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—Hazte pipí, no importa —le dice Génesis Hernández al bebé que tiene parado encima de sus piernas.

El niño de piel trigueña con ojos vivaces, cabello rizado que cae por su frente y que viste pantalón azul claro y suéter blanco con un estampado de carritos, se toca con su mano el pantalón una y otra vez. Mira a su mamá y vuelve a señalar buscando una respuesta.

—No importa, haz pipí —repite la joven mamá—. Todavía nos faltan tres estaciones.

Sebastián, quien recién cumplió un año el mes pasado, llora sin dejar de tocarse el pantalón y se mueve, como si estuviese bailando, encima de Génesis que está sentada con las piernas bien cerradas, con las manos de su hijo fuertemente agarradas entre las de ella para que se mantenga parado y no se caiga con el vaivén natural del Metro de Caracas.   

El llanto de Sebas, como le dice cariñosamente su mamá, se vuelve más intenso hasta que de su pantalón empieza a correr un líquido, primero poco a poco y luego de golpe. El niño de los rulos, a pesar de intentar evitarlo, se orina encima de Génesis. Ella ya tiene un pañito preparado en la mano y comienza a secar rápidamente el asiento para que la orina no termine de correr y empape a los pasajeros que tiene sentados a su lado. Después, observa su pantalón de vestir negro y suspira mientras niega con la cabeza. Su hijo abre con asombro sus enormes ojos café y mira cómo su pantalón azul ahora tiene una mancha oscura. Voltea a la izquierda y le muestra  a la señora que está sentada a su lado lo que ha hecho. “¿Qué pasó?”, le pregunta Carmen. Como respuesta el niño se esconde apenado en el pecho de su madre.

—Él ya avisa pero con lo caro de los pañales hace tiempo que no se los pongo para salir, y con este retraso no iba a poder aguantar hasta Plaza Venezuela —le dice Génesis a la señora Carmen mientras se pasa el pañito por el pantalón.

Foto: Miguel A. Hurtado

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