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8,7 metros y un muro separan a Campo Alegría de las aguas del lago de Maracaibo. Hilda Davalillo y sus vecinos viven en algunas de las 380 casas que conforman ese campo petrolero en el municipio Lagunillas, estado Zulia, donde la gente está en zona de subsidencia. En éste, el punto más bajo de Venezuela con respecto al nivel del mar, la tierra se hunde por la extracción de petróleo. Las paredes se agrietan, el piso se abre y todo se mueve con el paso del tiempo. Pero sus habitantes insisten en aferrarse a su lugar de pertenencia. 

Una crónica de Mayreth Casanova producida en la 5ta cohorte de nuestro #DiplomadoHQL

Fotos Zaimar Más y Rubí Valecillos 

Un hueso roto duele, al igual que desgarra la pérdida de un ser querido. Pero cuando la casa donde vives se agrieta, hay dolor y duelo. También nostalgia. Para Hilda Davalillo, cada cosa en un hogar tiene una historia y, sobre todo, un dueño que la llora. No por su valor, sino por lo que hay detrás: el recuerdo.

—Para mí, Campo Alegría es toda mi vida. Nací aquí y me crié aquí —dice esta profesora que vive en la casa 533-A de la calle Portuguesa.

Son las diez de la mañana. El sol y la humedad hacen sudar en el estado Zulia, dónde la temperatura de un teléfono marca 39 grados.

Campo Alegría parece como cualquier rincón del país después de fin de año, la mañana del 1 de enero. Hay silencio y calles solas, no se escuchan bocinas de carros, niños correteando ni música alta. Pero no siempre fue así. Este sector fue construido como un típico vecindario norteamericano para alojar a trabajadores de Pdvsa y sus familias en 1926, según recuerdan algunos de la comunidad.

Escuela, club de baile, espacios deportivos y clínica. Un lugar soñado para una familia promedio. Cercas bajas de metal plateado, grama fresca en los frentes, pintura de colores claros, con números asignados en la entrada para recibir correspondencia y, sobre todo, hermandad. Vecinos que se vuelven familia, celebran logros y acompañan en tristezas.

En Campo Alegría la gente vive en lo que fue identificado por geólogos e ingenieros como zona de subsidencia. La cual se define como el hundimiento progreso de una superficie, en este caso el suelo, como consecuencia de la extracción de fluidos como el petróleo. Las casas se hunden, ceden, con el paso del tiempo. Es progresivo por la explotación petrolera que le pasa factura a la zona en la que está el primer pozo productor de petróleo en Venezuela, el Zumaque I. La subsidencia fue detectada en el año de 1929 por expertos al servicio de la empresa Venezuelan Oil Concessions (VOC).

El municipio Lagunillas, uno de los siete que conforman la Costa Oriental del Lago, es el punto geográfico más bajo de Venezuela. La zona más profunda del país. Se encuentra a alrededor de 8,7 metros bajo el nivel del mar. Se trata de un muro de contención que se extiende por 57 kilómetros de costa y separa a Campo Alegría, junto a otras zonas, del lago de Maracaibo.

Hilda tiene 66 años y el cabello negro, en el que se ven algunas canas, está recogido en una cola alta. Es profesora de educación física y se jubiló después de dar clases por 28 años y 4 meses. Sigue vistiendo igual. Gorra, franela unicolor, zapatos deportivos y medias gruesas blancas.

En el 2010 cada grieta en su casa comenzó siendo un rayita, una cicatriz en la pared. La cortada que no molestaba, pero se infectó. Después del 2014 comenzó a impedir que las puerta cerraran, estantes se cayeron y había que utilizar un bloque o tablas de madera para nivelar la cama o alguna mesa.

—Esto es consecuencia del vacío que ha quedado de la extracción del petróleo y no se tomaron las medidas a tiempo. Yo recuerdo cuando estaba en tercer año y comenzó a sonar eso, en oriente, donde la industria petrolera al sacar el petróleo introducía arena para rellenar los espacios de la tierra. Todo va bajando y bajando —explica Hilda.

Aunque no es experta, ser una de las voceras de su comunidad, la llevó a aprender, leer e informarse sobre la subsidencia.

Desde el año 2015 Campo Alegría dejó de ser el hogar de algunas familias, quienes se mudaron por el deterioro de sus casas. Un documento del Cuerpo de Bomberos de Lagunillas específica que “durante la inspección se pudo constatar que las viviendas no se encuentran aptas para la habitabilidad, por tal motivo se les pide a los organismos competentes la reubicación a una vivienda digna y segura”. Ese informe tiene 25 páginas con detalles sobre lo que observó la comisión que visitó la zona, los nombres de las familias, junto a fotografías.

