Seleccionar página

Un viaje al sureste de Venezuela para descubrir la belleza y la fuerza de una sabana de rocas milenarias que nos confrontan, invitan a escuchar, sentir y estar atentos a la naturaleza

No te lo esperas. Te sorprende y sobrepasa. Cualquier escena que hayas imaginado sobre la belleza y magnitud de la naturaleza de estas tierras ancestrales, se queda corta al entrar en ella.

La Gran Sabana aparece luego de 20 horas y más de 800 kilómetros recorridos desde Caracas. Al salir de las curvas del túnel formado con árboles de la Sierra de Lema, el espacio se abre. 

Hacia el frente, la carretera es una serpiente tan larga que no puedes ver su cabeza. En su lugar se abre el horizonte, nos asomamos por las ventanas y vemos hacia atrás en busca del punto que interrumpe esta llanura y la divide de la montaña, pero el verdor del que salimos ya no se ve. Es como estar en el mar y flotar sobre el reptil negro de asfalto que nos marca el camino.

Foto por Anaís Marichal

Sin darnos cuenta La Sabana nos engulle e invita a seguir. Algunos minutos después, vemos cómo del suelo parecieran emerger un par de rocas, con sus sombras azuladas, que se levantan verticales hacia el cielo. Dos muros hechos de las piedras más antiguas del planeta nos halan como imanes hacia ellos con su fuerza de atracción.

Entre relieves y planicies encontradas, claros de luz y cortinas de lluvia tan densas que no dejan ver a través de ellas, rodamos por la vía hacia el campamento ubicado sobre el Arapan Merú, o Quebrada Pacheco.

Foto por Carlos Bello

Al llegar nuestros pies se hunden en el terreno fangoso. Ha llovido por horas y el vapor se cuela por la nariz. Cinco churuatas guían el camino hasta el río, allí sus aguas claras y corriente mansa dejan ver las rocas del fondo, frías y llenas de musgo, con las que provoca nadar. 

Nos distribuimos en el espacio y armamos carpas. Una pareja coloca la suya a pocos metros del barranco que tiene la misma altura del salto de agua.

—Queremos ver el amanecer y desde aquí se ve genial —dice la chica mientras su novio asegura la carpa al suelo.

—¡No se pongan tan cerca de la orilla! —grita el líder de los guías, se acerca y continúa diciéndoles—. No se pongan tan cerca de la orilla o van a ver el amanecer, pero allá abajo. Cuando llueve el piso sede.

Foto por Carlos Bello

—Veremos el atardecer en un río que le dicen La playita —dice el guía que conduce nuestra camioneta.

Llegamos y nos bajamos de los vehículos como niños que sueltan en el recreo. “Antes de entrar, pónganse medias para que no se resbalen”, se escucha a lo lejos.

Pero las piedras negras como escalones, la arena clara y el calor apresuran a muchos que entran al agua sin seguir la instrucción. Una de las personas del grupo, sin llegar siquiera al agua, pisa y el pie descalzo se desliza por la piedra húmeda y cae.

El meñique de su mano izquierda truena. Quienes seguían fuera del agua se acercan a auxiliarlo. 

—¡No vengan! ¡No vegan! —repite mientras se aprieta la mano y el dedo que se esguinzó—. No vengan sin medias. No caminen así.

Despacio algunos vuelven a buscarlas dentro de zapatos y bolsos; otros piden el favor y se quedan inmóviles dentro del agua a esperar que se las lancen o acerquen para poder cubrir sus pies. 

El dedo vuelve a tronar. Sentado en el suelo y aún descalzo, el muchacho lo endereza. Se levanta y con cuidado entra al agua con el resto. Nos sumergimos en el agua para ver cómo el cielo sabanero comienza a oscurecerse con matices entre morado y rosado.

Foto por Carlos Bello

De vuelta al campamento vemos cómo las carpas se han vuelto de papel y el agua se filtra. En la noche dormimos flotando y al despertar en la madrugada reparamos algún paral que el ventarrón rompió con unas cuantas sacudidas o tapamos con bolsas de basura una nueva gotera que nos moja la cara o los pies.

Entre risas y en medio de la oscuridad se escucha la voz de Tavo, un exminero que vivió durante cinco años aquí: 

—Nunca te preparas lo suficiente para enfrentarte a la fuerza de La Gran Sabana. Aquí nosotros somos los invasores, esta es su casa y hay que adaptarse. 

