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Incrustado en los andes venezolanos, Santa Ana es uno de los municipios tachirenses que emprendió el viaje de innovación hacia la formación del Consejo Ciudadano. Esta es la historia del alumbramiento de una iniciativa que activó a una comunidad en la construcción de su propio bienestar. Contada en primera persona por su mentora, Beatriz Cisneros.

En medio de un país sumido en la desesperanza que paraliza y mantiene en una interminable espera a gran parte de la población, un grupo de ciudadanos del municipio Córdoba -en el estado andino de Táchira- hizo suya una monumental casona en Santa Ana para soñar y planificar un futuro mejor, aunque no estén seguros de puedan disfrutarlo en vida. Son unos avatares de innovación ciudadana, pensando en aquella alegoría a la figura mítica hindú: la manifestación corporal de un ser con condiciones propias de una divinidad que guía hacia un lugar o experiencia particular, con el fin de salvar del desorden y la confusión.

Fue en diciembre 2017 cuando visité por última vez esa casona frente a la plaza Miranda de Santa Ana, en la que mes a mes me di cita con un grupo de ciudadanos que año y medio antes habían aceptado ser parte de un proceso innovador. A pesar de los meses transcurridos, esos momentos se pueden reconstruir en tiempo presente.

Repaso entonces claramente cada traspasar por la puerta alta de madera, por la que muchos entran y salen libremente, como si fuese su propio hogar. La luz natural que proviene del patio central ilumina los cuatro grandes corredores que lo rodean, dejando ver una de sus grandes paredes tapizada con hojas impresas a colores que dan cuenta del viaje de innovación que compartí entre 2016 y 2017 con ciudadanos cordobenses. Al fondo del mismo corredor, reposan la mesa de dibujo y la computadora en las que se sienta Gerardo Chacón, un arquitecto menudo y de hablar calmado, quien plasma sus sueños en planos que proyectan el desarrollo de su ciudad, Santa Ana.

-Yo lo que quiero es tener mi ciudad como la sueño y que otros compartan ese sueño- me dijo Gerardo al iniciar nuestra conversación telefónica.

Desde que sus padres murieron y sus hermanas contrajeron matrimonio, Gerardo ha sido el único habitante de la casa. Llama la atención su desprendimiento una vez que su aposento ha dejado de ser sólo suyo para convertirse en la sede del Consejo Ciudadano de Córdoba, que él preside.

-Hay una cosa que me enseñó mi padre, él consideraba que esta casa era muy importante. Cuando él la adquirió ya sabía que había sido la casa de una familia notable, productora de café, además de haber sido durante un cuarto de siglo la Escuela Federal Pestalozzi de la que salieron santanenses formados en valores, trabajo, responsabilidad, honestidad. En una oportunidad mi padre me dijo: “Yo quisiera que esta casa fuera para la ciudad, que perteneciera al municipio de alguna manera”. Creo que eso quedó en mi subconsciente; no lo asumí en aquel momento, pero ahora pienso que eso ha influido en lo que hoy ocurre aquí.

Ciertamente, la casa de Gerardo se convirtió en una casa en la que ocurren cosas importantes para la ciudad y el municipio; ella es el lugar que acobija -en palabras de Gerardo- al Consejo Ciudadano de Córdoba.

El nacimiento

Mi encuentro con la gente de Santa Ana fue en agosto de 2016 por un proyecto que ejecutaba como consultora para la Universidad Católica Andrés Bello en convenio con la Unión Europea y la Fundación Konrad Adenauer, cuyo objetivo era la promoción de la planificación participativa del desarrollo local. Llegué al municipio Córdoba con una propuesta de experimentación, en la que su Alcaldesa Virginia Vivas y varios actores locales aceptaron participar. Mi propuesta se fundamentaba en la adaptación e integración de dos metodologías para organizaciones de alto desempeño, con las que buscaba promover una cultura de innovación para lograr mayor gobernabilidad e impulsar el desarrollo sostenible local.

