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En Madrid, la salida del metro de Sol da la bienvenida a un nuevo lugar: la Plaza Sol.ución. Un lugar para soñar y para hacer posible otro mundo. Un lugar donde miles y miles de personas se manifiestan y donde, desde hace varios días, primero decenas y luego cientos, acampan en lo que se ha convertido en el epicentro de la #spanishrevolution. Están hartos e indignados de que los partidos no les representen. Piden una sociedad más igualitaria y un sistema político que no esté subordinado a los poderes económicos porque España, como gritan en sus consignas, “parece democracia, y no lo es”.

El movimiento 15M (15 de mayo) o Toma la plaza o Acampada Sol cambia cada día de nombre y de estructura pero se agarra con uñas y dientes al centro de Madrid.  Aunque muchos quieran ver complejas redes conspirativas detrás, se trata de un movimiento ciudadano apartidista de descontento social contra el rumbo que ha tomado el sistema político. Ese que sienten que les da la espalda y que les hace pasar penurias con la excusa de una crisis económica que ellos no han causado. Aunque algunos analistas y medios ya la están comparando con la Primavera Árabe, ellos tienen claro que su referente es la pacífica revolución de Islandia.

Todo comenzó el 15 de mayo. Una semana antes de las elecciones municipales y regionales, miles de personas se lanzaron a las calles de Madrid en una protesta convocada por la plataforma Democracia Real YA bajo el lema “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. La aletargada sociedad española por fin dejó de quejarse de su situación en el bar con los amigos para manifestar públicamente su indignación y su disconformidad con la deriva de la situación que vive el país.

De sus cuarenta y siete millones de habitantes, España tiene casi cinco millones de parados, diecisiete millones de trabajadores que cobran mil euros al mes y una tasa de paro juvenil del 43,5%. Los jóvenes con empleo cobran hasta un 40% menos de media que los adultos y el gobierno ha recortado el gasto en educación, sanidad y pensiones mientras trata de salvar a los bancos que han sumido al país en la crisis y que dejan en la calle a las familias que no pueden pagar sus hipotecas. Gota a gota, el vaso un día se desborda.

Toda prohibición genera reacción. Fueron tan solo cuarenta personas las que, de manera individual y espontánea, sin representar a nadie más que a sí mismas, decidieron quedarse a dormir la noche del domingo 15 de mayo en la Puerta del Sol, donde finalizaba la manifestación. Al día siguiente ya eran trescientas, un número intolerable que las autoridades competentes desalojaron. Los videos de esta expulsión se movieron por las redes sociales a la velocidad de la luz con un mensaje: “Hoy a las ocho Asamblea en Sol”. La semilla estaba sembrada.

De esta manera, #acampadasol se convirtió en trending topic mundial en twitter, pero el activismo no se quedó en Internet. Esta vez fueron miles las personas que se concentraron en torno a la estatua de Carlos III a caballo y Sol se llenó de ciudadanos indignados de vivir en un país donde se puede acampar dos semanas para ver un concierto de Justin Bieber pero no dos noches para exigir derechos fundamentales. De repente, una voz desde unos precarios altavoces pidió a toda la plaza que se sentara: “Compañeros, compañeras, va a comenzar la Asamblea”.

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Para sorpresa de aquellos pocos que fueron expulsados de ese mismo lugar en la noche del lunes, y de una forma tan natural como espontánea, apenas sin reflexionar, se tomó la decisión. «¿Queremos quedarnos en la plaza?”, se gritó desde megafonía. Y una sola voz contestó: “¡Sí!”.

A la luz de las farolas comenzaron a arremolinarse las primeras asambleas para organizar el ahora multitudinario campamento. Allí, bajo las cuatro bombillas de cada uno de los gigantes luminosos, se discutió libremente cómo organizar la comunicación, cómo levantar las infraestructuras y qué hacer ante una posible intervención policial. Pocos antisistema había en aquellos corrillos poblados por personas que no buscaban la destrucción sino la reforma de un sistema que sienten injusto y excluyente, sordo a sus peticiones. Un sistema que no les quiere escuchar. Ciudadanos anónimos que buscan sin pretensiones arrogantes recuperar lo que nunca debió arrebatárseles y devolverle a la política su significado.

Esa noche nacieron en Madrid apenas cinco comisiones que intentaban dar respuesta a las necesidades más básicas de los acampados. Desde ese momento, las comisiones no han cesado de reproducirse conforme aumenta el número de individuos ilusionados que quieren participar de lo que se está fraguando en Sol. El campamento es algo vivo que crece y madura día tras día.

Ante cada nuevo reto se crea una nueva comisión o subcomisión específica: Arte para dar color a las palabras; Respeto para concienciar a la gente de no beber en el espacio del campamento; Voluntarios para canalizar el flujo de personas que quieren ayudar; Legal para garantizar la continuidad de la acampada. Pero además una biblioteca, una guardería, una enfermería y se planean una radio y un periódico. Acampada Sol es cultura, es música, es poesía. Incluso en torno al pequeño espacio de tierra de una de las fuentes de la plaza ha comenzado a cultivarse un huerto que bien podría ser una metáfora: la semilla plantada por unos poquitos comienza a echar raíces y pronto, de seguir siendo regada con este mimo, podrán verse los brotes.

