Los dos terremotos que sacudieron Venezuela causaron una catástrofe sin precedentes. El doblete sísmico que sorprendió por su rareza y magnitud es el más grave ocurrido en el país en más de un siglo. La Guaira es una de las zonas más devastadas, con cientos de edificios colapsados a lo largo de los 31 kilómetros de la franja costera. Esta crónica revela la situación de emergencia que se vive en la costa del litoral central, narra cómo la red de voluntarios continúan las desesperadas búsqueda de sobrevivientes y expone las denuncias de los ciudadanos afectados quienes expresan sentirse desamparados en la tragedia ante la lenta y descoordinada respuesta oficial
Crónica Jonathan Gutiérrez / Fotografías Ana Cristina Febres Cordero
A María Helena Hernández González, de 63 años, su casa se le vino encima. De su casa de paredes blancas con techo a doble altura y machimbrado de madera, ubicada en Playa Lido, solo quedan escombros que evidencian su tragedia.
—Se cayó mi casa. El techo aplastó a mi hermana mayor Aura Hernández, de 74 años, y una columna a su hijo, mi sobrino Tony Lares, de 56 años. Estaban mal heridos pero vivos. No hemos recibido ayuda del Gobierno, los sacamos nosotros mismos con nuestras manos 24 horas después del derrumbe. No los pudimos salvar. Ambos fallecieron.
Aura, la hermana de María Helena, había sufrido un ACV, se encontraba convaleciente, tenía movilidad limitada y dormía en su habitación al momento del terremoto. Cuando los demás miembros de la familia salieron despavoridos al sentir el temblor, Tony, el hijo de Aura, dio media vuelta y fue a buscar a su madre. Aunque logró tomarla en sus brazos, no le dio tiempo de escapar, la estructura de la vivienda colapsó sobre ellos.
—Yo estaba en la ventana cuando vi que el mar se recogía hacia adentro, se alejaba de la costa y me asusté mucho. Yo nací aquí, eso no es normal, empecé a gritar a mi esposo y a los demás que saliéramos de la casa. Algo va a pasar.
Unos segundos después de la advertencia y el presagio de María Helena, la tierra comenzó a temblar. María Helena y su esposo fueron los primeros en salir, tras ellos, lo lograron la esposa y la hija de su sobrino Tony. En esta familia de seis miembros, perdieron a dos.
La franela de rayas negras con franjas blancas y el pantalón rosa de tela estampada con pequeñas flores que viste María Helena es lo único que le quedó. El techo a dos aguas está inclinado como una torre caída y desde las entrañas de la casa sobresalen vigas, bloques de ladrillos dispersos por doquier y cables que cuelgan como una maraña de hilos.
—Lo perdí todo, señor. Tengo el corazón roto porqué también perdí a mi amiga del edificio de al lado —dice entre llantos.

