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Al este de la capital, en un domingo de mayo, el Parque Generalísimo Francisco de Miranda es testigo de la aventura de Danielito cuando intentó caminar

Es domingo 26 de mayo y en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda, al este de Caracas, Danielito da sus primeros pasos. ¡Qué maravilla caminar! Uno, dos, tres, cuatro. Pasitos tambaleantes e inseguros.

El sol apenas se esconde tras nubes grisáceas. No hay grama en el suelo, solo tierra y polvo. Las hojas de los árboles caen, amarillas y frágiles, a los pies de Danielito. El aire huele a maíz y a café. Una multitud de familias pasean en todas direcciones. Balones y freesbes de colores vuelan aquí y allá. La semana culmina en un día tranquilo.

Danielito se detiene. Mira hacia atrás, a su mamá, que sonríe y se tapa la boca con las manos. Su hermana también está ahí. Ella le toma una foto con el celular y levanta el pulgar cuando el flash desaparece.

Él siente que se va a caer, pero mantiene un precario equilibrio. Qué maravilla caminar. Siente el calor en la planta de los pies. Quiere salir corriendo. Correr detrás de una pelota de fútbol con la que un grupo de niños juega, unos metros más allá. Alrededor todo es brillante, diferente.

Da otro paso y deja de sostenerse sobre sus piernas. Las rodillas se le doblan y termina cayendo, sentado, sobre la tierra. Se llena los pantalones de polvo y se queda inmóvil. Su hermana suelta el celular y corre a su lado. Lo sostiene por debajo de los hombros e intenta levantarlo.

Danielito llora. Gruesas lágrimas saladas le recorren las mejillas regordetas. No se deja levantar. Llora con ganas. Llora con una agudeza que lo sacude entero. Sigue sintiendo el calor en la planta de los pies.

Su hermana le toca la frente, le peina el cabello. El llanto cesa. Le da paso a una risa leve. A una risita feliz, de niño emocionado. Danielito se ríe, su hermana hace lo mismo. Los dos se mueren de la risa y se abrazan.

La mamá se aproxima, sosteniendo los bastones de apoyo con un brazo y empujando la silla de ruedas con otro. No ha visto a su hijo reír así desde que salió del hospital. Desde que un conductor borracho lo embistió en la autopista Francisco Fajardo y se dio a la fuga, en 2017. Ese entonces, el Centro de Atención de Desastres (Cesprad) anunció que los accidentes viales habían incrementado 99% en la capital del país.

En fin, la mamá no ha visto reír a Danielito desde que era uno de los centenares de pacientes víctimas de accidentes de tránsito en el Hospital Domingo Luciani. Desde que un médico le explicó que tenía pocas posibilidades de volver a caminar, a los treinta y tres años.

Han pasado poco más de seiscientos días desde entonces. Danielito mira la silla de ruedas sin asco, como antes. Si fuese por él, no volvería a sentarse en ella. Su hermana y su mamá le sacuden el polvo de la ropa y lo ayudan a incorporarse.

El sol termina de salir y la gente corre a cobijarse bajo la sombra de los árboles de hojas frágiles. Es domingo 26 de mayo y en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda, al este de Caracas, Daniel Santeliz, antiguo violinista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, acaba de dar sus primeros pasos.

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