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Antes de los treinta años de edad, Manuel Gispert, nacido en Cataluña, le había dado al mundo dos vueltas y media. Como marino mercante, oficio que le permitía salir de España cuando ese país intentaba reponerse de una guerra, pisó puertos en Río de Janeiro, Cabo Verde, Japón, Canadá, Malasia, Francia, Turquía, Rusia, Venezuela. Pudo haber decidido quedarse en cualquier territorio. Pero escogió éste.

El ritmo de crecimiento que se proyectaba desde el puerto de Guanta, en Anzoátegui, lo sedujo. No recuerda el momento exacto del flechazo con este país, 1949, 1950, pero se le dibuja una sonrisa al evocarlo:

—Fue un magneto que yo sentí.

Conocía poco la geografía local, y lo que vio fue suficiente para iniciar la exploración. En solitario arrancó una travesía que lo llevó por San Cristóbal y Mérida, por las montañas de Boconó, en Trujillo, por los cafetales de Biscucuy y Chabasquén, en Portuguesa; y luego, en compañía de una esposa y un hijo, sudó en los llanos de Guasdualito, en Apure, regresó al Táchira, caminó La Candelaria, coqueteó con la Colonia Tovar hasta que alguien le habló de El Hatillo.

El recuerdo hace que se empañen los ojos grisáceos de este catalán de contextura delgada y conversador. Pide que disculpen su emoción:

—Era algo tan acogedor, tan bueno, tan simple que le dije a mi esposa: “Aquí me quedo”. Y así fue— dice Mannel, como prefiere que lo llamen.

En un espacio de ocho metros cuadrados comenzó en 1970 la creación de la primera tienda de El Hatillo que vendía artesanías escogidas por él mismo en el interior. Este centro de operaciones de una aventura antropológica se ha prolongado por más de cuatro décadas y hoy es referencia obligada del turismo local: la Casa Hannsi.

Vestido de guayabera amarilla y pantalón beige, Mannel navega los casi tres mil metros cuadrados de tienda como un marino en altamar. Él pertenece a esa generación de inmigrantes a la que pisar el Caribe le cambió la vida y que, luego, cambió la vida de un pueblo. Tiene la perseverancia de los que no temen comenzar desde cero una y otra vez.

En ocasiones sus ochenta y ocho años de vida desdibujan las líneas que dividen la realidad de la imaginación. Pero el placer de revivir la historia del negocio lo empuja a buscar la precisión; entonces se lleva una mano a la frente llena de surcos, frunce el ceño atajando fechas y nombres relevantes. Parado frente al espacio de ocho metros cuadrados de la entrada dispara:

—La familia Requena nos alquiló esta parte. Aquí comenzó todo.

La tienda no fue su primer trabajo ni El Hatillo su primer hogar. Al bajarse del barco en suelo criollo, a Mannel le tocó convencer a comerciantes del Táchira, Mérida, Trujillo, Barinas y parte del Zulia de cambiar sus rudimentarias formas de almacenar su dinero por una caja registradora de la National Cash Register.

Luego de una década en Colonia, Alemania, regresó a Venezuela casado con Gerdy Blausffuss y con su hijo, Hans Manuel Gispert, a quien todos llaman Hannsi.

—El hijo es clave — dice en intacto acento catalán cada tanto.

Esa vez se unió con un amigo para crear un centro turístico en Guasdualito, Apure, en donde se vive bajo treinta grados centígrados y donde los niños juegan con gusanos, con tierra y beben agua de cualquier afluente.

Hannsi enfermó. Se lo estaba comiendo el trópico. Angustiado, Mannel trasladó a su familia a San Cristóbal en donde arrancó, bajo un clima similar al frío alemán, un taller de confección de productos derivados del cuero, el mismo que trajo a la parte baja de una casa en la calle Bolívar de El Hatillo. Fue uno de los primeros comercios del pueblo cuando aún se trasladaban las hortalizas en burro y quizá único en su especie: una pareja de inmigrantes divulgaba ahí la cultura criolla.

Con el conocimiento que tenía de Venezuela y a bordo de una camioneta Ford, pasaba dos y tres días en Yaracuy, San Cristóbal, Mérida, Yare, Guanare, Barquisimeto, en busca de cestas decorativas, cerámicas, muñecas de trapo para cubrir los estantes. Gerdy quedaba a cargo del niño y de la administración.

Veintiún años después, la pareja había agrandado el negocio y lo había convertido en atracción para turistas chinos, árabes, escandinavos, argentinos, brasileros, peruanos que dejaban sus memorias en el libro de visitas. A la Casa Hannsi han ido funcionarios del Gobierno de Italia, marinos rusos y la mismísima Reina Sofía en 1992. El retrato que muestra a la monarca española parada frente a la tienda cuelga de la pared de la entrada.

