Seleccionar página

Desde la llegada de los primeros casos de coronavirus a Venezuela, Juan José ha permanecido atendiendo urgencias y al frente de su equipo en un hospital del estado Aragua. Estos son algunos de sus apuntes que describen, en primera persona, las extenuantes jornadas que se vuelven cada día más complejas en un escenario que por momentos lo asfixia

I

Ya casi no puedo respirar.

¡No puedo usar este tapaboca todo el día mientras trabajo!

Hoy es una jornada laboral normal, como otra. Solo que debo usar siempre la mascarilla porque empiezan a reportar casos de pacientes infectados por COVID-19. En el centro de salud donde trabajo (un hospital del estado Aragua) ya tenemos pacientes sospechosos hospitalizados.

Hay muchas dudas, preguntas sin respuestas y compañeros incrédulos sobre lo que estamos viviendo.

Antes de la cuarentena, regresar a mi hogar después del trabajo era algo que esperaba con ansias después de una guardia de 24 horas.

Pero eso cambió.

Ahora entro al porche, me quito toda la ropa y dejo de último el tapabocas. Abro la llave y me ducho con la manguera del patio. La ropa que me quito la meto en un tobo con agua y jabón, para luego llevarla en la lavadora. Ese es mi ritual diario desde hace un tiempo.

Cada día atiendo a más casos de posibles contagios comunitarios, de personas que no tienen contacto con viajeros. Ya no solo se expone aquel que salió fuera del país, por lo que las medidas de bioseguridad son más estrictas.

¿Tengo que usar careta? Me hago esa pregunta a diario.

Imagínate, si no puedo respirar con el tapabocas, ¡menos con esa careta! No se puede ver bien, la pantalla te marea, distorsiona la vista y se empaña por la respiración. El aire sale por los lados del tapaboca.

II

Es mi hora de descanso. Me despierta un grito con mi nombre; tengo que ayudar a una compañera con una paciente que llegó inconsciente.

—¿Qué tiene la paciente? —pregunto al familiar que la trajo.

—¡No responde! —exclama asustada, con sus manos en la cabeza y temblorosa.

El desespero se le nota en su mirada.

—Espere afuera, ya le avisaremos las condiciones de su familiar —le digo como si eso fuera a calmarla.

Se trata de una señora de 56 años de edad, hipertensa, de piel morena de una estatura promedio, pero algo pasada de peso. Tenemos que sostenerla entre dos personas.

Su pulso es normal, pero su respiración es débil. El monitor marca que tiene problemas en la oxigenación de la sangre, por lo que hay que actuar rápido.

—¡Enfermera páseme el laringoscopio, hay que intubar a la paciente! —le indico rápidamente a la licenciada.

Fue exitoso el procedimiento. Entonces salgo del área para obtener más información acerca de lo sucedido, mientras mi compañera se queda estabilizando a la paciente. Al interrogar de nuevo al familiar, ella me comenta que la señora tenía dos días con calentura y tos.

Mi primera reacción fue tocarme la cabeza con la mano derecha, y me doy cuenta de que dejé la careta en el cuarto porque salí apurado. Me ganó la adrenalina del momento, y descuidé mi seguridad. No dejaba de pensar: estuve en contacto directo con un paciente con síntomas respiratorios.

En ese momento la enfermera salió para informarme que debía entrar inmediatamente.

—¡Doctor, no se palpa el pulso de la paciente! —escuché.

Ya mi compañera estaba realizando maniobras de resucitación, pero sin éxito. La paciente falleció de manera repentina y aún sin una causa clara de lo que le sucedió.

III

Es la segunda noche sin dormir bien de tanto pensar en aquella situación. Veo por la ventana y aún está oscuro. Tengo la espalda mojada y mucho calor.

El aire acondicionado está encendido, funcionando correctamente. Pero esta carraspera me tiene pensativo.

Mi familia es mi preocupación. Tengo padres hipertensos y no quiero que se enfermen, aunque el virus ha demostrado que afecta a todos por igual, sin importar sexo, edad ni condición social.

Yo soy una persona vulnerable. En mi caso, soy médico, y estoy en contacto a diario con pacientes con síntomas respiratorios.

