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I
Al traspasar el umbral de la entrada del cementerio de El Hatillo, Ricardo Blanco se transforma. Su rostro, mirada y movimientos cambian. El camposanto es en realidad su casa. En ese laberinto de cruces, lápidas, vírgenes, tumbas y mausoleos camina rápido, brinca y recorre cada recoveco con destreza. Aquí es feliz.

Todo el mundo lo conoce. Saluda sonreído a cada persona que viene a visitar a sus muertos. Le expresan su cariño con la confianza que les da alguien al que han visto siempre. Es un noble guardián de sus difuntos.

—Trabajé treinta y siete años seguidos como celador y sepulturero hasta que me jubilaron.

En todo este tiempo, laboró de lunes a lunes, incluidos 24 y 31 de diciembre y primeros de enero. Nunca tomó vacaciones.

—Cuando no había carro me venía caminando tres horas a pie para estar tempranito y abrir. Mi casa está en Sabaneta, en la zona rural de El Hatillo, allí nací y me crié. Aunque la vida la hice aquí, en este cementerio.

 

II
Es un cronista del recinto. A sus setenta y seis años es mucho lo que ha visto y puede relatar. Sabe el nombre y ubicación de cada finado, recuerda su historia y conoce a su familia. Sobre la tumba del cura Trinidad de Jesús Parra, cuenta la vida del presbítero andino que lo bautizó:

—Mascaba chimó, le gustaba la guarapita y se escabullía con los borrachitos de la plaza del pueblo.

Señala la tumba de Lucio Donato Delgado, el primer muerto que vino matado, y la de la familia Corro, que enterró al revés a la madre, Carmen Gertrudis, y por aquel descuido en la posición de la difunta se llevó a cuatro más. Lo mismo ocurrió con los García, acá vecinos de los González. Un poco más arriba yacen los Pereira, los portugueses muertos todos de infarto. A Antonio, el padre, el paro en el corazón le dio comiendo.

—Aunque la tumba no tenga placa, sé quién es el muerto y a qué familia pertenece. Sé los que están enterrados ahí, lo sé de memoria, algunos los sepulté yo. A veces hay gente que me viene a buscar, quieren saber dónde está un difunto porque no se acuerdan.

Como una brújula apunta a las bóvedas más antiguas, la de José Miguel Pérez, quien murió en 1888, y sin desvío hace lo mismo con la de Jacinto León, muerto en 1905, con una inscripción en una lápida hecha por la Marmolera Carrara.

—Las familias viejas del pueblo, las fundadoras, todas están sepultadas acá. Es que esto tiene un montón de años.

De su pantalón azul marino saca una hoja doblada y algo amarillenta: es una copia de un documento que certifica que el cementerio fue creado el 9 de febrero de 1837, por un oficio del Señor Jefe del Cantón de Petare.

—Acá dice que todo esto mide veinticinco varas cuadrá.

 

III
Los rituales funerarios son cosa seria para este sepulturero. Ricardo Blanco defiende que hay un deber-ser en cómo se vela y se entierra a un muerto que tiene que ser respetado.

—Ese muerto viene al revés, dele la vuelta y éntrelo a la capilla del velatorio con los pies de frente y ya adentro, entonces sí, dele la vueltica para que quede con los pies hacia afuera. Cuando vayan a sacarlo, sáquenlo derechito por el lado de los pies. Si no se cumple con el rito, el difunto se lleva a dos o tres.

“Pero, bueno, cuál es el problema, Ricardo, si ya está muerto”, le comentan algunos.

—Claro que sí hay problema, les digo yo, porque cuando a un difunto se le vela al revés, ese muerto se trae más muertos después.

Erguido y con movimientos firmes, explica sin pestañear la disciplina de cómo se orienta al difunto al momento del entierro.

—Tiene que quedar con los pies hacia la iglesia, es decir, hacia donde nace el sol, y la cabeza para donde se mete el sol. Si se entierra al revés también es malo y ese muerto se trae a otro de la familia.

Con la sapiencia de un maestro veterano detalla su oficio, el arte de sepultar:

—Se hace el hueco con la pala, se arma la fosa. Se ponen dos tubos encima de la sepultura y se le meten unos mecates, el ataúd se baja entre cuatro si no es pesado. Le echamos concreto, lo cepillamos bien cepilladito, le hacemos una crucecita en la parte de la cabeza y le ponemos la tapa arriba de la tumba. Tiene que quedar bien selladito.

Al definir lo que para él es la muerte, habla serenamente:

—La muerte es un sueño, una cosa que uno está hoy y mañana no está.

 

IV
Para Ricardo Blanco el cementerio es un lugar sagrado, tanto o más que la iglesia. De hecho, él se persigna al entrar y también al salir. Como regla de oro, jamás se quedó de noche en el cementerio. No le tiene miedo a los muertos, pero sí a los vivos y algunas vainas raras que ocurren en la oscuridad, porque como dicen por ahí, de que vuelan, vuelan.

