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TERESA SOSA VEGAS, 67 años, sociólogo, profesora Universidad Simón Bolívar, coaching, vicepresidente de la Asociación de Desarrollo Integral Comunitario, vive en Caracas

“¿Por qué regresaste, Teresa?” Esta es una pregunta que está siempre conmigo. Todavía me lo pregunto y me preguntan también. Pero cuando trato de encontrar una respuesta digo: esto me duele. A diferencia de otros países, donde viví 35 años, Venezuela me duele profundamente.

Regresé porque fui formada con coraje, en la valentía. Mis ancestros firmaron el acta de la Independencia de este país. ¡Eso está en mí! Creer en lo que lograron mis ancestros y el país que ellos forjaron. La lucha por la libertad.

En la época de Gómez mi familia luchó por la libertad, en la época de Pérez Jiménez luchó por la libertad. Cuando cae Pérez Jiménez mi familia se dedicó a formar la sociedad civil. Mi abuela formó más de 35 ONG y de acción social porque había que sacar al país adelante y trabajar en educar a los ciudadanos para tener una República democrática.

Ahora, a esta edad de mi vida, me toca seguir trabajando por la libertad. Quién me dijo a mí que yo iba a regresar. Uno no lo sabe. Pero cuando vuelve a sus raíces se siente tan bien, tiene sentido la vida. Un sentido de arraigo, de algo de tus ancestros. Es tu propia historia.

Sí. Venezuela es un país en emergencia. Y cuando un país está en emergencia tenemos que vernos y preguntarnos: ¿qué quiero hacer con mi vida? ¿Qué voy a hacer con la experiencia acumulada de tantos años recorriendo países? Yendo con la ONU a naciones en miseria total. ¿En dónde puedo ser útil? Y que en ese servicio al otro, yo me sienta bien.

Entonces estoy aquí en la Asociación de Desarrollo Integral Comunitario desde hace cinco años, desde que regresé. Trabajando con la comunidad El Placer de María, en el colegio El Peñón. Una institución que fundó mi tía Luisa Elena Vegas en 1970. Fundó ADIC con miras a aportar al país ciudadanos con sentido de libertad y ética, comprometido en valores democráticos. Para mi trabajar con ellos no es una obligación, lo hago por amor.

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Mi principio es no preocuparme por el recurso. En la asociación yo monto mis proyectos y los lanzo. El dinero siempre llega. No se puede ser víctima del entorno, sino protagonista de la historia y de lo que nos toca vivir. Entenderlo.

Y entiendo que si este es un país en emergencia, por lo tanto los programas sociales tienen que ser de emergencia. Si hay hambre, yo tengo que ocuparme de saciarla. Entonces monto mis programas: el sancocho, el vaso de avena, las galletas que llamamos de guerra –combinación de varios cereales, ajonjolí, soya y miel–. Me tengo que ocupar del alimento proteico para que estos niños no vayan a terminar con desventajas de inteligencia a futuro.

Ahora el criterio es atender la salud, la vacunación y la higiene. Tenemos que activar duchas y buscar jabón. Es como si estuviéramos viviendo en una zona de guerra. Eso es lo que hacemos en ADIC. Echamos para adelante.

Y yo quiero continuar sirviendo. Para eso cuido mi cuerpo, mi psique. Reflexiono con quién me reúno. Cultivo mi alegría y mis momentos de silencio. Cultivo un buen comer apropiado a mi edad. Hago ejercicio todos los días, camino cuatro kilómetros, viajo, cuido a mis nietos, doy clases en el exterior. La clave es focalizar y estar con gente que va a nutrir nuestra esperanza, la fe y el optimismo. Y si mi autoestima se baja, pues yo bailo.

En Venezuela hay un tejido social extraordinario, que no lo tiene ningún país latinoamericano. Organizaciones que tienen más de 40 años, eso es experiencia. Y en las universidades, el tejido social en conocimiento de quiénes somos es extraordinario. ¿Cómo no voy a tener optimismo?

Venezuela es un país muy joven y estamos en la etapa de hacer las cosas. Quién sabe si lo que va a emerger vaya a ser un modelo de democracia que va a necesitar el planeta tierra. No lo sé. Pero en este momento, apunto a mis estudiantes de postgrado de Ciencias Políticas de la Universidad Simón Bolívar. Les doy mi dedicación entera y los llevo a la excelencia. Al colegio El Peñón, a la comunidad El Placer de María y a los movimientos sociales de base. A ellos apunto.

Soy una guerrera, sin ser heroína. No me interesa lo heroico, porque las gestas nos han hecho daño. Me interesa la Teresa Sosa ciudadana que está integrada por la luz y la sombra”.

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