—La recibió mi señora y yo le hablé en catalán.

Dos años después, vino el fuego.

***

En la madrugada del 28 febrero de 1994, tres semanas después de que Mannel pasó el testigo a su hijo recién graduado en Estados Unidos, un vecino retumbó la puerta de donde vivía el joven de 26 años para decirle que el negocio ardía en llamas.

Hannsi, alto, cabello largo, barba cana y pocas palabras, cuenta que esa noche subió por el interior de su casa que conectaba con la tienda y vio la ruina a los ojos. Intentó llamar a los bomberos, apagar el fuego, pero todo se había consumido: la mercancía, el mobiliario, una bayoneta de la época del Libertador, el libro de visitas. Sólo quedó en pie una pared que Mannel decoró con trozos de árboles de distintas regiones de Venezuela. Ahora es un mural protegido por un vidrio que decora el área del buen café. Detrás del cristal, la madera chamuscada.

El mismo Hannsi avisó a su padre, que llegó al día siguiente. Al ver aquello, Mannel se sintió destrozado.

—Fue un choque. ¿Quemarse la Casa Hannsi? ¿Con qué motivo? Sabemos que fue a propósito, sabemos quién fue. No le guardo rencor.

El incendio absoluto es un capítulo cerrado en sus vidas, pero que aún abre las cicatrices; entristece a Mannel, incomoda a Hannsi. Por esos días los Gispert tomaron la decisión: reconstruir el negocio. El fuego dejó todo hecho cenizas y sobre esas cenizas comenzaron desde cero.

Con la partida a Estados Unidos de sus padres, Hannsi desempolvó la costumbre heredada de cazar mercancía. Se repitió la rutina de pasear por lo menos una vez al mes por cualquier rincón –desde Tucupita, Cubiro hasta Quíbor– para regresar en la madrugada cargado de mobiliario, loza criolla o madera tallada.

Ir al Amazonas era la aventura mayor. Doce horas de camino hasta el Alto Orinoco, rozando el río Padamo y compartir con etnias Yanomamis, que tiempo después ayudaron a recrear la churuata en la Casa Hannsi, de la que hoy Mannel presume aludiendo la originalidad de cada pieza.

—Fue una época muy interesante, era seguro, divertido— dice el heredero de 46 años de edad con una sonrisa.

Con el tiempo, el hijo transformó la tienda en un centro artesanal que bien puede ser escenario de una cata de chocolate o el punto de atención de los turistas venezolanos o extranjeros. Hannsi incorporó una tostadora de café que perfuma toda la cuadra, ideó las mesitas para degustar postres, arrancó la venta de productos como habanos y mieles, y en el segundo piso de la casa construyó la terraza.

Esta etapa la realizó en alianza con Javier Martín, su mejor amigo, a quien conoce de sus días de surf. Hannsi, al igual que su padre, es un hombre de mar.

***

Al entrar a la terraza de la Casa Hannsi, Mannel comenta que ese fue su dormitorio: la zona de las mesitas fue la sala de estar donde reposaba un televisor y la cocina estaba cerca de donde hoy está la chimenea.

—Esta parte no la hice yo, esto lo hizo el hijo.

Al fondo, las sillas blancas traídas desde Moruy, la Península de Paraguaná, estado Falcón. En el segundo piso, en otro lado de la tienda, está el taller donde Mannel pasa parte de su tiempo rodeado de bobinas de papel y periódicos viejos. Ahí elabora mosaicos de colores.

En las tardes, sobre todo los fines de semana, mientras pega trozos de cerámica a la base de alguna pieza, escucha las risas de los niños que están en la parte de abajo y sabe que están jugando con el hombre de la armadura estacionado cerca de las máscaras de Yare. Él también sonríe.

Desde hace un año, cuando regresó de Estados Unidos, él es quien cuida que no haya anaquel vacío y es el anfitrión atento a escuchar qué lengua hablan sus visitantes para conversar. El primero en llegar y el último en irse, dice Hannsi.

El catalán tuvo una guía en cada uno de sus pasos. De un sobre Mannel saca una foto que muestra a la mujer que lo acompañó por más de cuarenta años, la acuarelista que creyó en todos sus comienzos. «Gerdy Gispert. 1926-2013. Fort Lauderdale. To Remember!», se lee al reverso.

—Les agradezco que hayan conocido a mi señora y nómbrenla, porque ella era el alma de la Casa Hannsi.

Alrededor del dedo anular de su mano derecha aún baila un aro dorado que selló la alianza. En su última acuarela, Gerdy pintó rosas. El cuadro cuelga en una pared del área del buen vivir de la Casa Hannsi. Justo arriba, está el taller de Mannel.

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