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El título coincide con el propósito de este viaje. Destino original: Tucupita. Equipaje: sombrero, cámara, navaja, yesquero, frasco de Off, bloqueador solar, botella de agua, cuaderno de bitácora, lápices, muchas pilas y algo de ropa. Así comienza mi escape de una semana. Sin usar celular; iPod tampoco. Me despido de Caracas y sus fantasmas cerca del mediodía. Llego a Tucupita, su centro no está lejos, camino y conozco plazas, iglesias y posadas. Ahora sí, primer ¡wooow! del viaje. Baja el sol entre los manglares, a lo lejos. El brazo que bordea al Paseo Mánamo pierde la tenebrosa arrogancia de sus aguas oscuras, cede dócil al cielo que invita le refleje sus colores. Pasteles. Espectáculo de brillo y matices. Noche. Salimos mañana temprano río adentro a ver palafitos, comer gusanos de palma y pescar pirañas. Al menos, eso nos venden. Cumplen. Dos días y una noche de paseos largos por los caños del Orinoco con múltiples visitas a comunidades warao. De nuevo, las tardes se roban toda atención. El sol juega al escondite entre la vegetación o asume el rol de lámpara de escritorio y focaliza un ancho cono de luz sobre la zona que se le antoje. El Delta es zona de churuatas con antenas de televisión satelital, atardeceres para fotografiar, flores de colores vivos y rebeldes ante tanto verde, así como también sirve de hogar para guacharacas, loros, tucanes, dormilonas, toninas, plaga, cangrejos, perros y gatos. A estos últimos, los consienten.

No más plural. Salgo del Delta vía Cumaná. Recorrer el casco histórico hace que uno se pregunte si Caracas estaría mejor de ser habitada por cumaneses, porque hasta las ruinas las tienen bien cuidadas. Tengo frente a mí la reja de las aparentemente infinitas escaleras que dan hacia el castillo San Antonio. Paso. Subo. Ahora, al puerto de ferrys para llegar hasta Araya. Este pueblo, según sus propios habitantes, viene a ser algo así como lo más sano de todo el oriente del país. Un gallo me despierta en la habitación sin ventanas, corro a buscar el sol, cámara en mano. Preguntando se llega a las salinas. Decepción. Dos lagos pequeños separados por una carretera. No hay dunas. Pero cual película, una nube se mueve, un rayo clarito desciende y soy testigo de una revelación. Al otro extremo del lago, o embalse, se alza un talud alvino. Euforia. Quiero llegar hasta allí. La sal siempre estuvo a mi alcance. Sal polifacética. Se viste de coral, de arena, de conchas, de botes rojos de óxido; hasta se hace pasar por nieve. Hay quien incluso la tomaría por azúcar. Pura dramaturgia esta sal. Recrea paisajes de barcos atravesando glaciares, o de pantanos con tonos marrones. Lo cierto es que, en un mismo lugar, presume de sus incontables colores y formas, como si, por venganza, intentase mostrar que solita tiene tanta o más diversidad que el país mismo.

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