoces que has aprendido mucho de técnicas y diversos alimentos, confiesas lo que nadie quiere oír: no estoy cocinando como antes, solo lo viejo, lo que inventé en Venezuela. No he creado nada tan glorioso como eso aquí.

Y es que en este sur también sientes profundas ausencias.

Te hace falta el corocoro frito. Ningún pescado lo supera, aseguras.

Te hace falta el ají dulce. Todo sabe a medias sin ají dulce. 

Y ves tu entorno de tu bonito hogar y nuevamente expresas que nada te ata: no hemos comprado un objeto que no nos duela perder. En mi vida actual, si tengo que coger una maleta y mudarme, no hay nada que vaya a extrañar.

Pero de pronto aparece ante ti Cuchufleta, la perra mestiza que adoptaste este año. Y por allá está el gato Tomás, que también vive con ustedes desde hace meses. Te das cuenta de que es mentira. Que sí estás construyendo ataduras en este país.

Aunque no puedas sembrar ají dulce.

(Nota de la redactora: El perfil fue escrito entre julio y agosto de 2019. Fue actualizado para su publicación en noviembre de 2019, justamente cuando Sumito Estévez abre su canal de Youtube y Chile arde)