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En el pueblo de Naiguatá, en la costa de Vargas, la veneración a san Juan es una tradición que no quebranta la pasión de sus fieles devotos ni en tiempos de pandemia. Muchos imaginaron que la cuarentena y el temor al contagio de coronavirus, aplacaría las emblemáticas fiestas de san Juan en el pueblo. Pero sucedió lo contrario, bailar al “santo de los imposibles” al son del tambor y rendirle pleitesía como acto de fe colectiva, fueron mucho más fuertes que las advertencias  

Los tambores van a repicar después que termine la novena –dijo Félix Orlando Corro con tono cansado. 

Era como la décima quinta vez que lo decía. Se lo respondía a las almas curiosas que se asomaban a su casa a ver al san Juan Niño de Naiguatá.

Faltaban pocas horas para el mediodía del 23 de junio. La tradición popular indica que después del rezo inicial se hace un repique de tambores para que san Juan sepa que ya comenzaron los preparativos de su cumpleaños. La devoción, la curiosidad y la diversión se amalgaman por esas fechas en la costa del litoral central, donde el apego a la figura de san Juan Bautista llega a expresiones de vehemencia colectiva. 

  Pero en esta oportunidad habían obstáculos inusuales: una cuarentena obligatoria decretada por el Gobierno para contener los contagios de COVID-19, un virus que te quita la posibilidad de respirar y que exige distanciamiento social y nulo contacto físico para evitar su propagación. Todo lo contrario a lo que ocurre al son de un toque de tambor en las fiestas de san Juan. 

Los tambores van a repicar después que termine la novena –repitió Corro a la cabeza despeinada de una chica, que entró a la sala de la casa, se persignó frente a la imagen del santo, rodeada con telas y flores de vivos colores, ornamentos y ofrendas costeadas por devotos quienes pagan promesa, y salió corriendo, calle arriba.  

La joven recibió la información cual pregonera, y de inmediato confirmó a sus amigas: con o sin coronavirus, se tocaría en la víspera de san Juan. En tan solo unos minutos, todo el pueblo estaba avisado. 

Naiguatá es un pueblo pequeño, pintoresco y alegre, anclado al este del estado Vargas, la costa central de Venezuela. Es la parroquia donde se escenifican la mayoría de las manifestaciones culturales de religiosidad popular de la entidad. Naiguatá entierra a la sardina, corona a las viudas del carnaval, tiene Diablos Danzantes, le rinde tributo a san Antonio, san Pedro y  san Francisco de Asís, su patrono. Naiguatá tiene su propia virgen de Coromoto, que nada tiene que ver con la de Guanare, pues es una reliquia propia encontrada en una laguna por donde hoy está el Club Puerto Azul. Y por supuesto, tiene a san Juan, con quien se conectan con fuerza inquebrantable, que no se reduce con advertencias de castigo o de enfermedades.

La novena terminó y desde La Guaira llegó una misiva. Era una autorización del Estado Mayor de la Salud de la región. Habría permiso para repicar los tambores en torno a la fiesta de san Juan por tan solo tres horas. Sin embargo, no se permitiría baile, ni concentración. Solo los tambores para no perder la tradición, esa que impusieron los esclavos negros africanos que trabajaban en la Hacienda Longa España, la más importante de Naiguatá.

El repique se inició al terminar el rezo. El sonido de los tambores fue un llamado que retumbó en el pueblo.

Su toque se transfiguró en un imán para que los devotos se acercaran. La fiesta se propagó rápidamente, tanto en intensidad, como en participantes. Una fuerza sobrehumana impregnó el lugar, típica de estas fechas religiosas. Esa que se siente en la boca del estómago con cada golpe de un laure sobre el tambor cumaco y que sentencia el repique de las pailas. Ese golpe que entra al cuerpo y ordena el movimiento. No hubo distanciamiento social o tapabocas. Solo el canto a san Juan y el baile de caderas para celebrarlo, como si el resto del mundo, o el coronavirus, no existieran.  

Los esclavos negros de la Hacienda Longa España tocaban tambor en víspera de san Juan como señal de liberación y rebelión. Eran las fechas donde no había trabajo y se les dejaba realizar sus ritos, los que buscaban ser borrados con la evangelización de la Iglesia Católica.