Los grupos de trabajo han echado a andar sin líderes o responsables oficiales, haciendo turnos, porque Acampada Sol nunca duerme. Diariamente se celebran asambleas generales abiertas en las que con sus propias palabras cada individuo se expresa libremente. De ahí que se hayan convertido en el corazón de la acampada, el momento esperado con más anhelo y que nadie quiere perderse pues es donde se da luz verde a la redacción de unos sueños que todos se esfuerzan por alcanzar.

Sin embargo, el motor que empuja la nave de esta aventura es el respaldo que todos los días a las ocho de la noche reciben en las concentraciones que desbordan la plaza, en una catarsis colectiva en la que miles de personas gritan consignas como “vuestra crisis no la pagamos” y agitan la conciencia con pancartas que recogen las reivindicaciones y el sentir colectivo con grandes dosis de creatividad.

La solidaridad hace funcionar el campamento. Bares, restaurantes y anónimos han llevado hasta él tanta comida que pronto una parte se donará a comedores sociales. Una lámpara, un megáfono, unas mantas, voluntarios para hacer fotocopias… las peticiones reciben una respuesta casi inmediata y cualquier iniciativa es bienvenida. Un día llegan unos baños portátiles, otro los vecinos ofrecen su conexión inalámbrica a Internet. Pero con mucho menos vale. La mirada emocionada de quien ya peina canas y confiesa que esto le recuerda “a cuando era joven» basta para infundir fuerzas, para continuar a pesar del cansancio y las dificultades.

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 “Resistiremos pero nunca utilizaremos la violencia, somos un movimiento de desobediencia civil pacífica”, describe Laura, una de las portavoces de la comisión de Comunicación. Laura tiene diecisiete años y no da su apellido para remarcar el anonimato de los manifestantes, porque ésta es una revolución de mensajes, no de mensajeros. “Solo somos un grupo de españoles manifestándonos juntos pero de manera individual”.

El movimiento desoyó las prohibiciones de la Junta Electoral Central de concentrarse el día de reflexión previo a los comicios locales y regionales, que tuvieron lugar una semana después del inicio del movimiento. “No se trata de una manifestación partidista sino de una jornada de reflexión pacífica y colectiva, no pueden prohibirnos juntarnos en el mismo sitio”. El que habla es José, de la Comisión de Respeto, que anima a la gente a no caer en provocaciones y a respetar la pluralidad de pensamiento. En Sol no hay ni banderas ni violencia.

A medianoche, en una plaza totalmente atestada, sonaron las campanadas de la torre del reloj en medio de un elocuente y escalofriante silencio. Amordazadas con esparadrapo, miles de personas recibieron la jornada de reflexión con un grito mudo.

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La verdadera importancia del movimiento 15M radica en haber sacado de su letargo conformista a una sociedad anestesiada y haber devuelto el debate de lo público al espacio público. Sol se ha convertido en un auténtico ágora de reflexión comunitaria.

Las impresionantes vistas aéreas de las concentraciones en Madrid que recogen los medios de comunicación de todo el mundo muestran la importancia numérica del movimiento, pero la verdadera #spanishrevolution se gesta en cada esquina.

En una de las calles adyacentes a la plaza, medio centenar de personas se reúne resguardándose del implacable sol de mediodía a debatir sobre educación. Conforme va avanzando la tarde el grupo es más numeroso y llegan a concentrarse cerca de trescientos. Se pone sobre la mesa el modelo de escuelas democráticas que sitúan a los niños y niñas como protagonistas de su propio proceso educativo. Todos se sientan en el suelo y aplauden en el lenguaje de los sordos (agitando las manos en alto) para no interrumpir las exposiciones y ralentizar así la discusión. “Bien, vamos a votar la propuesta”, señala por el megáfono el moderador de este grupo de trabajo. Desde el suelo, un joven más curtido en estas formas democráticas le corrige: “En las asambleas no se vota, se consensúa”. Es normal, esta es la primera experiencia asamblearia para muchos de los que estos días han recuperado las riendas del debate sobre lo que a todos concierne.

La delegación de la gestión de los asuntos públicos en los profesionales de la política había vaciado este concepto de su sentido verdadero. El sistema había infantilizado a la ciudadanía, reduciendo se participación a la votación cada cuatro años y expropiándola de su responsabilidad. Ciudadanos sin ciudad, sin espacio público, sin política.

Lo que se está gestando en Sol es finalmente lo mismo que lo que se está debatiendo en la comisión de educación: volver a situar al ciudadano como protagonista de su propio proceso político. No se presupone ninguna especialización ni profesionalización. No hay que entregar ninguna credencial para dejar oír tu voz y que otros la escuchen con respeto porque como animales sociales todos somos capaces de politizar.

