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Aunque son miles los favores de sanación que los devotos refieren al doctor José Gregorio Hernández, apenas tres presuntos milagros han sido estudiados en el Vaticano para reconocer su santidad. La extraordinaria recuperación sin secuelas de una niña que recibió un disparo en la cabeza en un intento de robo es el caso que, después de 70 años de iniciada la primera Causa de Beatificación, comprueba su intercesión divina y lo convierte en el primer beato laico de Venezuela. Esta es la historia de cómo la pequeña Xury se convirtió en la niña del milagro

¡Corre, la niña está herida! ¡La niña está herida!

¿Herida? ¡¿Cómo herida?! gritó Carmen Ortega a su esposo al verlo llegar aturdido al patio de su casa de bahareque. 

Unos delincuentes del caserío donde viven, minutos antes, intentaron robarle la moto. Como se negó, dispararon contra él pero el tiro lo recibió su hija de 10 años, detrás de la oreja derecha. Ella, como es común en esa región, viajaba de parrillera y sin casco.

Aquel viernes 10 de marzo de 2017 el pueblo estaba de juerga. Eran tiempos de fiestas patronales en Mangas Coberas, un minúsculo y recóndito lugar que colinda entre los estados Guárico y Apure, al sureste de Venezuela. Tan olvidado, que los habitantes del lugar llevan siete años sin electricidad, desde que se dañó una planta que la Alcaldía de Guayabal había donado y que más nunca repararon.

 Cuando yo ví a mi niña la agarré en mis brazos —suelta Carmen.

Hace años perdió a otra hija apenas con días de nacida, recuerda, por una deficiencia cardíaca.

Entonces ahí mismo yo como pude agarré a mi muchacha (porque ella no cayó de la moto) y me fui corriendo pa’ dentro e’ la casa con la niña y le digo a su hermana: “¡Yeisy, mami! ¡Mi niña se me va a morir, mi niña!”. “¡No, mami! ¡La niña no se va a morir!”, me decía su hermana desesperada.

¡Mami, consigue rápido un carro, un motor! ¡A Xury la hirieron! ¡Xury está herida! —cuenta Carmen que le decía a Yeisy.

La cobertura telefónica en el interior del país suele ser errática. Debido a las continuas fallas eléctricas y apagones, las señales de las operadores en móviles tienden a caerse. Por suerte, aquel viernes de marzo la llamada de emergencia sí entró. Eran pasadas las tres de la tarde cuando sonó el teléfono en casa de su cuñado, situada a unos diez minutos de distancia cruzando el río Apure en “motor”, como llaman a las canoas. De inmediato fue a rescatarla.

Yo agarré a mi niña cuenta Carmen—. Le quité la camisa que tenía y me la llevé embojota’ en un paño. Sácame rápido para allá, le grité. Y  él me dijo: “¡Vístete!”. “¡Qué vístete ni qué nada! ¡Yo estoy luchando con mi hija!”.

La madre de Xury creció viendo una estampita con la imagen de José Gregorio Hernández. El médico venezolano es un ícono de la religiosidad popular, inclusive fuera del territorio nacional, donde le llaman “San Gregorio”, a pesar de aún no ser reconocido como tal por la Iglesia. Su fama de santidad cobró fuerza desde su fatídica muerte el 29 de junio de 1919 cuando fue atropellado en Caracas y se fracturó el cráneo al caer en la acera. “¡Ha muerto un santo!”, exclamaron los venezolanos en los actos fúnebres que se realizaron en todo el país. Treinta años después, en 1949, fue cuando se abrió la solicitud de beatificación de José Gregorio Hernández.

Pese a no saber rezar ni el Padre Nuestro, Carmen, de 35 años, creció con la fiel tradición de orar a Dios. Sus seis hijos, asegura, han sido bautizados en la única capilla que existe en Mangas Coberas. Una comunidad en su mayoría evangélica, y por ende, con habitantes no creyentes en “figuras de yeso”.

