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Incansable en su lucha por reivindicar los derechos de las enfermeras venezolanas, Ana Rosario Contreras es una aguerrida de uniforme blanco. Cada una de sus acciones revelan el diagnóstico de un país enfermo, pero también la historia de una mujer sensible y tenaz, que no se da por vencida y cuyo liderazgo resulta inspirador

Sábado de quincena. Ana Rosario Contreras entra a la carnicería ubicada cerca de su casa y echa ojo en la única cava refrigeradora que tiene el local para exhibir carnes y charcutería al público. Pregunta precios, saca cuentas, pasa su tarjeta de débito y se lleva lo indispensable para el fin de semana.  

La “enfermera que prendió la mecha”, como la llaman desde que lideró la protesta laboral del 25 de junio de 2018 en Caracas por los derechos de su gremio, salió del local ese sábado más convencida que nunca de que debe seguir luchando por salarios suficientes para alimentar, vestir y educar a sus hijos.   

Ser la cara visible de las protestas de las enfermeras venezolanas hizo que la invitaran al encuentro entre ONG, asociaciones civiles, estudiantes, trabajadores y activistas sociales con la Alta Comisionada por los derechos humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, en su visita al país en junio de este año. Cuando le tocó su turno le pidió a la expresidenta chilena hablar “de doctora a enfermera”, tal vez  por aquello de usar un lenguaje común. Ambas conocen aguas adentros al sector salud.

Esa tarde del 21 de junio en el Centro Internacional de Actualización Profesional (CIAP) de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Ana Rosario habló de los suplicios de sus colegas, de los salarios insuficientes, de la violación reiterada a las convenciones colectivas, de acosos, hostigamiento, persecución laboral, de detenciones y juicios como retaliación por protestar y exigir sus derechos, de la diáspora de las enfermeras por pobreza extrema. 

También retrató el drama de los pacientes. La muerte de seis niños del Hospital del Niño JM de los Ríos, un mes antes de la llegada de la enviada de ONU, es una tomografía de las carencias de todo tipo que afectan a los 276 hospitales en Venezuela.

Yo no soy la virgen María para hacer milagros —dijo Michelle Bachelet al ingresar al salón lleno de gente sedienta de justicia. 

Creo que usted sí está haciendo milagros porque hoy en el estado Táchira no se ha ido la luz —respondió Ana Rosario con cierta ironía.

Ella, presidenta del Colegio de Enfermeras del Distrito Capital, mujer impoluta, delgada, de piel morena, cabello corto hasta el cuello de color caramelo,  remató su intervención contándole a la diplomática que ese mismo día, más temprano, el grupo de trabajadores de la salud intentó marchar hasta la Defensoría del Pueblo para exigir respuestas ante las graves denuncias por la muerte de niños en el Hospital JM de los Ríos. El piquete de policías puesto para trancarles el paso en la avenida México, a diferencia de otras ocasiones, esta vez no llevó equipos antimotines ni gases lacrimógenos.

Para Ana Rosario esta novedad en la actuación policial forma parte del milagro, que sin saberlo, había hecho Bachelet.

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De sus 55 años, Ana Rosario ha dedicado 35 a la enfermería. Esa vocación le surgió muy temprano, cuando era apenas una niña. Su mamá de forma empírica ejerció esa profesión. En la mitad de la noche salía a poner una inyección a algún vecino y decía una y otra vez a sus hijos que había que ayudar al necesitado. 

Otro ejemplo que se convirtió en una motivación para ella fue Elba de Bravo, quien vivía justo al lado de su casa. Era una enfermera que siempre andaba con su uniforme de punta en blanco, inmaculado, tenía gran sensibilidad social y no descansaba en auxiliar a los demás.

—Dentro de mis juegos de niña yo jugaba a ser la enfermera. Mis hermanos eran pacientes. Uno jugaba a ser ingeniero y hoy es ingeniero, mi hermana jugaba a ser docente y es docente. 

