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Hace rato, antes de que este ensayo comenzara, aquí ya había música. Ya sonaban la marimba, una flauta y una viola, que se mezclaban con los acordes de un cuatro, con el golpe vibrante de un tambor. Un bebé repicaba su maraquita y la abuela, sonriente, exclamaba: “¡Eshooo, tenemos próximo maraquero!”. En esta casa –en La Unión, en la zona rural de El Hatillo, estado Miranda– nunca hay silencio: a los Jiménez-Díaz el fluido sanguíneo se le ha hecho melodía.

—Esto se lleva por dentro. En esta familia, el que no nace cantando, aprende en el camino.

Hace rato, Teresa Díaz –artesana, 65 años de edad– daba esa explicación desde su cocina impregnada del aroma del café que acababa de colar, rodeada de sus hijas, Marielbys y Teresita Jiménez –diseñadora gráfica la primera, socióloga la segunda–; su hermano, Gerardo Díaz –carpintero–; sus nietas, Enma, Sarah y Steffanie– 5, 8 y 11 años –escolares, estudiantes de música–; y un invitado, Alberto Mata –arquitecto, profesor de música–.  Y decía: “Vamos, vamos a cantar algo”.

Ahora comenzó este ensayo improvisado y todos continúan allí. Alguien afina el cuatro. “Cam-bur-pin-tón”. Alguien golpea las tumbadoras. “Pum-pum-pum”.Y todo suena claro en un juego de sonidos que se rozan con sutileza cuando cantan:

Señores de adentro, pongan atención, ay, ay, ay,

Pa´ cantá´ la pascua,  ay, ay, ay, ay,

Les pido el favor, con mucho respeto, ay,

Vengo yo a cantando, ay ayay.

Cada uno es una pieza de un engranaje en el cual se pueden distinguir las voces oscuras, las medias, las claras, y las más claras, como campanitas. Afuera cae la noche –la neblina, el frío– y aquí adentro hay una temperatura tibia que abriga.

Esta noche es noche, ay, mañana es de día, ay, ay, ay,

Noche en que nació, ay, ay, ay, el hijo e’ María, ay.

En sus manos, Teresa, mientras dirige al grupo, tiene un tambor pequeño que golpea –tac, tac, tac–  con una cucharilla.

Del pueblo El Hatillo, con el corazón, ay, ay, ay,

Este es el conjunto, ay, ay, ay, Vecino’ e’ La Unión, ay.

*

Quizá haya que comenzar así, porque así comenzó esta historia: con unos tonos brillantes dedicados al Niño Jesús en una noche fría. Fue la del 5 de diciembre de 1976, cuando varias familias de la misma cuadra improvisaron una parranda de aguinaldos con unos tobos, el rallador del queso, unos platos de peltre y las cucharillas –tac, tac, tac– como instrumentos. Aquella algarabía se repitió otras noches de ese año, otras tantas de los siguientes, y se hizo costumbre que se juntaran para armar un festín. Entonces pensaron en hacerlo más formal y más formal se hizo. Alcides Jiménez –esposo de Teresa– aprendió a tocar el cuatro, asumió la dirección compuso canciones, realizó audiciones, ensayos, más ensayos. Y se le puso un nombre obvio a ese experimento: “Los Vecinos de La Unión”.

Eran más de 20 integrantes. Comenzaron a cobrar para poder comprar instrumentos de verdad: un cuatro, charrascas, tambores. Aprendieron a interpretar otros géneros de la música popular venezolana –fulías, sangueos, golpes larenses–, y dejaron de actuar solo en diciembre y solo en El Hatillo: se hicieron conocidos. Se han presentado en el Aula Magna, en el Poliedro de Caracas, en el Hotel Eurobuilding, en el Círculo Militar, en embajadas, en festivales, en concursos, en las misas de aguinaldo que hacen en el pueblo cada diciembre, en hospitales.

—Una vez fuimos al Hospital de Niños J. M. de los Ríos a alegrarle un poco la Navidad a los pequeños. Una señora nos pidió que le cantáramos “Niño Lindo” a su nené que estaba agonizando. Lo hicimos con un nudo en la garganta. A las horas el bebé falleció” –recuerda Teresita.