Entonces yo me hinqué de rodillas en el piso, con la niña en los brazos, y le dije: “Bueno, mi Dios, si me quitaste una niña primero, no me vayas a quitar ésta. Es tuya. Te la voy a entregar a ti y al doctor José Gregorio Hernández, ya que tú eres el médico de los pobres. Tú eres el que lo ayuda a uno”. Entonces yo en ese momento pegué un grito duro que eso se oyó como algo, no sé. Y ahí se me quitó todo. Yo en ese momento sentí mucha fuerza para yo llevar a mi muchacha recuerda Carmen.

En ese momento la madre prometió como recompensa mandarle a hacer una muñequita de plata y llevársela a donde están sus restos en Caracas, una ciudad a la que nunca ha viajado.

—¡Yo no sé dónde está, pero donde esté él yo tengo que ir! —jura sentada en una mesa de plástico, bajo la sombra de un árbol en su patio, mientras el resto de sus hijos y dos nietos juegan descalzos cerca del “motor” dañado y estacionado a orillas del río, que noche tras noche cuidan para que no se lo roben.

Los restos del “venerable”, título que le concedió el Papa Juan Pablo II a José Gregorio Hernández -un paso previo para ser considerado Beato-, reposan en la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, en el centro de la capital venezolana, luego de ser trasladados por seguridad desde el Cementerio del Sur, su sepulcro original y donde le pagaban promesa sus devotos. 

“Te la voy a entregar a ti y al Doctor José Gregorio Hernández, ya que tú eres el médico de los pobres. Tú eres el que lo ayuda a uno”

“Te la voy a entregar a ti y al Doctor José Gregorio Hernández, ya que tú eres el médico de los pobres. Tú eres el que lo ayuda a uno”

Cuando Carmen dio a luz a Yaxuri aún no le había escogido nombre. Fue la enfermera quien sugirió, inspirada en aquella famosa canción de 2009, ponerle “Yasuri Yamileth”.

—”¿Te gusta Yaxuri Yamileth?”, me preguntó. Y le dije: “Yaxuri sí. Yamilet no pa’ que no tenga el nombre de la cantante”.

De sus seis hijos, “Xury”, como le dicen por cariño sus hermanos, es muy dulce y alegre. Sonríe con la mirada y es de poco hablar. Aunque de entrada resulta tímida le gusta cantar coplas y bailar. Si le preguntan por su plato favorito diría que es la carne en vara. Un vaso de “Nutella” también entra en la lista. Las pulseras que lleva en ambas muñecas y su camisa rosada hablan de la coquetería propia de quien hoy día es una preadolescente. Sus rizos azabache los doblega con gelatina y cuando se peina con un par de trenzas, salta a la vista la cicatriz de aquella bala de escopeta.

Carmen, en aquella tarde de marzo, no podía hallarse sin su niña al lado. Como madre temía encarar, una vez más, el dolor de una pérdida. La rabia y el miedo le dieron una nueva sacudida.

Mangas Coberas queda a unos 303 kilómetros de distancia de Caracas, en Guárico, y pertenece a la parroquia Cazorla, donde habitan poco más de 7.000 habitantes, según el último censo del Instituto Nacional de Estadísticas de 2011. Para llegar allí hay que navegar dos horas y media en canoa desde el pueblo de Arichuna, en el estado Apure, atravesando el río Apure.

Viajar en una lancha de metal, de unos doce metros, brinda el privilegio de irrumpir, bajo cielo abierto, el segundo río más importante de Venezuela y ver reflejadas en sus aguas turbias las nubes que acompañan el trayecto. 

Ese viernes 10 de marzo coincidió con una efeméride muy simbólica para quienes practican el oficio de sanar a las personas. Se cumplían 231 años del nacimiento del doctor José María Vargas, considerado el padre de la medicina en Venezuela. Tal día como aquel viernes, se estaba celebrando el Día del Médico.