 Y, precisamente, esas palabras convertidas en mantra de “ayudar al prójimo” que le inculcó su madre resonaban en la mente de Ana Rosario Contreras cuando se dirigía al encuentro con Bachelet. Junto a Servando Carbonet, miembro de la Unión de Trabajadores de Venezuela, representó la vocería de la fuerza laboral.

—En el camino pensaba que tenemos que ayudar a que el sistema de salud en Venezuela esté ciento por ciento operativo. Antes del encuentro pensaba en el caso de Oliver, un niño que nos acompañó en una protesta por la falta de medicinas. Hoy no está con nosotros y su recuerdo me impulsa esta lucha.

No hubo protocolo previo para ocupar el salón. Ambos se sentaron en un extremo de la mesa, cerca de un equipo con video beam, pero el tiempo tan corto para tantas intervenciones no les permitió proyectar su presentación. En esta reunión contaron al mundo historias que reflejan la emergencia humanitaria compleja que aqueja al país y la afectación psicológica que padecen los venezolanos como consecuencia de la crisis. 

—Para nosotros, médicos y enfermeras, la muerte es un proceso natural cuando se ha realizado todo lo técnicamente posible y lamentablemente no se puede revertir la situación. Pero, en estos momentos, ver morir a un venezolano por falta de insumos y de personal que lo atienda, tiene que doler. Que muera un niño que es el futuro del país, a mí por mi condición  de enfermera pediátrica me duele muchísimo.  

Con una blusa negra como señal de luto, Ana Rosario marchó el 29 de mayo desde Hospital de Niños JM de Los Ríos hasta la Cruz Roja Venezolana. Varias veces se quitó sus lentes para limpiar las lágrimas de impotencia, de rabia por el colapso del sector salud y el duelo de los familiares por la muerte de los niños que durante ese mes fallecieron por falta de medicamentos y atención adecuada.    

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Ana Rosario se graduó de bachiller asistencial el 22 de octubre de 1982. Luego siguió sus estudios hasta obtener la licenciatura en enfermería y se especializó en atención pediátrica.

Nunca le han gustado las injusticias. Para defender a su gremio y como una necesidad que no la dejaba tranquila, estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela, donde  egresó en 1996 como abogada. Es consecuente con su formación porque le da argumentos y criterio. Se formó también como especialista en Derecho Administrativo en la Universidad Católica Andrés Bello y en Gerencia de los Servicios de Salud. 

Desde 2006 Ana Rosario no ha parado en denunciar la crisis hospitalaria. En 2011 fue electa presidenta del Colegio de Enfermeras capitalino y ratificada en ese cargo en 2013  por tres años más, y aunque ya tiene casi una década en el cargo, sigue a la cabeza de ese gremio porque el Consejo Nacional Electoral no ha autorizado nuevas elecciones.

El 25 de  junio del 2018 fue una protesta que nos marcó. Salimos a la calle a protestar por la falta de insumos, por los sueldos paupérrimos que no nos permiten comprar  un kilo de carne para alimentar a nuestros hijos. El sueldo no nos alcanzaba para pagar pasajes y comprar el cloro y detergentes para mantener los uniformes de punta en blanco.

Su  reclamo se extendió a hospitales de 17 estados, lo que hizo que Ana Rosario creara el mismo número de grupos de WhatsApp para mantenerse comunicada con sus colegas de las otras regiones, además del grupo de los presidentes de los colegios de enfermería, así como el de su familia que se encuentra en el exterior. Se ha organizado para atenderlos a todos.

Tengo que andar mucho tiempo en la calle, les mando mensajes muy temprano para dar los buenos días. En horas del almuerzo voy revisando. Con un familiar en Israel me conecto en horas de la madrugada.  

Ana Rosario es una líder natural. Sin proponérselo se convirtió en paladina de las enfermeras y otros gremios de la salud. Para sus colegas es una heroína que se preocupa por lograr mejoras de sueldos y lucha por la dignidad de las enfermeras. En agosto, encabezó una protesta frente a la sede del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, en la esquina de Altagracia, donde anunció que solicitarían salarios en dólares ante la Vicepresidencia de la República.

