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Para Anamaría Aguirre los complejos por su cabello rizado la afectaron desde niña y se acentuaron en su adolescencia. La presión social la hizo sufrir de un trastorno que la hacía arrancarse compulsivamente mechones de pelo. Los tratamientos capilares eran rutinas tortuosas y cotidianas para cumplir con los estándares que le exigían otros. Una historia íntima sobre la búsqueda de la identidad y la aceptación como vías de descubrimiento de la belleza propia

Una crónica producto de nuestro #DiplomadoHQL

Texto y fotos por Anamaría Aguirre

Nunca se lo he dicho a nadie. Ni siquiera a mi psicoterapeuta. Ni al primero ni al segundo. No quería pasar la vergüenza de verlo extrañado y buscar en un diccionario antiguo —de palabras generales o de términos especializados en psiquiatría— sobre esa afección cuyo nombre descubrí por accidente mientras leía un foro sobre trastornos relacionados con la ansiedad, tiempo después de haberla superado. Hay gente que se come las uñas, eso se llama onicofagia. Es una compulsión. Yo me arrancaba el cabello. Eso se llama tricotilomanía.
No podría decir el día exacto en que eso comenzó. Fue hace tanto que siento que estuvo siempre conmigo, aunque se manifestó, en principio, de otras maneras. Aún llevo en mi pierna derecha una mancha larga y oscura que recorre la piel sobre el peroné producto de una lesión con afeitadora al intentar rasurarme las piernas a los ocho años por primera vez. Fue un impulso luego de ver tantas revistas y comerciales anunciando que una piel perfecta era una piel sin vellos.

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La adolescencia es la edad en la que los complejos germinan y fue allí cuando, creo, comenzó realmente mi manía: al sentirme inadecuada por mi cabello que no se parecía a nada ni a nadie -ni siquiera al de las mujeres de mi familia que por norma iban los sábados a la peluquería y los domingos a misa- comencé con un reflejo inconsciente de arrancar hebra por hebra mechones de mi cabello desde la raíz. 

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Su textura rugosa y dura me generaba aversión. Sentir cómo mis dedos extirpaban cada folículo me causaba una suerte de placer culposo, ese que producen los pecados expiados a través del dolor. No era un acto solemne que implicaba cálculos y escondites como un trastorno alimenticio. Podía hacerlo en cualquier lugar sabiendo que la medida para que se viera normal era que sucediera esporádicamente y por períodos cortos de tiempo. 

A todos se nos caen entre 20 y 100 hebras de cabellos al día, que yo hiciera trampa a la naturaleza y agregara unas cuantas hebras más a la cuenta no era algo que alguien se tomara el tiempo de contar.
Cuando tuve la edad suficiente, me inicié en el ritual del alisamiento de cabello: catiónicos, secadores y planchas como ceremonia iniciática luego de las primeras menstruaciones y necesidad de usar brassiere.

Asistir cada sábado a la peluquería para poder tener una cabellera “pulcra y aplacada” como exigían los requerimientos del colegio al que iba. En ese centro escolar tener cabello rizado y suelto era considerado un acto casi de rebeldía, similar al de los chicos que querían dejar crecer un poco más sus cortes cuasi militares y que tuvieron que esperar a graduarse de bachillerato para llevar un estilo más acorde a su personalidad.

Con estos tratamientos pensaba que mi cabello se vería naturalmente mejor pero la verdad es que no fue así. Mi cabello alisado artificialmente, lejos de parecerse a aquellas cabelleras sedosas que se movían con el viento en los comerciales de champúes, acondicionadores y cabezas de mis amigas, era más bien un agente extraño, tieso y doblegado por el calor que no admitía cortes cortos, sudoraciones o secados al aire natural sin revelar su verdadera naturaleza que hacía que cada hebra creciera en distinta dirección.

El cambio de milenio significó el cambio de azul a beige y el cambio de mis formas a todo nivel. Todo se transformaba a mi alrededor y dentro de mí. “Hacerse mujer” decían por allí.

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Ya no era solo el cabello lo que me incomodaba y me hacía sentir señalada sino los inexorables volúmenes que crecían en mi cuerpo evidenciando el linaje de mis ancestros: mi nariz y mis caderas.

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“Pateperro” fue un término que conocí en mi adolescencia tardía y que hacía referencia a una nariz voluminosa que con los vaivenes de la adolescencia, en esa edad en la que no se es “ni pato ni gallina” tiende a verse más desproporcionada con respecto al rostro algunos días, y que luego, con la edad, tiende a armonizar mejor con el resto de la cara.