En Campo Alegría se vive en zona de riesgo, pero a Hilda y sus vecinos cada vez le inquieta menos. No piensa en un derrumbe o una inundación. Le importa la historia de Campo Alegría y su gente.

—Lo que más extraño son mis vecinos. Ya quedamos puros viejitos —cuenta Hilda. Sus vecinos se han ido del país y otros fueron reubicados, desde 2016 se mudaron al menos 100 familias.

En el 2015 iniciaron la campaña “Campo Alegría Somos Todos”, en la que solicitaban al gobierno nacional la reubicación de las familias y una evaluación de la estructura por las grietas que tenían las casas. Ese año se materializó parte de lo que contaban sus padres sobre el fenómeno de subsidencia. Las grietas eran grandes y en algunas casas había techos y paredes caídas.

Entrar en la casa de Hilda sería una tortura para una persona que sufra del trastorno obsesivo compulsivo por la simetría y precisión. Los cuadros no están derechos, sino torcidos por las grietas de las paredes que los han ido moviendo. Hay un reloj de color azul y números grandes que cubre una grieta de cerca de seis centímetros que atraviesa la pared.

—Estas grietas se hicieron en menos de tres años —asegura Hilda, mientras camina en su casa.

No se percata de que, al andar, los vacíos en el piso marean y, para el que llega, es como caminar en una calle de arena, dispareja y con baches.

En la sala se observan al menos 20 trofeos. Tienen varios tamaños y son de color dorado sobre un estante de madera con puertas de vidrio en el que hay copas, portarretratos y reconocimientos. Como en la casa de cualquier abuela venezolana, solo se pueden usar en ocasiones especiales y con mucho cuidado.

—Esos trofeos son muchos y debo confesar algo, no todos son míos, son de la escuela donde trabajé. Cuando hubo el paro petrolero, en el 2002, cuando yo vi los trofeos tirados en el piso, me dio dolor y me los traje.

A Hilda le preocupaba que se dañaran porque sabe el esfuerzo que costó ganarlos para sus alumnos y compañeros de trabajo.

Dice que su pasión por el deporte que la llevó a ser profesora de educación física es algo de familia. Es sobrina de los jugadores de béisbol Pompeyo y Víctor, Vitico, Davalillo. Zulianos que jugaron en las Grandes Ligas de Béisbol. Vitico fue ganador de dos anillos en la Serie Mundial y un guante de oro.

—Los Davalillo estamos divididos, los deportistas y los artistas. Todos con talento.

Un sobrino perteneció al grupo musical de salsa Los Adolescentes, y su hermano grabó un disco 33, de vinilo.

Le gusta que la gente la reconozca cuando camina. Que sus alumnos le griten con cariño “profe”. Le gustó enseñar y que la enseñaran. De sus años de docencia recuerda las buenas anécdotas. Hasta de los alumnos malos, los que la marcaron.

—Es que ser profesora fue una de las mejores partes de mi vida. Tuve la dicha de trabajar con mis maestros y de trabajar con mis alumnas —cuenta.

A los profesores de deporte en los colegios les dan la responsabilidad de disciplinar a una clase, pero fuera de un salón, donde todos se vuelven incontrolables. Indomables. Lo más difícil era vigilar a los alumnos que se portaban mal.

—Esos me los ganaba a pulso. Yo los dejaba como responsable de la clase cuando debía salir y debían vigilar el comportamiento de todos. Me quedo con eso, con su cara, al ver la oportunidad de que su comportamiento no hablara por ellos. De que alguien confiara.

Cerca de su casa hay una pared en la que se lee: “SOS. Reubicación ya”, con pintura roja. Fue demolida cuando reubicaron a 10 familias. 280 siguen esperando. Su gente pide ayuda, aunque no están seguros de quererla. Solo la piden, como quien clama al cielo una respuesta para sus problemas y espera resolver con un tique ganador de una lotería. Están acoplados a su ritmo de vida. Tranquilo y cercano.

Eduardo Quintero, de 60 años, y su esposa, Iris Álvarez, de 59, viven en la casa 531-B.

Son vecinos de Hilda y los separa una de las casas derribadas. Sobre irse a otro lado no hablan mucho. Solo repiten: “para ir a vivir en una caja, me quedo aquí”. Sus tardes las pasan sentados en un columpio en el que están junto a su gato, Dipper. Sus hijos migraron a Bogotá con sus nietos, no los ven desde 2018.

