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Las lechugas frescas se estremecen y botan agua con cada paso que da la señora María, lleva una caja rejada de plástico en la cabeza con unas 25 de estas legumbres. Ella misma las cosechó, y las trae desde las tierras que cultiva en la parte trasera de su abasto en La Unión. Tira la caja al suelo, justo al lado del pozo hecho de piedras que reposa en la pared de atrás desde hace 30 años. Sus menudas manos toman lechuga por lechuga y las hunden en el agua limpia para quitarle la tierra que aún tienen entre sus hojas.
Son las 9:00 de la mañana, y como el resto de los días de su rutina, María Camirra con sus 74 años, tiene por lo menos un par de horas trabajando; a esta señora, pequeña y delgada, le sobra vitalidad. En su cintura hay un cuchillo grande, que saca y guarda con facilidad cada vez que necesita de su filo, sostiene los canosos y brillantes cabellos con un gancho de lado y se cubre los pies con el hule amarillo de sus botas, mientras pela cebollas.
Le gusta caminar entre los estrechos pasillos de tierra hechos en el paisaje verdoso que dibujan los sembradíos. Así supervisa que esté todo en orden con las cosechas. Da pasos fuertes sobre el suelo hatillano que le resultó fértil y hospitalario cuando se vino de Portugal hace 48 años. “Nací en el campo y soy del campo”, me dice, en una mezcla de portugués –su idioma natal– y español.
Como muchos europeos que emigraron en los años sesenta, María Camirra también decidió irse de Portugal y conocer este país caribeño llamado Venezuela, del que tanto le hablaban, y en el que –decían– había oportunidades para prosperar.
Tenía 26 años cuando escuchó el llamado del papá que ya estaba en Suramérica y se embarcó en un barco rumbo a La Guaira. En Portugal dejó a sus dos hijos mayores por aquello de probar suerte antes y aminorar las consecuencias de un posible fracaso. Su previsión no fue descabellada, de ese primer viaje salió aterrada: su visita coincidió con el terremoto que en julio de 1967 ocurrió en Caracas, y que dejó 2.000 heridos y unos 230 fallecidos. Se fue de nuevo a su país, pero regresó dos años después con su esposo, esta vez trayéndose a los hijos y para solo volver a Europa de visita.
A ella, como a su mata de laurel, que también viajó desde Portugal, les asentó bien el Caribe, aunque fue en pueblo frío donde se arraigó. Desde que llegó, esa segunda vez, se alojó en El Hatillo de manera definitiva y se dedicó a lo que sabía hacer desde muchacha: cultivar el campo.
En Portugal se le daba sobre todo papas y trigo. Aquí, el suelo le sirve más para vegetales verdes, y uno que otro rojo, como el pimentón o la remolacha. “Estas son tierras fértiles, buenas, y la gente también ha sido buena. Me quieren y me respetan”, comenta María.
Su negocio es un local modesto en unos 150 metros cuadrados divididos en dos espacios, no tiene anaqueles formales, sino pequeñas filas de cajas rejadas de plástico; mitad de las paredes son de zinc, al igual que el techo, y el piso es campestre.
Detrás están las siembras: en aproximadamente 15 metros cuadrados está la de brócoli, al fondo una de lechugas, a la izquierda otra de remolachas, junto a la de repollo y más atrás una de cebollín.
Dos de sus tres hijos –los varones– se dividen las labores diarias con ella, y viven de las siembras y el abasto; la hija se independizó. Tiene seis nietos y todos la visitan en la casa en donde vivieron juntos antes. La casa familiar está subiendo una cuesta a 20 metros de su bodega, es pequeña, de paredes rústicas y blancas. Ahí vivió junto a su esposo, quien murió hace once años. Su partida es lo único que apacigua el corazón afanoso de la señora María, el largo tiempo de luto no curó su nostalgia, aún los ojos se le inundan cuando tan solo lo nombra.
Raíces echadas
Cuando se hace lo que gusta, se hace siempre mejor, así dicen y parece que es cierto. María Camirra no sabe de descanso, le apostó al trabajo duro de por vida. Prefiere estar más tiempo detrás en las siembras que adelante en la caja vendiendo, y si alguno de sus trabajadores falta, ella misma lo suple, coloca semilla, riega, y recolecta lo cosechado. “Si se ama lo que se hace no se necesita pausa”, dice, sonriendo, e intentando pronunciar bien el español para hacerse entender. La verdad es que se goza la agricultura. El negocio solo cierra los domingos por la tarde, y eso para ir a la misa de la iglesia del pueblo.
Y los vientos de El Hatillo le respondieron con gratitud y gracia, hasta flores se le permite cultivar; a las bromelias las acaricia, las coloca en donde reciben los rayos del sol al amanecer y la brisa de la tarde toque sus hojas. Cuando tienen una flor bien abierta las vende rápido. También tiene malojillo, romero y orégano para la sazón y un bálsamo que se trajo de Portugal.
Este amor es recíproco. Entre María y El Hatillo ya hay una conexión especial. El pueblo la acogió y le dio abundancia en sus suelos, y ella le regaló su vida y su tesón. Aunque no nació ahí y aún golpea el español, es justo ahí donde quiere decirle adiós a la vida. “Aquí he de morir”.

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