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A Javier Marichal

La vieja librería, como las ilustraciones del libro de Shaun Tan, se había convertido en un recuadro de carboncillo. Mis pisadas hacían eco en la oscura galería. El edificio estaba abandonado. Desapareció la agencia de viajes, desapareció el laboratorio. Al fondo, entre los acordes de una gotera y los últimos compases de un bombillo, se escuchaba una pieza barroca. Sabía que el librero podría ayudarme, sabía que él tendría alguna noticia sobre aquel extraño libro. El pasillo solitario, sin embargo, me dio a entender que Distribuidora Estudios había dejado de existir.

Descubrí esa librería cuando tenía diecisiete años. El hallazgo fue un accidente. Mis lecturas juveniles eran dispersas y desinteresadas. Sidney Sheldon, V. C. Andrews e Isaac Asimov formaban parte de un panteón al que solo asistía cuando el aburrimiento imponía su carácter. Siempre he pensado que la juventud es ese momento de la vida en el que la estupidez es una forma legítima. Mi honesta estupidez, entonces, me hizo cometer irreparables imprudencias. No sé cómo descubrimos aquel edificio. Alguien nos habló del laboratorio. El excesivo retraso hacía pensar lo peor. Gabriela entró a buscar los resultados. Me pidió que la esperara fuera. La angustia me hacía caminar sobre mis propios pasos. Al final del pasillo había una librería. Toqué el timbre, entré.

Habían quitado el letrero. La reja blanca estaba entreabierta. Todos los anaqueles estaban vacíos. Sobre la mesa de novedades había cuatro cajas rellenas de títulos de la editorial Cátedra y un radio viejo del que salía una pieza barroca. Mi vista, condicionada por los gustos de los últimos años, buscó las repisas de literatura infantil pero solo encontró una filtración en la pared. El paneo me llevó hasta la estantería abandonada de la Biblioteca Ayacucho; una cucaracha desayunaba sobre los restos de un tomo de Macedonio Fernández. Coño, me dije.

Cuando abrió la puerta de la librería interpreté el diagnóstico. «Estoy embarazada», dijo al acercarse. Maldita sea. Fue el fin del mundo. Teníamos diecisiete años (ella dieciséis). Le pregunté impertinencias. Me puse gago, la traté mal, insinué errores, engaños, responsabilidades ajenas. Me insultó con dramatismo, se fue. Me quedé solo con los libros. ¡Coño!, me dije asustado. Un terror extraño e inédito se apoderó de mis rodillas. «¿Te puedo ayudar en algo?», escuché. El librero era un hombre de edad imprecisa. Tenía un tupido bigote como aquellos que, en las enciclopedias, ilustran el busto de los viejos filósofos. Tenía pelo pero la calvicie se insinuaba. Su acento también era impreciso. No entendí la pregunta. «¿Buscabas algo?», reincidió. Negué con el rostro. Al rato, perdido entre las circunstancias y la pobreza de mi vocabulario, le dije que me gustaría leer algo profundo. En aquel tiempo, pensaba que algunos libros ocultaban verdades esenciales. Yo tenía la impresión de que la palabra profundo era el revés de la filosofía, la clave para comprender el significado de la existencia. El librero se rió sin insolencia, seguramente pensó que era un muchacho gafo. «¿Qué edad tienes?», preguntó. Respondí con timidez. Caminó hasta el estante del fondo y regresó con un libro pequeño de la editorial Alianza.

Lo encontré arrodillado detrás de una caja, tenía en sus manos un exacto con el que rasgaba cubiertas de tirro. Me saludó con la sonrisa respetuosa de siempre. El tiempo no pasaba por aquel librero: encontré a la misma persona que hacía doce años, aproximadamente, me había invitado a leer una novela de Hermann Hesse. «Cerramos hace quince días», dijo sin mirarme, empeñado en la construcción de las cajas. «Pensé que la puerta estaba cerrada», citó en voz baja, como hablando para sí. «La semana que viene es el cumpleaños de Andrés. Buscaba un libro —el librero se levantó y se limpió las manos—. Emigrantes de Shaun Tan», logré pronunciar.

La realidad defraudó nuestras expectativas. La tragedia solo ocurrió en nuestras cabezas taradas. No fui asesinado por sus hermanos ni me vi en la obligación forzosa de improvisar un matrimonio. Sí, es verdad, hubo días difíciles pero el paso del tiempo desterró los períodos de angustia. El nacimiento de Andrés rápidamente hizo olvidar la sensación de catástrofe.