—Una vez sí me asusté, estábamos sacando unos restos. Cuando destapo el concreto veo que la urna estaba boca abajo, salí corriendo. Eso no tiene explicación. Es una cosa muy rara, ¡zape gato! ¿Cómo va darle la vuelta al ataúd uno que estaba muerto? Unos dicen eso era que estaba vivo el difunto y dio vuelta; no, chico, imposible. Muchos no creen que pasó, pero es verdad.

—Otra vez conseguí a uno, ese fue un señor de La Unión, que tenía el ataúd abierto. Cuando rompimos el concreto los restos estaban en la tapa de la urna, el esqueleto completico arriba y adentro en el fondo del féretro estaba vacío. Ese es otro misterio que no se sabe cómo pudo ser, no hay cómo explicar que ese muerto se salió, porque el concreto estaba bien selladito y macizo, son cosas raras. ¿Pero cómo puede ser posible, chico?

 

V
Antes del muro, los linderos que delimitan el cementerio estaban fijados por matas de limón. Este celador y sepulturero parece botánico; entre los vericuetos de capillas, mármoles y crucifijos, se orienta por las señas de plantas y árboles. El camposanto es frutal y floral:

—Debajo de los aguacates están los hermanitos Pérez, muertos por picada de culebra. Eusebio Reyes, uno que trabajaba aquí, fue el que sembró ese árbol por error. La gente hace cola pa’ llevase los aguacates.

El propio Eusebio hoy está debajo del árnica que florece amarilla. Más allá, al pie de la pomarrosa está sepultado su compadre Víctor Vargas, remediero milagroso que le curó la rodilla. Mandarina, el maraquero de Reinaldo Armas, descansa bajo el níspero impregnado de nardos. Cobijados por el mango yacen los Sosa Blanco.

Ricardo Blanco entonces se sienta a la sombra del guayabo que protege la tumba de su mujer, eternamente floreada de bromelias primavera.

—La guayaba echa buena cosecha. Allí crecen margaritas. Pa’bajo había crisantemos y un poco más allá hay calas.

 

VI

Los ojos le brillan a este negro dorado por el sol y de manos gruesas labradas por la tierra. Sentado en su mecedora de mimbre, bajo un nicho multicolor decorado con flores, ángeles, mariposas y bambalinas, escucha joropo tuyero en la radio. Desde este rincón, cada mañana, mira la carretera y los amaneceres de Sabaneta.

No sólo es la entrada de su hogar, una casa humilde y de campo. Este preámbulo es un portal a un universo rico en detalles de pequeños y variopintos objetos de un increíble imaginario propio.

—Me gustan las cosas bonitas, me gusta el color. Yo hacía el nacimiento del cementerio, todo el pueblo venía a verlo los diciembres, lo hice por veinte años. Me llevaba tres semanas armarlo con un poco de cositas que iba guardando. Ahora que ya no estoy allá, traje algo de eso para acá.

En su cuarto, en una mesa en la que reposan un espejo antiguo de marco dorado, una Virgen del Carmen, un portarretrato turquesa con una imagen de sus hijos y nietos, un rosario blanco, un cigarro y una caja de vidrio en la que guarda la efigie de otra Virgen, saca de una gaveta unas fotografías de esos nacimientos que se convirtieron en tradición. Instalaciones rojas, verdes, amarillas, violetas y azules entrelazadas por hileras de luz que recibían a los dolientes y dieron vida a un espacio reservado para la muerte.

 

VII
En la sala de su casa tiene un altar en homenaje a su esposa fallecida con una Virgen del Carmen al centro, de la que es devoto, y un velón que nunca apaga, en medio de santos, estampitas, lucernas y flores.

—Siempre debe estar prendío, si no me da una angustia. ¡Dios mío!, qué es lo que me pasa, me voy pa’ la casa y era que se me había apagao, entonces se lo enciendo rapidito.

Julia Paula Mendoza de Blanco, hatillana, era el nombre de su mujer. Era mayor que él y enviudó dos veces antes de conocerlo.

—Tuvimos un matrimonio muy bueno, cuarenta y dos años juntos, tres muchachos, Pedro, Miriam y Enrique. La conocí en El Hatillo. Ella me curó una cortada que tuve en una mano y ahí me atrapó. Nos enamoramos mucho, vivimos felices hasta el último día.

Frente a la ofrenda y un retrato antiguo de su señora colgado en la pared, Ricardo Blanco religiosamente sigue un ritual diario al apenas levantarse: se santigua dos veces frente a ella y le habla frotándose el anillo de plata que aún lleva en el anular de su mano derecha.

Cuando su esposa “subió al cielo”, se encargó de su entierro. Y aunque la sepultura la hicieron sus compañeros del cementerio, él organizó el funeral y le hizo la tumba al lado de su primer marido.

—Lloré cuando mi vieja se fue, lloré de amor. Le puse a su puesto una losa bien bonita, un santico adentro y siempre se la tengo cuidaíta. Junto a ella está el puesto mío. Está listo. Cuando yo muera sólo hay que quitar la tapa y enterrar al negro. Meterme y más ná.

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