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Yami parece el hilo que teje las historias de las mujeres que coinciden en el peaje de Matanzas, en Puerto Ordaz, un lugar que es el punto de conexión hacia las minas en los pueblos del Sur de Bolívar. También de las familias que quedan a la espera de noticias, dinero o llamadas. Con la decisión de pasar el peaje muchas desplazadas por la necesidad asumen los riesgos de que las “bajen” al Arco Minero, donde a pesar del miedo y la incertidumbre, el anhelo de una vida mejor es su fortaleza para seguir adelante.

Esta es la primera entrega que retrata cómo subsisten algunas mujeres al margen de la minería ilegal al sur de Venezuela. Una crónica de Jackeline Fernández producto de nuestro #DiplomadoHQL

Todos los días, desde hace cuatro años, Yamileth repite la misma rutina: cuando caen las tres de la tarde, toma sus bolsos de mercancía, su silla de plástico, y enfila sus pasos para atravesar un inhóspito y extenso terreno lleno de maleza, su camino para apostarse en el peaje de Matanzas, situado en la ruta hacia Arco Minero, en el sur de Venezuela.

Por allí pasa todo el que transita por la autopista Simón Bolívar, vía que comunica a Ciudad Bolívar con Puerto Ordaz y con la Troncal 19 que conduce hasta Caicara del Orinoco.

Por eso, salvo contadas excepciones, suele ubicarse allí, puntual. Ganar un puesto en ese lugar no le ha sido fácil y para conservarlo, debe hacer acto de presencia cada tarde. 

Yamileth, Yami como la conocen sus allegados, observa el número de personas que merodean. Antes solía ver a unas 15 mujeres en un lapso de dos o tres días. Ahora llegan a diario cerca de 25 personas, en su mayoría mujeres. Muchas de ellas se ven mayores de 50. Otras son casi niñas. Lleva cuatro años viendo cómo se repite la escena con más frecuencia.

Unas buscan dinero para sus nietos y ellas mismas, para subsistir. Las otras no ven futuro más allá de lo que puedan hacer en las minas.

Algunas cargan cajas, otras bolsos y morrales. Sentadas en el hombrillo de la vía, intentan protegerse del sol inclemente con las escasas palmeras que hay. Unas pocas aprovechan la sombra que da una gandola estacionada en la orilla. 

Todas esperan poder llegar a los pueblos del sur del estado Bolívar: El Dorado, Las Claritas, El Callao, Tumeremo, el Km 88. Llevan mercancía para la venta, sobre todo las mujeres mayores, o confían en hallar un empleo en las minas. Los riesgos y todas las historias de violencia y desapariciones no se mencionan. La esperanza es muy frágil para quienes ven al sur como su única posibilidad de sobrevivir.

La explotación laboral y sexual, el maltrato, el trabajo infantil y la trata de personas es una constante que vulnera los derechos de las mujeres desplazadas en el Arco Minero del Orinoco, denuncia el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello (CDH UCAB) en su más reciente informe sobre la situación de las mujeres en esta región que abarca los municipios El Callao, Roscio y Sifontes de Bolívar.

La mayoría de las mujeres que llegan allí están solas y sus familias dependen de ellas. Se llevan a sus hijos porque no tienen con quien dejarlos. Saben que no es un recorrido amable. También saben que muchos gandoleros prefieren montar a una mujer sin ninguna otra compañía.

En el peaje, los baños están en el monte. Es un mundo masculino, los choferes se detienen por un café o para orinar detrás de cualquier mata, sin miramiento alguno por los demás. Por eso, las mujeres han hecho alianzas con algunos pobladores cercanos para usar los baños (algunos les cobran, otros no) o para que las dejen bañar a los bebés para que se refresquen.

Yami ayuda a las que puede. Otras personas que también venden mercancía en el peaje, colaboran de vez en cuando.

Sobre todo cuando son muy jóvenes, o llevan niños. 

Toma mija, dale un pedacito de pan a ese otro, que tiene cara de hambre. 

Yami arranca un pedazo del pan que abrió para comer ella misma, y se lo da a una adolescente delgadita, de ojos claros, que llegó en la mañana al peaje desde uno de los caseríos cercanos, ubicado en los terrenos paralelos a la troncal 19. 

Se llama Mafer*, la ha visto varias veces con sus dos hermanitos y apenas puede cargar a la niña más pequeña. Tiene solo 15 años. Su papá trabaja en un aserradero en las minas y su mamá en una casa de familia en Brasil. 