Pedimos 600 dólares para un licenciado en enfermería y 400 para un técnico superior.   

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Liderar el paro del 25 de junio 2018 que unificó al gremio de enfermeras de toda Venezuela, aparecer como su vocera en los medios de comunicación cada día y hacer público el fatal diagnóstico del estado crítico del sector salud le permitió a Ana Rosario compartir y articular con mucha gente, nacional e internacionalmente, comprometida con su batalla por el derecho a  la salud. 

Quienes la conocen, enfermeras y líderes comunitarios, la ven como una persona solidaria, tranquila, valiente, de voz suave, pero firme y segura a la hora de tomar un megáfono para hacer valer sus derechos. Es una guerrera de uniforme blanco.   

En la calle la saludan mientras hace la cola en la parada para abordar el transporte público, cuando está en el mercado haciendo sus compras de verduras y hortalizas. Unos y otros la reconocen y felicitan por su labor social.

En un país donde se reportan persecuciones por disentir del Gobierno, Ana Rosario no ha recibido amenazas. Sospecha que es observada por los cuerpos de inteligencia y seguridad y no le preocupa. Sigue en la calle día a día para que cesen las prácticas contemplativas en los hospitales como consecuencia de la falta de insumos y medicinas.

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Su hija mayor, su mamá, sus hermanos están fuera del país. Le insisten que tiene que irse, pero no quiere hacerlo. Está convencida de que Venezuela va a cambiar. No puede abandonarla porque sería como abandonar una madre anciana.

No solo tiene que lidiar con la diáspora familiar, en su rol de presidenta del Colegio de Enfermería le corresponde firmar a sus agremiados el certificado que avala esa profesión fuera de nuestras fronteras.

En 2018 se fueron 283 enfermeras y en lo que va del año se han ido más de 100 —afirma que estos profesionales emigran por los salarios de hambre y ese talento humano lo valoran y pagan bien en el exterior.

Yo no me quiero ir, me niego a firmar mi certificado. El capitán no abandona el barco, tenemos un compromiso con nuestras enfermeras, pacientes y vamos a estar en nuestros hospitales.

Ana Rosario cuenta que a pesar de mostrar signos de evidente cansancio, Michelle Bachelet extendió por dos horas la reunión que estaba pautada para 20 minutos. Y, al finalizar la jornada, les preguntó a los activista presentes si tendrían algún inconveniente en tomarse una foto con ella, por aquello del tema de seguridad.

Le dije que lo que me daba miedo era que en Venezuela siguiera la impunidad en la violación de los derechos humanos, que se siguieran muriendo los pacientes, que  no tuviéramos cómo hacer intervenciones terapéuticas en hospitales, que mis hijos se tuvieran que ir del país, que el sueldo no me alcanzara para alimentarlos. 

Para Ana Rosario la alta funcionaria de las Naciones Unidas le dio buena impresión, una mujer de muy baja estatura, con aspecto tranquilo, fue receptiva y estuvo muy pendiente de cada una de las palabras de los que estuvieron en la reunión. La sintió muy sensibilizada.

El Informe Bachelet, publicado en julio de este año luego de su visita, es la voz de los que no tienen voces, recoge todo lo que dijimos. El mundo se enteró de que en Venezuela hay una reiterada violación de los derechos humanos. 

A través de sus redes sociales motiva a sus agremiados, a otros liderazgos sindicales y a los ciudadanos a sumarse a las acciones de protestas.

—Con hambre y sin insumos no se puede trabajar… ya nos arrebataron un salario de subsistencia y nos dan uno de hambre y miseria, el momento es ahora, después solo nos quedará la amarga sensación de no haber luchado. 

Para Ana Rosario Contreras la mecha sigue encendida.

Este trabajo fue producto de la segunda cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de mayo a julio de 2019.

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