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En Internet se sucede una protesta paralela. Los nuevos movimientos sociales han demostrado que los medios de comunicación tradicionales no son suficientes para informarse, porque también ellos se encuentran al servicio de los mismos poderes económicos que los políticos.

En lugar de aislar a los individuos en sus casas, solos frente a las pantallas de la computadora, las redes sociales están conectando y articulando la fuerza colectiva. La red está ayudando a entrar de verdad en contacto con el otro, a ser un poco más humanos.

Facebook y Twitter han sido el altavoz de una propuesta que se gritó sin un rumbo muy claro y pronto. A esta voz desde alguna parte, respondieron primero cientos y después miles de pequeñas voces individuales: «Yo también tengo algo que decir, estoy aquí». A partir del frío hilo de informaciones sobre «manifestación aquí, asamblea allá» comenzó a tejerse pronto una red infinita de cálidos mensajes de ánimo y apoyo, primero de Madrid, después de España y, finalmente, del mundo entero.

En apenas una semana, Acampada Sol ya gustaba a más de cinco mil usuarios de Facebook y era seguido en Twitter por más de cuarenta y tres mil personas. Personas arremolinadas en torno a diferentes hashtag y trending topics que de alguna forma reflejaban el ánimo de los acampados. #nonosvamos, se dijo cuando intentaron desalojar el espacio público; #tomalaplaza, se animó en los mayores momentos de euforia; o #nonosrepresentan, confesaron cuando los medios les preguntaron sobre los partidos políticos. Así hasta conquistar el #spanishrevolution con el que se ha conseguido gritar al mundo entero que mucha, muchísima gente en España está indignada, quiere un cambio y ha pasado del cómodo ciberactivismo de las pantallas a agarrar el saco para dormir al raso.

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Desde la Comisión de Extensión de la acampada los esfuerzos se dirigen a descentralizar el movimiento. “Tenemos que apagar la tele, que vivimos aislados, salir de casa y hablar con la gente de las cosas que nos preocupan y de cómo podemos ayudarnos y solucionarlas”, dice un hombre de unos treinta años a un anciano que asiente con un destello de emoción en la mirada. Devolver la voz a las plazas. Que el debate no se quede en ésta del Sol sino que se produzca en cada barrio, en cada plaza y de manera continua.

Aunque tarde o temprano se levante el campamento de Sol, el germen ya está sembrado, y no sólo en Madrid sino en otras ciudades de España y del mundo. Es la recuperación del sentido común, del sentido de lo común. Como rezan las pancartas de Sol, “esto no puede parar”. La calle es nuestra. La política es nuestra.

Madrid resiste, pero no es la única. Los ciudadanos han acampado también en las principales ciudades del país. Poco a poco, el resto de campamentos en España se van organizando y avisan por Facebook y Twitter de cuáles son sus necesidades más apremiantes. “En Vigo hacen falta palés y agua”, “En Barcelona necesitamos juguetes para la guardería”, “En Palma necesitamos asistencia legal urgente”.

No solo eso. La #spanishrevolution atraviesa fronteras y se está convirtiendo en un movimiento global, en una #worldrevolution con ciudades como Berlín, Roma, Buenos Aires o Sidney, entre otras, organizándose en grupos de trabajo y asambleas para proponer cambios políticos desde las bases.

Por el momento, en Madrid ya han decidido mantenerse en pie hasta el próximo domingo, el tiempo necesario para extender el movimiento asambleario al resto de barrios de la ciudad e implicar a la ciudadanía en esta nueva forma de hacer política. Los resultados electorales en los comicios municipales y regionales han resultado altamente favorables para el principal partido de la oposición, el conservador Partido Popular, pero en la Puerta del Sol se mantienen ajenos a ellos y continúan centrados en elaborar propuestas a partir del trabajo de los grupos y comisiones. «Que los medios de comunicación dejen de preguntarnos por los partidos, que no nos representan!», insisten los activistas en su cuenta de twitter.

Lo que se fragua en Sol y en el resto del país no es un movimiento anti Zapatero sino totalmente antipartidista. Por eso, mientras se van sucediendo los sondeos y los escrutinios, una multitud participa en asambleas en la plaza para proponer medidas que vuelvan a poner al ciudadano y no al mercado como beneficiario de las decisiones políticas.

Como señala Olmo Gálvez, coordinador de redes sociales, los resultados no son lo importante. “Nunca ha sido lo importante. Lo importante es que se puede crear un nuevo sistema, más allá de un cambio de partido en el poder o de un cambio de tendencia”. Lo que sí es cierto es que a partir de ahora ya no se podrá gobernar de espaldas a toda la ciudadanía a la que antes invisiblizaban con sus medidas. Porque quedó demostrado que no se puede tapar el Sol con un dedo.