Apoyándonos en diversas dinámicas procuramos el empoderamiento de cada participante del proyecto para cambiar el estado de las cosas, comenzando desde sí mismos y actuando sobre sus espacios de influencia, pero también reconociendo las ventajas del trabajo colaborativo para potenciar la creatividad, encontrar más y mejores ideas, cocrear y generar mayor valor para su entorno. Este “experimento”, inédito en Venezuela al menos con las herramientas propuestas, lo estaba llevando a cabo a la misma vez en otros cuatro municipios venezolanos: Iribarren, Palavecino y Jiménez en el Estado Lara, y Capacho Nuevo, también en el estado Táchira.

En Córdoba, al igual que en los otros municipios, fue necesario vencer la desesperanza cultivada en medio de la situación política del país, estimular la capacidad de soñar y a partir de ello procurar que autoridades locales identificaran, conjuntamente con ciudadanos del municipio, sus ejes de ambición para el desarrollo local. Esos ejes marcaron la ruta del “viaje de innovación”, como denominamos metafóricamente el recorrido de nuestro proceso, en el que cada individuo fue reconociendo las actitudes y destrezas que favorecían u obstaculizaban su efectiva interacción con los otros.

Se trató de un desafío de cambio cultural, que exigió un aprendizaje profundo a través de la introspección y de dinámicas grupales; de reconocimiento y valoración de los logros y también de los errores; de búsqueda de nuevas significaciones y de propósitos que trascendieran a quienes se embarcaron en nuestro «viaje».

La Esperanza

Luego de diez meses de formación y acompañamiento en la sede del Rotary de Santa Ana, en medio de las fuertes protestas que convulsionaron a Venezuela en 2017, Gerardo junto a otros promotores del proyecto asumieron el liderazgo y convocaron a la casona a una treintena de ciudadanos de diversos sectores de la vida local para invitarlos a ser parte de nuestro viaje de innovación. Ciudadanos y autoridades locales definieron la ruta para el desarrollo local y habían iniciado su formación como gestores de innovación.

A partir de ese momento, la casona se convirtió en un laboratorio de innovación en el que se generaron ideas que fueron debatidas, analizadas y priorizadas para dar lugar a una Agenda Ciudadana contentiva de proyectos de alcance intergeneracional para Santa Ana y para el municipio Córdoba. Esa agenda también quedó plasmada en la pared con fichas explicativas y fotos que proyectan a Córdoba como un Municipio Verde, con ordenamiento de su territorio y con un desarrollo educativo, cultural, deportivo, agrícola y turístico.

El impacto que me causó aquella exposición, posterior a un intenso trabajo de evaluación y validación de las iniciativas, me hizo bautizar aquella pared como el Mural de la Esperanza, una esperanza que resurge a partir de los sueños que, con ambición consciente del potencial natural y cultural que tiene el municipio y del poder de la voluntad y organización ciudadana, revelan las iniciativas formuladas en aquellos proyectos.

Hoy, esas ideas de proyectos para el desarrollo sostenible de Córdoba continúan expuestas, ahora en formato de pendones que cuelgan en la misma pared. Es un esfuerzo que no deja de sorprender y emocionar que me lleva a preguntar mi consabido ¿por qué?…

-Lo que hicimos contigo fue un proceso muy interesante; era muy importante que lo tuviéramos presente siempre y que sirviera para orientar a los que van ingresando nuevos. Además, cuando elaboramos las fichas de cada idea de proyecto de la Agenda Ciudadana, definimos lo que queríamos; ese es el municipio que visionamos, el que soñamos. Entonces me dije… ¿por qué no posicionamos cada idea en la pared para verla constantemente, para tenerla al frente, para estudiarla y revisarla? Así todos seguimos este «viaje» -me confiesa Gerardo.

Él ha sido un actor clave desde el inicio del viaje, mucho antes de que su casa se convirtiese en el centro de reuniones, talleres, sesiones de trabajo e inclusive de un Diplomado de Gobernabilidad, pero no ha sido el único en dar impulso a esta aventura que aún continúa.