Han sido entrevistados por canales de televisión, por emisoras, por diarios. Se han codeado en tarimas con el Orfeón Universitario, con Un Solo Pueblo, con Francisco Pacheco, con Serenata Guayanesa, con Gran Coquivacoa, con Maracaibo 15, con Canelita Medina, con Memo Morales. Han grabado dos discos: uno es Músicos de El Hatillo (2006), compartido con varios artistas del municipio; y otro casero, El Conjunto (2007), que luego perfeccionaron en un estudio. Y el grupo se convirtió en lo que ahora es: un Patrimonio Cultural de El Hatillo, reconocimiento que la Alcaldía le otorgó en 2013; un patrimonio que en diciembre próximo cumplirá 40 años.

Pero en este éxito están otros tonos: los tonos discordantes. Era el año 1986 y la mayoría de los integrantes se fue. Unos porque se casaron, otros por los estudios o por el trabajo. Quedaron apenas seis, todos de la familia. En ese momento, cuenta Teresa, Alcides dijo: “Esto se acabó, vamos a guardar los instrumentos”. Y ella le respondió que no, que el grupo seguía: “Nos frustramos porque ninguno sabía tocar, pero aprendimos”. Desde entonces aquella agrupación vecinal terminó siendo solo familiar. (Claro, siempre hay algún invitado que cuentan como uno más).

Años después se hizo sentir otro acorde fuera de lugar: un sonido ácido, un chirrido sostenido. El 25 noviembre de 2009 un infarto apagó a Alcides: al director, arreglista, productor, cuatrista y compositor; al esposo, al padre.

—La gente pensaba que ahora sí se acabaría –dice Teresa–. Era plena temporada de decembrina y no podíamos ensayar porque solo llorábamos. Ese año Alcides había estado enseñándome a tocar cuatro, como diciéndome: “Prepárate, te vas a quedar sola”. Cuando él murió pensé: “¿Dios, qué hago?”. Y paramos los ensayos, no cantamos. Pero salimos adelante pronto.

Pronto: en la misa de Navidad de ese año, a un mes de aquella tragedia, ahora dirigido por Teresa, el grupo se escuchó de nuevo. Como era tradición, con un aguinaldo inédito (que Alcides había dejado compuesto). Y la iglesia estalló en aplausos.

El ensayo improvisado de esta noche termina con esta última estrofa.

Con estas palabras, ay, quiero despedirme, ay, ay,

Que viva 100 años ay, ay, ay, los vuelvo a vivir, ay.

Porque hay melodías que, como sea, nunca dejan de sonar.

*

El hogar de los Jiménez-Díaz está ubicado al final de una bajada polvorienta, y está rodeado de árboles, de matas de lechosa, de auyama, de guanábana, de palmas, de helechos, de lirio y otras flores, y de un pequeño huerto –recién sembrado por Teresa– donde hay pimentón, cebollín, cebolla y tomate. Es una vivienda de estructura colonial que construyeron Teresa y Alcides hace varias décadas cuando se enamoraron, en estos mismos lados de El Hatillo, y se casaron. Que ese vínculo se formara en esta zona montañosa llamada La Unión, quizá era un presagio, una declaración del principio que terminaría rigiendo esta familia: la unión.

—Las paredes son rústicas porque así las quiso Alcides –recuerda Teresa–. Esta casa la hicimos con esfuerzo, aquí dejamos nuestras vacaciones.

Hay un corredor amplísimo, que tiene unos ventanales, enmarcados en madera, desde los que se ve hacia adentro. Hay muchas mecedoras, muchos banquitos, varios pilones, varias mesas. Y en la puerta que conduce a la sala están colgados un violín y varios cuatros rotos.

—Son con los que el grupo comenzó. Están así de rotos porque se los presté a las niñas y ¡fuass!, se los pegaron por la cabeza –explica Teresa.

Adentro las cortinas son floreadas y hay más mecedoras, tambores grandes, tambores pequeños, varias cornetas. En un pequeño cuarto contiguo guardan otros instrumentos de percusión. En las habitaciones otros cuatros, y en el baño una guitarra. Al fondo del recibo, iluminado por la luz de una lámpara –como en un altar, como vigilando– hay un retrato de Alcides. Y en el medio de la sala, atravesado, está el corral del hijo de Teresita, el bebé que le da a la maraca. “A él le gusta. Cuando suena la música, se queda tranquilo, escuchando”, dice ella. Cada niño que nace en esta familia, sin saber si tiene oído o no, es contado como parte de la agrupación. Pero pasan tres o cuatro años, y listo: el nuevo integrante demuestra, espontáneamente, que consigo ha traído música, más música.