Foto por Carlos Bello

Cuando amanece los colores de La Gran Sabana envuelven con su brillo e intensidad. Desde sus cielos azules cambiantes hasta al verde vivo de su vegetación, el naranja terroso de los suelos y lo blanco, amarillo, rosa y cobre de sus piedras. 

En la Quebrada Jaspe, el verde oscuro de las hojas enmarca al rojo y negro de la laja de piedra por la que personas del grupo corren, se lanzan de barriga y se deslizan unos cuantos metros por el agua helada como si fuera un tobogán. 

—No se metan a Jaspe cuando esté lloviendo, ahí el agua arrastra —dijo una amiga cuando se enteró de nuestro viaje, pero la lluvia no ha caído aún y el agua no pasa de los tobillos.

Foto por Carlos Bello

En esta sabana, al sur de Venezuela, el agua es clara, las corrientes son frescas y los caudales cambiantes.

Llegamos al mirador del Kama Merú y mientras más nos acercamos a su barandal una niebla espesa pero fresca nos toca la piel. Es el rocío que, como si fuera luz, irradia la muralla de agua turbulenta de 50 metros de altura.

Foto por Carlos Bello

—Yo he nadado en esa laguna —dice tranquilo Tavo, señalando el pozo que está al final de la caída de agua.

Los que escuchamos nos vemos y con una mirada cómplice le decimos mentiroso. 

—Tienes que explicarles para que entiendan —dice el líder de los guías—, lo que pasa es que esa cascada está crecida. Entre febrero y junio, de allí cae un chorro como de regadera y el pozo de abajo es tranquilo.

Kama Meru en epoca de sequía (2017) Foto por Cesar Augusto

En Sarawapo las aguas parecen mansas y en calma, pero al entrar en ellas los pies se vuelven de plomo. Para poder avanzar hay que arrastrarlos entre piedras y arena, mientras que las piernas se sienten como dos ramas que se dejan ir con la corriente.  

En nuestro campamento vemos cómo la luz cambia, las nubes aparecen y con ellas la lluvia. De la colina, al otro lado del río sobre la Quebrada Pacheco, brotan siete pequeñas cascadas luego de 10 minutos de “un señor palo de agua”. Incluso el barro que se cuela en los zapatos seduce, todas las sensaciones son nuevas y a donde mires es inexplorado. 

Pararse en la roca que sobresale de la quebrada, de 25 metros de altura para ver cómo el vacío se convierte en valle, parece una meta sencilla. Hasta que uno de los guías se acerca y cuenta el accidente del año pasado:

—Dos muchachas se tomaban un selfie en esa piedra y una perdió el equilibrio. Intentó agarrarse de la otra y las dos cayeron.

Foto por Carlos Bello

El cielo está claro, parece que la lluvia no pasó por aquí, pero el suelo arcilloso del campamento Kawi está húmedo y resbaloso. Vemos al líder del grupo ir hasta la gran churuata y volver. 

—Los ríos están crecidos, así no se puede bajar. Tomen la foto y nos vamos. No nos vamos a bañar aquí —comenta acercándose a los turistas que guía.

El agua de la quebrada Kawi es turbia, sobre ella hay espuma y la corriente ha movido la tierra del fondo haciendo que su color sea vinotinto. Sin embargo, algunos toman la foto, mientras que otros buscan calor en una taza de café.

Foto por Krismar Abreu

Ocho mil bolívares soberanos, o dos reais (moneda brasileña), por cada vasito. Una indígena pemón atiende, cobra y da vuelto, pero no sonríe ni levanta la mirada. Detrás de ella un grupo de personas está reunido y conversan en voz baja. 

Entregando un café la mujer comenta casi en susurros: 

—Son familia. Vinieron porque anoche el río se llevó a uno (un joven) y todavía no lo encontramos.

Sus palabras quedan en el aire y se hace silencio. Las cámaras se guardan y nos vamos. 

Foto por Krismar Abreu

Todos los cuentos son reales. Los puri puris o jejenes pican sin contemplación y dejan la piel hinchada y con manchas rojas, en agosto llueve casi a toda hora por lo que en las noches difícilmente se ven las estrellas, los ríos son de aguas frescas y claras pero arrastran cuando están crecidos. 

La sabana es incontrolable. Su fuerza te sorprende y sobrepasa. No te la esperas.

Foto por Carlos Bello