En Naiguatá, ese 23 de junio, se tocó tambor como expresión de liberación y rebelión. Tal vez para liberarse de una pandemia que los mantiene enclaustrados. O para rebelarse de una cuarentena que tiene a muchos pasando hambre y sin dinero. Incluso para dejar por sentado que muchos creen que el COVID-19 son cuentos de camino, y otros tantos que se les manipula como si fuesen los esclavos de la antigua Hacienda de sus ancestros. Hartos del confinamiento y de la crisis, en Naiguatá no creen en la data oficial, porque los voceros del gobierno de Nicolás Maduro o de Juan Guaidó, no tienen su confianza. Porque no han sido claros sobre la gravedad y el alcance de la pandemia.

Los devotos de San Juan le tienen más miedo al olvido, que al mismísimo coronavirus.

Los tambores van a repicar después que termine la novena. Es un compromiso –repetía Félix Orlando Corro, sin quitar la mirada a su santo, el san Juan Niño de Naiguatá. El santo de los imposibles. El que todo lo tiene y todo lo da. 

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De acuerdo con las autoridades del estado Vargas, cada 23 y 24 de junio, se reciben en esas costas más de un millón de visitantes, atraídos por la playa y los tambores de san Juan. 

Pero este año no pudo ser así. La pandemia del COVID-19 mantiene los balnearios cerrados y está prohibido bañarse en las costas litoralenses. 

Ante tanto abandono de foráneos, los naiguatareños decidieron celebrar a su san Juan, entre ellos, con los de la casa.

Aquí la fiesta de san Juan es una de las más ricas en matices, sonoridad y danza. Atrae a muchos turistas y también a muchos guaireños, que han crecido sintiendo el repique de los tambores y llevándolo en la sangre. Hay mucha tradición y mucho respeto. Hay una generación que mantiene viva la devoción por san Juan, porque es el santo que, después de Jesucristo, es el único que todo lo puede, que todo lo da –reflexiona Félix Orlando Corro, un hombre fornido de unos 70 años y actual custodio del san Juan Niño de Naiguatá. 

Cuenta la tradición local que a mediados del siglo XVII, cuando los colonizadores obligaban a los negros esclavos traídos de África a adorar a los santos católicos y el pueblo de Naiguatá era una renombrada hacienda de cacao y café, llamada Longa España, la fiesta más importante era la de san Juan Bautista. 

Ese día los amos eran benevolentes con sus esclavos, mientras estos aprendían que debían honrar a san Juan Bautista, el único integrante del santoral católico al que se le celebra su nacimiento y no su muerte, seis meses exactamente, antes del de Jesucristo. 

Pero los esclavos tenían sus propias deidades africanas. En esa fecha que los amos los libraban de la faena con el cacao y el café, del azote del castigo o de servir en la casa grande, ellos querían celebrar a uno de sus dioses que representaban con la figura de un niño, que hoy presumen sería Elegguá, una de las deidades de la religión yoruba.

Entonces, la fecha que debía traer paz a amos y esclavos, se volvió de discordia. El hacendado don Juan del Corro, representante de la corona española en Venezuela y dueño de Longa España, sabía que lo peor que le podía pasar a un sembradío de café o cacao, después de la plaga, era sufrir del enojo de los esclavos.  

Para poner punto final a la disyuntiva, Del Corro mandó a hacer en España una imagen de san Juan Bautista Niño, en madera y pintada a mano. Esa imagen fue compartida por amos y esclavos, en un sincretismo religioso y cultural, y sepultó la discordia de cada 24 de junio.

Transcurridos dos siglos, llegó la abolición de la esclavitud ordenada por José Gregorio Monagas y posteriormente la Guerra Federal, entre 1859 y 1863, marcada por los saqueos de las haciendas.  

Cuando la destrucción llegó a la Hacienda Longa España, la negra Eloína Corro, quien trabajaba en la Casa Grande, sacó la imagen de la hacienda y la resguardó en su casa. Desde ese momento los Corro de Naiguatá se convirtieron en sus custodios y acondicionaron parte de su propio hogar como “la casa de san Juan”, a donde creyentes, devotos, investigadores y curiosos van a visitarlo, desde la víspera, cada 23 de junio.       