Al este de La Guaira, en la costa del litoral central del Caribe venezolano, a unos 30 minutos de Caracas, una larga fila de palmeras frente a una playa de arena dorada y una vista privilegiada frente al mar parecen indicar que es la entrada a un paraíso tropical. En realidad, es lo contrario, el lugar es el preámbulo a una zona de desastres y a una devastación sin precedentes en la historia del país como consecuencia de los dos terremotos que el día miércoles 24 de junio sacudieron el norte de Venezuela.
A un lado de la casa de María Helena, una montaña de escombros de unos 20 metros de altura es lo único que queda de Apartamentos El Palmar, el edificio más grande de Playa Lido y uno de los más conocidos de la urbanización. La tarde del viernes 26 de junio fue recuperado sin vida el cuerpo de Elizabeth, la conserje del edificio y la mejor amiga de María Helena.
Elizabeth residía en un apartamento en la planta baja del edificio construido en 1950 que durante décadas fue el Gran Hotel Palmar, obra de los arquitectos Luis Eduardo Chataing y Graziano Gasparini, de moderno diseño de arquitectura caribeña que fue orgullo de los “varguenses”, como llaman los oriundos de esta región.
—Mi amiga Elizabeth quedó atrapada bajo una placa de concreto, pero estaba viva. Sus manos se veían fuera de los escombros y las movía, también se escuchaba su voz. Entre los vecinos y los chamos voluntarios intentaron sacarla. Ellos fueron quitando escombros durante dos días. Murió agarrada de las manos de su esposo Julio, quien desde afuera le daba ánimos, pero ella no aguantó. Nunca llegó la ayuda —dice con rabia María Helena, quien denuncia que los policías que fueron al lugar “solo sacaron fotos”.
En la esquina de esa calle, a unos metros del edificio El Palmar, otro vecino y amigo de María Helena, Luis Jiménez, de 74 años, descansa en una silla plástica de gran espaldar. Su mirada triste se fija en el horizonte. Perdió su casa. Su vivienda no resistió los dos terremotos sucesivos de gran magnitud, de 7,2 y 7,5, que lo sorprendieron por su intensidad y duración.
—El terremoto se me hizo eterno, yo pensé que era el fin del mundo. Mi casa se desplomó. No es la primera vez que me pasa, hace 27 años perdí otra casa en Macuto cuando el deslave de Vargas. ¿A quién le puede pasar esto dos veces? —se pregunta Luis, mientras alza sus manos al cielo como haciendo un gesto de reclamo a Dios.
En lo queda en pie del restaurante de Luis, un amplio salón de unos cien metros cuadrados de cemento pulido y techo de zinc, funciona un refugio temporal para sus vecinos y amigos afectados de Playa Lido y El Palmar, entre ellos María Helena y su familia.
—Improvisamos este refugio aquí porque después de 48 horas las autoridades no han venido a ayudarnos o decirnos qué hacer, aquí resolvemos solos —explica Luis.
Enfrente del refugio provisional, al cruzar la avenida principal hacia el lado de la costa, unos 30 efectivos del DGCIM vestidos de negros, con lentes oscuros y armas largas custodian el puesto de salud que se instaló en Playa Lido, frente a la zona de Bahía de los Niños, la carpa se localiza en pleno balneario. Es un centro de atención del servicio médico del DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar).
A las seis de la tarde del viernes 26 de junio en este punto de atención, los tres médicos de guardia habían atendido a unas 1.500 personas heridas. Las afecciones y lesiones más comunes entre los pacientes son traumatismos cerrados o abiertos, heridas abrasivas, hematomas, laceraciones, cortaduras en la piel y crisis hipertensivas. Los insumos disponibles no son suficientes para tanta gente. Ante la mirada de los efectivos del DGCIM, los médicos piden una y otra vez ayuda para reponer los suministros y garantizar la atención básica de los heridos.
Faltan analgésicos, hipertensivos, hilos de sutura, gasas, alcohol, agua oxigenada, povidine (antiséptico tópico) y antibióticos orales, además de guantes desechables y tapabocas. No hay electricidad ni internet en ninguna zona de la extensa franja costera de La Guaira. Tampoco cuentan con una planta eléctrica. Un formidable y hermoso sol naranja se refleja con brillos sobre el mar durante el atardecer, una escena que en otro contexto sería ideal de disfrutar o fotografiar, aquí es un motivo de preocupación. El personal de salud también requiere linternas con pilas o lámparas de emergencia y cargadores para celulares (power bank).
A los heridos más graves los llevan directo al Hospital Vargas del Instituto Venezolano del Seguro Social guaireño, principal centro de salud del estado. Las ambulancias, al menos durante el viernes 26 de junio, son insuficientes. No se dan abasto. En horas de la tarde, en la vía al hospital en la avenida Soublette, una de las ambulancias chocó y atropelló a un joven motorizado quien es atendido por los paramédicos de la misma unidad. Minutos después suben al joven de la moto a la ambulancia junto a un hombre malherido. Siguen su camino con la sirena del vehículo sonando a todo dar para abrirse paso y sortear el fuerte tráfico que colapsó, por horas, la avenida principal de La Guaira que era un caos.
Unos kilómetros más hacia el este del litoral, a lo largo de la avenida Costanera que conecta a Los Corales con Caraballeda, la imagen es desoladora. En unos tres kilómetros de recorridos no hay ningún edificio en pie. Las estructuras colapsaron tras los terremotos.
Los escombros son una sucesión de placas amontonadas unas sobre otras. Parecen tortas aplastadas o maquetas destruidas de una ciudad distópica, pero son los restos de edificios ubicados en las mejores urbanizaciones y el distrito residencial más exclusivo del litoral central del Caribe venezolano.

En las Residencias Costa Brava, en Los Corales, Larry Rodríguez, de 58 años, lidera la cuadrilla de voluntarios que lo ayudan a buscar a su esposa y su hijo de tan solo 10 años.
—Estaba haciendo mantenimiento a la piscina en el área del jardín. Llamé por el celular a mi esposa, le dije que necesitaba el taladro, que lo buscara en mi caja de herramientas. Mi hija de 14 años bajó a traerlo y en el instante que me lo da en la mano comienza a crujir la tierra. Fue tan fuerte el temblor que ambos caímos a la piscina y luego se desplomó el edificio sobre nosotros. Gracias a Dios, mi esposa mandó a mi hija con el taladro, gracias a eso mi hija está viva —cuenta Larry.