El librero me explicó que Distribuidora Estudios había cerrado. Sugirió, para evitar la pérdida del viaje, que preguntara por Emigrantes en la Tecniciencias del centro comercial. «Ayer estuve en la Tecniciencias del Tolón, no lo tienen. Quedaba uno en Barquisimeto pero ya se vendió», le dije mientras me perdía en la contemplación de la nada.

Andrés tiene doce años y vive en Chicago. Me perdí su estirón, su mudanza de carácter. Somos amigos de Facebook. Utiliza una especie de spanglish acartonado y soso. Es un niño inteligente; en realidad, es un niño normal. Muchas veces solemos pensar que nuestros hijos poseen el privilegio de la diferencia, su precocidad natural nos engaña con frecuencia. En ocasiones, descubrimos en sus aptitudes la superación de nuestros defectos y carencias. Sé que él está mejor en los Estados Unidos, sé que estaría mejor en cualquier parte. Me cuesta creer que esa persona, hoy día esencial en mis tribulaciones, es el resultado de una torpe y apasionada tarde perdida entre los brazos de una futura extraña. Hay muchas maneras de hacer el odio. Durante mucho tiempo, Gabriela y yo nos empeñamos en destruirnos. Andrés fue el principal argumento que utilizamos para hacernos daño, para humillarnos. La juventud fue una parada breve, muy breve. Porque ninguno de los dos llegó a ser lo que quiso ser, porque abandonamos la universidad, porque no terminamos nada, porque el tiempo nos pasó por encima y nos soltó en medio de trabajos mediocres, relaciones efímeras y familias en diáspora. «Dentro de dos meses me iré a los Estados Unidos. Enrique está en Chicago y puede ayudarme con los papeles. Me llevo a Andrés», dijo hace más de un siglo. No me jodas, respondí quitándole importancia a su nuevo proyecto. No le creí. Gabriela era una depresiva sucesión de planes inconclusos. Un día me llamó un abogado. Yo no tenía ningún derecho sobre Andrés, nunca firmé nada; los pocos documentos que daban constancia de mi presencia se traspapelaron en alguna mudanza. Maldita sea, me dije cuando, sin darme cuenta, hice la cola en Maiquetía frente al mostrador de American Airlines mientras sostenía un morral de Buzz Lightyear. No llores delante del carajito. No la cagues. ¡Que la pendeja de Gabriela no te vea roto!, gritaba el instinto. «¿Me vas a cuidar mis libros?», preguntó el niño antes de desaparecer. Afirmé con el rostro. «Quería llevarme mis libros pero Mamagaby dice que pesan mucho, que no se pueden llevar. Me dice que en ese lugar al que vamos hay más libros, que podré comprarlos todos pero, no sé, estarán en inglés, a mí no me gusta el inglés». «Andrés, nos vamos —dijo Gabriela tras trancar su teléfono celular y mostrar el recibo del impuesto a un Guardia Nacional—. Chao, Sergio». Me dio un beso seco en la mejilla. «Te mandaré un libro cada mes. Te lo prometo», dije. Gabriela hizo un ruido de burla, me miró con lástima. ¿De dónde vas a sacar real pa’ comprar libros y mandarlos? Además, no quiero que llenes mi casa de mierda, pareció pensar. Andrés movió las manos en son de despedida. La puerta se cerró. No he vuelto a verlo desde entonces. No cumplí mi promesa al pie de la letra pera cada cierto tiempo regresaba a Distribuidora Estudios y le pedía al librero que me orientara en una de sus principales aficiones: el complejo mundo de la literatura infantil.

«¿Shaun Tan? Espera», dijo el librero. Se perdió en la oficina. Volví a observar el vacío, el universo abandonado. Tras Demian, que me comí en dos días, regresé a Estudios por el El lobo estepario. El librero también me inició en la novela negra; gracias a él llegué a Mankell, a Camilleri, a Donna Leon. Con el paso del tiempo me aventuré con textos más difíciles: Thomas Mann, Virginia Woolf, Faulkner. Mis compañeros del Nuevas Profesiones siempre se burlaban por la afición a esas lecturas complejas. Me decían intenso, me decían que me las daba de una vaina. Andrés, desde sus primeros años, sintió curiosidad por la lectura, por los números, por los libros ilustrados. Antes del viaje a Chicago, Gabriela, como si el niño fuera un objeto de alquiler, solo me lo prestaba los fines de semana. Muchas veces lo llevé a Estudios a buscar libros de cuentos, historias animadas de elefantes, jirafas y muñecos raros.