Antes de Félix Orlando Corro, su madre Ignacia fue guardiana y cuidadora del san Juan por cerca de 50 años.

Y entonces, con muchos o con pocos invitados, san Juan sería honrado en su casa. Allí  en el altar llenó de telas y flores multicolores, rodeando al niño San Juan con sus tres kilos en ofrendas de joyas de oro, que regocijado espera la danza de los que vienen a rendirle homenaje y respeto.

Por tanta historia y tradición, los tambores repicaron después de terminar la novena, ese 23 de junio.

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Los videos de los bailes de víspera de san Juan en Naiguatá se hicieron virales en redes sociales. Se cuestionó el incumplimiento de la denominada “radicalización” de la cuarentena y se puso en tela de juicio a las autoridades locales.

Mientras en el pueblo todos en uno, desde el mediodía del 23 de junio, danzaban al ritmo de los tambores, un audio de la directora regional del Ministerio de Salud, Yadira Castillo, pasaba de grupo en grupo del Whatsapp. Allí advertía de tres casos comunitarios en Naiguatá.

Quiéranse un poquito. Cuídense. Esto del virus no es juego. Son personas de la comunidad y el riesgo de transmisión es alto.

La voz de la médica estaba como ahogada. No entendía cómo una advertencia de tal magnitud podía ser obviada por el fervor y sentimiento colectivo en torno al santo. 

Ante la insistencia de la autoridad sanitaria, el poderío de la ley acabó, anticipadamente, con la celebración de san Juan y hasta una brigada de la policía de La Guaira debió instalarse, al final de esa tarde de la víspera, frente a la casa de los Corro, para que ninguna cabeza despeinada o cadera buscando movimiento, siguieran rompiendo la cuarentena. De no haber sido así, todo el pueblo hubiese amanecido de fiesta, como es la costumbre. 

A los tamboreros y a los promeseros se les señaló, incluso, de delincuentes. En redes sociales la fiesta de Naiguatá fue tendencia, ante el estupor e incomprensión de muchos. Los honores a san Juan fueron apagados por los organismos de seguridad de Vargas, que hacían hincapié en los riesgos del coronavirus y las medidas de prevención. 

Félix Orlando Corro, el guardián, veía al santo niño como pidiendo claridad. Nunca habían enfrentado una pandemia. No sabía cómo cumplirle a san Juan sin exponer a los promeseros. San Juan debía darles una señal. Porque era la antesala y al día siguiente sería su cumpleaños. Sería 24 de junio. 

Mientras máquinas limpiadoras desinfectaban la zona de Pueblo Arriba y el humo con olor a cloro envolvía a la iglesia San Francisco, representantes de la Cofradía de San Juan Bautista de Naiguatá y las autoridades llegaron a unos acuerdos.

La misa se haría a puerta cerrada. Al terminar la homilía, san Juan no recorrería Naiguatá, sino que regresaría a su altar en la casa de la familia Corro, donde no habría tambores.

Amaneció en Naiguatá y los tambores volvieron a repicar, a pesar de la cuarentena y las advertencias oficiales por el coronavirus. 

Con menos intensidad que en la víspera, pero con mayor terquedad. 

Buen día, Juan, hoy es tu día de la alegría.

Lo que pasa con san Juan es que él está lleno del Espíritu Santo desde su nacimiento, porque él fue el antecesor de Jesús de Nazaret. Él vino a preparar el camino hacia la conciencia y los corazones de quienes lo tendrían que escuchar. Hoy nosotros lo estamos escuchando. Estos repiques son por salud. En eso confiamos –celebró Félix Orlando Corro, mientras caía la tarde de ese inusual 24 de junio, un día de san Juan que le pareció una eternidad.

Para los naiguatareños retar al coronavirus fue una cuestión de fe. Para muchos otros una gran estupidez. San Juan Bautista, el que todo lo tiene y todo lo da, tendrá la última palabra.

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