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«Calles polvorientas con calor infernal y ecos de llantos, sirenas y paredes tambaleantes, fue parte del día a día en la tierra donde el vudú impera. Entre sonidos y olores pasaban mis horas en las calles de Port-au-Prince, el ruido de las palas entre escombros, piedras y restos humanos, iban y venían. La anarquía, el hambre y la sed estaban deambulando por ahí, tal vez buscando alguien más a quien llevarse. Confusos instantes infernales pretendían evitar que la gente levantaran la mirada hacia el cielo azul; en muchos momentos parecía que los instantes pasaban en cámara lenta. El mundo entero envió la ayuda que finalmente no llegaba a las manos, bocas y estómagos cargados de ansias de vivir. Con el obturador de mis cámaras, me vi envuelto en las circunstancias benditas de retratar la esperanza de una población que se negaba a morir, porque es como la ley del tiro, si uno lo escucha es porque definitivamente uno no ha muerto. Dedico en su totalidad este trabajo a la memoria de las más de doscientas cincuenta mil almas elevadas y al coraje de los sobrevivientes».

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