El librero sacó de la oficina una caja húmeda, con las esquinas empapadas. La colocó sobre el escritorio.

Gabriela se casó con un empresario gringo. En realidad, con un amigo venezolano hijo de gringos que tenía todos los papeles en regla. Gabriela estaba preocupada por Andrés. El niño era muy tímido, no tenía amigos en el colegio, no aprendía el idioma, le costaba adaptarse. El psicoterapeuta, según, le recomendó abandonar los estímulos en castellano para forzar el aprendizaje de la lengua. Gabriela me llamó un diciembre para decirme que dejara de enviarle libros inútiles; que, como en la mayoría de nuestros asuntos, yo era el responsable del autismo de Andrew. Como siempre, cedí. Gaby, sin embargo, subestimó al niño. Un día cualquiera, mi hijo de once años solicitó mi amistad en Facebook. En mensaje privado, me contó historias triviales y fantásticas. Lo sentí normal, sin conflicto, sin las taras que describía la mamá. Me dijo que tenía pocos amigos y que le costaba mucho entender esa ciudad de vientos helados pero no hallé en sus palabras al potencial asesino en serie previsto por Gabriela. Me pidió sus libros, me preguntó por qué había dejado de mandarle libros. Gaby, por supuesto, nunca le explicó sus ordenanzas. Retomé la rutina de mi vieja promesa. Comencé, cada tres o cuatro meses, a mandarle cosas. Para mi sorpresa, Andrés comenzó a pedirme libros con menos ilustraciones. El chamo leía adaptaciones de autores que para mí, publicista mediocre, eran familiares pero desconocidos: Stevenson, Melville, Poe, Quiroga.

Fue el librero de Estudios quien me habló de Shaun Tan y sus Emigrantes. Lo hizo en mi última visita, seis o siete meses antes del desahucio. El libro era caro. «No puedo comprarlo ahora —le dije—. Quizás en otro momento». Tiempo después, una casualidad me hizo tropezar con la caratula sepia en la librería Nacho de Santa Fe. Reconocí la portada, decidí echarle un ojo. Coño, me dije. ¡Qué duro es esto! Encontré mi rostro tallado en carbón, perdido en una multitud. Vi la cara de Andrés despidiéndose desde la baranda de un barco. Pronto sería su cumpleaños; pensé que aquel libro infantil y maduro podía ser un buen obsequio. La tarjeta de débito rebotó. No me habían depositado en la revista. Maldita sea. Hice la reserva. Regresé la semana siguiente pero ya lo habían vendido. Es un buen momento para volver a Estudios, me dije. Nunca imaginé que la librería había desaparecido.

El librero metió las manos en la caja. Los libros estaban mojados, doblados en los bordes. «Uno de los depósitos se inundó con las lluvias de diciembre. Se perdió mucho material —dijo—. Traje algunas cajas que no parecían tan dañadas… Quería ver qué podía salvarse. Ahí me pareció ver… Aquí está… Shaun Tan». Sonrió. Sonrisa vieja, de los tiempos remotos. El librero colocó en mis manos el rectángulo marrón. La cubierta estaba fría, las hojas del principio se pegaban un poco. Sin embargo, aquel ejemplar de Emigrantes estaba en buen estado. «Llévatelo», me dijo. «¿Cuánto es, Javier? ¿Cuánto te debo?», le pregunté. Señaló la caja registradora abandonada, tapada por un plástico. «Nada. No te preocupes. Un buen libro debe tener un buen lector. Ya hay demasiados libros en las cajas. Hay demasiadas cajas», agregó. Mi presupuesto era miserable. El fondo de mi cuenta bancaria me impedía argumentar a favor de lo correcto. «Gracias», dije. Quitó peso a mis palabras con un gesto dócil. Regresó a su trabajo de obrero, a su mundo ausente. Caminé hasta la puerta. El bombillo titilante murió. La pieza de Handel fue interrumpida por una cuña. El librero apagó el radio. Solo se escuchaba la gotera. «¿Y qué harás ahora, Javier? ¿Dónde…?», pregunté antes de cerrar la reja. Se levantó. Alzó los hombros. Tenía la camisa manchada de pintura, su mano derecha sostenía un exacto y, en la otra, un libro roto de la editorial Paidós. Respondió con la calma de siempre: «Seguir trabajando. Esperar… Esperar».

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