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Virgilio Feliú no sabe nadar, y aún así, sobrevivió a la crecida de la corriente que lo arrastró unos siete kilómetros. Algunas ramas, pero sobre todo su fe, lo mantuvieron a flote. Esta historia cuenta cómo otro de los vecinos de El Piñal se salvó de las inundaciones del 9 de septiembre en Aragua. Es la segunda crónica de nuestra serie sobre la furia del río El Limón

Texto Alfredo Morales y Juan José Cabriles. Fotos cortesía familia Feliú

El primer estruendo lo escuchó aquel miércoles como a las dos de la tarde. Como si se rompiera el cielo, dijo después de que sobrevivió. Los gritos de los vecinos lo alertaron y de un sopetón, entró al taller y cerró el portón. 

Virgilio Felipe Feliú -59 años, padre de tres hijos y cabeza de familia- trabaja como vigilante del taller mecánico ubicado en la calle Circunvalación, cerca de la entrada de El Piñal, en El Limón, estado Aragua. El mismo taller donde aquel 9 de septiembre se unieron las dos quebradas crecidas, El Manguito y El Piñal. Fue desde allí donde el río furioso lo arrastró. 

Su jornada de ese día había comenzado a la una de la tarde. Limpiaba el patio del taller donde lleva dos años como empleado. Recuerda que cuando volteó hacia la montaña -esa imponente cordillera de la costa central de Venezuela- se dio cuenta de que estaba rodeada de nubes oscuras. Pero todavía no empezaba a llover. Tan solo una hora más tarde, sólo veía cómo las personas pasaban corriendo frente al taller. Ya el río se había desbordado. 

En cuestión de segundos se inundaron las calles. A su paso, la corriente también tumbó las paredes y la puerta del negocio. 

En un intento por salvarse del agua, se subió al techo de un autobús que estaba dañado.

En un intento por salvarse del agua, se subió al techo de un autobús que estaba dañado.

La corriente embravecida arrastró también el autobús al que Virgilio se había aferrado con toda su fuerza. Entonces se cayó al río. Una vez sumergido en el agua, vio cómo se desplazaban junto a él cualquier cantidad de cosas: neveras, palos, cocinas, cauchos, colchones. Toda su humanidad fue arrastrada sin opción de sostenerse de algún objeto.

Sin alternativas, se dejó arrastrar por el río. Sabía que luchar contra la corriente no lo ayudaría a salir con vida.

“¿A dónde me va a llevar este río?”, se preguntó mientras se esforzaba por no ahogarse.

“¿A dónde me va a llevar este río?”, se preguntó mientras se esforzaba por no ahogarse.

Las quebradas que se unieron lo llevaron hasta el río El Limón. Allí se mantuvo a flote con lo que encontró a su paso. Las ramas y árboles lo resguardaron en la superficie por unos minutos, porque a medida que avanzaba se iban resquebrajando y Virgilio quedaba a la deriva.

Recorrió un par de kilómetros, y, en medio de la desesperación, pudo enfocar un muro al frente. Así que se precipitó directo hacia la pared. En esos segundos, pensó que el impacto podía matarlo. Suplicó entonces: “¡Dios, dame fuerzas… y que sea tu voluntad!”.

A pesar de no saber nadar, logró sumergirse en el río, aguantar la respiración, para pasar por debajo del puente que había divisado a lo lejos como un muro.

Dio vueltas como en un remolino y en lo que emergióa la superficie, ya estaba del otro lado. 

Dio vueltas como en un remolino y en lo que emergió a la superficie, ya estaba del otro lado. 

En medio de la corriente que lo siguió arrastrando, pudo ver un pipote azul de plástico que le sirvió de flotador. Rogó de nuevo: “¡Dios, dame la oportunidad de salir del río!”.

Entonces el río se tornó sereno y bajó la intensidad de la corriente. Virgilio consiguió una rama de la que se aferró, y esta vez no se rompió. 

“La orilla es mi salvación”, se dijo. 

Alcanzó una ladera y llegó a tierra firme. Logró dar algunos pasos. Volteó hacia el río: la corriente había recuperado la furia que por momentos se había aplacado y le había permitido salir.

—¡Gracias Dios por salvarme! He vuelto a nacer —exclamó mirando al cielo. 

El río arrastró a Virgilio unos siete kilómetros. Sobrevivió a lo que pensó sería una muerte segura.

El río arrastró a Virgilio unos siete kilómetros. Sobrevivió a lo que pensó sería una muerte segura.

Luego de su travesía, los vecinos lo atendieron y le dieron primeros auxilios. De inmediato lo llevaron al centro de salud más cercano, donde le realizaron exámenes y radiografías para ver si todo estaba en su sitio. A pesar de todo lo que vivió, solo le quedaron rasguños y moretones en el cuerpo, que con los medicamentos que le recetaron seguro sanarán rápido.

Desde aquel 9 de septiembre le cuesta dormir. Los primeros días se levantaba sobresaltado y revivía aquel episodio. Para Virgilio Felipe Feliú, compartir su experiencia con familiares y amigos le ha servido para drenar la angustia de sentir que se ahoga aún en tierra firme.