Una vez al mes, Mafer agarra a sus hermanitos, Carolina*, de 5 años y Marcos* de 10, y se va hacia el sur pidiendo cola. Viven con su abuela. Quedó a cargo del cuidado de sus hermanos para que sus papás pudieran hacer dinero y mandarles. Ella viaja hasta donde está su papá en el Arco Minero, deja a los niños allí y sigue camino a la frontera, llega a territorio brasileño hasta donde su mamá la espera para darle dinero o mercancía. Regresa a buscar a sus hermanos en las minas, que no pueden estar mucho tiempo en ese lugar porque a su papá no se lo permiten, y vuelve a Puerto Ordaz. 

Si tiene suerte y sus padres han cobrado bien, regresan pagando el transporte. Si no, deben esperar por otra cola. En ninguno de los puntos de control del trayecto, 17 alcabalas, le han pedido sus documentos o los de los niños, así que no lleva nada de eso encima.

Mafer dejó la escuela para asumir esa responsabilidad, pero dice que su sueño más grande es poder volver a clases. 

El peaje es un lugar inhóspito. Aunque hay un parador turístico donde algunas tiendas de comida sobreviven, el resto está vacío. Los guardias que controlan la seguridad a veces las dejan estar cerca de la zona iluminada, pero otras las mandan a ubicarse hacia el terreno, así que ellas se sientan en la tierra, cerca del monte, con sus bolsos y sus hijos, tratando de taparse del sol que pica de día con las pocas sombras de los árboles, o de mantenerse lo más juntas posibles en la oscuridad de la noche. 

Algunos de los vendedores de allí que conocen, al menos de vista, a los gandoleros que suelen cruzar hacia el sur, así como Yami, hacen el puente con ellos y las mujeres que esperan. A veces hay suerte. Pero si bien era difícil antes del confinamiento y los problemas con la gasolina, ahora es aún peor. No es fácil apelar a la solidaridad cuando hay tanta necesidad en todas partes.

—¿A ustedes no les da miedo irse con esos tipos solas por ahí, de noche?

Yami conversa con un grupo que está aprovechando la sombra a un costado de un camión estacionado. Algunas se ríen, todas saben la respuesta a eso.

Claro vale, pero es lo que hay. Si tus hijos te piden comida, ¿qué más puedes hacer? Yo tenía un puesto donde vivo, vendíamos ahí en la casa. Pero ya no da. Más bien la gente busca fiao. Y así no se puede.

Ana*, de unos 55 años, viaja con su hija Yurimar*, de 23 años. Han hecho el trayecto varias veces. Primero fue ella sola. Luego Yurimar decidió acompañarla porque su marido se fue, y le tocó sola con su hijita de 3 años. Tiene quien la cuide, gracias a Dios. Pero está preocupada por su mamá. Los últimos viajes a las minas han sido fuertes y Ana anda con bronquitis. También le ha dado paludismo dos veces. Ana se ríe.

¿Tú crees que te voy a dejar ir sola para allá?, ¡tas loca!

Los cuentos de muchachas a quienes no han dejado salir de las minas se escuchan bajito: “si un miembro del sindicato se antoja de ti, te fregaste chica. Ya no vuelves”.

El llamado “sindicato”, es el grupo de poder que controla las minas y la actividad de explotación ilegal. No sólo ejercen labores de seguridad, sino que también tienen su propio sistema de justicia, establecen normas de convivencia, deciden quiénes entran y quiénes no, y hasta dirimen controversias de parejas. 

Por eso ellas están pendientes unas de las otras. Ya saben con qué regularidad viajan más o menos. Se cruzan en los caminos entre las idas y las venidas, y traen saludos.

Por allá vi a Lucía* en la plaza, vendiendo tetas –helado artesanal que se elabora en bolsas plásticas pequeñas, muy común en el estado Bolívar– una gente la está dejando quedarse en su casa. 

Cuando venía me encontré con Nancy*, dijo que se iba pa’ dentro porque en el pueblo no ha vendido nada.

La mayoría de las mujeres que llegan al peaje tienen entre 15 y 49 años. Muchas han terminado el bachillerato, otras han sacado un título como técnico superior (TSU) o iniciado la universidad. Más del 80% tiene hijos y están solas. Realizaban labores tan diversas como repostería, costura, dar clases, ama de casa, vendedora en tiendas. 

Ninguna de ellas pensó en ir a las minas hasta que la situación de sus hogares se hizo insostenible.

No todas son de Guayana. Algunas vienen de Maracaibo, Caracas, Valencia, Maracay, Puerto La Cruz, Maturín.

Pero en su mayoría las mujeres que van a las minas son del Core 8, Nueva Chirica, 25 de Marzo, Ciudad Bolívar, Palital, San Jacinto, 338, son de Bolívar. 