La caja que menciona Eduardo son los apartamentos del urbanismo Fabricio de Ojeda, construidos como parte de la Misión Gran Vivienda Venezuela, desarrollo a cargo del gobierno nacional, en el sector El Menito, a 13 minutos de Campo Alegría. En la zona se trasladaron a familias de Campo Alegría que sus casas fueron demolidas por los daños de estructura, pero escasean el agua, el transporte y la electricidad.

Pueden pasar hasta dos días a oscuras.

—Los que se fueron, se quieren regresar. Allá es terrible todo —afirma Eduardo.

Los apartamentos construidos son pequeños y solo en una torre hay cuatro plantas y cada una tiene cuatro apartamentos con menos de 45 metros cuadrados.

—No me veo viviendo ahí —dice Iris mientras pasea por su casa y señala un pendón de cuando cumplió 50 años que cubre una de las grietas en la sala.

Eduardo cubre con cemento los huecos de las paredes de su casa, pero no duran mucho tiempo. Se vuelven a abrir en el mismo lugar, pero más grandes.

—Todo empezó como una rayita, y mira cómo va. Todos los días hay movimientos. Esa no la había visto —cuenta Iris al ver una nueva grieta en uno de los pilares de su casa que había sido tapado.

En la calle Lara, a dos cuadras, vive Nadeska Aulacio. Una de las alumnas de Hilda.

—Es que aquí me conocen todos —cuenta la profesora al caminar algunas de las 22 calles que tiene Campo Alegría. Los vecinos la saludan, silban, le gritan y ella es feliz.

Nadeska es delgada, de piel morena y le gusta hablar.

—Ella no tiene pelos en la lengua —dice su hija.

Vive con sus tres hijos y su casa es una de las que tiene más daños a nivel de estructura. La 827-A. Diez centímetros parecen poco. Eso puede medir un pendrive, un labial o un clavo, pero eso tiene una grieta en la sala de su casa.

Es un hueco que parte la casa en dos. Desde el piso y llega hasta el techo. Nadeska por dentro la cubre con un estante de madera y cartón en la pared. Aunque tiene miedo de que siga creciendo, pero tiene fe en que Dios no la abandona y que no va a pasar nada.

En la casa de Nadeska, que la heredó de su papá, un extrabajador de Pdvsa. A su alrededor hay ruinas de las casas que demolieron. Aunque mantiene los terrenos limpios por los animales. Casi todos los diciembre mata una culebra, dice.

—En diciembre matamos una. Ay que es chiquita, pero culebra, es culebra. Tenía cuatro anillos y cascabel.
Su papá sembró un árbol, que ahora supera los 4 cuatro metros. Tiene sombra y la brisa que necesitan para sentarse en su frente durante las tardes.

—Cómo yo voy a abandonar este fresquito, esta brisa. Lo tengo que pensar. Aunque me gustaría comprar una casa. Entre tanto caos, algo sería algo, nosotros como venezolanos debimos pagar los servicios desde hace ufff, mucho tiempo. Solo Dios sabrá por qué y lo que pasará.

Lenys Sequera es trabajadora de Petróleos de Venezuela en Tamare y su casa también tiene grietas.
—Cuando llueve, escampa adentro primero, tengo que sacar el agua.

Sobre la reubicación, aunque la ha pedido, las opciones no son viables. Fue alumna de Hilda y vive en la avenida Mariño.

Su hija es autista. Tampoco quiere irse a Fabricio. En eso coinciden los vecinos. El proyecto de Fabricio fue bueno, cuando se hizo, en 1990. El gobierno lo retomó y cambió. Todo era más pequeño, no era lo mismo.
A Fabricio todos le temen y es su única opción.

—Si es para Fabricio, habría que pensarlo antes de mudarse. Campo Alegría cumple con los servicios, no es un secreto para nadie que esto está cediendo cada día —dice Nadeska.

—La idea es que todo el campo se iba a trasladar al mismo tiempo, solo íbamos a irnos de lugar, pero no dejar a nuestros vecinos. No puedo exponer a mi hija a esa situación, su colegio está más cerca. El ruido la altera, no es amigable, no tengo carro y trabajo en Tamare —habla Lenys, mientras discute con Hilda sobre el proyecto.

Hilda recorre el campo y para ella, cuando le preguntan por una familia del campo, no busca una aguja en un pajar, porque conoce a todas. Cuando quiere señal sabe que puede ir a un centro comercial cerca, si busca tranquilidad, también puede subir al muro para que sus problemas se hagan pequeños al ver el Lago de Maracaibo. El ruido del mar la tranquiliza.

Este trabajo fue producto del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su edición en línea realizada en alianza con el CIAP-UCAB, de marzo a junio de 2021.

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