Han transcurrido casi 48 horas desde que colapsó la estructura de Residencias Costa Brava. Larry y los vecinos aseguran que no han recibido ayuda oficial, por tanto, se organizaron en grupos de trabajo que conforman vecinos, familiares y una red de voluntarios que llegaron desde Caracas y otras zonas de La Guaira dispuestos a todo.
—A mano limpia estamos quitando escombros a pico y pala, a mandarriazos. Esto es una pesadilla pero no pienso en eso. En mi casa, un apartamento del piso 5, estaban mi mujer y mi hijito querido. Ellos están bajo estos escombros. Le pido a Dios que estén vivos, tengo fe y si no lo están igualito yo no descansaré hasta sacarlos —dice Larry.
En las Residencias Costa Brava también tenían su hogar Jeanny Pérez, de 32 años, su hija Amelia Vechionne, de 3 años y su esposo Humberto Vechionne, de 31 años. Los tres quedaron atrapados luego de que cayó la estructura. A las pocas horas fueron localizados vivos bajo los escombros por los voluntarios y rescatistas. Incluso a Jeanny lograron darle agua a través de una manguera. 36 horas después de estar atrapados todos fallecieron.
—Se quedaron esperando que los sacaran. Aquí solo han trabajado voluntarios, la ayuda del gobierno no llegó. Cuando finalmente los sacaron ya estaban muertos —narra Ylenis Pérez, la tía de Jeanny.
A la entrada del Costa Brava, Ylenis espera de pie al lado de los cuerpos de su sobrina Jeanny, de su pequeña hija Amelia y de Humberto, el esposo de su sobrina. Los cadáveres están envueltos en una sábana beige y una cobija con círculos en gamas de azul; están sobre la acera desde hace seis horas. A pesar del inclemente sol, la humedad y una temperatura promedio de 30 grados a la sombra, habituales en esta región del Caribe, el Guardia Nacional que los custodia le explica a Ylenis que aún no los pueden trasladar a la morgue de Pariata (en La Guaira), a donde son llevados los muertos, hasta tanto no terminen los trámites burocráticos de constatación de la identidad.

Una vez culminado el requisito, sólo entonces el efectivo de la Guardia Nacional hará la solicitud por radio para que un vehículo oficial recoja los cuerpos y sean trasladados a la morgue. Necesita presentar su cédula de identidad, además, original o copia de la cédula de identidad de los difuntos. En el caso de la niña debe mostrar original o copia de la partida de nacimiento. Luego, ya en la morgue, Ylenis debe completar otros trámites legales antes de retirar a los suyos para darles su santa sepultura y descansen en paz.
—La burocracia del horror, el Guardia Nacional me pide paciencia porque el servicio está desbordado. Ni que estuviera apurada, ya para qué, ya están muertos. La maquinaria no llegó, la policía no ayudó, los bomberos tampoco y la gente de protección civil menos. Aquí me quedo con mis muertos. Al menos aquí hay la sombra de un árbol y no les pega la pepa de sol —dice Ylenis.
En la avenida Costanera, unos adolescentes voluntarios buscan sábanas, cobijas o edredones entre los escombros de los edificios colapsados, cualquier tela o frazada es útil para cubrir los cuerpos recuperados de los fallecidos que se van acumulando en las aceras. Entre viernes y domingo, aún no hay bolsas para cadáveres en ningún sitio de La Guaira.
Ofuscados por la emergencia y la desesperación, algunos familiares deciden trasladar a sus fallecidos por sus propios medios hasta la morgue colapsada antes de que la cierren y deban acudir a la morgue improvisada en Los Silos del Puerto de la Guaira. Lo hacen a pesar de no contar con las autorizaciones de ley para evitar que se acelere la putrefacción de sus cuerpos bajo el sol.

“¡Apaguen la moto, apaguen la moto!”, es el grito que más se escucha en las calles de Los Corales, Caribe y Caraballeda. Se repite una y otra vez como un mantra a viva voz. En el edificio Coral Park de Los Corales, rescatistas y voluntarios llaman por sus nombres a los desaparecidos. Luego, dan una seguidilla de golpes en tubos metálicos de la estructura caída. Intentan obtener respuestas o al menos un sonido, una señal por mínima que sea, que les dé una fe de existencia de personas atrapadas y aún con vida.
—El ruido de las motos no permite escuchar si hay alguien que responda. Necesitamos silencio —dice uno de los policías que grita en plena vía que apaguen los motores de las motos en ese tramo. Esto ocurre en uno de los pocos puntos de la Costanera donde sí es visible la presencia policial y, además, hay cierto orden.