Esa tarde, a Carmen le tocó atravesar el río y también remar a contracorriente de sus temores. Su mirada estaba fijada única y exclusivamente en su niña. En aquella canoa viajaba con su hija herida y con su cuñado, pero también con la desesperación a cuestas.

Con un envase semivacío de alcohol buscaba mantenerla despierta y consciente, mientras llegaban de nuevo a la casa de su suegra. Una vez allí, el cuñado las llevó en su carro hasta la ciudad más cercana, San Fernando de Apure. El camino por carretera sería más rápido aunque implicaría casi dos horas más de viaje.

Echar este cuento no es fácil. Cuando me entristezco, José Gregorio me da fuerzas. Él me respalda para que no me ponga mal. Porque ¡no es fácil echar este cuento! insiste Carmen con la mirada perdida, mientras al fondo se escucha la risa de sus nietos y el aleteo de un pavo real que danza cerca de sus pies, en el patio de su casa.

Enrique López Loyo, presidente de la Academia de Medicina venezolana, asegura que el doctor José Gregorio Hernández es una figura que logró unir la ciencia y la fe. Refiere que fue gracias a su formación en París (la meca de la medicina en el siglo XX) y a su vocación de servicio desinteresado, que logró ganarse el cariño de la gente en vida y también después de la muerte.

—Cuando llegamos a ver a los enfermos en los hospitales, los pacientes lo primero que tienen en sus camas, al pie de ella o sobre su cabeza, es una imagen de José Gregorio Hernández, pegada con cualquier cosa que consigan. Allí está la fe del pueblo venezolano. Y nosotros cuando colocamos una terapia, así sea la efectiva, y el paciente mejora le decimos: ¡Gracias al doctor José Gregorio Hernández! A veces, cuando regresamos del fin de semana y nos reunimos antes de ver a los pacientes o al terminar de verlos, decimos ¡Por acá pasó revista José Gregorio Hernández —comenta López Loyo.

La devoción por el médico, el científico y el académico se ve reflejada en la cotidianidad de muchos quienes llevan consigo estampitas, llaveros o medallas. También es muy común ver su imagen en pendones, grafitis, o en alguna parte trasera de los autobuses. 

En su natal pueblo Isnotú, en el estado andino de Trujillo, está ubicado su santuario repleto de placas de agradecimiento por los favores y gracias recibidos. 

—¡Yo siempre digo: Si el enfermo se cura es culpa del doctor José Gregorio Hernández. Si al enfermo no le va bien es culpa del médico! —bromea el doctor Leopoldo Briceño Irragory, individuo de número de la Academia Nacional de Medicina.

Yo sí creo porque él me salvó a mi hija

Yo sí creo porque él me salvó a mi hija

Aquel viernes por la tarde las alarmas en el pueblo ya estaban encendidas. Sabían de una niña herida de gravedad camino al Hospital Pablo Acosta Ortiz, el único del estado vecino. Había perdido sangre y también masa encefálica.

En la larga y amplia carretera de Guayabal los alcanzó una ambulancia que había atendido al llamado y salió a auxiliarlos, minutos antes, apenas con un chofer y una tabla de madera. 

Todo se alineó ese día para recibir a Yaxuri, por ser el Día del Médico, una guardia 24 horas, prácticamente un día feriado. Todos los médicos que llamé ese día me atendieron. Creo que ya a las seis de la tarde todo San Fernando de Apure sabía el problema en el que estábamos dice la pediatra Yenny Solórzano, quien recibió a Yaxuri en la puerta de emergencia. 

La médica admite que en la actualidad son pocos los menores que pueden ser atendidos debido a las limitantes de combustible y transporte de los padres para llegar al centro de salud pública que también recibe pacientes referidos de los estados cercanos como Barinas, Amazonas y Bolívar.