Al amanecer, mientras desayuno, pienso que lo mejor es no ver a mi familia por un tiempo para no contagiarlos. Lo sigo pensando cada mañana.

Ahora siento que casi no puedo respirar. El calor regresa en la noche, aunque el aire acondicionado esté más frío. Sigo viendo la ventana y aún el sol no sale.

A la mañana siguiente me realizan la prueba para COVID: Negativo, arrojó el examen. Por un instante se desvanece mi temor y con ellos los síntomas.

IV

Tengo mes y medio sin ver a mi familia. Mi madre me dice que quiere verme.

Este fin de semana es el día de las madres, es muy difícil decirle que no iré.

Sólo serán dos días, llevo ropa para sábado y domingo, además de par de tapabocas extras, para no exponerlos a ellos. Me siento bien, pero puedo ser asintomático y nadie saberlo.

Veo a mi madre a unos cuantos metros de distancia. Mientras camino hacia ella su sonrisa es indescriptible, mi corazón se acelera y mis lágrimas brotan sin darme cuenta. Nos damos un abrazo increíble que aún recuerdo, y tanto que me hace falta.

Enseguida vuelvo a entender que soy una persona expuesta por mi trabajo, y que debo cuidarlos.

Continúo viéndolos no tan seguido. Ya nada es igual, echo de menos los abrazos y besos de los seres que amo.

V

Hoy es mi día libre, lo uso para lavar y comprar comida. Hacer esto me gustaba, pero ahora es estresante por todo el protocolo que se debe cumplir para poder salir.

Debo recorrer varios lugares para comprar artículos de higiene personal, frutas, verduras, y por supuesto la parada obligatoria: la farmacia por alcohol, gel antibacterial y tapabocas. El personal de salud recibe implementos mínimos de bioseguridad, el resto debemos asumirlo nosotros.

Es agotador y no se disfruta nada salir. Una vez que llego a la casa empieza el ritual de bañarse. Agarro un tobo con agua y mucho cloro, para lavar cada una de las cosas compradas, antes de meterlas a la casa.

El cloro se volvió fundamental en mi casa. Todo se limpia con ello.

Siento el pecho apretado, con problemas para respirar, no sé qué me pasa, nunca me sentí así antes.

Escucho un pitico cada vez que respiro, pero no soy asmático. Me tomo un antialérgico y salgo a llevar aire fresco. Y me siento mejor.

El neumonólogo dice que hice una reacción al uso indiscriminado del cloro. Eso irritó mis bronquios, ya no puedo ni olerlo porque me da dificultad respiratoria.

VI

Todo cambia en cuestión de días, aún hay dudas y preguntas sin respuestas. Pero debo seguir trabajando, no puedo parar. Las salas de hospitalización cada vez están más llenas de pacientes.

Entre el personal de salud ya no nos conocemos, con tanto material de bioseguridad que nos ponemos para protegernos.

Hoy dieron de alta médica a seis pacientes que se recuperaron, salieron caminando del área de recuperación. Los vi y sentí que nuestro esfuerzo valió la pena. Quise aplaudir, pero lo hice en mi mente. Los recuperados también son valientes.

Después de tantas semanas acechados por esta pandemia, por fin aprendí a respirar con una mascarilla y a ver con una careta empañada.

*El protagonista de esta historia prefirió usar un seudónimo para proteger su identidad

En la primera línea

  • 25% de las muertes por coronavirus en Venezuela corresponden a personal del sector de salud, según el medio de verificación factual Cotejo.info.
  • El 26 de agosto la ONG Médicos Unidos de Venezuela actualizó sus reportes: los fallecidos en el sector de la salud sumaban 100 personas hasta ese día.
  • El estado Zulia acumula 50% de las muertes por coronavirus del personal sanitario en el país.
  • La Corte Interamericana de Derechos Humanos instó en su resolución 4/20 a que el gobierno de Nicolás Maduro aplique directrices de protección para el personal de la salud en Venezuela.
¡Tus historias favoritas por correo!

¡Tus historias favoritas por correo!

Suscríbete al Boletín HQL para recibir relatos que conectan y novedades de tu interés.

¡Gracias por suscribirte al Boletín HQL!