-Has dicho que quieres tener la ciudad como tú la sueñas, pero lo que tienes en esa pared principal de tu casa es un sueño compartido. ¿Cómo fue para ti construir ese sueño junto con otros? ¿Eres el líder de ese sueño del Consejo Ciudadano? -le pregunté.

-Nunca he creído en liderazgos particulares. Siempre he creído que los liderazgos son de grupo. Construir lo que hoy tenemos fue un proceso bueno y animoso. Yo sólo cedí en la forma en la que nos propusiste recorrer el camino y llegar al punto en el que hoy estamos -fue la contundente respuesta de Gerardo.

El punto en el que hoy están nos habla de un municipio que cuenta con un grupo de ciudadanos formado y comprometido con avanzar contra viento y marea en un viaje de innovación orientado a incidir en la gobernabilidad y el desarrollo de su municipio, aún en tiempos en los que el país parece hundirse, cada vez más, en un proceso de devastación conducido por un Estado fallido.

Ana Vargas, a quien muchos consideran la madre de la criatura, coincide con Gerardo en creer que toda ciudad debiera tener un Consejo Ciudadano. Ella es educadora jubilada, hoy dedicada al manejo de su finca y a la producción del café cuyo aroma y sabor prevalece en las reuniones en la vieja casona: el café Don Cándido. Ana nos envió un audio queriendo dejar su testimonio de viva voz.

Ana Barrera de Vargas

"Es oportuno integrarnos a este tipo de organizaciones para formarnos integralmente e incorporar a otros ciudadanos, en la creación de iniciativas que contribuyan al entorno"

La innovación

-Seguimos en la lucha. Así nos digan que estamos luchando contra un monstruo, contra la corriente; el que persevera alcanza. Quizá no lo veamos nosotros pero lo verán nuestros nietos. Que el paso nuestro no haya sido en vano -dice, determinada, Dayana Romero, una de las fundadoras del Consejo Ciudadano.

Ellos -los miembros del Consejo- se definen como un grupo de ciudadanos sin distinción política, religiosa, social, de edad u otra condición, cuyo único propósito es trabajar por el municipio y la ciudad. Yo los defino como los Avatares de Santa Ana pues representan el espíritu y los principios guía para las diversas fases de la innovación: la apertura de pensamiento, la valoración de la diversidad, la capacidad de escucha, el debate argumentativo, el compromiso, el trabajo en equipo y la disposición a autoevaluarse para ser y hacer cada vez mejor. Sólo así logran mantener una colaboración creativa que les permite cocrear buscando generar beneficio a la gente de su municipio.

-Las personas que constituyen el Consejo son constantes y perseverantes. Hay armonía, puede haber diferencias pero se escuchan, se argumentan, se sacan conclusiones. Todos opinamos; damos los pro y los contra de lo que planificamos. Cuando se habla del Consejo Ciudadano nos damos cuenta de que hemos ganado un espacio. La gente siente que hemos sido preparados para un fin y ese fin se ha venido poco a poco cristalizando. Somos reconocidos como gente seria y les llama la atención cuando decimos que Córdoba está innovando -me responde Naima Duarte al preguntarle qué la hace permanecer en el Consejo.

Dayana y Naima son avatares para lograr ese municipio cultural en el que desean se convierta Córdoba. Ambas desde un inicio se abocaron a generar el interés por el patrimonio cultural, el teatro y la música.

-Hemos ido acostumbrando a la gente al hábito de las actividades culturales. Ya preguntan si vamos a hacer concierto en diciembre -comenta Dayana Romero.

Entre las primeras actividades con las que el Consejo Ciudadano comenzó a promover el desarrollo local fue con la creación del Ensamble Coral Juvenil y la enseñanza de canto lírico a niños y jóvenes, lo que dio lugar a una gama de conciertos, nunca antes realizados, en la iglesia de Santa Ana.

-Nuestro punto de arranque ha sido también el patrimonio cultural. Comenzamos haciendo un taller sobre este tema y al hacer un inventario en el cementerio, descubrimos el valor y el potencial que hay en él. Entonces decidimos vincularlo con el teatro -recuerda Naima Duarte, artífice de un flashmob que el Día de los Muertos, en noviembre de 2017, sorprendió a los habitantes de Santa Ana al ir a visitar a sus difuntos.

