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Sin mucho preámbulo, los invitamos a darle play a esta lista musical para que acompañen su carnaval venezolano. No importa dónde lo celebren. Esta será una experiencia sonora que los llevará de viaje por los puntos cardinales de nuestro país y hará una larga pausa en los estados del oriente y sureste venezolano, pioneros de estas fiestas. Que suenen los calipsos, y algo más

Texto: Yohennys Briceño. Curaduría musical: Sergio Márquez
Fotografías: Daniel Hernández

Para quienes vivimos o crecimos en Sucre, en el oriente venezolano, el carnaval representa la edificación de la cultura, del arraigo, la adoración del calipso, un género musical que marca la identidad de cada uno de nosotros. Estas fiestas son nuestra tradición más valiosa, revelan la influencia que tuvieron aquellas personas de las islas antillanas que llegaron a estas tierras.

El calipso de Trinidad y Tobago es un favorito.

No hay nada que sienta más mío que ese ritmo, de tambores y sonidos caribeños, de letras en inglés, patuá o español. De una melodía tan alegre que me hace sonreír. El calipso es nuestro mayor orgullo. Y los carnavales son un escenario para mostrarlo. Una fiesta sagrada para cualquiera de nosotros. El momento para recordar quiénes somos, qué somos.

En Carúpano, otra localidad del estado Sucre, la melodía por estos días es similar. Más que por su inmensa carga histórica, este lugar es reconocido por sus carnavales turísticos internacionales. Y aunque los de Güiria estamos muy cerca –nos separan 130 kilómetros–, para nosotros el carnaval se vive diferente.

Ellos suelen escuchar poco de nuestros calipsos y socas, que es la adaptación en español que hicimos de esa música. Prefieren los sonidos que se originan en El Callao, ese pueblo del estado Bolívar, al sureste de Venezuela, que se mueve al paso del bumbac –el tambor–, el cuatro y la charrasca. Para los callaoenses los carnavales son su semblanza y el calipso su norte, la descripción sonora de lo que son. Tienen tanto impacto en sus vidas que en 2016, la Unesco declaró sus carnavales Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Para quienes viven ahí, el calipso es su complemento armónico.

Una música de reencuentro y memorias. Abrazos, familia y amigos. 

Esa fiesta representa la añoranza de cada año para los callaoenses y nosotros los orientales, y el calipso es ese ritmo que suma a la nostalgia, que nos traslada a casa por un instante sin importar en qué lugar del mundo estemos. Escuchar mi calipso es como caminar de nuevo las calles de mi pueblo. Es como volver a los mejores años de mi vida.

Basta con que suenen los primeros segundos de una de esas canciones o una soca para que mis hombros comiencen a balancearse, mis pies se levanten y bajen siguiendo la percusión. Los recuerdos de mi niñez pasan en ráfaga: mi familia, mi casa, mi tierra, mis carnavales.

Entonces sigo escuchando, con más y más atención. Pienso que los carnavales son el medio, la excusa, para que el calipso se adhiera a cada uno de nuestros músculos y nervios. Es una pena que, por la crisis, se haya abandonado un poco de esa tradición, porque perder al carnaval es perdernos a nosotros. Es borrar nuestra historia.

En muchos lugares del oriente y el sureste del país el carnaval suena a calipso y a samba, porque con ese género lo celebran en Amazonas.

Pero para mí, no hay carnaval sin calipso.

Es curioso cómo un género musical y una celebración tradicional son capaces de mostrar los orígenes de esos pueblos distantes que pocos conocen. Cada calipso cuenta la historia y refleja la cultura del lugar donde se origina y se escucha.

Para quienes viven en Delta Amacuro o Nueva Esparta, los carnavales suenan a calipso, en el caso del primero, y a samba.

No son tan tradicionales en estos lugares pero están presentes y son infaltables, porque para estas fechas el requisito es que la música sea alegre, que invite a bailar.

Y dicen que en el occidente del país representa dos días libres para lanzarse agua y disfrazarse, aunque no tienen un sonido característico. En Barinas, por ejemplo, mantienen su tradicional música llanera esos días y lo aprovechan para hacer un sancocho en el río. En otros lugares, como en Falcón, les hablan del calipso que suena en El Callao y ese es su sonido de carnaval.

En oriente es tal vez más simbólico. Algunas zonas de Anzoátegui han creado su propia versión del calipso para celebrar cada año los carnavales. En Monagas también vibran con ese ritmo que se ha apoderado de cada rincón oriental.

Para los caraqueños y quienes viven en el centro del país esos días son un paseo por las plazas llenas de niños disfrazados, bombas de agua y pintura. Son un regreso a la niñez para los adultos y una pausa del común ajetreo. Son colores, risas y también algunas comparsas. A veces se puede llegar a escuchar calipso o samba. Algo tal vez inimaginable hace unas décadas, cuando en esas fechas las calles de la capital se inundaban de merengues caraqueños. Pero ahora ese ritmo que inició en el oriente se apoderó de buena parte del país.

En muchos lugares de Venezuela los carnavales suenan a su historia y reflejan el mestizaje. En otros, suenan las mismas melodías de todo el año pero su cotidianidad cambia. Estos dos días festivos modifican la sonoridad y la dinámica del país. Muestran nuestro carisma y dejan en evidencia lo diverso que somos.

Me llena de orgullo notar que el calipso en los carnavales cada vez gana más terreno en Venezuela. Es por eso que esta lista musical está cargada de su sonido y letras peculiares.

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