En ese momento, hasta ambulancia había porque nunca hay. Ese día todo lo que necesitábamos aparecía milagrosamente: antibióticos, hemoderivados, vía central (catéter). Bueno, todas las condiciones se dieron en ese momento. Evidentemente que aquí está una mano divina metida recuerda la pediatra.

Las heridas por armas de fuego, por su amplia afectación del esqueleto y las partes blandas faciales, son traumatismos casi siempre acompañados de secuelas que alteran de forma irreversible la vida del paciente, explican los expertos. Son traumatismos graves con muy alta supervivencia, pero mucha morbilidad asociada.

Generalmente cuando los pacientes llegan con un politraumatismo generado por un arma de fuego, como en el caso de Yaxuri, uno cree o espera que se desarrolle un escenario totalmente diferente. Porque no es usual que un paciente con las heridas como las que ella presentó tenga el feliz término que hoy día tiene resalta el pediatra Juan Carlos Rodríguez, quien era residente para ese entonces.

Discapacidad en la motricidad o en el lenguaje, la memoria y la vista son por lo general las huellas o secuelas en este tipo de casos.

Todo coincidió en algo diferente. Como que Dios lo puso ahí resume la doctora Elizabeth Sosa, perito médico del tribunal eclesiástico que estudió el caso en Venezuela, previo a la presentación del dossier en el Vaticano que se introdujo desde enero de 2019, en la Causa de la Congregación de los Santos, para la aprobación de médicos, teólogos y cardenales de la Santa Sede.

Al menos diez especialistas atendieron el caso de Yaxuri, entre internistas, pediatras, neurocirujanos, residentes y anestesiólogos. Todos fueron interrogados en el tribunal eclesiástico para armar el expediente.

“Y yo tenía una fe. Sabía que mi niña estaba bien porque él a cada ratico me lo decía”

“Y yo tenía una fe. Sabía que mi niña estaba bien porque él a cada ratico me lo decía”

A mí en el hospital me decían que la íbamos a tener ahí, por vida o por muerte. No me daban seguridad. Pero había una persona que me decía que sí había seguridad. Él (José Gregorio Hernández) me decía eso. Unos me decían “Está mal”, y él me decía “Ella no está mal”. Y yo tenía una fe. Sabía que mi niña estaba bien porque él a cada ratico me lo decía insiste Carmen, emocionada.

Con un sistema de salud colapsado, Venezuela pasa por una una “crisis humanitaria compleja”. La severa escasez de agua, electricidad, alimentos, medicina e infraestructura, y la propagación de distintas enfermedades han sido cultivo suficiente para encender las alarmas de organismos internacionales. 

Ya en 2019, el informe de la Oficina de las Naciones Unidas para Los Derechos Humanos sobre Venezuela advertía la grave situación sanitaria en el país. Según la Encuesta Nacional sobre Hospitales de 2019, hubo 1.557 fallecimientos por falta de suministros médicos. Pero el Gobierno venezolano dejó de publicar estadísticas sobre mortalidad en 2013, y es por esa falta de datos oficiales que resulta más difícil dimensionar el impacto actual de la crisis asistencial.

Para el momento del suceso, en 2017, Apure contaba sólo con dos neurocirujanos y ambos estaban en el estado Aragua, a unos 174 kilómetros de distancia: Alexander Krinitzki y Bárbara Martínez.

El esposo de Carmen, su cuñado y su hija, luego de caminar por horas tratando de contactarlos, tuvieron que localizar a la pareja de especialistas vía telefónica para solicitarles ayuda. Once toros tuvo que vender la familia para concretar el pago (sí, once) y así tener a ambos médicos, 48 horas después, prestos a evaluar a “Xury” en el Hospital Pablo Acosta Ortíz, en Apure, para posteriormente operarla en un centro privado, en la Unidad Quirúrgica Dr. Luis Oliveros.

