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Marelis Díaz

Legado familiar

Las paredes de la casa de Marelis, por dentro y por fuera, son todas de cemento, no tiene muchos cuadros ni fotografías que la adornen. Al salir, se ve la montaña del Parque Nacional Henri Pittier. Esa es la vista que la acompaña desde que se despierta y sale a trabajar en la Hacienda Campesina Cata, regresa al mediodía para cuidar a su nieta y se va a dormir.

Marelis Antonia Díaz Díaz tiene 42 años y ocho de ellos los ha vivido trabajando en la hacienda de forma continua. Actualmente es la vicepresidenta de la junta directiva que conforma la Asociación Civil: Empresa Campesina Cata. Cuando era muchacha, no le gustaba ayudar a su mamá a tumbar y desgranar cacao: “A mí me obligaban”, cuenta siempre, pero eso cambió. Ahora, cosechar le da tranquilidad y en el monte se desconecta de cualquier preocupación.

Durante el día pone una silla afuera, a un costado de la vivienda que ella misma levantó. Se sienta a contemplar las curvas verdes que interrumpen el azul del cielo catense, cerca de la costa del mar Caribe. Vivió apenas unos días en Caracas con una tía, pero no aguantó, se escapó y regresó a su pueblo.

—Extrañaba abrir los ojos y ver todo este verde, sentir la brisa de aquí que es sabrosa, porque es de playa y de monte al mismo tiempo —dice con los ojos vidriosos.

Lo que recoge de las matas de su patio o lo que tiene en la nevera lo comparte. Prefiere comer poco que comer sola y eso hace con sus compañeras de trabajo. Su mirada es esquiva cuando no conoce a alguien, sin embargo, a pesar de ser amarga es dulce, como el chocolate. Habla poco con “los forasteros”, como le dicen en Cata a los que no son del pueblo, pero, apenas ve a las otras tres mujeres, con las que ha cuidado y mantenido la Hacienda durante todo este tiempo, se le suelta la lengua.

—Nosotras somos como una familia y por eso nos apoyamos —señala con tranquilidad.

Ella tiene dos hijos y una nieta. Todos con los mismos apellidos: Díaz Díaz. Jonathan José —22 años— sube y baja de la bahía en su moto para dejar en casa el pescado del salado. Dian Jonalis —20 años— se queda en casa cuidando a Keirismar, su hija de un año. Al mediodía, cuando Marelis regresa de la hacienda, la muchacha deja a la bebé y se va a la playa a hacer comida en el restaurante donde cocina.

Marelis sale de la casa cargando a su nieta. Se sienta bajo la sombra de la mata de cambur mientras le da el tetero. Le gustaría que su familia mantuviera esas tierras como lo está haciendo ella, pero no los quiere obligar. “Si ellos van a trabajar con cacao, que sea porque se sienten bien y entienden que eso es lo suyo”.

—Todo esto que tenemos es para ti —le dice a la niña señalando con la barbilla la casa y la vista verde del monte aragüeño—. No de tu mamá, no de tu tío. Nada de esto es mío. Todo es tuyo, lo que tenemos es para ti y todo lo trabajamos por ti.

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