“Sorbetico” también fue mi sobrenombre. Gracias al comercial de unas famosas galletas donde unas hormigas con rasgos de tribu africana buscaban las preciadas golosinas en lugares recónditos, como si fuera la cacería de un bisonte o mamut. Las hormigas en cuestión eran de un color oscuro, de extremidades enclenques y torso rechoncho, sus rostros tenían ojos y dientes grandes y eran coronados por un huesito que recordaba al tocado de la niña de “Inki and the Minah bird”, aquella caricatura de Merry Melodies sobre una niña africana —de cabellos rebeledes recogidos— que persigue a un pequeño pájaro negro.

¿Cómo culpar a un grupo de adolescentes por relacionar mi fisonomía con las de estas caricaturas? Tomarlo con temple de acero, con sentido del humor y con indiferencia fue mi vía de escape. Pero ¿cómo reaccionar a los adultos a mi alrededor que usaban también estos motes para referirse a mí?

Se dice que los niños son crueles por su vítrea honestidad que expresan sin ningún remordimiento. Los adultos, al contrario, suelen ser crueles porque su sinceridad es una flecha que va cubierta de un ungüento de intenciones. Es válido cuando su intención es agradar, pero puede ser muy despiadado cuando su propósito es el del rechazo, la aversión, el menosprecio e incluso, solo ser ligeramente gracioso a costa de alguien más.

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La búsqueda de la aceptación del entorno y de mí misma, a través de la belleza física y la tricotilomanía presentaban una paradoja

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Ese era mi trastorno adolescente crónico, mientras para otras era la delgadez extrema de un cuerpo huesudo con clavículas y costillas a flor de piel por un cuadro de anorexia o bulimia.
Mi trastorno no ponía en riesgo mi vida pero sí comenzaba a dejar zonas de mi cabeza con poco o casi ningún cabello que me costaba cada vez más disimular, sobre todo cuando iba al salón de belleza a hacerme mi tratamiento religiosamente cada semana. ¿Cómo explicar un gesto, una manía, una compulsión que ni siquiera yo sabía comprender?

Byung Chul Han, filósofo surcoreano que trata los problemas de la sociedad actual, en su libro La salvación de lo bello, habla de lo liso como el epítome de la belleza en el mundo contemporáneo y de cómo esa textura que seduce y llama al tacto es también una belleza vacía, semejante a la reproducción en serie y a la carencia de personalidad. Los cabellos sin texturas, los cuerpos de líneas suaves, ajustados al esqueleto y sin voluptuosidades grasosas era lo que se avizoraba como lo ideal al comienzo del milenio.

Esa pulcritud que nos preparaba a un futuro inmaculado, paralelo al que algunas películas futuristas nos habían mostrado como la meta que había conseguido el hombre bueno —contrario al hombre malo que se había visto sumido en un mundo de guerra y contaminación producto de sus malas acciones— pero que tanto ficción como realidad buscaba un ser único, prototipo, impío e inmaculado que, tal vez como un boceto de nuestro inconsciente colectivo, nos alejara de la polución simbólica y tangible de épocas anteriores, porque lo liso está relacionado también con lo limpio, lo impoluto, lo que no tiene mancha.

Cuando decidí dejar que mi cabello retomara su estado natural, ni siquiera sabía quién era Byung Chul Han, no pensaba tampoco en racismo, interseccionalidades, ni estandartes de ningún tipo. Sencillamente quería recuperar la autonomía de una parte de mi cuerpo y de mi vida que hacía mucho tiempo había cedido a peluqueros, revistas, presiones familiares y sociales.

Para ese momento no necesitaba más aceptación que la propia. Ya la adolescencia había concluido y las inseguridades que no fueron sanadas al menos ya parecían domables en la década de los veinte que para mí, apenas comenzaba.

Adulta y segura como me sentía, increpaba a mis familiares cuando me pedían que me alisara el cabello.

—Pero si es parte de nuestra herencia, de nuestras abuelas y todo lo que eso conlleva —pensaba algunas veces y decía sin reparo otras tantas.

Las respuestas insistentes que buscaban convencerme siempre eran lo incómodo que resultaba llevar el cabello al natural, lo fácil que se quebraba y lo mucho que había que cuidarlo y desenredarlo, sin hablar de las pocas opciones de peinado que se podían lucir, a diferencia del cabello alisado. Pero no había vuelta atrás.

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Dejar mi cabello al natural fue una decisión que reafirmó mi identidad y desde entonces  también comencé a notar un cambio social de los otros hacia a mí.

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Los piropos menos amables, más soeces y lascivos estaban relacionados con mi cabello. Lo que en la infancia provocaba burlas, en la adultez generaba alguna suerte de morbo o fetiche. Tal vez, con la solemnidad de las cosas que no se pueden decir, mi familia siempre quiso protegerme de algo que ya sabían y que yo por mi transgresión al rito familiar de lucir un cabello de liso perfecto tuve que descubrir por mí misma. 

Este trabajo fue producto del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su edición en línea realizada en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, de octubre de 2020 a febrero de 2021.

Sobre el diplomado