Seleccionar página

Esta es la crónica de un viaje a una isla caribeña que a los venezolanos nos mueve el gentilicio y los buenos recuerdos. Después de varios años sin visitarla -por la crisis, por temor de viajar, por la pandemia, o porque no se había dado la oportunidad- varios nos sumamos a la aventura de regresar a Margarita. Esta vez para celebrar, junto al equipo de Historias que laten, el tercer aniversario de nuestra plataforma digital y escuela de cronistas. Arantxa López, una de nuestras HQL primigenias, narra, desde su mirada siempre curiosa, parte de este recorrido que a todos nos asombró 

Fotografías del equipo de Historias que laten

El olor del mar es intenso. El aire está cargado de sol, arena, sal, algas y agua, mucha agua, tanta agua que te recorre todo el cuerpo con solo mirarla. No sé cómo describirlo solo sé que lo pude oler desde el carro y recordé que lo había olido antes, hace muchos años.

Te detienes un momento y sientes la brisa como muchos peces que nadan cerca de ti. Incluso puedes sentir el olor de las olas y ese sonido que hace la espuma blanca cuando acaricia tus pies sobre la arena. El calor se siente como un cosquilleo. 

Me volví a enamorar de una isla, o de la experiencia de estar en la playa.

Había ido a Margarita –Nueva Esparta– dos veces cuando era niña; tomé sol con mis papás, primas y hermana. Luego fui a la playa –Choroní, Aragua– con mi hermana hace mucho tiempo, unos siete u ocho años atrás. Pensé que no me hacía falta la arena pero es una necesidad que se muestra solo cuando ya estás debajo de las palmeras con unos caracolitos en las manos. En ese momento sientes que no quieres volverte a ir de allí.

Este fue un viaje increíble. 

***

El reencuentro con Margarita tuvo el mejor argumento: las vacaciones con el equipo de Historias que laten. Desde que existimos como medio de comunicación, habíamos hablado muchas veces de irnos de viaje juntos. Hasta que por fin sucedió.

Iniciamos con una travesía en caravana –tres carros– desde Caracas hasta Puerto La Cruz, durante cinco horas. Luego navegamos en un ferry hasta la isla por unas tres horas.  

Muchas cosas han cambiado desde la última vez que fui a la isla, incluida la apariencia de un ferry. En mis recuerdos era un espacio totalmente distinto al que vi esta vez. No sé si mi visión de niña había agrandado la experiencia pero en esta ocasión solo sentí que era un autobús que flotaba. Fue gracioso que a los del ferry les haya parecido agradable reproducir un video de Céline Dion cantando «My heart will go on», la canción de la película Titanic, con el aire acondicionado enfriando demasiado. 

Al llegar a Margarita el sol nos arropó. Éramos siete personas, todos amigos y compañeros de trabajo de HQL, recorriendo el lugar: Anaís, Carlos, Carla, Abigaíl, Yohennys, Zaire y yo. De vez en cuando veíamos a la profe Liza -como suelo llamar a nuestra directora- junto a su familia y amigos Sergio y Carolina. También pudimos volver a abrazar a Ysabel, pues desde hace más de un año se fue a vivir a la isla y dejamos de vernos en las reuniones de pauta en Caracas. 

Así que fue un viaje lleno de muchas empanadas doradas gigantes con una explosión marina en su interior.

–Ellos son periodistas, por eso preguntan tanto y documentan todo –decía Zaire, nuestra administradora, cada vez que nos acercábamos a un lugar con la intención de tomar fotos. 

Como la primera vez que comimos empanadas en la Bahía de Pampatar, en un local que se llama Aquí está La Sabrosona. De repente apareció una señora muy mayor, con una trenza larguísima de cabellos grises que reposaba sobre su hombro. Lucía un vestido y un sombrero rosados, perfectamente combinados. Nos preguntó qué tal nos habían parecido sus empanadas y así nos dimos cuenta de que ella era La Sabrosona. Dijo que todos los días se vestía de un color diferente y que tenía muchos sombreros para lucir. Me pareció una Lady Gaga de las empanadas.

En esa misma bahía conocimos a Emmanuel, un niño que veía volar sobre el cielo azul un papagayo blanco que él mismo hizo.

–Esto es muy fácil de hacer, yo siempre los estoy armando porque se rompen fácil –dijo mientras sujetaba un hilo de coser envuelto en una barra de desodorante.

–¿Y cómo aprendiste a hacerlo?

–Yo solo. Toma, te lo regalo. 