A pesar del confinamiento por la pandemia, el riesgo sanitario y las dificultades de transporte, ellas buscan la manera de llegar a los pueblos mineros y movilizarse. Son mujeres que sienten que sus vidas dependen de llegar al sur, que se ven desamparadas y usan palabras comunes para esconder su miedo y tristeza. Pero estas emociones se perciben en ellas cuando cuando les hablas. Incluso en medio de la risa, los chistes, la rutina que se ha creado en ese impensable escenario. 

Son mujeres que se han quebrado muchas veces, y, de alguna forma, juntan sus pedazos y lo intentan nuevamente. Sin importar las miradas de otros, esas que juzgan, invisibilizan y condenan.

Ustedes están es locas, yo no voy pa’ las minas ni a palo –les dice Yami a un grupo, riéndose.

En la cabeza de Yami, esas mujeres están locas, pero también son valientes. No imagina subirse al camión de un hombre desconocido, para recorrer tres horas hasta El Callao, capital del municipio del mismo nombre, conocido por ser la “capital del calipso”, “las comparsas” y “las madamas”, o cinco horas de carretera infinita si vas a Las Claritas, que forma parte del municipio Sifontes, ubicados al noreste de Bolívar, muy cerca del Parque Nacional Canaima, por una vía solitaria donde no hay señal telefónica ni seguridad, conocida como la Troncal 10.

Todo esto para llegar allá y quedarse en una plaza por uno o dos días, mientras rezas por vender ahí mismo lo que llevaste.

Los pueblos del sur, como se les conoce en Guayana, forman parte del Arco Minero del Orinoco, rico en reservas de oro, diamantes, bauxita y coltán.

La noche alivia el calor que sofoca, pero trae otros problemas a quienes se quedan a dormir a la intemperie. Hay plagas, y cómo las han alejado de la zona más iluminada del peaje, el descanso se hace muy difícil. Deben cuidarse. Algunas deciden apoyarse para dormir por turnos. Unas vigilan, otras duermen. Las que tienen hijos se convierten en almohadas de estos. Y en abanicos para alejar a los insectos. Pocas se preocupan por las culebras. 

Aunque su trabajo es duro, y en su casa cada día es una lucha para poder comer, Yami se siente agradecida. Cuando las restricciones de movilidad se pusieron más fuertes, ella pensaba en las mujeres del peaje, en qué estarían haciendo para sobrevivir.

Dicen que la necesidad tiene cara de perro, pero Yami sabe que el rostro de la necesidad en el peaje, es el de una madre, una hija, una hermana, una amiga.

Yami debe hacer el recorrido de regreso a su casa por el mismo camino por donde llegó. Atravesar el monte a oscuras. Cuando son las 11:30 de la noche empieza a recoger. Su hijo vino esta vez a acompañarla. Ha pasado algunos sustos caminando por ese terreno a media noche. Pero eso es lo que hay.

*Esta historia está narrada en dos entregas. Lee la parte II en la próxima publicación en nuestra web historiasquelaten.com.

*Los nombres de algunas protagonistas fueron cambiados para proteger su identidad

Violencia contra la mujer en el sur

  • 96% de la población del estado Bolívar vive en situación de pobreza según el estudio Encovi 2020. En el caso de las mujeres este porcentaje aumenta a 97%. De este grupo, 67% de las niñas, adolescentes y mujeres se encuentran en pobreza extrema. 
  • Solo en 2020 el estado Bolívar registró 28.346 casos de violencia contra la mujer, según datos del Observatorio Guayanés de Violencia de Género.
  • En pandemia los casos de violencia contra la mujer aumentaron en 17,5% en el último año en la región sur del país.
  • En el más reciente informe del Observatorio Guayanés de Violencia de Género se destaca que en la mayoría de los casos reportados hay violencia física, psicológica y sexual, e incluso son frecuentes en los pueblos del sur de Bolívar los casos en los se vulneran los derechos de niñas y adolescentes.
  • En 2020, la Comisión para los Derechos Humanos y la Ciudadanía (Codehciu) registró 19 femicidios en Bolívar.
  • En lo que ha trascurrido de 2021, se han registrado 4 casos de femicidios en el estado Bolívar. Entre ellos, los de Martha Liliana Aristizábal (37 años) y Dioralcely Tocuyo Martínez (29 años) asesinadas en el sector minero La Iguana en El Callao, el 1 de junio.

Este trabajo fue producto del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su edición en línea realizada en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, de octubre de 2020 a febrero de 2021.

Sobre el diplomado
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