Entre las placas de concreto caídas del edificio Coral Bella, ingresa un sabueso pastor alemán de la División Canina (K9) de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) que ayuda en las labores de rescate. Carlos Luis Molina, de 21 años, es uno de los voluntarios que asegura que aún hay personas vivas en estas residencias y mantienen la esperanza de lograr hallarlos sanos y salvos.
En el Coral Park, integrantes de la familia Madueño buscan sin descanso a Nelson Madueño, de 52 años, a su esposa Maylén Landaeta (45 años) y la hija de ambos, Valeria Madueño Landaeta (16 años), así como a tres sobrinas, Estefanía Sayas Landaeta (14 años), Aranza Sayas (11 años) y Mariangel Pelayo Landaeta (17 años); y a dos cuñadas de Nelson de nombres Marlyn Landaeta (47 años) y Mirian Landaeta (53 años), las hermanas mayores de Maylén.
El día de los dos terremotos, el miércoles 24 de junio, era feriado en Venezuela y la familia Madueño Landaeta se desplazó a La Guaira para tomarse un día de playa y mar.
El sobrino de Nelson, con la ayuda de otros voluntarios que se sumaron a las tareas de búsqueda en las residencias Coral Park, logró rescatar con vida a Estefanía Sayas Landaeta tras muchas horas de faena. La adolescente milagrosamente salió ilesa luego que se le desplomara encima una estructura de 10 pisos. Estefanía es una sobreviviente.
—Mi prima Estefanía es nuestro milagro, gracias a Dios. La fe mueve montañas…de escombros. Seguiremos buscando hasta encontrar a los otros, vivos o muertos”, dice el sobrino de Nelson, quien prefiere reservar su nombre de pila para hacer una denuncia: “Aquí en Coral Park vino un militar de alto rango a rescatar a una familiar que estaba atrapada. Llegó con escoltas, efectivos militares a su mando, policías y gente de defensa civil. Trajeron equipos y máquinas, sacaron al familiar y se fueron. No nos prestaron ayuda —asegura el joven.
En el sector Las Quince Letras de Macuto, los edificios en la primera línea costera y todos con vista al Caribe, se derrumbaron. Solo quedan en pie una torre a punto de colapsar, así como algunas piscinas de borde infinito con accesos a la playa y cuyas aguas se confunden con las del mar. Muros caídos, grietas que asemejan rayos, edificios torcidos, casas partidas a la mitad. Aquí todo es destrucción y debacle.


En esta zona de Macuto los trabajos de remoción de escombros con máquina pesada y búsqueda de sobrevivientes con el apoyo de bomberos y efectivos de la Policía Nacional Bolivariana se concentran en dos edificios: Punta Brisas y Punta Piedras, ambos cercanos al Club Canarias. Los vecinos de las residencias aledañas como Puerto Coral expresan sentirse excluidos de la ayuda oficial.
—En esos dos edificios tienen apartamentos militares y funcionarios del gobierno, qué casualidad que la ayuda llegue justo ahí. Menos mal que están llegando los rescatistas que enviaron otros países —dice María Eugenia López, quien cuenta que salvó su vida y la de sus tres hijos porque a la hora de los terremotos estaban en la playa y no en su apartamento en Puerto Coral.
En otro sector, en la urbanización Caribe, un pasillo de aplausos recibe a rescatistas de la misión humanitaria de El Salvador. En Caraballeda le gritan “bienvenidos” al equipo de las delegaciones de Francia, España y Estados Unidos. Entre el jueves 25 de junio en la noche y la mañana del domingo 28 de junio, 30 países enviaron 3.681 rescatistas profesionales a Venezuela, incluidos 118 perros de brigadas caninas, según ONU.
César Marroquin, Coordinador Nacional de Búsqueda y Rescate de El Salvador, confirmó que 300 personas integran su delegación y su base de operaciones es el Puerto de La Guaira. Marroquin compartió esta información antes de iniciar una tarea de búsqueda en las residencias Bahía Mar, en Los Corales. Siete horas después su misión logró el rescate con vida de Nayarit Colmenares, de 39 años, quién pasó más de 48 horas bajo los escombros.

—No me importa si la ayuda la manda Trump o Bukele, Lula o Petro, en esta tragedia descomunal no hay colores. Bienvenidos todos los que de buena voluntad nos puedan ayudar a salvar vidas porque del lado del Gobierno esto ha sido un desastre mayor que la tragedia misma. La que gana aquí es la solidaridad de muchos voluntarios que son héroes. En esta catástrofe el pueblo salva al pueblo —dice Lourdes Betancourt, en la avenida Costanera, enfrente de Residencias Bahia Mar.
Ella es parte del grupo de voluntarias que colaboran en repartir botellas de agua y comida a los rescatistas.


