Fue un viaje lleno de perritos con el hocico arenoso pidiendo amor a la orilla de la playa. De buscar el agua menos fría, las olas menos fuertes y la arena más suave entre varias playas: El Yaque, Zaragoza, Juventud, El Agua, El Ángel.

También de saber que la isla ya no es la misma de antes: es una totalmente diferente a la de hace años cuando la visité en muchos aspectos. Tanto en los problemas que tiene con los servicios públicos, como en la energía que te hace querer estar allí y desear tener una casita a la orilla de la playa. 

 

La isla tiene problemas con el servicio del agua y por eso muchos deben destinar una parte del presupuesto a comprar una cisterna para llenar los tanques de las viviendas o comercios. O esperar a que pongan el agua que llega por tubería a una hora específica para poder almacenarla y usarla durante el día. 

Así estuvimos nosotros durante una semana, en un apartamento para seis personas con un tanque. Abrían la bomba del edificio a las siete de la mañana durante quince minutos de lunes a sábado, los domingos no había agua de la calle en todo el día.

También hay problemas con el servicio eléctrico, sobre todo en La Asunción como nos contó Yohennys, otra de nuestras cronistas que se  estaba alojando donde su hermana que vive allá. Una noche decidimos ir a un local en Pampatar donde ofrecen karaoke. Llegamos, nos sentamos y a los minutos hubo un corte de electricidad. Se fue la luz, pero extrañamente todo siguió con normalidad aún así en la oscuridad, la gente parecía estar acostumbrada. Fueron menos de diez minutos sin servicio eléctrico, hasta que pudimos bailar y cantar de nuevo.

Para Carlos, nuestro productor audiovisual, lo más barato en la isla eran las bebidas alcohólicas y la gasolina. Parecía que él y su Twingo estaban felices de poder llenar el tanque en las gasolineras rápido y sin largas colas de carros. En algún momento, hace años, el tema de la gasolina y el transporte hacía dudar de esa expresión popular que dice “en el mar la vida es más sabrosa”. Una amiga me contó que todo el año pasado estuvo trasladándose en bicicleta y que fue hace apenas unos meses que pudo volver a usar el carro. No sabe por cuánto tiempo habrá esta facilidad pero ahora con menos de un dólar se puede llenar el tanque completo, porque no hay limitaciones de días o control de placas para acceder a la gasolina subsidiada (en Venezuela, hay dos precios para surtir gasolina, la subsidiada y la dolarizada, que es muchísimo más costosa por supuesto).

Las cervezas y los tragos son económicos pero los locales nocturnos cierran temprano, ninguno está abierto hasta el amanecer. Aunque es un poco más tranquilo caminar de noche por la isla, hay una sensación de seguridad que no se vive en todas las zonas de Caracas. Como sentarnos a comer helados en un restaurante de comida rápida a las diez de la noche.

Algo que nos pareció curioso fue que todas las noches pasábamos cerca de una rueda de la fortuna grandísima y completamente iluminada con la palabra FE iluminada en el centro. De tanto ver esa rueda decidimos ir a Diverland, un parque de diversiones.

Llegamos alrededor de las siete de la noche y el estacionamiento estaba prácticamente vacío, pensábamos que los únicos carros que estaban eran de los empleados. Daba un poco de miedo entrar a un parque de diversiones tan solo, en silencio, de noche y con unas papeleras de payaso bastante feas, pero igual compramos nuestros brazaletes para subirnos todas las veces que quisiéramos en todas las atracciones. 

Al llegar a la rueda de la fortuna nos dijeron que no funcionaba desde hace más de dos años. Se dañó y no pudieron volver a repararla. Nos quedaron las otras opciones.

Nos montamos en una montaña rusa y le pedíamos al operador que siguiera dándonos vueltas. La segunda montaña rusa sí fue un poco preocupante. Solo podían subirse cuatro personas y dos de ellas debían ser “pesadas” porque en otras oportunidades los carritos se han quedado atascados en los rieles por falta de potencia en el motor. Nos subimos y el operador empujó el carro para que pudiera avanzar mejor. Los seguros que no cerraban por completo fueron la diversión del operador que se rió cuando Carlos se levantó del asiento en una vuelta bastante peligrosa pues pensó que saldría volando. 

La mejor parte: los carritos chocones. Tantos carros y tan pocas personas que hasta el operador jugó con nosotros y nos chocó toda la hora que estuvimos manejando. Un parque solo para nosotros. Hasta que, a las once de la noche, nos dijeron que por favor saliéramos porque ya iban a cerrar. 