Actualmente hay tres generaciones. De la abuela a los nietos. La bisabuela, madre de Teresa, se separó para atender su salud, pero a veces se les une para recordar viejos tiempos. Son, en total, ocho familiares y ninguno es músico profesional, a diferencia de los invitados que siempre van a integrarse. “Escuchamos una canción y mi mamá la va sacando en el cuatro. Por oído cada quien sabe en qué tono cantar para que se escuche polifónico”, explica Marielbys. Pero, aunque todo es de oído –de guataca, como dicen ellos–, las niñas están estudiando música –viola, marimba, flauta– en un núcleo del Sistema de Orquestas.

—Allá tocamos Mozart, Beethoven, Vivaldi. Aquí es diferente: quiero tocar el furro –asegura Steffannie.

Cualquiera que no pertenezca a esta familia, dice Teresita, no entiende cómo a unas niñas vinculadas a la música académica, que eventualmente escuchan reggaetón, les puede gustar la música popular venezolana.

—Es que mi mamá desde chiquita las pone a que aprendan –agrega Marielbys, intentando explicar eso nato que ellos traen.

Las niñas tocan sus instrumentos solo para hacer adornos, porque en el grupo esos sonidos son tratados con cuidado. Aunque en el país hay un auge de la música popular venezolana modernizada –como la experiencia Rock and MAU, fusión de grupos tradicionales con artistas roqueros–, el sello de esta agrupación es lo tradicional.

—No somos como esos conjuntos de gaitas que meten trompetas, teclado. Por ejemplo, aquí el furro hace las veces de bajo.

*

—¡Épaleee, familiaaa!

Cuando Alberto Mata llega al corredor, saluda con unos gritos que se escuchan en la cocina. Él es arquitecto, pero se dedica a la música. Apoya a Los Vecinos de La Unión desde los tiempos en que Alcides era el director, y con su fallecimiento se comprometió mucho más.

—¡Holaaaa, Albertico, pasa, pasa!

Y él entra. Reparte besos, abrazos. Y pide la palabra para decir:

—Valoro mucho que ésta sea una familia cantando, cantando música venezolana. Tienen una gran riqueza musical. He ido compilando y ordenando todo el material que tienen, y hay para hacer como 30 discos. Quisiera dedicarme a escribir las partituras para que ese legado no se pierda. Pero necesitan mucho apoyo, por ejemplo de la Alcaldía. Tienen tradiciones muy bonitas, como la de velar las hallacas.

—¿Velar las hallacas?

—Sí, siempre se hacen a leña y mientras se van montando en la olla, hacemos una parranda. Cantamos, cantamos y cuando están listas, las probamos.

*

Liriooo, lirio de mayo,

Ponte en los altares de la Cruz de mayo.

Han pasado varios días. Ahora es domingo, de tarde y hace calor. En la casa de los Jiménez-Díaz queman cartones viejos para espantar los mosquitos con el humo. Este nuevo ensayo no es improvisado e inicia con una canción que preparan para las próximas festividades de la Cruz de Mayo, una celebración religiosa de arraigo en El Hatillo. En el papel donde está escrito el tema dice: “Por Alcides Jiménez, junio de 2003, 7:30 am”.

Hoy los acompaña Aronig González –22 años, violinista desde hace 6–. Toca en la Orquesta Sinfónica de Caracas (con la que ha viajado por 15 países) y, cada vez que puede, en Los Vecinos de La Unión.

—Con ellos estoy aprendiendo a desarrollar el oído, porque a mí me quitan la partitura y me quedo en el aire, y un músico debe saber escuchar. Se me ha hecho muy difícil, porque aquí todo es de oído. ¿Qué les aporto yo a ellos? Creo que nada más que mi violín. No necesitan nada, son geniales, los admiro. ¿Qué les voy a enseñar? Sin partituras suenan estupendo. Y son muy cálidos, te integran.

Lirio, lirio de montaña, vienes de la lluvia, que a mi tierra baña.

Lirio, tú como la rosa, tú como el clavel, flor maravillosa.

En el corredor sigue oliendo a café recién colado. Allí suenan los tambores, el cuatro, el furro, se escuchan las voces de las niñas como campanitas, y las otras, las claras, las medias, las oscuras, en un sutil juego de sonidos que se rozan durante los 30 minutos que dura esta práctica. Luego Teresa reparte más café negro. Y después sucede de nuevo: vuelve a sonar la marimba o la flauta o la viola o los acordes de un cuatro o el golpe de un tambor o la maraquita de un bebé. Porque en esta casa nunca hay silencio. Porque los que viven aquí traen la música en la sangre. Porque el grupo y la familia son la misma cosa.

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