 

Eso fue a las once de la mañana. El doctor Krinitzki salió casi a mediodía pa’ prepararse pa’ operar a la niña. En el momento en el que él salió, yo me quedé con mi niña recostada en la mesa viéndola, en la Unidad de Cuidados Intensivos. Entonces escuché: “A ella no la va a operar él. A ella la voy a operar soy yo. Tú no me vas a ver ahí. Pero él soy yo, el doctor José Gregorio Hernández”. Y la tocó. Yo lo ví. Agarró la niña, la tocó y me habló y me dijo esas palabras. Yo salí y solo se lo comenté a mi esposo, me recosté en una camilla, me quedé dormida. Me despertaron cuando terminó la operación —narra Carmen.

—Nosotros hicimos lo que cualquier neurocirujano habría hecho: hacer una cirugía de control de daños —precisa el doctor Krinitzki, quien tiene más de 15 años de carrera como neurocirujano.

Representantes de la Iglesia Católica estiman que 80% de la población en Los Llanos venezolanos es evangélica, es decir, no veneran ni creen en imágenes religiosas, aunque muchos en el pueblo sí admiten haber oído de las curaciones que hace el venerado médico trujillano después de su muerte.

La estampa del hombre de rasgos finos, traje formal, maletín en mano y característicos bigotes, es una imagen cotidiana y familiar que forma parte del imaginario colectivo de los venezolanos.

Estaba vestido de blanco. Con sombrero. Como él se viste. Él tocó a mi hija de pies a cabeza y a mí me habló. Se paró a mi lado y me dijo: “Tranquila. Tenga fe que su hija va a estar bien”—asegura la madre de Xury.

No es la primera vez que ella percibe la presencia del también llamado “Médico de los pobres”.

Sí. Sí la he sentido antes. Él es el santo de mi devoción. A mí me nace rezarle. Él ve a una gente que está sufriendo y él quisiera ayudarlos, pero si él no halla cómo entrar ¿cómo los va a ayudar? Uno tiene que hacer algo para que él llegue. Y ese algo es tener la fe, pedirle a él. Siempre tener una imagen de él, aunque tú no lo ves tienes una imagen. Lo pones, le rezas y él te escucha.

Precísamente, por el escepticismo de muchos, Carmen y su familia prefirieron guardar en secreto durante un año lo que para ellos era —y hoy día es— un hecho: el doctor José Gregorio Hernández operó y salvó a Yaxuri.

—Yo decía: si yo comento algo de esto, van a decir “eso lo que está es loca”. Incluso esto sale a la luz porque en 2018, en una consulta de revisión, el doctor Krinitzki me preguntó si yo le había pedido a alguien. Ahí le confesé que sí: al doctor José Gregorio Hernández. Luego él le comentó el caso a un cura y ahí comenzó todo esto —dice Carmen sobre el proceso exploratorio y de investigación que inició la Iglesia en menos de un año.

—Y es allí donde nosotros nos afianzamos en que realmente la recuperación de Yaxuri es un resultado que no podemos explicar desde el punto de vista de la ciencia. Porque nosotros científicamente no hicimos nada —explica el doctor Krinitzki.

La respuesta que los médicos esperaban tener de Yaxuri a los cinco días de la intervención, la tuvieron apenas a las 48 horas, y muy contraria a lo que imaginaban. Lejos de quedar con alguna dificultad o secuela, Yaxuri despertó y reconoció a sus familiares. También tomó 11 onzas de sopa a través de una sonda y un poco de agua. Fue dada de alta a los 20 días y salió del Hospital caminando, hablando y viendo sin dificultad.

—¡José Gregorio Hernández me hizo el milagro! Sacarme a Yaxuri de dónde la tenía y mire dónde está Yaxuri ahorita. Mi hija está sana. Pareciera que no tenía nada. Y fue él quien me la puso así —jura Carmen—. Con todo esto mi mamá está feliz, pero le parece mentira. Me dice: “Ay, mija, tú no crees en eso”. Y yo le digo: ‘Yo sí creo porque él me salvó a mi hija. Y todos mis hijos ahora están en manos de él”.