***

Un viaje para conocer gente, conocernos a nosotros mismos y “agarrar color”. Ver a gente particular como un vendedor de carne marina que decidió ponerse una langosta en la cabeza para que le tomáramos fotos. O un ruso que nos dijo que si queríamos que nos tomara fotos como si nosotros fuésemos los extranjeros.

Rusos, había muchos rusos en toda la isla. Tantos que las ofertas de comida, los carteles en varios lugares como el ferry y los paquetes de turismo ya están adaptados a su idioma. 

Según el portal Bloomberg, han llegado más de 8.000 turistas rusos a Nueva Esparta desde que los gobiernos de Venezuela y Rusia hicieron convenios culturales hace cuatro meses. El presidente de Fedecámaras Nueva Esparta, Jesús Isarusquin, ha dicho que la llegada de los visitantes de otros países ha tenido un efecto multiplicador. Y lo notamos.

Pudimos ver extranjeros pero también venezolanos recorriendo la isla. Alberto Vieria, el presidente de la Federación Nacional de Hoteles, ha declarado en los medios que la ocupación en zonas costeras durante el mes de diciembre cumplió con las expectativas.

El promedio nacional de ocupación hotelera cerró el 2021 con el 49%. La ocupación en Margarita fue del 84%, el segundo lugar con más visitantes, solo superado por Vargas.

También había uno que otro turista en la iglesia de El Valle del Espíritu Santo. Nuestras cronistas Carla, Abigaíl, Yohennys, acompañadas por Zaire, visitaron el templo para que una de ellas cumpliera con una promesa que le hizo a la virgen hace un tiempo.

A Carla, la que fue a cumplir la promesa, le pareció que más que un lugar para la religiosidad, la entrada de la iglesia se asemeja a un mercado con decenas de pequeños puestos en los que se exhiben imágenes de la Virgen del Valle hechas con todo tipo de materiales. Perlas amontonadas, madera pulida, cerámica, conchas de coco talladas y hasta cáscaras de ostras que recrean el rostro, cuerpo e incluso escenas completas de apariciones de la patrona del oriente del país.

Los sonidos del lugar le resultaron estridentes. Voces que ofrecían flores para el altar, cepillados (helados de hielo granizado), agua de coco, sombreros y rosarios, se entremezclan con una canción de fondo. 

La interpretaba un hombre en silla de ruedas que lleva una quincallería a cuestas. Un aguinaldo margariteño, que acompañó con el compás de un tambor y maracas. 

“Gloria al padre, gloria al hijo

Gloria al Espíritu Santo,

Gloria a la Virgen del Valle,

Que nos cubre con su manto”

–Acérquense, aquí les tenemos un obsequio –le dijo a Carla uno de los vendedores al ver entrar al grupo–. No te preocupes, ven sin compromiso. Hacemos un regalo a todos los turistas que vienen, es una promesa que le estamos pagando a la virgen.

Le mostró una selección de piedras de cuarzo entrelazadas en hilo de nylon y le pidió que eligiera un color. Lo hizo.

–Muy buena elección, el cuarzo rosado simboliza el amor, ese que nunca faltará en tu vida –dijo mientras preparaba rápido un collar improvisado.

***

Fueron días de creer que estaba recreando el viaje que hizo Betty (la fea) a Cartagena, en Colombia. Ver los contrastes de esta isla con la ciudad y de la isla que conocí hace años con esta que me recibió en la actualidad. 

Celebré mi cumpleaños con los pies en la arena, haciéndome trenzas en el cabello, recibiendo un masaje de una señora que usaba aceite de coco, comiéndome una torta que me hizo llegar mi papá a pesar de estar en otro país y rodeada de una familia que late muy fuerte.

Aprendí a montar una moto eléctrica en diez minutos y recorrí toda Pampatar en ella gracias a una aventura que hicimos con un emprendimiento que se dedica a fomentar el turismo sustentable en Margarita. Visitamos Las Salinas, comimos y compramos mucha sal. Me caí dos veces de la moto, me llené las piernas de morados pero disfruté mucho.

Foto Anais Marichal
Foto Anais Marichal

Este viaje se sintió diferente para cada uno, a todos nos quedó algo especial y tenemos una mirada distinta de lo que vivimos. Me alegra haber compartido con quienes lo hice. Para mí fue una semana hermosa en la que sentí que el sol era como un abrazo para mi piel. Así fue la Margarita de mi sol.

¡Tus historias favoritas por correo!

¡Tus historias favoritas por correo!

Suscríbete al Boletín HQL para recibir relatos que conectan y novedades de tu interés.

¡Gracias por suscribirte al Boletín HQL!