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Antonio se estrenó hace ocho años en un centro de votación en Caracas, y desde las legislativas de 2015, no se había animado a participar de nuevo. Hasta este domingo. Mariana estaba muy ilusionada con votar por primera vez, pero al llegar al centro electoral, no aparecía en la lista. Sus historias retratan la de muchos jóvenes venezolanos que sienten esa mezcla de frustración, rabia, dudas, y ganas de hacer algo para que todo mejore. Este relato de Mariana Souquett inaugura nuestra serie de Crónicas Electorales, una cobertura en alianza entre Efecto Cocuyo e Historias que laten para contar las historias detrás del #21N en cuatro regiones del país. #CrónicasElecciones2021

Cuando Antonio Herradez participó en unas elecciones por primera vez, en 2015, con 18 años recién cumplidos, esperaba que su voto generara un cambio inmediato e importante para Caracas, su ciudad. Con ánimo, aguardó por más de una hora en las afueras de su centro de votación en La Candelaria, una parroquia céntrica de la capital venezolana, en una fila que envolvía varias cuadras. Para las elecciones regionales de este 2021, tras varios años de ausencia, titubeó si debía ir o no. Con menos entusiasmo que aquella primera vez, finalmente decidió votar.

“Vengo con un montón de dudas, con muy pocas certezas de qué tan transparente es el proceso, qué cambios vamos a poder visualizar en cuanto a los resultados que se generen. Creo que hoy voto, hoy participo, porque es lo que hay”, dice este 21 de noviembre, a sus 26 años, desde las afueras de la Escuela Básica Nacional José Ángel Álamo, uno de los centros dispuestos para escoger al futuro alcalde y concejales del municipio Libertador de Distrito Capital. 

Vestido de verde fosforescente y un jean, Antonio no resalta solo por el color de su franela, sino también por ser una de las personas más jóvenes entre la cola, que también destaca por su corta longitud. Buscarse en la lista de su mesa, esperar, votar y salir le tomó menos de diez minutos.

Antonio tenía seis años sin votar. Algunos de sus amigos también dejaron de participar. Sus últimas elecciones habían sido las legislativas de 2015, aquellas que le devolvieron la fe a la oposición venezolana al obtener la mayoría para la Asamblea Nacional. Pero la esperanza que le generó ese triunfo se diluyó en los años siguientes. 

El intento frustrado de ir a un referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro en 2016 fue su primer desánimo. Sin embargo, al año siguiente encontró motivación en las protestas antigubernamentales: para él, se sentía como la única vía en la que la oposición coincidía. En esas manifestaciones perdió a un amigo: Carlos Moreno, un joven estudiante y su compañero de voluntariado en La Candelaria, asesinado por pistoleros el 19 de abril de 2017 en su misma comunidad. 

“Sentí rabia, indignación, dolor por la pérdida de una persona conocida. Pero más allá de darnos miedo, de desesperanzarnos, era un impulso para seguir adelante, para que su muerte no fuera en vano”, expresa.

Sin embargo, su impulso de seguir los llamados de la dirigencia opositora desapareció con las trabas del Tribunal Supremo de Justicia a la Asamblea Nacional, la misma que él había elegido años antes, y con la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente que, bajo la premisa de redactar una nueva Constitución para el país, fungió como Parlamento paralelo.

“Las protestas no continuaron. Al final, hubo un juego de desgaste de ver quién aguantaba más, si ellos o nosotros, y luego la división de propuestas: que si hay que votar o no, que si se mantenían en la calle o no, que si se juramentaban o no. Eso terminó matando todo”, recuerda. 

Sus padres, en cambio, no dejaron de votar. Su madre, incluso en 2021, es miembro de mesa en su mismo centro de votación. Su padre siempre apoyaba en la logística de partidos opositores en los períodos de campaña y elecciones, tarea que repitió este año con el partido político Primero Justicia. 

“Ya realmente no puedo decir que soy ’partidario de’ o ‘apoyo a’. Yo en esos años sentía que había muchas incoherencias absurdas entre gobierno y oposición y las distintas ramas de la oposición, que quedó fracturada. Me dejó de parecer coherente todo discurso político que había en ese momento”, dice.

Antonio se enfocó entonces en trabajar y estudiar. Se graduó como técnico superior universitario en Organización Empresarial, y ahora espera completar su carrera en Ingeniería de Producción, un proceso que le tomará al menos otros dos años. Trabaja en una empresa de seguros y, por ahora, no tiene planes de irse de Venezuela. 

Este 2021, a diferencia de los años anteriores, quiso retomar el voto como una vía para expresar su descontento y, pese a las dudas, quiso sentir que su voto podía ser una herramienta para recuperar los espacios que se perdieron en el pasado.

Para su país, anhela mejoras económicas, más movilidad, menos inseguridad y más producción. Aunque quería que la oposición, en su caso representada por Tomás Guanipa, ganara la alcaldía de Libertador, su expectativa es que ganase quien ganase —él o Carmen Meléndez, la candidata del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv)—, haya una gestión que resuelva los problemas de su municipio: cada día nota más basura en las calles, esas que tienen huecos que solo tapan en campañas electorales y cuyos arreglos, según él, duran solo dos semanas. 

Este 21 de noviembre, su voto fue uno de los 375 contabilizados hasta la 1 pm en el colegio Álamo, un centro con siete mesas electorales y 6.834 votantes, según cifras de los encargados.

Unos pensaban que había que votar, otros pensaban que no, pero al no haber otra propuesta concreta, de mi parte quiero sentir que estoy participando de alguna manera en el destino político de mi país

yo

En esa misma parroquia, a poco más de un kilómetro, Mariana Fermín era una de las jóvenes que, al igual que Antonio, quería votar. Desde que cumplió 18 años, solo siete meses atrás, sabía que una de las primeras cosas que podría hacer con la mayoría de edad era convertirse en electora.

Inicialmente solo se inscribió en el registro electoral para poder sacar una carta de residencia, emitida por el Consejo Nacional Electoral (CNE), como un requisito de su universidad. A mediados de año, acudió a un operativo especial de registro del CNE en su parroquia. Allí le dijeron que su proceso se iba a validar en los próximos tres meses. Ella sabía que ese trámite le permitiría participar en estas elecciones regionales, así que pronto se sintió dispuesta y animada. Tenía curiosidad.

Este domingo salió con su familia a votar en la Unidad Educativa Patronato San José de Tarbes, uno de los 15 centros electorales de La Candelaria. Antes había practicado con el simulador del CNE, que enseñaba cómo votar. Cuando llegó, Mariana no se encontró en las listas de las mesas de votación. Buscó en la página oficial del órgano electoral, pero tampoco aparecía. En su centro le recomendaron que enviara un mensaje con su número de cédula al 2637, otro sistema del CNE para verificar sus datos, pero tampoco salía.

“Antes de salir de mi casa con mi familia para ir a votar juntos, algo me decía que probablemente no iba a estar inscrita. Fue mi intuición, pero tal vez en el fondo también lo sentía ya que no había recibido ninguna información sobre mi inscripción. Luego de eso, realmente sentí un poco de indiferencia”, dice.

En el Patronato San José de Tarbes le recomendaron ir a la sede del CNE. La motivación que tenía al salir se desvaneció. Al regresar a su casa, se acostó a dormir. Sin embargo, cuando despertó, pensó que debía volver a inscribirse cuando pudiera y, así, votar algún día: “Y considero que así debo hacerlo”.

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