El papá de Yaxuri, que vive de la pesca, sigue lidiando con el recuerdo y un sentimiento de culpa que de vez en cuando lo agobia.

—Él dice: “Capaz si me hubiera parado no le hubiesen disparado”. Pero Yaxuri le responde “nada, nada, tranquilo”. Ella le habla y le da a ánimos. Nadie tiene culpa —dice Carmen. 

La familia ha intentado vender la moto, pero no han encontrado comprador. Aunque sabe que a su cuñado lo han robado varias veces en esa zona, es la primera vez que viven un hecho tan violento. Aún así, no hubo denuncia policial.

—Yo lo único que dije fue: “Quiero ver a mi hija sana y viva. Dios se cobrará lo demás”.

Luego de que se conociera lo sucedido en el pueblo de Mangas Coberas aquel viernes 10 de marzo, y luego de que la Iglesia comenzara la evaluación del caso, Yaxuri fue trasladada a la Casa Hogar San Fernando, de las Hermanas Franciscanas, en San Fernando de Apure. Allí aprendió a leer. 

Desde mayo de 2018, Yaxuri asiste por las mañanas a clases y luego en la tarde su hermana mayor Yeysi la busca para dormir en una habitación alquilada que paga con lo que gana como vendedora en una tienda en el centro de San Fernando de Apure. Ambas viajan cada quince días hasta Guárico para estar junto a su madre y hermanos.

—Yo extraño a mi muchacha. ¡Pero ya usted vio lo lejos que vivimos! —lamenta Carmen.

Sin embargo, desde marzo, debido a la pandemia del coronavirus, la familia se reunió completa en Mangas Coberas.

A la niña del milagro le gusta cantar y pasar el día junto a la cría de algunas gallinas y un par de cochinos que tienen en su casa, a orillas del río Apure. Carmen agradece la ayuda que recibe de la Iglesia para garantizarle el ácido valpróico, la loratadina y el complejo multivitamínico que debe tomar Yaxuri por el resto de su vida. Ella, que solía soñar con ser policía cuando fuera grande, ahora quiere ser médico.

—El que este milagro haya sucedido en el corazón de los llanos venezolanos, en un lugar tan remoto y tan precario, también nos habla de que en los lugares más recónditos también está Dios —dijo en una oportunidad el cardenal Baltazar Porras, administrador apostólico de Caracas. 

“Tranquila. Tenga fe que su hija va a estar bien”

“Tranquila. Tenga fe que su hija va a estar bien”

Casi ocho horas dura el viaje en carretera de Caracas a Apure. Adentrarse en los llanos venezolanos es reencontrarse no solo con la simplicidad del vivir en un ambiente rural sino también redescubrir las manos de hombres y mujeres que labran la tierra para surtir de alimentos a gran parte del país. En la zona, el sector agropecuario se especializa básicamente en la producción bovina concentrando cerca del 30% de las cabezas de ganado de todo el territorio nacional.

Una estatua a cielo abierto del médico, científico, académico y religioso doctor José Gregorio Hernández recibe a quienes se trasladan desde la capital venezolana hacia Apure, con paso obligado por el estado Guárico.

Justo en la vía hacia San Juan de Los Morros, en el municipio Ortiz, se encuentra una capilla que alberga cientos de estatuas, de todos los tamaños, del hoy día beato. Quienes transitan la carretera, al pasar por allí, tocan corneta a manera de pedirle la bendición y la protección para el camino.

Hay quienes se toman el tiempo de estacionarse, rezarle y encenderle una vela, en medio del calor llanero que registra en los termómetros más de treinta y dos grados de temperatura.

