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Ilustraciones Betania Díaz

Esta carta llega con 20 años de retraso.
Te dejé de escribir por adolescente.
En la pubertad se suelta la ingenuidad, por supervivencia.
Te repiten tanto que la magia no existe, que lo terminas creyendo,
como todo lo que aprendes en el patio del colegio.

Tocó crecer, cruzar los cambios de estaciones.
Camisa blanca, chemise azul y luego la beige.
Dejar la isla de la fantasía y pisar tierra firme.
Cerrar la gaveta de los juguetes.
Guardar los prismacolores en la caja.
Sacar el bolígrafo para estrenar firma, el sello de la vida del adulto.

A medida que creces, diciembre parece durar menos.
Pero en realidad no se encoge el tiempo, sino la creatividad.
Desaparece la curiosidad por lo invisible,
se desvanece la capacidad de sorpresa ante el vuelo de una mariposa,
se hace borrosa la mirada que capta la magia, pero no muere.

El niño interno se mantiene de puntillas en el corazón,
una piedra que se ablanda cuando se lanza de nuevo al pozo de la imaginación.

Querido Niño Jesús.
Te recuerdo con el brillo de la porcelana,
escondido bajo un algodón y una estrella de pega y escarcha.
En un establo de paletas de helado.
Con un río de papel aluminio y unas nubes de musgo que viajan por tierra.

Las casas de cartón en las que cabe un periquito.
Un molino de plástico que espera paciente el viento.
La mula y el buey de escoltas.
Los Reyes Magos cruzando un desierto de papel y cartulina.
Las ovejas patas arriba en el pesebre.

Todavía prenden las luces. Destellan la nostalgia de las navidades de los noventas. Rodean al pino que levanta sus brazos y deja oler el perfume de sus muñecas, en las que te dejaba guindada la carta con la mejor caligrafía posible.

Debo confesar que te escribía a ti con copia a Santa a ver quién contestaba primero.

Me imaginé que Santa se encargaba de la parte de arriba de la Tierra y tú de la parte de abajo. ¡Y menos mal! Hay más alcabalas de mi casa al Polo Norte que de mi cuarto al pesebre.

Querido Niño Jesús.
Tu edad la usamos los humanos para marcar los años que vamos superando.
Eres un niño de 2021 años (que un pediatra nos diga cuánto es eso en meses).
¿De dónde sacas la fuerza para repartir regalos sin trineo?
¿Por dónde entras a la casa sin el atajo de las chimeneas?

Año tras año, eras mi enigma a resolver.
Un día, si querer queriendo, se despejó la incógnita.
Dejé de creer hasta en la magia de Sabrina, la bruja adolescente.
Pero el hechizo de la adultez es reversible.
El niño interno vuelve con la fuerza creativa de siempre.  

Hace poco mi mamá encontró los primeros lentes de montura que usé siendo chamo.
Caben en una mano.
Me los dejó en el escritorio y con un ojo me asomé por los cristales.
Recordé el mundo según el pequeño Iván Jesús,
la mirada que no carga la ceguera de prejuicios.

En esta carta no te voy a pedir un Play Station 5 o el nuevo disco de Caramelos de Cianuro. Tampoco una Barbie de Dayana Mendoza o la Heladería Kreisel Edición Especial de Efe y Tio Rico. 

Este año te agradezco por los regalos que vienen sin envoltura, por todas esas lecciones que se superan con la aceptación. Te doy gracias por todo lo que tengo en este preciso momento, para que las bendiciones sigan llegando antes y después de tu cumpleaños.

Gracias porque volví a creer en la magia ahora que soy un niño de 31 años.

PD: Ya estoy en la edad de recibirte suéteres y medias. Gracias de antemano.

Iván Jesús Zambrano

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