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Si en un tema hay consenso es en el siguiente: los trabajadores de la salud son pilares fundamentales en la lucha contra la pandemia del COVID-19. Por eso un grupo de tachirenses decidió sumar esfuerzos e iniciar un proyecto para confeccionar y distribuir donaciones de trajes de bioseguridad. El emprendimiento ha beneficiado a casi 300 médicos de la región andina

Alexandra Márquez lleva un par de horas armando los paquetes que enviará a la sección de costura. Corta cada patrón de tela según la talla encargada, incorpora una porción de elástico, un cierre y un juego de hilos. Lo que parece un cúmulo de retazos sin forma pronto será entregado a una costurera que lo convertirá en un traje de bioseguridad.

Madres silenciosas, así les llaman a las emprendedoras de este proyecto, mujeres que quedaron desempleadas durante la pandemia y que asumieron el reto de proteger las vidas del personal de salud expuestos al COVID-19 en centros asistenciales de Táchira y Mérida.

El ritual se repite todos los días en el Taller Rossy, ubicado en Barrio Nuevo, en San Cristóbal, capital del Táchira. Un lugar que lleva más de 30 años confeccionando prendas, y que en 2018 se vio obligado a cerrar sus puertas por una coyuntura familiar.

—Le venía haciendo seguimiento a la pandemia en otros países desde su inicio y sentía un gran deseo de ayudar. Así que cuando se empezaron a multiplicar los casos en Venezuela, me di cuenta de que era el momento de empezar a trabajar y reabrir el taller que fundó mi abuela —explica Alexandra, gerente general del emprendimiento—. Entonces apareció Patricia Ballesteros, una abogada tachirense que siempre ha estado involucrada con el gremio de la salud en el estado. Ella empezó a pedir donaciones a través de sus redes sociales para importar trajes de bioseguridad de Colombia y entregarlos a los médicos de San Cristóbal, pero pronto la demanda creció demasiado. Fue cuando nos contactó a mi sobrino y a mí para empezar a elaborar los trajes en nuestras instalaciones y poder ayudar a más personas.

Las solicitudes de trajes de bioseguridad empezaron a llegar desde el inicio. Uno de los primeros en pedir ayuda fue el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes (HULA-Mérida), que solicitó 9 trajes. Pronto se sumó el Seguro Social de Táchira que requería 70, el Instituto de Epidemiología, con 30 y el Hospital Central de San Cristóbal, con 90.

La necesidad crecía cada día, las ganas de ayudar también, pero aunque se tenía el lugar para confeccionar los overoles, empezaron a faltar los recursos. La demanda sobrepasaba con creces la cantidad de dinero que podía gestionar Patricia Ballesteros a través de las donaciones.

Después de muchas plegarias, una noche de agosto, llegó la anhelada ayuda a través de una llamada telefónica:

—Soy caraqueño, pero actualmente vivo en Colombia. Sobreviví a la COVID-19 y quiero ayudar a otros a que también lo logren.

Patricia recuerda con detalle el mensaje:

—La llamada llegó a las 12:00 de la noche y por la mañana ya teníamos más de 2.000 dólares en nuestra cuenta de Paypal. Incluso llamé de nuevo a la persona para asegurarme de que no se hubiese equivocado en el monto, pero no era un error.

La cantidad recaudada alcanzó para elaborar 147 trajes, que fueron distribuidos en unidades médicas públicas de Táchira y Mérida. Hasta el momento la iniciativa suma casi 300 médicos beneficiados, pero su meta es continuar con las donaciones hasta que se haya cubierto toda la demanda.

Según los registros de la organización Médicos Unidos por Venezuela, al 9 de diciembre, se han registrado 282 fallecimientos de personal de salud en el país, cifra que representa un 30,4% del total de las muertes en la nación. Solo en Mérida y Táchira, estados atendidos por este emprendimiento, han muerto 25 galenos a la fecha. Algunos expertos sugieren que estas cifras se relacionan con la crisis estructural de la sanidad en Venezuela y con la escasa dotación por parte del Estado de implementos para la bioseguridad.
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