Batas blancas de médico, medallas de graduación, carros en miniatura, fotografías de personas y familias, placas de agradecimiento, entre tantas otras ofrendas, se encuentran en el recinto religioso que también aguarda más de ocho tomos escritos por los devotos que solicitan y agradecen favores: salud, empleo, vivienda y hasta amores.

“¡Este es un milagro!

Ni yo misma sé cómo vivirlo”

“¡Este es un milagro!

Ni yo misma sé cómo vivirlo”

Un siglo después de su muerte, hoy la Iglesia católica reconoce la intercesión divina de José Gregorio Hernández y lo adopta como intercesor de Dios. El milagro que por más de setenta años esperaban su devotos, ese que debía ser instantáneo, irreversible, permanente y sin explicación médica ni natural, finalmente llegó. Y con él la tan anhelada beatificación.

Al menos en la última década, según datos ofrecidos por Laura Zambrano, encargada de la Causa de Beatificación del médico, la Iglesia venezolana examinó unos 450 expedientes entre los miles de favores, registrados en físico, que propios y ajenos le atribuyen al científico que hoy día se convierte en el primer laico venezolano en avanzar hacia los altares. La estadística apunta que la mayoría de los santos proviene de congregaciones religiosas que se concentran en impulsar la causa de la persona con fama de santidad. José Gregorio Hernández es la excepción: es el primer venezolano (impulsado por el pueblo) que opta tener sobre su cabeza la aureola de los santos.

El caso de Yaxuri es el tercer expediente que se presenta en Roma para optar a beatificar al doctor José Gregorio Hernández y el primero que aprueban de manera unánime la comisión de médicos, teólogos y cardenales.

Entre los que impulsaron la Causa de Beatificación de José Gregorio Hernández en los últimos años destacan los nombres de cardenal Jorge Urosa Sabino, monseñor Fernando Castro y el más reciente, monseñor Tulio Ramírez Padilla, obispo auxiliar de Caracas y vicepostulador de la Causa de Beatificación. Para este último, el reconocimiento de José Gregorio Hernández como beato es un “verdadero Kairos de gracia de Dios”.

—El peso de la beatificación del doctor José Gregorio Hernández es ser un modelo de santidad para los laicos. Es el gran aporte que hace su vida ejemplar para América Latina donde se le tiene mucha devoción, especialmente en Colombia, Ecuador, Perú, Las Antillas, España y Portugal —señala monseñor Tulio Ramírez Padilla.

El anuncio de la aprobación de la máxima autoridad en el Vaticano ocurre en medio de una de las más fatales epidemias registradas en la historia contemporánea, luego de la denominada “gripe española”, donde por cierto, José Gregorio Hernández se prestó para atender a los más necesitados.

—En medio de tantas dificultades y oscuridad es una gran luz que trae gracia y esperanza para el país. A él le tocó en su vida momentos muy difíciles: Primera Guerra Mundial, gripe española, dictadura de Juan Vicente Gómez y superó haciendo el bien y conduciéndose como apóstol de la paz —refiere monseñor Padilla.

Reconocido por su solidaridad con los más necesitados y recordado por su caridad, generosidad y rectitud, hoy José Gregorio Hernández avanza hacia los altares de la Iglesia, aunque ya desde hace tiempo permanece en los altares de sus devotos y en el corazón de Carmen:

¡Este es un milagro! Ni yo misma sé cómo vivirlo. Yo me la paso emocionada y cada día más aferrada a él.

CRÉDITOS

Producción, reportería y redacción:

Fabiana Ortega

Fotos:

Fabiana Ortega y Simón Falcón

Curaduría editorial y edición general:

Liza López

Edición:

Ysabel Viloria y Jonathan Gutiérrez

Producción y montaje cronología:

Anaís Marichal y Carlos Bello

Desarrollo gráfico cronología:

Carolina Quevedo

Este trabajo fue producto de la tercera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de noviembre de 2019 a febrero de 2020

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