Esa creativa actividad hizo aparecer por primera vez a Santa Ana de Córdoba en la Web de la Red Iberoamericana de Cementerios Municipales, lo que ha continuado ocurriendo como consecuencia de otras iniciativas en torno al camposanto, como lo es por ejemplo la Propuesta urbanística de un Plan Especial de Manejo, Reinserción y Protección del Cementerio Municipal de Santa Ana.

La multiplicación

El Consejo Ciudadano tiene aún más que contar y no sólo al lado de quienes ya pasaron por esta vida, sino de aquellos de quienes apenas la comienzan: los niños. Pensando en el compromiso intergeneracional que implica el desarrollo sostenible y cumpliendo a cabalidad su rol de avatares, los miembros del Consejo se focalizaron en el eje estratégico del desarrollo educativo como medio para un cambio en la formación de los ciudadanos de Córdoba.

Para ello, luego de que en noviembre de 2017 y ya finalizando el proyecto, me pidieron formar como gestores de innovación a docentes de seis escuelas de educación inicial y primaria, el Consejo Ciudadano brindó a éstos todo el apoyo necesario para que actuaran igualmente como avatares replicando lo aprendido a otros docentes y a representantes de sus estudiantes. Esa idea de los miembros del Consejo, derivó en que una de las escuelas iniciara un proceso innovador con participación de la comunidad educativa a fin de enfrentar el problema de los desechos sólidos en la localidad, para lo cual la guía de Iraida Ballén, miembro del Consejo y experta en el tema ambiental, fue también determinante.

El avatar artífice del proceso en las escuelas fue José Omar Servita, un muy querido y reconocido profesor de Santa Ana, hoy jubilado. Para él, el papel más importante del Consejo Ciudadano es el de formar a las personas que hacen vida en las diferentes comunidades, para que dejen de ser habitantes y se conviertan en ciudadanos, que aporten para superar sus propias situaciones y problemas que confrontan en los espacios en los que viven. De ahí también la importancia que han dado a la labor que pueden hacer a través de la emisora de radio parroquial.

-¿De qué manera ha impactado en ti tu participación en el Consejo? -pregunto a José Omar.

-En darme la oportunidad de ser actor dentro de la comunidad, cosa que antes no era posible. El Consejo se convierte en el canal que me permite poner al servicio de los demás lo que soy y lo que  mi vida como profesional me ha enseñado. Es devolver a la sociedad lo que ella me ha dado y de alguna manera influir en ella como ha influido en mí -explica.

Hoy, José Omar ya no está en Santa Ana; él forma parte de los millones de venezolanos que han migrado de manera forzada por la crisis que vive Venezuela. Cincuenta horas de viaje por tierra, desde Cúcuta hasta Ecuador, lo separaron de su terruño. Durante nuestra conversación telefónica no pudo dejar de compartir conmigo las escenas dramáticas de las que fue testigo durante su trayecto. «Mientras nos esperaba, entre las cinco y las nueves de la mañana, mi esposa contó la llegada de veinte buses llenos de venezolanos».

Sin embargo, al igual que Fernando Mendoza y que José Alfredo Rangel, miembros del Consejo Ciudadano que también debieron partir, José Omar continúa vinculado al Consejo a través del chat del grupo de whatsapp por el cual también yo me mantengo en comunicación permanente. Por esa vía, llueven las ideas de quienes migraron, a partir de lo que observan en otras tierras; ellos comparten para aportar e inspirar la creatividad de quienes permanecen en Santa Ana. Son los embajadores del Consejo Ciudadano de Córdoba.

 -La añoranza de mi Santa Ana me hará volver cuando la situación me lo permita, para así ofrecer el conocimiento que ella necesita -asegura José Omar.

Es la misma añoranza que canta en las letras que él compusiera y que los avatares de Santa Ana cantan con amor a su ciudad.

Este trabajo fue producto de la primera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre a diciembre de 2018.

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